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martes, 8 de junio de 2021

LA TROPILLA DE LA ZURDA.

por Teodoro Boot. Cátulo Castillo era un gigante de cuento de hadas, tan bonachón como imprudente. Cuando al grito de “La cultura es popular o no es cultura”, otro imprudente lo invistió presidente de la Comisión Nacional de Cultura, las personas decentes pusieron el grito en el cielo.
En Barro de arrabal, el memorioso Juan Carlos Jara evoca con una sonrisa taimada la iracunda reacción del ex-diputado radical Ernesto Sanmartino:

El país que produjo a Sarmiento, Guido Spano, Lugones, Almafuerte, Hernández, Rojas y tantos otros escritores y poetas famosos, sufre hoy el ludibrio de tener como máximo representante de su cultura al autor del sainete El patio de la morocha. Allí, el presidente de la Comisión Nacional de Cultura hace la apología del tango en octosílabos:

Y concilió los rezongos
de la pollera escarlata
de alguna paica mulata
por el barrio del mondongo…
Cien versos más de ese tenor orillero y de esa musa repulsiva podríamos reproducir. ¡Son engendros del presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la Republica Argentina! ¡Oh manes de la Patria! ¡Oh dioses del Olimpo! ¿Cuándo tendremos nuevas Termópilas?
 
Lo que el exdiputado todavía ignoraba, por haberse rajado a Montevideo después de calificar a sus colegas peronistas de rezagos del “aluvión zoológico del 24 de febrero”, era que, para no quedarse atrás, Cátulo no había tenido mejor idea que llevar al Teatro Colón a la orquesta de Aníbal Troilo para la representación del popular sainete El conventillo de la Paloma, de Alberto Vaccarezza. O crear en el Conservatorio Manuel de Falla la cátedra de bandoneón, a cargo de su viejo amigo Pedro Maffia, probablemente el mayor virtuoso de ese instrumento que haya jamás existido, pero no sólo con apellido sino también con facha de pistolero siciliano. No satisfecho, auspició el Festival de la Lunfardía organizado por José Gobello en el que recitaron sus poemas impresentables como Julián Centeya, Iván Diez y otros “acreditados cultores del género”.
Ya no era el ex diputado radical sino el propio ministro de Educación Armando Méndez San Martín (que había mandado al rincón nada menos que a Leopoldo Marechal por vivir en concubinato), quien sufriría un soponcio.
Antes de que la sangre llegara al río o los funcionarios pasaran a las manos, demostrando ser menos irresponsable o audaz que el poeta, en diciembre del 54 el Excelentísimo Señor Presidente disolvió la comisión.
A Méndez San Martín de mucho no le sirvió, ya que el General le dio el olivo unos meses después. A Cátulo, menos: lo primero que hizo en septiembre el gobierno libertador y democrático fue intervenir SADAIC, que Cátulo presidía por segunda vez, lo expulsó de su cargo de director del Conservatorio que desde 1930 había venido ganando por concurso, escalón tras escalón, y prohibió la difusión de sus temas en la radio por contumaz secuaz del flamante Tirano Prófugo.
No sólo Sanmartino había finalmente conseguido sus Termópilas, recordará Jara, sino que Cátulo Castillo pasaría a integrar la lista de “poetas depuestos” que con justicia encabezaba Marechal, para peor, sin cobrar jubilación ni derechos de autor debido a la intervención de la sociedad de artistas y compositores.
Refugiado en una casa de las inmediaciones de Ciudad Evita (ya adecentada como Ciudad General Belgrano) mientras iniciaba un largo ostracismo, el gigante bonachón descubrió su amor por los animales (llegó a albergar casi cien perros callejeros, gallinas y hasta un par de corderos –Juan y Domingo– y aunque ni Jara menciona la existencia de algún loro procaz y desacatado cultor de “la marchita”, nadie se habría extrañado) y su gusto por la pintura de caballete y las cartas astrales, mientras le metía a sus dos pasiones: el espiritismo y la poesía.
Como todos los depuestos, este poeta no tenía más remedio que ser clandestino, pero en su caso esto terminaba por volverse imposible: en el verano de 1956, muy poco después de iniciada “la retirada”, le arrima a su amigo Pichuco una letrita en la que expresa la profundidad del dolor, la desesperanza y la derrota que parecían haberse abatido para siempre sobre su corazón y el de la mayor parte de sus paisanos.
El cantor Edmundo Rivero lo contaría así:
El Gordo (Aníbal Troilo) vivía por aquellos años a pocos pasos de Corrientes, en un segundo piso que hubiera podido alumbrarse con el letrero luminoso de enfrente, el del cabaret Chantecler. Una noche de verano, enfriada sólo por el hielo del whisky, estábamos en ese departamento seis personas: los dueños de casa, Miguel Ángel Bavio Esquiú con su mujer, y yo acompañado por Julieta. El entusiasmo era uno sólo y por una letra que andaba por hacerse tango: de Cátulo Castillo, “La última curda”. Hubo ya un momento en que el tarareo no alcanzó y Bavio impuso:
–Gordo, chapá la jaula.
Troilo no se hizo rogar y comenzó a desgranar los acordes del tango, y yo, por supuesto, a entonarlo, a hacerme de sus palabras. Al rato estábamos tan absorbidos que la cosa se había convertido en un ensayo en toda regla. Al casi par de horas de retoques y de comentarios (también de tragos), el tango iba quedando “redondo”.
Las puertas del balcón estaban hacía tiempo abiertas de par en par, pero si hubiera aterrizado en el depto un plato volador no lo hubiéramos visto. Por eso tampoco advertimos que enfrente, en la vereda, se habían ido juntando muchas personas.
Y ya cerca del amanecer, cuando se produjo la salida de la gente del cabaret, pareció que el mundo se venía abajo de aplausos y ovaciones. Fue cuando salimos a ver qué pasaba y nos dimos cuenta de que ya se estaba interrumpiendo el tránsito. Igualmente tuvimos que acceder al pedido de hacer el tango entero desde el balcón, a puro fueye y cantor. Era una noche tan hermosa que cantar “La vida es una herida absurda”… casi sonaba a macana.

viernes, 4 de junio de 2021

HOMERO MANZI: UNA MITOLOGÍA DEL SUBURBIO.

Por: Nicolas Sosa Baccarelli

Imagino que nació en un patio con parras generosas y perfumes de madreselva. En un baldío con un charco donde rebota la luna para duplicarse en el cielo del suburbio. Me gusta creer que partió a reclinar su cansancio a otro lado, que salió por un rato a recostar su barba buena al arrullo del traqueteo de un carro somnoliento y lejano. Que se fue, que no está, dijeron los diarios. Que “Barbeta” había partido.

Había nacido el 1 de noviembre de 1907, en Añatuya, un pequeño pueblo de Santiago del Estero. Desde allí trajo su niñez atravesando una pampa que entonces era infinita para instalarse en el barrio de Boedo, en la esquina que da al terraplén y respira de zanjones olorosos.

Siendo un niño presenció, como Borges, como Carriego, “la luna en el cuadrado del patio, un hombre viejo con un gallo de riña, algo, cualquier cosa. Algo que no podremos recuperar…” Tal vez fue la jaula oxidada de un canario o la observación justa de González Castillo sobre una esquina cualquiera de Boedo lo que le exhibió el universo en una plenitud insólita: el barrio.

Ya Almafuerte y Carriego habían dado con ese misterio. Ya habían detenido su mirada en el suburbio como tema de la poesía, una revelación del  milagro de lo sencillo y de la anécdota simple.

Recibió como ninguno la potencia de lo que está allí a la vista y por eso mismo pasa inadvertido; y construyó con “ojos cerrados de sueño” y “un ramito de ruda detrás de la oreja” (“Mano blanca”) hombres que no eran jinetes de corceles briosos, excepcionalmente “literarios”,  sino carreros de caballos flacos que trotaban por los callejones volviendo al corralón.

Muchos ven en Manzi “el primero en convertir las palabras de los tangos en poesía” abriendo así el arduo camino que el género debió transitar para obtener licencia de reconocimiento en ciertas esferas cerradas de eso un poco místico, otro poco empalagoso, que llaman “las letras cultas”. De este modo fue Manzi, un indiscutido emblema de la renovación poética que el tango experimentó hacia la década del 40.

Lejos de la poesía de la métrica obsesiva y la academia, prefirió contarnos versos que vislumbraba entre las celosías.

Cuando Marechal juzgó el tango como “una posibilidad infinita”, probablemente venía de leer un manojo de versos de Homero.

En 1921 escribió el vals  “¿Por qué no me besas?”, una obra que no obtuvo mayor notoriedad. Cinco años más tarde se conoció su tango “Viejo ciego” considerado como el hito inicial del nuevo horizonte que el poeta abre al tango:

“Con un lazarillo llegás por las noches trayendo las quejas del viejo violín, y en medio del humo parece un fantoche tu rara silueta de flaco rocín”.

Ciego era el personaje de Homero, como el otro Homero, el griego. Solamente que en Boedo los cíclopes andaban trajeados de negro, con un cuchillo en la faja; y las sirenas tuberculosas de Pompeya susurraban tangos y valses. El “Viejo ciego” era un presagio de la poética que se avecinaba, un anuncio de la elegía porteña.

Ninguna alusión al amor atormentado, ni al paisaje nocturno de la angustia y de la decadencia. Ninguna referencia a la “percanta” que “amura” ni a prostíbulos sórdidos donde la noche se hace más breve y el alba más dolorosa.

Precoz lector de Rubén Darío, se empapó acaso del mejor modernismo y reflejó algunos recursos lorquianos con eficacia y originalidad. Lució un lenguaje simple, desprovisto en general de lunfardismos.  Con él supo construir imágenes que nos llegan hasta herirnos y nos hacen añorar un pasado ajeno, un recuerdo apócrifo de cosas perdidas que nunca tuvimos pero lloramos como propias.

Sintió la presencia del baldío atardecido con yuyos e inundaciones, de un interior remoto que conocía y que se adivinaba en las quintas cercanas; de los almacenes que se deshacen con el tiempo, sin testigos; de lo que se iría para siempre. Supo abrir una temática diferenciada de las entonces existentes, sobre la nostalgia de lo cotidiano.

En Aníbal Troilo encontró su mitad; en Sebastián Piana, la música oculta que su verso milonguero originalmente arrastra. Con él escribió “Milonga sentimental”, “Milonga del 900” -ambas grabadas por Gardel- y “Milonga triste”, entre otras.

El tiempo, con gran justicia, ha popularizado algunas de sus piezas mejores: “Malena”, con música de Demare, es una reunión de comparaciones insuperables:

“Tus ojos son oscuros como el olvido, tus labios apretados como el rencor, tus manos dos palomas que sienten frío, tus venas tienen sangre de bandoneón.”

“El último organito”, elegía y fábula arrabalera: “Las ruedas embarradas del último organito vendrán desde la tarde buscando el arrabal, con un caballo flaco, un rengo y un monito y un coro de muchachas vertidas de percal.”

“Eufemio Pizarro”, un culto respetuoso a esos hobres que son al mismo tiempo, realidad y leyenda.

“Decir Eufemio Pizarro es dibujar, sin querer, con el tizón de un cigarro la extraña gloria con barro y ayer de aquel señor de almacén.”

“Fuimos”, “De barro”, “Ninguna”, “El pescante” y “Barrio de tango” donde nos habla de “la luna chapaleando sobre el fango” y nos advierte del “misterio de adiós que siembra el tren”.

Periodista, docente, personaje clave en la historia del cine nacional, Manzi transitó con éxito diversos caminos en los escasos 44 años que vivió. Sus inquietudes políticas lo llevaron a las filas del yrigoyenismo. Más tarde fue expulsado del radicalismo por apoyar la candidatura de Juan Domingo Perón en 1945. Eran los tiempos de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina). Junto con Dellepiane, Jauretche, Scalabrini Ortiz, Manzi viró hacia el peronismo. “Nosotros no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios” sentenció por radio una vez.

Asfixiado por la angustia de la muerte próxima, de la noche que no perdona, del tiempo que no repara, se eternizó en el cielo más noble al que un hombre puede aspirar: la tradición de un pueblo que lo silba y que lo canta… para siempre.

“Sur, paredón y después. Sur, una luz de almacén(…) Las calles y las lunas suburbanas y mi amor y tu ventana todo ha muerto ya lo sé….”

jueves, 3 de junio de 2021

HACER LETRA PARA LOS HOMBRES

Homero Manzione nació radical con Yrigoyen y se hizo peronista de Perón. A la hora de elegir, optó por poner su palabra al servicio de la transformación social.



por: Norberto Galasso. 

Le tocó vivir un tiempo difícil de vasallaje y miseria popular, de artes exóticas y gobiernos reaccionarios, de banderas enfangadas y “próceres” traidores. Pero él supo encontrar las respuestas y erguirse junto a su pueblo para empujar “de prepo” a esa historia nuestra, a veces remisa y reculadora.

Vino de su Añatuya callada y desvalida y se metió con su espíritu poblado de versos en una Nueva Pompeya derramada en cafetines, lustrabotas y mendigos y en ese Boedo y Chiclana tantas veces amenazado por la inundación. Con su familia Manzione se acomodó en la calle Garay al 3200. Con sus siete hermanos incursionó en travesuras, picardías de purrete y “picados” futboleros, rebeldías inocentes de los nueve años, hasta que don Luis, su padre, decidió que él y un hermano ingresaran como pupilos al colegio de Abraham Luppi. Pero entre las travesuras se mezclaron sucesos dramáticos: la muerte de uno de sus hermanos y las visitas a la cárcel donde estaba recluido un tío suyo que se había “disgraciado” en una pelea de cuchillo. Él recordaría siempre esos pasillos sombríos, las rejas que impedían contactarse con su pariente y la congoja de su madre en esas visitas de los domingos.

Por entonces, el Peludo Hipólito Yrigoyen, liderando un frente de la clase media inmigratoria del litoral y los federales y autonomistas del interior, asumió la presidencia desplazando a la oligarquía: “El 12 de octubre de 1916, mis ojos de niño lo vieron de pie sobre su coche, emergiendo desde el fondo de la multitud”. Fue, desde entonces, “que pude besar el rostro de ese tío encarcelado (…) Se derrumbó el muro del locutorio y mi tío me dijo: ‘Esto lo ordenó Hipólito Yrigoyen porque es un hombre humano’”. Así nació su devoción por el radicalismo.

Entre Pompeya y Boedo se fue haciendo hombre y poeta, pues borroneó los primeros versos que ganarían las calles del barrio a través de los muchachos de la murga Los Presidiarios. Después ingresó a ese edificio de perfiles góticos que se llamaba Facultad de Derecho, donde compartió la rebeldía de “cien muchachos locos (…) que hacen la simbiosis pampeanamente rara de Yrigoyen y Marx”, una izquierda nacional “en orsai”, como la calificara su amigo Cátulo Castillo. Con este talentoso hijo del anarquista José González Castillo, que como Homero andaba buscando rumbo en la cultura y la política, con un atorrante magnífico como Amleto Enrico Vergiati (después Julián Centeya) y con el loco Papa, caminoteó atardeceres, alternó boliches y enarboló sueños. A ellos, se sumó luego Arturo Jauretche, que venía de la militancia conservadora para incorporarse a la caravana popular. “Manzi –diría luego Jauretche–fue quien me explicó la importancia del caudillo”. Y juntos se sumaron a la Reforma Universitaria del 18, agitando ideas y trompis contra los cajetillos de la agrupación El Círculo. Ya por entonces, 1926, Homero se destacaba con los versos de “Viejo ciego”, al que le puso música Cátulo Castillo.

Pero el 6 de septiembre de 1930 fue derrocado Yrigoyen, y el general José F. Uriburu implantó una siniestra dictadura. Manzi perdió sus cátedras de Literatura en el secundario y fue expulsado de la Facultad. Luego, lanzado a la resistencia, fue detenido en febrero de 1931, permaneciendo “a la sombra” durante dos meses. A la salida, acentuó su vocación política. A Jauretche le confió su decisión ante el dilema shakespeariano que vivía: “¿Ser hombre de letras o hacer letras para los hombres?”. Optó por lo último. Allá estaba la Academia y el galardón literario, el premio municipal y la cátedra momificada. Aquí, la fidelidad al barrio de las ranas, a las pibas de Alsina, a Pompeya con su “farol balanceando en la barrera” y “el codillo llenando el almacén”, al Boedo donde se mezclaban el caudillo radical Bidegain y aquel Eufemio Pizarro que “con vaivén de carro, cruzaba los ocasos del barrio pobretón”. Y Homero Nicolás Manzione optó por el mundo de las chatas entrando al corralón, chapaleando barro bajo el cielo de Pompeya, herido de lonjas rojas con sus gorriones y fabriqueras, con el eco de un bandoneón –“mariposa de alas negras”– brotándole el último organito de una ciudad entristecida. Aquel que miraba sus callecitas porteñas con calidez y hasta nostalgia se transformó en el orador esquinero que arengaba a la militancia. Aquel que calificaría la piel de una muchacha como “magnolia que mojó la luna” se convirtió en orador de combate: “Nos quieren hacer creer que hay una cosa intocable en la economía: el gran capital (…) Y que el ferrocarril apenas da ganancias (…) Hay que crear la mentalidad opuesta y nacional que, frente a esa lamentación, diga sencillamente ‘que se vayan a la puta que los parió esos accionistas’”. Aquel profesor que en sus clases exaltaba la poesía, venía a reclamar porque “somos una Argentina colonial y queremos ser una Argentina libre” y rescataba a su Añatuya natal porque era “Aña-mía”, sosteniendo que Santiago del Estero no era provincia pobre sino “una provincia empobrecida por el imperialismo”.

DE RADICAL A PERONISTA

Al mismo tiempo, en esos primeros años de los treinta produjo varias milongas que recibieron una buena acogida popular, entre otras, “Milonga sentimental”, “Milonga del 900” y “Milonga triste”. E integró “la resistencia” –esa que olvidan los dirigentes radicales de hoy– bregando por la elección directa de las autoridades y la consolidación de un programa antiimperialista. De allí salió la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja), el 29 de junio de 1935. Homero fue uno de los primeros cinco integrantes de la nueva corriente, junto a Arturo Jauretche, Manuel Ortiz Pereira, Félix Ramírez García y Juan Fleitas. Se trataba de recuperar la posición popular y revolucionaria del recientemente fallecido Yrigoyen, impidiendo que Marcelo Alvear condujera al partido a integrarse en “el régimen”. Militó unos años en Forja, pero en 1938 renunció al radicalismo, perdida ya toda esperanza, dada la degradación provocada por el alvearismo.

Al principio de los 40 incursionó en las milongas candombe, estrechando el vínculo criollo con los compases negros, para recibir el elogio de poetas cubanos, con “Pena mulata”, “Negra María”, “Ropa blanca”, “Papá Baltasar” y otros. Y empezó a tentar suerte en el periodismo y especialmente en la cinematografía (
La guerra gaucha, El último payador, Pobre mi madre querida, El viejo Hucha y otras), donde aportó un aliento nacional.

Pero cuando en Forja se produce la escisión (su amigo Luis Dellepiane rompe con la línea de Jauretche), Homero se desorienta y participa luego en la campaña electoral de 1946 de la Unión Democrática. Más tarde, rectifica su error. “Quienes nos tildan de opositores se equivocan. Quienes nos tildan de oficialistas también. No somos oficialistas ni opositores sino revolucionarios. Perón es el reconstructor de la obra inconclusa de Hipólito Yrigoyen”, dijo.

Ya enfermo, compone dos milongas elogiosas a Perón y a Evita. Poco después, varias intervenciones quirúrgicas no pueden impedir que la muerte le
 punguee el corazón. Y se despide, a los 43 años, “lleno de voces y de colores (…) que integran mi cortejo final de despedida”. Sin embargo, aun hoy, cuando en la radio de un tallercito del suburbio florecen otra vez sus versos “con un perfume de yuyos y de alfalfa que nos llena de nuevo el corazón”, parece como si el Homero indoblegable se pasease todavía con su cara redonda y su “frente triste de pensar la vida, tirando madrugadas por los ojos”.

miércoles, 1 de mayo de 2019

UN TAL BARQUINA

Barquina fue un personajes cuyo verdadero nombre era Francisco Loiacono. Por su andar compadrito, Carlos Muñoz (el Malevo Muñoz) lo bautizó Barquinazo, que el mismo Loiácono acortó en el sobrenombre que lo popularizó.
Barquina hizo el cursum honores en el diario Crítica donde ingresó como ascensorista, después fue secretario de Ulyses Petit de Murat y, finalmente, hombre de confianza de Natalio Botana.
Logró recomponer la amistad entre Carlos Gardel y Carlos de la Púa, distanciados a raiz de una nota publicada por éste con motivo de haber cantado Gardel una canzoneta, y en la que le aconsejaba: «¡Largá la mandolina, Carlitos!»
Salvó de un mal trance a muchos de sus amigos incluyendo a Petit de Murat, al que consiguió arrebatar de los verdugos torturadores de la Sección Especial de la Policía.
Le dedicaron varios tangos, entre ellos “Barquinazo” de Roberto Firpo y “Dos lunares” de Francisco Canaro.
Loiacono es el autor de las letras de los tangos “Cantor de mi barrio” y “N.P.”, ambos musicalizados por Juan José Riverol, que fueron grabados por la orquesta de Aníbal Troilo, aquél con la voz de Roberto Goyeneche y éste cantado por Raúl Berón.
Por su apodo es recordado por Cátulo Castillo en el tango “A Homero” con música de Aníbal Troilo:
Vamos,
vení de nuevo a las doce...
Vamos,
que está esperando Barquina...
Vamos,
¿No ves que Pepe esta noche,
no ves que el viejo esta noche
no va a faltar a la cita?...
(Donde dice Pepe y el viejo, se refiere a José Razzano.)
Según Helvio Botana (Poroto) (en: Memorias. Tras los dientes del perro, Peña Lillo editor. Buenos Aires, 1985), siendo Perón presidente, Loiácono lo fue a visitar y lo trabajó con esta frase:
«Lástima que chapó este laburo de Presidente. Con la pinta que usted tiene ¡qué flor de cafisho pudo haber sido!»
Un personaje...