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martes, 21 de diciembre de 2021

LA BOTELLA DE GRAPA

Hace ya unos años, mas de 30, llego a mi de mano de mi padre, una vieja botella vacía de grapa Chisotti, cuya etiqueta estaba cubierta de firmas y dedicatorias. Parece ser según el relato, que esa botella había sido descorchada en la casa de mi bisabuelo, Don Egidio Ricco, la noche en que le fuera ofrecido por mi abuelo Melchor y por mi padre, el gran honor de convertirse, en mi padrino de bautismo, las firmas en la blanca etiqueta, vendrían a conmemorar la cosa. Por un largo tiempo, cada vez que tenía esa botella en mis manos, la imaginación se empeñaba en  tratar de reconstruir toda la escena, de aquella noche lejana.

Don Egidio, zapatero remendón, tenía su taller y vivienda, en la calle El Salvador, casi esquina Salguero. El olor a cuero y a madera vieja, lo dominaba todo en aquella casa. 

Siempre imaginaba a todos reunidos en torno a la mesa del comedor y al viejo descendiendo al ominoso y oscuro sótano en busca de la legendaria botella, ya que allí,  era donde él  guardaba sus brebajes. 

Imaginaba el brindis de aquellos viejos inmigrantes emocionados, el gallego por su primer nieto y el bis-nono calabrés por estrenarse como bisabuelo. 

Pagaría por conocer las fantasías y sueños de esos hombres, la aventura de llegar a otras tierras, formar una familia, tener hijos, un negocio, un oficio, una profesión y ahora, este posgrado, que suponía, la proyección de sus sueños en ese niño recién llegado y en todo lo que podría llegar a ser. 

Pensar esto me hacía sentir importante, tanta gente  alrededor de la botella pensando en el futuro y cinchando por mi… sin embargo, esa sensación se fue desdibujando con el correr de los años, y aunque hace ya mucho tiempo que no he vuelto a saber de la vieja botella, seguramente perdida en algún paraje a causa de los trajines de tanto edificar y derrumbar presentes. 

Esa sensación, ese optimismo, han devenido en tristeza, melancolía y profunda decepción, al corroborar que al fin de cuentas, los sueños de aquella gente han quedado esparcidos en un mar de sargazos, junto a los restos de un naufragio terminal. Ya soy viejo, el futuro ya pasó y las nobles expectativas de aquellos hombres se han visto traicionadas por los años. Todo el panorama, aunque, sin los “Pergaminos del gitano Melquiades”,  se asemeja en demasía, al  triste y definitivo final de todas las estirpes condenadas, a “Cien años de Soledad”.

Jorge Tejera.

lunes, 30 de agosto de 2021

SOBRE MI CABEZA, EL SOMBRERO...

"Sobre mi cabeza, el sombrero, bajo mis pies, el mundo entero", rezaba un viejo dicho anarquista, todo un manifiesto y alarde de voluntarismo en el que se reafirmaba la condición de ateo, al mismo tiempo que la actitud de vida de mantener erguida la frente y jamás dejarse ensillar.

Pero el siglo no cumplió sus promesas, las guerras por la libertad dejaron paso a las contiendas de la codicia. Las nobles causas perdieron brillo y la cancha se embarró. La vida se fue apagando, mutaron los oficios, ya no hubo donde volver, tampoco donde ir, restaba solo esperar, darle de comer al canario, atrapar algún miserable rayo de sol en una mañana cualquiera y con la mirada fija en algún punto remoto de las cavernas del adentro, seguir maldiciendo a ese Dios. que de tanto negarlo una vida entera, ahora una vez ido,  ahora que ya nadie lo nombra, comenzamos a extrañarlo dolorosamente, como a un camarada muerto.

Tanto se ha escrito y oído de una edad de oro,de un mítico granero de vaya saber que mundo, que nadie ha echado en falta crónica alguna, acerca de fantasmales y vencidos quijotes, vagando sin descanso, los amargos eriales del olvido.

viernes, 11 de junio de 2021

SAMMER MAKARIUS, EL FOTOGRAFO EGIPCIO QUE SE PRENDÓ DE NUESTRO PAISAJE.


Sameer Fouad Makarius nacio en El Cairo, Egipto; 29 de abril de 1924. Hijo de madre judeo-alemana y padre libanés, su juventud transcurrió entre Alemania, Egipto y Hungría, donde se vio forzado a permanecer durante la guerra. Allí realizó sus estudios secundarios y se inició en la pintura y la escultura. En años posteriores, vivió en Suiza y en París , hasta que por fin en 1953 se radicó  en la Argentina, pais del que definitivamente se enamoró y en el que hechó raicers

En Argentina, formó un grupo de fotógrafos (Forum) dedicado a promover la fotografía como arte. Colaboró con diarios y revistas. Fue un pionero de la fotografía y su estudio en la Argentina, conformando el Grupo ANFA y Forum, en el cual participaron fotógrafos de la talla de Max Jacoby, Humberto Rivas, Julio Maubecin, José Costa, Lisl Steiner, Rodolfo Ostermann, Pinélides Aristóbulo Fusco, entre otros. Escribió el primer ensayo publicado en el país sobre fotografía argentina desde 1840 hasta 1981. Publicó dos libros de fotografías y textos: Buenos Aires y su gente (1960) y, en 1963, Buenos Aires, Mi Ciudad.

Fue miembro fundador de los grupos Artistas No Figurativos Argentinos (ANFA) y Forum (1956). A partir de 1957, realizó una extensa serie de retratos de artistas plásticos; un libro que reúne estos trabajos –Retratos y textos de artistas– se publicó tardíamente (2008). Otro de sus grandes temas fue la ciudad de Buenos Aires, y sus imágenes fueron compiladas en los volúmenes Buenos Aires y su gente (1960) y Buenos Aires, mi ciudad (1963). Makarius fue también coleccionista de imágenes antiguas, curó exposiciones y publicó ensayos sobre fotografía.

En agosto de 1961 formó parte de la primera exposición del grupo Otra Figuración en la galería Peuser, un evento fundacional para el arte argentino de esa década, junto a Ernesto Deira, Carolina Muchnik, Rómulo Macció, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega. El catálogo se iniciaba con una declaración conjunta de los participantes: “No constituimos un movimiento, ni un grupo ni una escuela. Simplemente somos un conjunto de pintores que en nuestra libertad expresiva sentimos la necesidad de incorporar la libertad de la figura”.

Makarius presentó Textos bíblicos, una serie de impresiones fotográficas a partir de negativos pintados y dibujados por él que representan escenas de la Biblia y en las que se ven figuras “destrozadas, anhelantes, calcinadas, muy de nuestro tiempo”, según las palabras de Hugo Parpagnoli en una crítica publicada en aquel año en La Prensa. Las imágenes están construidas según el típico lenguaje expresionista basado en una idea creativa del caos que sería la marca distintiva de ese nuevo tipo de figuración, pero Makarius se aleja del amplio espectro de colores con el que trabajan sus colegas y utiliza un estricto blanco y negro. Solo los títulos de las obras –Sansón, La cabeza de Jonás, Bethsabé– dan una referencia del tema tratado, ya que las figuras retratadas son mayormente abstractas y ciertamente difíciles de identificar.





miércoles, 1 de mayo de 2019

EL "ARMANDITO"



En mi infancia, cursé la primaria en la escuela N°9 CE 4 "Don Pedro de Mendoza", vulgarmente conocida en el barrio como "Quinquela", por haber sido donada por él y ademas por ser su museo, su casa y su estudio. 
Justo enfrente, en la primera curvita de la Vuelta de Rocha supo haber fondeado un viejo velero, al que vimos deteriorarse con el tiempo y que en distintos periodos supo correr diversas suertes, desde humndirse hasta ser reflotado y convertido en restaurant.
Para nosotros, los pibes, era algo que desataba la imaginación, una especie de barco pirata de tamaño natural que estaba ahí, justo enfrente de la escuela. Siempre fué parte de nuestros juegos y escenario de maldades diversas e iniciaciones a los que venían por primera vez. Por esas cosas de la vida y del tiempo la infancia se fue retirando de nosotros, al fin el velero se pudrió, nosotros crecimos y la vida siguio su curso en otros escenarios.
Pero quedó en el recuerdo y siempre me preguntaba cual había sido la historia de ese barco. Me inquietaba saber porque termino sus días en esas aguas sucias y cuasi estancadas, cuando su figura y sus mastiles, evocaban claramente que habia nacido para otras lides y otros horizontes.
Y al final pude al menos hallar algunos retazos de su historia. No se si yo los encontré o vinieron a mi como una despedida que cierra un circulo de vaya a saber que cosa.
EL ULTIMO VIAJE DE LA GOLETA "ARMANDITO"
En este rincón las viejas historias de la mar están a la orden del día. Se recoge la última singladura del velero Armandito acaecida en el año 1945, desde Tenerife a Buenos Aires, a través del testimonio de Juan Acosta, quizá el último protagonista de la odisea.
- Tardamos noventa días en llegar a puerto. En Buenos Aires nos daban por desaparecidos. Cuando llegamos, media ciudad se apiñó en el muelle para ver a los lobos de mar. Los periódicos publicaron muchas historias de nosotros, la más curiosa de todas es la de que nos había aparecido el fantasma del Corsario Negro al Norte del Ecuador.
Juan Acosta, de 78 años, antiguo chiquillo-bote y veterano de la vendida, fue uno de los diecisiete tripulantes que se hicieron a la mar en el velero construido en Estados Unidos en 1890 y bautizado con el nombre de Georgia Gilkey; más tarde fue adquirido por armadores españoles bajo los nombres de Paquito Orive y Armandito para emplearlo en la pesca, sirviendo de barco-nodriza entre las islas y las costas africanas.
- El velero, de tres palos, más de doscientos metros y mil y pico toneladas, estaba arrimado en puerto hasta que lo compró un catalán para mandarlo a la Argentina a suministro de grasa para una fábrica que tenía de leche en polvo. Antes de irnos para abajo estuvimos remontando La Isleta más de una semana sin poder entrar en Las Palmas, el barco pegaba viento, iban rozando pero no pudo remontar. Cuando lo varamos en Buenos Aires descubrimos que no tenía quilla. Por eso estábamos de aquí para allá a lo loco. La gente estaba extrañada con nosotros, pensaban que éramos un velero de los que iban para Venezuela sin permiso, como el Mocho, la Estrella, el Marte o el Platanito, con emigrantes.

La travesía del Armandito, no exenta de vicisitudes como luego veremos, nunca podría tener parangón con la de los barcos fantasmas -Padrón Albornoz nos ha hecho ver cómo se ha confundido este viaje con el de los veleros clandestinos de posguerra-, ya que sus motivaciones fueron totalmente distintas y el equipamiento, pese a que llegó casi a punto del desguase, menos que envidiable. Así, resaltaremos algunos momentos que dejaron honda impresión en nuestro narrador, cuando el barco afrontó los temibles tifones y las desesperantes calmas del trópico.
- A los diecisiete días nos cogió un temporal que anegó el lastre de agua. El capitán don Manuel Mora puso el barco a la capa, a capiar el tiempo en popa y nos metimos en el Ecuador. Se nos había presentado tan rápido que una de las veces salía por la puerta de la cocina y me tocó un porrazo de mar y salí rodando por la cubierta. Sí quepo por el desagüe salgo por la banda. Pero eso no fue nada comparado con el miedo que cogimos cuando se nos presentó un remolino. Parecía que se iba a chupar el barco como si fuera un fonil. El capitán lo rompió de un cañazo, iba preparado porque sabía que eran sitios de muchos relámpagos y muchos remolinos de viento.
Tampoco faltaron las temibles calmas chicha que, según narraciones de la marinería, volvieron locos a más de uno al verse anclados en medios del océano. Juan Acosta continúa describiendo los pormenores del viaje.
- En el Ecuador nos dio la calma chicha. Estuvimos parados once días. ¡Peor que el temporal porque allí es donde se parte el mundo y se juntan los cuatro mares! No hacía ni una brisa de viento y el barco no hacía más que dar grandes bandazos que se partían los cadernotes de la banda. Pedimos socorro y nos salió un barco de guerra brasilero. Nos dijo que el velero no lo podían sacar de allí y que nos tiráramos al agua.
No hubo necesidad de dejar el barco al garete y salvaron el escollo. Más adelante, cerca de la isla de La Ballena, volvieron a caer en la quietud absoluta.
- Tenía miedo a volverme loco, por eso me asusté cuando me pareció ver a un montón de gente bañándose tranquilamente cerca del barco. Me puse a observar y me di cuenta de que eran focas. Nunca había visto tantas focas juntas. Allí nos entretuvimos pescando bailas, un pescado muy gustoso, parecido a las cabrillas nuestras. Pero fueron tanto las focas que se engodaron que por último ya no sacábamos una entera.
Una vez pensamos que Severiano había perdido el tino porque le dio por beber agua salada. Nos miraba y se echaba a reír. Decía que era agua dulce. Todos estábamos desesperados por beber agua porque la única que tomábamos era la que recogíamos de la lluvia en un encerado. Severiano seguía sacando baldes de agua del mar y con la matraquilla de que era dulce. Hasta que no le dio por coger una pastilla de jabón e hizo espuma, no le creíamos. Habíamos entrado por el Río de la Plata y no lo sabíamos.
En Buenos Aires recibieron una acogida multitudinaria. Los partes y noticias que días antes se publicaban no eran nada esperanzadores para los tripulantes del Armandito. La prensa empezó a entretejer toda una historia en la que no faltaban secuestros en las costas africanas, apariciones de fantasmas, del Corsario Negro y de Honorata de Wan Guld, en el Mar Caribe, que aumentaban las ventas y la expectación hacia los navegantes, a los que se daba por muertos.
- La gente se amontonaba por vernos; nos tiraban dinero y cigarros. Nos dieron fiestas en los clubs de los canarios. El gobierno nos dio un pase para estar seis meses comiendo y bebiendo en los restaurantes que quisiéramos sin pagar una gorda.
Juan Acosta nos muestra unos trozos de periódico, amarillentos y consumidos por el tiempo, de gran valor sentimental pues recogen parte de la recepción de que fueron objeto en aquella tierra, entonces pródiga; asimismo, un afiche del general Perón y otro de la venerada Evita.
- Al año me vine para acá en un Monte, cuidando ganado, toros y vacas. Las autoridades no permitieron que el velero zarpara porque se estaba pudriendo, quedó allá y, según parece, lo convirtieron en cabaret porque tenía una cámara buena. El capitán vendió las cuatrocientas toneladas de piedra que llevábamos de lastre. Los callaos eran del barranco de Tahodio y lo emplearon allá para molerlo y usarlo en la construcción.
Y esta es la otra parte de la historia, mas pedestre y porteña a través del testimonio del Sr.Carlos Galiano:
Durante mucho tiempo estuvo amarrada en la Vuelta de Rocha una vieja goleta de tres palos llamada "Armandito". Pertenecía a mi tío y padrino Pascual Carucci, que era amigote tanto de Quinquela como de Filiberto. Esa goleta se recibió como parte de pago de un trabajo portuario y en todos los años que estuvo en la Boca solo se movió una vez para ir al Uruguay a buscar un cargamento de madera. Antes de llegar a la Boca, "los desconocidos de siempre" ya le habian afanado el menaje de altísima calidad que usaba el capitán para sus invitados. La única utilidad comercial que tuvo fue el uso de un excelente guinche, muy largo el palo de guía, que permitía cargar y descargar chatas amarradas en "segunda andana".
Esa goleta fue utilizada para filmar dos películas "Juan Globo" con Luis Sandrini y "El Conde de Montecristo"; ésta con un excelente elenco encabezado por Elina Colomer y Jorge Mistral. El primer día de filmación cuando todo estaba preparado para decir "acción" descubrieron que en la amura de proa había un señor que estaba haciendo un boceto, al carboncillo, de un futuro cuadro. Se paralizó todo. El "gallego" Mistral no entendía que se parase el trabajo y pataleó. Le tuvieron que explicar que el pintor era uno de los grandes plasticos argentinos. Nadie dijo "a ver cuando se va este hinchapelotas". Esperaron dos horas hasta que terminase, con todo respeto. Cuando terminó su labor, Quinquela, se sorprendió del bolonqui que tenía detras. Y con mucha humildad pidió perdón "por haber molestado". Le regaló a mi tío ese carboncillo y una acuarela. Ese bocetó "lo heredé" hasta que se perdió en una de las grandes inundaciones (junto con TODA mi casa) de Avellaneda en octubre de 1967.


EL RÍO

Desde hace un tiempo despertar en la mañana viene siendo sinónimo de cierto estado de angustia rayano en la levedad, lejos de la desesperación y bastante emparentado con la tristeza y la estética de un presente tremendamente acotado por la parafernalia de recuerdos que el escenario de las ruinas del pasado familiar transmite.
No doy bola, rutina cuartelera, ducha, afeitada café bebido, viva la patria y a la calle. Nada mejor que una caminata enérgica para conjurar fantasmas. Calle Garibaldi, la vía, los perros callejeros, uno que otro transeúnte mañanero, giro en la esquina y puedo ver el puerto, Vuelta de Rocha, el puente a lo lejos y un banco frente al río. Está fresco hay viento y la altura del agua denota sudestada, mi mirada se pierde en el horizonte de ese paisaje vacío. 
Ya no hay barcos, no hay estibadores no hay signo alguno de actividad portuaria, eso ya no es un puerto, solo es un espejo de agua destinado a la explotación turística y a un destino incierto atado a los avatares de la especulación inmobiliaria y la metamorfosis que tarde o temprano unirá su destino a las inversiones millonarias, a los docks y hoteles de lujo de Puerto Madero.
Sin embargo, allí esta el río, como un animal agazapado, reptando, hoy dominado, pero siempre amenazante. 


Allí está ese río que se llevo la vida de mis mayores, que devoro el destino de tantos otros, que vinieron a “hacerse la América” y la América terminó por hacerse con ellos. Esta mañana me encuentra al final de un círculo frente a la bestia, cuya mirada puedo presentir clavada en mi.