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lunes, 4 de marzo de 2019

MUERTE EN VENECIA: MUERTE EN BELLEZA

(Gustav Mahler - Thomas Mann - Luchino Visconti)

por Alejandro Gamero

Muerte en Venecia es una de las obras más grandes que jamás haya existido en la Humanidad, no sólo porque en ella se trate la que tal vez sea la mayor preocupación del ser humano desde el principio de los tiempos, sino porque al pensar en Muerte en Venecia hay que pensar en el sublime diálogo y en la comunión absoluta entre las artes. Porque Muerte en Venecia no es únicamente literatura, es además cine y música. No seré el primero ni el último en señalar esta peculiar unión que se produce en Muerte en Venecia, y como ejemplo conocido sólo hay que citar el magistral estudio de Federico Sopeña. Pero el valor de esta obra no reside en su carácter aglutinador, sino en la grandeza de los tres genios que se unen para articular uno de los mundos más sublimes ideados jamás por el hombre: Thomas Mann, Luchino Visconti y Gustav Malher. Estos tres artistas son los creadores de Muerte en Venecia, aunque el proyecto inicial fuera de Mann. Luchino consiguió lo que en principio parecía imposible: superar la novela de Mann; y además unió para siempre a Malher con Muerte en Venecia.

Lo que consiguió Visconti fue una hazaña titánica. En una primera lectura de Muerte en Venecia saltan a la vista las dificultades de una obra de tales características para ser llevada al cine. Esta obra se desarrolla siguiendo la técnica del monólogo interior, lo que hace que el lector sepa en todo momento lo que está pensando el personaje. Además, es evidente que la obra prácticamente carece de diálogos, salvo en contadas ocasiones. Sólo hay que pensar en la dificultad de llevar a la pantalla una novela con semejante estructura. Visconti era consciente de lo importante que se volvía la imagen, ya que el diálogo se ve considerablemente reducido con respecto a una película normal. Así fue como se enfrentó al inmenso problema de comunicar a través de las imágenes. Y consiguió salir victorioso, puesto que el resultado es inmejorable, incluso superior a la fuente original.

Visconti solventó estos problemas señalados a través de la utilización de dos técnicas. No era fácil expresar la psicología del personaje sin utilizar en ningún momento el monólogo interior, y por eso utilizó dos elementos propios del cine: el flashback y la música. El protagonista, el profesor Aschenbach, interpretado magistralmente por Dick Bogarde, no menciona su estado de ánimo, lo que hace que el personaje sea mucho más ambiguo –como quedará demostrado más adelante, la ambigüedad del filme es mayor que la de la novela, donde todo queda mucho más explícito–. Hay tres momentos claves donde las emociones de Aschenbach sobrecogen al espectador: en el comienzo, en la parte intermedia, y en el final. No son momentos elegidos al azar, sino que responden a una evidente intención estructuradora. Estos tres momentos quedan maravillosamente explicitados por la pluma de Thomas Mann, pero en Visconti se corresponden con tres sacudidas en imagen y sonido. Visconti ha sabido transmitir a través de la imagen de Venecia, pero sobre todo a través del adagietto de Malher. En estos tres intensos momentos el adagietto de Malher nos sobrecoge, nos fascina, nos hace sentir lo que Aschenbach está sintiendo, sentir su alegría al llegar a Venecia, su pena, su angustia, su liberación, nos hace temblar. De alguna forma Visconti intuyó que Malher había compuesto su adagietto para unirse inmortalmente a Muerte en Venecia. Ya no podemos imaginar el uno sin el otro, unidos para siempre, à tout jamais.

La otra técnica que utiliza Visconti es el flashback. Esto realmente se hacía necesario para transmitir la lucha interior del personaje, puesto que el monólogo interior ha quedado desechado. En estos tres flashbacks –que coinciden en número con la utilización del adagietto–, hay un desdoblamiento del personaje principal, del profesor Aschenbach, en un alter ego completamente opuesto, su amigo Alfred, que nos recuerda a la relación entre el pintor Hallward y lord Henry Wotton de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Habría que interpretar este personaje dentro de la línea freudiana, como la lucha eterna que se produce en todo ser humano entre el consciente y el subconsciente, en donde se manifiestan los deseos reprimidos. Así es como se debe entender el enfrentamiento entre estos dos personajes, como el enfrentamiento entre los lados apolíneo y báquico, entre el caballo blanco y el caballo negro platónico. Esta tensión está presente en toda la Humanidad, porque forma parte de la naturaleza humana. Este es uno de los grandes temas de Muerte en Venecia, y seguramente este tema universal hace que la obra sea también universal.

Visconti optó por desechar el primer capítulo del libro. En un principio había rodado esas primeras escenas, con el paseo de Aschenbach por Munich, e incluso las fotos del trabajo indican que Visconti había conseguido grandes resultados visuales. Pero Visconti juzgó que estas primeras secuencias tenían una escasa funcionalidad rítmica, como señala Lino Mucciché. En efecto, el primer capítulo de Muerte en Venecia hace que el ritmo de la novela sea más lento, y en ciertos momentos su lectura se vuelve incluso enojosa, ya que no se comprende dentro del marco temático de la obra. Visconti supo aprovechar la llegada de Aschenbach a Venecia para crear una magnífica obertura, todo un festín para los sentidos. Otro cambio más introducido por Visconti es hacer que el protagonista, Aschenbach, no sea un escritor, sino un compositor. Está claro que Thomas Mann había pensado en Aschenbach como un posible reflejo de sí mismo, una proyección sobre el papel, porque incluso se sabe que Muerte en Venecia está inspirada en una experiencia real de Thomas Mann, y que Tadzio existió realmente. Visconti decide cambiar al personaje y convertirlo en compositor para establecer entre Gustav Malher y Gustav Aschenbach, para conseguir mayor expresividad fílmica, y debido a otras razones –Thomas Mann siguió con interés los últimos momentos de Gustav Malher y no cabe duda de que parcialmente se inspiró en él cuando creó su personaje–.

Se ha relacionado y comparado mucho la Muerte en Venecia de Visconti con El Ángel Azul de Joseph von Sternberg, película que supuso la consagración oficial y universal de Marlene Dietrich. Existe un paralelismo evidente en la temática de las dos obras: sendos hombres de edad madura y reputación respetable sienten una profunda atracción amorosa en contra de los cánones de la sociedad, y ambos se entregan a ella irrefrenablemente. Y por supuesto, también comparten su trágica transformación física, a través del maquillaje, y su solitario final, que en el caso de Aschenbach está prefigurado a través de una ironía trágica en el anciano maquillado que se encuentra en su llegada a Venecia. Pero no se puede comparar la pasión que el profesor Inmanuel Rath siente hacia la cantante de cabaret Lola-Lola con el deseo amoroso que atrae al profesor Aschenbach hacia el joven Tadzio. En un primer acercamiento superficial las similitudes saltan a la vista, ya que la Muerte en Venecia de Visconti es más ambigua que la de Thomas Mann, pero si se tiene en cuenta el texto de Mann es fácil llegar a la conclusión de que su objetivo era llegar más lejos que una simple atracción física; y es precisamente en ese punto donde las dos películas divergen.

Aschenbach significa traducido literalmente “arroyo de cenizas”. La utilización que hace Mann de un nombre parlante sirve para situar desde el primer momento una atmósfera de decadentismo en la obra. La utilización de los flashbacks sirve para marcar la naturaleza doble del personaje, su conflicto interior, pero Aschenbach es en sí mismo un ser apolíneo. Hay un claro paralelismo entre el mito de Penteo y Aschenbach. Ambos decidieron renunciar por completo a los placeres de la vida, al mundo báquico de los sentidos. Esta renuncia lleva a los dos personajes a un descontrol de su lado báquico y a la completa destrucción. Penteo murió a manos de las bacantes, Aschenbach murió embargado por sus sentidos. La muerte los une. Pero a través de este personaje se plantea la cuestión eterna y universal del arte. Muerte en Venecia nos muestra la decadencia de un artista que ha ignorado completamente los sentidos, y que sigue únicamente el camino de la razón. Es un personaje insatisfecho consigo mismo, incompleto; y sus obras, a pesar de tener cierto reconocimiento –reconocimiento que Visconti no acepta–, no pueden ser consideradas como geniales. El planteamiento de Mann es el de un arte apolíneo, intelectual, como algo insatisfactorio.

Aschenbach, al igual que los elefantes, va a morir a un territorio mítico, que se presenta con la forma de Venecia. Es evidente que la ciudad no ha sido elegida al azar por Thomas Mann, sino que buscaba un lugar que fuese símbolo de la belleza para representar mejor esa búsqueda. Pero la belleza de Venecia aparece en la obra de Mann con una violenta decadencia, asediada por la peste. La novela logra crear un ambiente opresivo que Visconti no habría logrado recrear con tanta eficacia como Mann. Además, Visconti –según mi punto de vista– desaprovechó la oportunidad de utilizar la belleza de la ciudad como telón de fondo, que sólo aparece con más esplendor al comienzo del filme. Esta Venecia se convierte en una especie de Infierno bello, en donde Aschenbach, llevado por un gondolero maldito –una especie de Caronte–, queda encadenado, sin la posibilidad de huir, como si fuera un prisionero longjumeauiano, al más puro estilo de Leon Bloy –ya que cuando lo intenta el destino o el azar lo impiden–.


domingo, 22 de abril de 2012

Marlon Brando, un rebelde eterno

Un 22 de abril com hoy hace 39 años, Marlon Brando renunció al Oscar como mejor actor por El Padrino para reclamar atención sobre la difícil situación de la población indígena en Estados Unidos. Hecho por cierto peculiar, considerando que mucha gente del espectáculo,  considerablemente menos favorecidos por las musas, estarían dispuestos a vender el alma tan solo por recibir un premio de cuarta en cualquier evento miserable.

por Roberto Palmitesta

Ya todos se habían despedido de su desproporcionada e inerte humanidad. El actor más famoso de la posguerra yacía entubado y solitario en su cama clínica cuando ocurrió su deceso en la madrugada del 3 de julio, pareciéndose al famoso padrino que creó con su originalidad y talento hace tres décadas, esperando la muerte en un gran hospital. Sólo que esta vez las probabilidades estaban en su contra y no sobreviviría -como lo hizo el patriarca Corleone en la antológica secuencia central- ya que sus dolencias cardíacas y respiratorias eran demasiado graves, y moriría justo a sus 80 años cumplidos, como si hubiera planeado no pasar de esa edad. Así se fue el actor más comentado e influyente del último medio siglo, convertido en un mito por los medios que nunca lo abandonaron, ya que siempre fue noticia, aún en su decadencia, dejando como legado un puñado de impactantes caracterizaciones fílmicas y una multitud de imitadores y fanáticos.

Brando murió como vivió: orgulloso, solitario, rebelde, desafiante, caprichoso, anticonformista e iconoclasta, tal como diría una vez: “No puedo ser otra persona sino yo mismo, aunque me peguen en la cabeza”. A pesar de que ganó muchos millones -y a veces alquilando apenas su carisma durante minutos- en sus últimos años se mantenía con una pensión del sindicato de actores y de la ayuda del seguro social, ya que su fortuna fue derrochada en excentricidades o gastada en líos legales. Amante de lo exótico -se casó o vivió con cuatro extranjeras-, curiosamente los que más lamentaron su muerte han sido los indios norteamericanos -por defender a menudo su causa- quienes pusieron la bandera a media asta en las reservaciones indígenas. Hasta Bush se vio obligado a dar una declaración de pesar desde la Casa Blanca, lo cual da una idea de la importancia del personaje.

Su su partida marcaba el fin de una era y se había ido un pedazo de Hollywood, un actor prometeico y omnipresente en las pantallas grandes y chicas, desde que nos conmovió como un militar minusválido e iracundo en la cinta de Fred Zinnemann, Los hombres, y luego como el marido abusivo en Un tranvía llamado deseo, más adelante como el rebelde motociclista en El salvaje, como el boxeador frustrado en Nido de Ratas, o como el patriarca mafioso en El padrino, o como el amante circunstancial de una parisina en El ultimo tango en París, o finalmente como el oficial desquiciado en Apocalipsis ahora, quizás su último gran papel.


Altibajos profesionales

Su carrera arrancó con buen pie en los 50, se estancó en los 60, revivió en los 70 gracias a El Padrino, pero a partir de los 80 hizo sólo papeles mediocres u olvidables, la mayoría tipo relámpago, aunque todavía se daba el lujo de cobrar tres millones de dólares por dejar poner su nombre en afiches y marquesinas. A pesar de que participó en unas 40 cintas, sólo la media docena de filmes arriba mencionados se pueden considerar como realmente antológicos, verdaderos hitos en la historia del cine. Obtuvo incontables premios y homenajes (destacándose sus cinco nominaciones y dos Oscares de la Academia) y su caracterización de un abogado anti-Apartheid, en A dry, white season (Una estación seca y blanca), realizado hace apenas 15 años- por poco le hace ganar un tercer Oscar como mejor actor secundario, aunque tampoco lo hubiera aceptado. En su último filme, hecho hace apenas tres años, The Score (Saldo de cuentas) interpreta al autor intelectual y financista de un espectacular robo de joyas, por primera vez al lado de Robert De Niro, irónicamente el actor que interpretara el mismo personaje que revitalizó su carrera, en la segunda parte de la saga de El Padrino.

Algunos fracasos notables: Desirée (como Napoleón), La condesa de Hong Kong, (la lamentable última cinta de Chaplin), Motín en el Bounty (como el oficial rebelde), Ellos y Ellas (Guys and Dolls, como un tahúr de bajos fondos, que canta y baila). Dirigió una sola película, One-eyed Jacks (El rostro impenetrable) un western poco apreciado por crítica y público, aunque algunos lo consideren ahora un clásico del Oeste. Si bien prefería roles dramáticos, gustaba actuar en comedias y se lo recuerda en algunas hilarantes cintas, como en Dos pícaros ladrones (Bedtime story, como un estafador de ricachonas) y como un mafioso en The Freshman (El novato) parodiando a Vito Corleone, personaje casi mitológico del cual jamás pudo escapar. En las últimas dos décadas sólo actuó como protagonista de dos cintas importantes, como un sensible psiquiatra en la romántica Don Juan de Marco y como el científico demente en el fallido remake de La isla del Dr. Moreau. Su último proyecto, ahora abortado, sería un largo documental sobre su persona, proyectada para filmarse este año -a cargo de un cineasta tunecino- y que se titularía Brando & Brando, aunque quizás se llegue a realizar sólo con retazos y opiniones de otros, sin su avasallante presencia física.

Brando tuvo la suerte de trabajar con los mejores directores de su época, (tales como Chaplin, Zinnemann, Kazan, Milestone, Dmytryk, Mankiewicz, Coppola, Pontecorvo y Bertolucci), y actuar con artistas de la talla de Vivien Leigh, Anna Magnani, Jean Simmons, Sophia Loren, Elizabeth Taylor y Faye Dunaway. Fue también un pionero, pues su original método de actuación –penetrante, intenso y espontáneo, aprendido en el Actors Studio- sentó la pauta para el cine mundial de la posguerra e influyó en actores como James Dean, Paul Newman, Sydney Poitier, Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Al Pacino, Robert De Niro, James Caan, Mickey Rourke, Leonardo DiCaprio, Russell Crowe, Sean Penn y Johnny Depp, siendo estos cuatro últimos muy solicitados últimamente y considerados por la crítica como los más recientes herederos del estilo interpretativo liderado por Brando. En otros países también se sintió su influencia, pues Richard Harris y Alan Bates en Inglaterra, y Jean- Paul Belmondo y Alain Delon en Francia, y Klaus Maria Brandauer en Alemania, aplicaban el mismo método y elogiaban a menudo a Brando.

Rebelde, irreverente y promiscuo

Su desprecio por Hollywood fue evidente desde los años 70, simbolizado por su renuncia al codiciado premio de la Academia y por su búsqueda de nuevos horizontes en Francia e Italia. Su irreverencia lo convirtió en protagonista ideal para trabajar en dos hitos del cine erótico, primero en Candy (1968), aquella alocada sátira sexual del francés Christian Marquand con libreto del irreverente Terry Southern, donde Brando interpreta a un extraño guru seudo-oriental que embauca y fornica descaradamente con una ingenua ninfómana, junto a un reparto variopinto que incluyó nada menos que a Richard Burton, Walter Matthau, Ringo Starr, Charles Aznavour, Sugar Ray Robinson, John Huston y James Coburn. Con esa atrevida experiencia softcore en su currículo, Bertolucci no tuvo dudas en contratarlo para su Ultimo Tango en París, donde –además de escenas muy eróticas- aparece ensayando el sexo anal con Maria Schneider, algo antes impensable en una película no pornográfica, que la hizo clasificar como X –al igual que Candy- y a prohibirse en muchos países. Nuevamente, aún en su madurez, Brando sería el iconoclasta pionero de nuevas experiencias fílmicas.

Con esa actitud liberal sobre el sexo y el amor, y con la imagen de seductor sensual que arrastró desde sus primeros filmes, no extraña que su vida sentimental fuera bastante desordenada... y a veces trágica. Después de sus tres breves matrimonios entre 1957 y 1960, primero con la actriz de origen indio, Anna Kashfi, luego con la mexicana Movita Castañeda y finalmente con la tahitiana Tarita Teripaia, siguió teniendo amores con muchas actrices que lo admiraban, tales como Pat Quinn, Rita Moreno y Ursula Andress. (A esta última le preguntó una vez :”Nosotros ya hicimos el amor, verdad?, lo que da una idea de su obsesiva promiscuidad). En sus últimos años compartió la cama con su ama de llaves, María Cristina Ruiz, quien lo demandó por la bicoca de cien millones de dólares por olvidarse de ella y sus hijos cuando terminaron en el año 2000. En total tuvo 11 vástagos (5 con su apellido), pero dos le dieron muchos pesares, pues uno fue condenado a 10 años de prisión por asesinar al novio de su hermana Cheyenne (hija de Brando y con Tarita) y quien luego se suicidó. Sin embargo, a pesar de que se humilló por ellos y lo dejaron arruinado, lo consideraban un padre egoísta y errático, reflejo de una dura niñez con padres alcohólicos e irresponsables.

Un personaje polémico

Mientras muchos lo consideran un gran actor por su profundidad y talento, otros critican su desprecio por la profesión y su flojera como profesional (olvidaba sus diálogos e improvisaba mucho), además de su egolatría (gustaba monopolizar las escenas) y sus notorios caprichos de superestrella, pues se ausentaba mucho del plató y hacía exigencias absurdas, como la de ignorar a su propio director, Frank Oz, en su último filme. Gillo Pontecorvo, su director en Queimada! dijo de él: “Podía ser un dios frente a las cámaras y, minutos después, una persona insufrible”. Pero al conocerse su deceso, algunos colegas lo elogiaron así:

-Sophia Loren: “Fue un queridísimo amigo y compañero, muy educado y profesional. Actores como él deberían ser eternos”.

-Robert Duvall: “Fue uno de los actores más grandes y originales del siglo, sólo comparable con Laurence Olivier”.

-Bernardo Bertolucci: “Con su muerte, Marlon Brando pasó indudablemente a la inmortalidad”.

-Francis Ford Coppola: “Marlon odiaba los cumplidos. Así que lo único que diré es que me entristece su partida”.

Algunas de sus frases fueron antológicas, incorporadas a la mitología fílmica:

- “¡Stella, Stella!”, en Un tranvía llamado deseo (echando de menos a su mujer).

- “¡Contra lo que sea!”, en El salvaje. (al preguntársele contra qué se rebelaba).

- “Pude haber sido alguien”, en Nido de Ratas (conversando con su hermano).

- “Le haré una oferta que no podrá rechazar”, en El Padrino.

- “El que no pasa tiempo con la familia, no es un verdadero hombre” (idem).

- “¡Busca la maldita mantequilla!”, en El último tango en París.

- “¡El horror, el horror!” en Apocalipsis Ahora (refiriéndose a la guerra).

Un comentarista español resumió en su elegía del actor el sentir general de su fanaticada: “El cine se queda huérfano, pues fue uno de sus monstruos sagrados. Brando combinaba un talento único, un carácter difícil, una imagen sensual, una rebeldía constante. Algunos pueden haberlo odiado, pero la mayoría agradece de que haya vivido.” Paz a los restos de Brando... el grande, con todos sus defectos.


miércoles, 14 de marzo de 2012

Sergei Mikhailovich Eisenstein: Ingeniero y místico de la imagen

Sergei Mikhailovich Eisenstein  1898-1948

Director de cine y de teatro soviético, uno de los grandes teóricos del cine.

Para el estudioso de la obra de Eisenstein resulta sobremanera tentador realizar una incursión y valoración de los múltiples vectores que movieron y condicionaron su pensamiento. Pero dado lo enciclopédico de su cultura y su permanente curiosidad hacia todas las ramas del saber, este estudio que hasta la fecha no ha sido realizado de un modo sistemático y profundo, se presenta como una tarea abrumadora y, lo que es más delicado, difícil por la escasez de documentos de primera mano.

Sin embargo, el autor no ha podido resistir a la tentación de efectuar aquí, creo que por vez primera, un ensayo de balance y «codificación» de las principales líneas de fuerza que guiaron su pensamiento, dejando bien sentado que se trata de un primer intento, un tanto esquemático y provisional, que habrá que profundizar, completar y revisar cuando se disponga de todo el material de sus Obras completas, incluidos los proyectos y guiones abortados, cercenados o simplemente prohibidos.

A) Formación científico-técnica

Sergio Mijailovich Eisenstein era hijo de Mijail Osipovich Eisenstein, que fue ingeniero y arquitecto municipal de Riga, hasta que en 1909 fue nombrado ingeniero municipal de San Petersburgo, a dónde se trasladó con su familia.

Terminados sus estudios de segunda enseñanza en Riga, Sergio Mijailovich ingresó en setiembre de 1915 en la Escuela de Ingeniería Civil de San Petersburgo, aunque abandonó sus estudios al tercer año (1918) para alistarse como voluntario en el Ejército Rojo. Su atracción por las artes se manifestó muy tempranamente; el teatro le interesaba vivamente desde que en 1913 asistió en Riga a una representación de La princesa Turandot, en la puesta en escena de Comisarzhevski, y de Mascarade, por Meyerhold, en el teatro Alexandra. También el circo le había fascinado desde niño, como confiesa en Film Form, y desde muy temprana edad había manifestado gran facilidad para el dibujo. No es raro, pues, que esta dualidad Arte-Tecnología le llevara a frecuentar también la Escuela de Bellas Artes de San Petersburgo desde 1915, para estudiar Arquitectura, en donde se produjo precisamente la revelación del Renacimiento italiano y de la gran figura de Leonardo, que avivaron aún más su vocación artística.

En el artículo Cómo me hice director encontrará el lector una explicación viva y apasionada de este itinerario relámpago que le llevó de las ecuaciones diferenciales hacia el horizonte de la creación artística:

«Más adelante he agradecido al destino el haberme infligido este choque -escribe- en el momento en que había ya pasado la totalidad de mis exámenes de matemáticas, comprendido el cálculo integral y diferencial, del que actualmente -y lo mismo para las otras ramas- no me acuerdo de nada.Sin embargo, gracias a esta disciplina se formó mi gusto por el pensamiento racional, mi amor por la exactitud matemática y la precisión.»