miércoles, 1 de mayo de 2019

MEMORIAS DEL TIEMPO BOTÓN, QUE TODO SE LO LLEVA


Aquel al que acostumbro a llamar "yo", aquel al que los otros llaman por mi nombre, fue alguna vez, una mota de polvo cósmico. Hace mas de sesenta y siete años esa partícula de cosmos se coló por las celosías de una desvencijada ventana en la Boca a una cuadra del puerto, en la calle Cnel. Salvadores, para dotar de un alma a cierta criatura que se empeñaba en nacer del vientre de la que sería mi madre Carmen Soengas.
Es así, que recibí un nombre y un destino.
Allí donde la calle Garibaldi hace esquina con el viento de la rivera, supo haber un café - bar - fonda y almacén de propiedad del gallego Melchor Soengas, mi abuelo. En ese lugar que para todos era un boliche del puerto, y a mi se me hacia un teatro mágico cuya función era eterna y subyugante, allí, pasé los años mas luminosos de mi vida.
Por la mañana estibadores que pasaban a tomarse la copa matutina para mitigar el frío y las fatigas, diarieros, como el “Tapo”, carreros, vendedores ambulantes.
Al mediodía el boliche se transformaba en fonda y comenzaban a ocupar las largas mesas, los carboneros con sus ropas grises ennegrecidas por el hollín, su contra parte los molineros con sus uniformen enharinados, la gente del astillero, del taller naval y así esas mesas robustas que hacía y mantenía a pura hacha el otro gallego, mi tío abuelo Javier, se vestían de papel y realzaban la tosquedad de la vajilla y las botellas de vino a medio consumir, que se guardaban celosamente del día anterior con la firma del cliente.
Y así, todo se convertía en trajín y algarabía.
-Marche un guiso caballú! Dos de albóndigas con papas!
Mi abuela Maria era el fogonero que desde la cocina, detrás de su grandes y ennegrecidas ollas, proveía el combustible para que hacer viable el funcionamiento del puerto, llenando la barriga de esos hombres que en invierno y verano con sus cuerpos, con sus modestos y arraigados saberes, hacían andar la maquinaria, de sol a sol.
Ya cerca de las 14 hs. luego del vino y con tres platos y postre en la bodega los sonidos ambientes y la algarabía comenzaban a bajar, los comensales comenzaban a retirarse, algunos a retomar inmediatamente las tareas, otros a entregarse a una pequeña siesta sobre algún ocasional tablón de los que abundaban en el puerto.
Ese era el momento que la familia aprovechaba para sentarse ella misma a la mesa, para yantar y descansar.
En el lugar de la arcada se ponía una mesa larga, nunca eramos menos de once, contando la familia, entenados y protegidos de mi abuelo.
Luego de esto y café por medio, aún quedaba lavar los platos y dejar todo a punto para la noche cuando la fonda se erguía en su mejor versión.
Al caer la tarde en el comienzo de los prolegómenos del anochecer, se abría un interregno donde algunos parroquianos se tomaban algún aperitivo mientras leian “La fija”, algun que otro curda se mandaba una ginebra y se terminaba de cerrar alguna mesa de baraja o dominó.
- Vamos despejando! que hay que poner las mesas..
Despotricaba el gallego, mientras los clientes farfullaban molestias mientras juntaban los porotos del tanteo.
Y de a uno comenzaban a llegar los comenzarles de la noche. Todos hombres solos, que habitaban en las piezas de los conventillos vecinos, a veces compartiendo con algun “socio” como lo llamaban en esos tiempos. La mayoría gente llegada huyendo de la mishiadura en la Europa de posguerra, otros que ya estaban de antes huidos de la guerra civil española, anarquistas libertarios y todo el catalogo imaginable en una antología de la rosca izquierda. Tambíen se podía encontrar uno que otro criollo curtido y decidor. Pero sin excepción en todos ellos estaba presente la sombra del quijote derrotado.
Por las noches yo me quedaba con mi abuelo y siendo el único niño de esa cofradía era un poco como el hijo de todos y me la pasaba de mesa en mesa atendiendo a fulano o a sutano que me contaba alguna cosa fantasiosa, la mas de las veces. Descollaba como nadie para eso un gallego llamado Gaspar Marín de profesión incierta, que se decía autor de obras de teatro y cosas por el estilo, que entre otros relatos me hizo creer durante un tiempo largo que era amigo del Pato Donald. Mi padre solía decirme, quizás un poco celoso en el fondo: “… si te seguís juntando con todos esos, vas a terminar chiflado como ellos”, suelo pensar en estos días, que quizás a mi padre, no le faltaba algo de razón.
Y así transcurría la velada entre conversaciones de mesa a mesa y cargadas sobre algún “punto” circunstancial, generalmente sobre los que mas se calentaban con la joda. De vez en cuando caía con aviso previo algun artista de esos que pasaban la gorra al final. Que se yo para ilustrar: “El Negro y la Paisanita” Algún charlatán de esos que adivinan cosas y fauna por el estilo. Memorable fue la noche en que llegó un prestidigitador medio faquir que un momento de su acto sacó un tubo fluorescente se lo puso en la boca, lo masticó y trago los vidrios, y seguidamente como muletilla parte del acto, con otro tubo en la mano se dirigió al publico y preguntó:
- Alguno del publico se atreve?
Desde el fondo del boliche donde estaba un grupo de gallegos todos rubicundos y colorados que trabajaban en las cámaras frigoríficas de los barcos se oyó una voz que dijo:
- Pues hombre! Eso si lo haces tu yo lo puedo también, coño!
La voz era de uno de los gallegos primo de un pariente mio conocido como “Barullo” que sin esperar respuesta, avanzo hacia el mago, le quito el tubo y le dio un mordisco que trago el muy bestia.
Hubo que llevarlo al hospital, el animal casi se muere.. bueno así se gastaban esas noches… en el café de Melchor.
En realidad el alma de todo ese dislate no era otro que mi propio abuelo Melchor que en el fondo era un niño y se divertía mas que nadie en ese ambiente.
El almacén o despacho de comestibles no le interesaba y se lo dejaba a Javier su hermano y socio de la firma Soengas Hnos.
Javier no tenía paciencia para el bar, era bueno, pero hosco y poco dado a aguantar la charla de nadie y menos que menos la de los curdas. De hecho tenia bajo el mostrador un palo tipo cachiporra que todos llamaban “amansa locos”.
En cambio se llevaba bien con el despachar fideos, porotos y esas cosas. Su verdadera vocación era andar con rampas de madera barriles de vino y cosas primitivas, tales como hachas, mazas y formones. Como muestra vale consignar que jamas pudo aceptar el concepto del te en saquitos y nunca se dignó despachar esa infusión desde que se implementaran las bolsitas . Cierta vez interrogado al respecto, solo se pudo extraer una respuesta : “Eso no es te” punto y jamas se volvió a hablar mas del asunto.
Melchor estaba en el otro extremo hasta físicamente. Javier era alto y morrudo, introvertido, en cambio mi abuelo era del tipo de Narciso Ibañez Menta chiquito flaco y vivaz. Siempre con un pucho en la comisura de los labios, el vivía un personaje que lo mantenía en un mundo de fantasías. En su rol de tabernero de los puertos se creía Jean Gabin en “El muelle de las Brumas”.
En fin, en el intenso juego de esos caracteres se construía la cotidianeidad en esos tiempos y en esos escenarios.


Jorge Tejera Soengas



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