sábado, 25 de febrero de 2023
MONIKA ERTL: LA MUJER QUE VENGÓ A ERNESTO GUEVARA.
miércoles, 9 de junio de 2021
LIBORIO JUSTO, PERFIL DE UN INDOMABLE.
Del prólogo de Daniel Campione a Masas y balas de Lobodón Garra (seudonimo de Loborio Justo)Buenos Aires : Biblioteca Nacional, 2007.
Dirigente de agrupaciones encuadradas en la izquierda radical por los últimos años treinta y los primeros cuarenta, narrador de relatos realistas, historiador con varias obras sobre Argentina y América Latina, fotógrafo tan amateur como eximio, viajero inveterado por latitudes disímiles y a vecesinsólitas, estudioso de la geografía y la fauna de regiones alejadas, habitante solitario por largos años de unas islas entrerrianas. Esos rasgos parecerían englobar varias biografías, sin embargo todos convergen en una sola persona: Liborio Justo.Liborio vivió entre los años 1902 y 2003, dueño así de una vida centenaria que abarcó todo el siglo pasado y le permitió asistir al comienzo del actual. Fue un personaje múltiple, proteico. Ello incluyó el uso de seudónimos, ya que solía firmar sus producciones narrativas como Lobodón Garra, mientras que la mayoría de sus intervenciones políticas aparecían con el apelativo Quebracho, que en ocasiones utilizaba también para firmar su producción de temática histórica.
Su temprana autobiografía, escrita antes de los 40 años, y titulada Prontuario lo muestra con una personalidad celosa de su independencia, un intelectual autodidacta (pasó sólo brevemente y sin graduarse por la universidad) con intereses muy vastos, que en lo ideológico se acerca primero al ideario democrático de la Reforma Universitaria, para definirse luego hacia la izquierda radical.
Mientras reside en Nueva York, en los primeros años treinta, milita vendiendo el Daily Worker, periódico del Partido Comunista, y culminará un giro de 180 grados respecto al tipo de ideas y acciones que podrían esperarse de su pertenencia de clase original, ligada a apellidos patricios y a vastas fortunas. A la hora de dar una explicación a ese giro,menciona tres factores que signan su itinerario:
"
a) la opresión social provocada por el orden existente que me impedía lograrla plenitud del desarrollo de mi personalidad,
b) la opresión circunstancial derivada del encumbramiento político de un familiar
c) la opresión nacional que resulta de la acción del imperialismo sobre la sociedad a que pertenezco.
"
Con respecto al segundo factor mencionado, haber pasado a ser el hijo del presidente argentino, Liborio ofreció una respuesta, en su provocativo estilo. Nos referimos al famoso grito ¡Abajo el imperialismo norteamericano! que profirió en 1936, en presencia del mandatario norteamericano, Franklin D. Roosevelt, y de su padre, el presidente argentino Agustín P. Justo, ambos reunidos en el recinto del Congreso Nacional.
Sus cuentos sobre la Patagonia, publicados exitosamente bajo el título La tierra maldita –cuya primera edición fue de 1933, y que podrían ubicarse en un realismo social característico de la izquierda– le habían dado cierta notoriedad literaria, y preanunciaban su definición ideológica. Al tiempo de regresar de EE.UU. se vinculó con el Partido Comunista de Argentina, para producir poco después una ruptura pública con esa organización, que volcó en una carta abierta publicada en la revista Claridad. Básicamente, condenaba en ella el viraje comunista a la política de frentes populares y se declaraba trotskista.
A su ruptura con el PC hace referencia en Prontuario, fundándola allí en el rol jugado por el comunismo en torno a la revolución española: "Fue allí donde el papel nefasto del llamado partido ‘comunista’ aplastando la revolución popular junto con el socialismo’ amarillo y apuntalando con todo su aparato policial el carcomido régimen burgués de la República, se hizo tan evidente, que juzgué imposible, en ninguna forma, seguir como cómplice de actitud de tal naturaleza"; y luegocontinúa: "... ese partido, para mayor escarnio nuestro, está dirigido por un individuo lleno de grasa en el cuerpo y en el cerebro, y sin otra condición destacable que la flexibilidad de su columna vertebral frente a la burocracia del Kremlin: el súbdito italiano Vittorio Codovilla... Si todavía hay algún tonto que lo siga, la altura del maestro está indicando a las claras la altura de los discípulos". El último pasaje constituye un buen ejemplo del furibundo estilo polémico que Liborio Justo conservó toda la vida, sin detenerse ante consideraciones personales o burlas de trazo grueso.
Militancia política y trotskismo
Al tiempo, Justo hará efectiva su incorporación a las corrientes trotskistas, que si bien desde hacía unos años habían iniciado su trayectoria en el país, todavía estaban reducidas a pequeños grupos, sin influencia real en el movimiento obreroni cohesión entre ellas. Él intenta jugar como un elemento dinamizador, apoyado en que era alguen con recursos intelectuales e incluso sociales y materiales aptos para cumplir un cierto rol de liderazgo, o al menos para instaurar una discusión más rica y más ligada a la acción que la existente hasta entonces.
Al tiempo de comenzar su actividad, y vivir los choques entre personalidades y pequeños grupos, lanzó una fuerte crítica al accionar trotskista de toda la década anterior, en un folleto titulado "Cómo salir del pantano".
Su énfasis teórico particular estaba puesto en el carácter semicolonial de Argentina:
"... ha sido, durante largos años, una especie de
apéndice económico de Inglaterra (...) Esta situa-
ción deformó por completo el desarrollo armónico
de las fuerzas productivas del país, paralizando su
evolución industrial y la consiguiente creación de
un mercado interno, al mismo tiempo que permi-
tiendo a la oligarquía ganadera argentina (en con-
nivencia con la burguesía comercial porteña) (...)
eternizarse en el poder hasta llegar a constituir el
principal freno al progreso de la República...".
Eso lo llevó a debatir con los trotskistas que postulaban que Argentina poseía un mayor grado de desarrollo y era, por tanto, susceptible de que allí se desarrollara un proceso revolucionario de carácter inicial y definidamente socialista, sin atender al problema de la liberación nacional que planteaba Justo.
Se entabló así un debate destinado a tener una duración muy prolongada, y que dio lugar a una profusa producción teórica e histórica dentro del trotskismo en particular y en el campo de la izquierda en general.
La organización creada por Liborio, el Grupo Obrero Revolucionario (GOR), se dispersó al poco tiempo de su creación, quedando reducido a pequeños grupos, con Liborio haciendo su balance en Centrismo, ooportunismo y bolchevismo, un trabajo que publicó en 1940. Luego logró reconstruir un núcleo que pasó a denominarse LOR (Liga ObreraRevolucionaria) polemizando con otra corriente, llamada LOS (Liga Obrera Socialista).
El grupo de Justo sostenía la necesidad de un proceso de liberación nacional, con tareas democráticas, antiimperialistas y de transformación agraria.También reivindicaba la composición social de la LOR, con predominio obrero, frente al grupo "pequeño burgués" que lo enfrentaba. Se afirma en las historias del trotskismo que el aporte fundamental de Liborio a esa corriente fue haberle dado importancia a la cuestión nacional.
Cuando los otros grupos trotskistas se unifican en el Partido Obrero de la Revolución Socialista (PORS), en 1941,
Liborio respondió acusando al representante de la Cuarta Internacional, que había sido mentor de esa unificación, de "agente imperialista" y, poco después, en 1942, planteó directamente la ruptura con la Cuarta Internacional.
En esas} circunstancias la LOR se dispersa y Liborio se queda prácticamente solo.
Escribió tiempo después el libro Trotski y Wall Street, en el que tildaba al propio Trotski de haber capitulado frente al gobierno burgués mexicano de Cárdenas, e incluso acusándolo de haberse puesto al servicio del imperialismo.
Seguirá sustentando esa peculiar posición sobre el revolucionario ruso hasta el final de sus días, como lo atestigua una
declaración de 1994:
"León Trotski, detrás del palabrerío revolucio-
nario que lo acompañó siempre, se alió al gobierno
burgués de Lázaro Cárdenas, atado al imperialismo
yanqui, hizo expulsar a sus partidarios revoluciona-
rios declarándose demócrata, buscando salvar su vida
o luchar mejor con su rival Stalin, y hasta se transfor-
mó en informante del gobierno de EE.UU.
Mas allá de su opinión sobre Trotski, la obra del revolucionario ruso siguió siendo una de sus fuentes de inspiración.
En su libro Estrategia revolucionaria, de 1957, hará un balance de estos momentos fundacionales del trotskismo argentino, criticándole "un criterio erróneo y metafísico que trató de trasplantar al medio semicolonial de América Latina las consignas aplicables a los países europeos... Ignoraron la unidad de América Latina así como negaron la necesidad de su liberación nacional...".
Fiel a su estilo polémico lapida a sus contendientes de la época, llamándolos, entre otros epítetos, "microcéfalos".
A partir de la disolución de la LOR en 1943, Justo ya no será un militante enuadrado en ninguna agrupación de izquierda, pero mantendrá inalterables sus ideas fundamentales, expresadas a través de su nada desdeñable producción escrita, volcada en buena parte a la temática histórica y política, con algunas incursiones cercanas a la ficción, y otras en la crítica literaria, sin descartar acercamientos a estudios geográficos y de ciencias naturales.
Mas allá de su alejamiento del trotskismo, seguirá definiéndose marxista-leninista, asignándole centralidad a la problemática de la "liberación nacional" y adoptando posiciones de izquierda radical. El "latinoamericanismo" fue una característica permanente de Justo, asociado a un potente antiimperialismo que supo ver en su momento el giro desde la preeminencia del capital británico al período signado por el predominio no sólo económico sino político-militar de Estados Unidos.
Dedicó parte de su obraa predicar la integración latinoamericana, y en particular un libro completo a la integración argentino-brasileña.
En 1956, Milcíades Peña lo invitó a formar parte de la revista Estrategia, un intento unificador de la intelectualidad de izquierda. Tras una aceptación inicial, Justo rechaza el ofrecimiento, diciendo textualmente "prefiero quedarme solo", y eso pasa a ser una decisión cuasi definitiva. Liborio seguirá siendo un atento observador y estudioso de la realidad nacional, continental y mundial, pero sin formar parte de ninguna organización política, y ni dar lugar a discípulos o escuelas inspiradas por él. El trabajo en soledad se convierte en una característica suya inalterable.
En otro orden está su obra narrativa, en la que refleja sus propias experiencias de vida, de viajero y explorador. La tierra maldita, original de 1933, es producto de sus viajes por la Patagonia austral.
Su experiencia de poblador de las islas del Ibicuy durante varios años dio como resultado Río Abajo, también una serie de relatos.Su estancia en el Ibicuy tal vez haya tenido que ver con el abandono de la militancia política activa, contrapesando el tiempo pasado en el febril mundillo de las agrupaciones trotskistas con la vida en parajes poco poblados y aislados. El Quebracho de las fuertes polémicas y los folletos críticos del orden de cosas existente y de las otras corrientes revolucionarias, parece haber dejado paso a un período signado por la soledad y la reflexión, quizá no casualmente contemporáneo a la entronización del peronismo, situación política difícil para quienes no cultivaban el peronismo pero tampoco el antiperonismo clásico, como era el caso de Justo.
Al volcar esa experiencia en la escritura, se reafirmó su tendencia realista, hasta despiadada, a la hora de pintar al ser humano en conflicto con la naturaleza y sumido en la soledad.
El abandono de la militancia organizada no implicó que Justo dejara de intervenir políticamente a través de sus escritos, sobre todo en la década de los 50 y los 60, desde su ya citada Estrategia revolucionaria, hasta su enfoque crítico sobre las guerrillas en Bolivia, pasando por escritos sobre experiencias como la Unidad Popular chilena o la llamada Revolución Peruana.
Una obra destacable es su libro dedicado a la revolución boliviana de 1952. 16 Esa obra aparece entroncada en un internacionalismo ligado a la visión de "revolución continental", y a un entusiasmo reflexivo pero muy intenso frente a la gran movilización de masas trabajadoras e indígenas, y frente al extraordinario hecho del ejército derrotado en lucha abierta por los mineros y otros sectores obreros. En su capítulo final no se ocupa tanto de la "traición" de los dirigentes "burgueses" como de las falencias de los revolucionarios a la hora de comprender la situación y tomar el proceso revolucionario efectivamente en sus manos.
Su publicación en 1967, por la misma época de la guerrilla del Che, puede tener que vercon el propósito de presentar a una revolución proletaria, con una situación en su momento de "doble poder" que la dirigencia revolucionaria habría malogrado, como contracara del llamado "foquismo" de las guerrillas.
De la misma época es su folleto sobre la guerrilla boliviana, en el que defiende la tesis de la "excepcionalidad" del proceso revolucionario cubano, triunfante a raíz de haber sido la primera experiencia de ese tipo y por tanto irrepetible en otros países de América Latina. Además señala como un error específico el intento en Bolivia, donde existía un campesinado que ya había vivido un proceso de reforma agraria tras la revolución de 1952, y un movimiento obrero minero que no había recibido apoyo en sus luchas de los años inme- diatos anteriores. Su posicionamiento es, por tanto, contrario a la estrategia guerrillera, y apuesta a los levantamientos de masas, con amplio protagonismo obrero.
En torno a los años sesenta comenzó a cultivar la escritura sobre la historia argentina, a la que percibía como estrechamente entrelazada con su historia familiar. Realizó un intento de historia argentina integral, en cinco tomos y un apéndice, Nuestra Patria Vasalla, cuya publicación abarcó cerca de un cuarto de siglo. Desde el tatarabuelo que luchó en las invasiones inglesas, hasta la india pampa que participó de su crianza, Justo parece considerarse a sí mismo un paradigma de identificación prolongada con estas tierras.
Antes de comenzar Nuestra Patria Vasalla, Justo escribe:
"En los años 1806 y 1807, Pedro Padroza, español, tatarabuelo del autor de este libro luchó contra los invasores ingleses... Cuatro años más tarde, James Harris, inglés, también tatarabuelo del autor, integró la tripulación de la escuadra deBuenos Aires que, al mando de Guillermo Brown, emprendió la lucha contra los españoles de Montevideo....".
Liborio Bernal,su abuelo, luchó contra las montoneras de Chacho Peñaloza intervino en la guerra del Paraguay, fue comandante del fuerte de Carmen de Patagones, gobernador militar de Río Negro, y en 1893 fue nombrado interventor federal en la provincia de Santa Fe, donde participó en la represión a la insurrección de inspiración radical de ese mismo año. Sus antepasados de apellido Justo también tuvieron destacada actuación pública: uno fue gobernador de Corrientes, y su padre, general, primero llegó a ministro de Guerra y después a presidente de la Nación. Liborio escribe:
"La historia de la República Argentina es, pues, en cierto
modo, para el autor de este libro (...) la historia de su familia y,
en ese sentido, considera tener derecho de hablar sobre ella y de-
cir al respecto todo lo que tiene que decir".
Mas allá de cierto tono aristocratizante en la postura Liborio apunta allí a exponer la historia argentina desde su punto de vista antiimperialista y de necesidad de liberación nacional, algo que explicita desde el título y subtítulo de la obra: Nuestra Patria Vasalla. Historia del coloniaje argentino.
El conjunto de la obra está presidido por la idea de que Argentina nunca ha alcanzado a ser una nación, que el sentimiento nacional quedó diluido detrás de un cosmopolitismo hijo del sometimiento a las metrópolis del gran capital.
La actuación pública y la escritura de Liborio Justo reconocen una coherencia indudable. Siempre se orientó al combate contra las fuerzas del establishment en sus variadas expresiones, oponiéndoles de modo invariable sus posiciones revolucionarias, articuladas en un antiimperialismo latinoamericanista, en clave de liberación nacional.
El mismo espíritu impregna todas sus páginas, y a su servicio desarrolló su vitriólica vena polémica, que no perdonó ninguna expresión del poder, desde los gobernantes hasta los representantes de la cultura oficial, pasando por las grandes empresas, en particular las extranjeras. Su soledad fue sin duda expresiva de características personales, pero también de las deficiencias de articulación de una izquierda argentina aquejada de debilidad y dispersión.
sábado, 3 de agosto de 2019
EL POEMA QUE HACÍA LLORAR A DOSTOYEVSKI
Liubov Dostoyevski, a quien se conoce también con el sobrenombre de “Aimée”, la segunda hija que tuvo Fiódor Dostoyevski con su esposa Anna, escribió una biografía de su padre que en español se publicó con el título Vida de Dostoyevski por su hija, en la cual cuenta que el escritor acostumbraba leer poemas a sus hijas y que siempre que les leía este de Pushkin, inevitablemente lloraba.
Aleksandr Pushkin
de rostro severo y pálido,
de alma osada y franca.
Tuvo una visión,
una visión maravillosa
que grabó en su corazón
una impresión profunda.
Desde entonces le ardía el corazón;
apartaba sus ojos de las mujeres,
y ya hasta la tumba
no volvió a hablar a ninguna.
Púsose un rosario al cuello,
como una insignia,
y jamás levantó ante nadie
la visera de acero de su casco.
Lleno de un puro amor,
fiel a su dulce visión, escribió con su sangre
A.M.D. sobre su escudo.
Y en los desiertos de Palestina,
mientras que entre las rocas
los paladines corrían al combate
invocando el nombre de su dama,
él gritaba con exaltación feroz:
Lumen coeli, sancta Rosa!
Y como el rayo, su ímpetu
fulminaba a los musulmanes.
De regreso a su castillo lejano,
vivió severamente como un recluso,
siempre silencioso, siempre triste,
muriendo por fin demente.
jueves, 18 de julio de 2019
VOLAR
Clarice Lispector (*)
Ya escondí un amor con miedo de perderlo, ya perdí un amor por esconderlo.Ya estuve en manos de alguien por miedo, ya tuve tanto miedo al punto de ni sentir mis manos.
Ya expulsé de mi vida a personas que amaba, ya me arrepentí por eso.
Ya pasé noches llorando hasta caer de sueño, ya me fui a dormir tan feliz al punto de ni conseguir cerrar los ojos.
Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que no existen.
Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.
Ya pasé horas frente al espejo intentando descubrir quien soy, ya tuve tanta certeza de mí al punto de querer desaparecer.
Ya mentí y me arrepentí después, ya dije la verdad y también me arrepentí.
Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para mas tarde llorar silenciosa en mi canto.
Ya sonreí llorando lagrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír
Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían.
Ya tuve crisis de risa cuando no podía, ya quebré platos, copas y vasos de rabia.
Ya eché de menos a alguien pero nunca se lo dije.
Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar
Muchas veces dejé de decir lo que siento para agradar a unos, otras veces dije lo que no pensaba para lastimar a otros.
Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros.
Ya conté chistes y más chistes sin gracia solo para ver a un amigo feliz.
Ya inventé historias con final feliz para dar esperanza a quien lo necesitaba.
Ya soñé demasiado, al punto de confundir con la realidad
Ya tuve miedo de la obscuridad, hoy en la obscuridad "me encuentro, me agacho, me quedo ahí"
Ya caí innumerables veces pensando que no me iba a levantar, ya me levanté innumerables veces pensando que no caería más.
Ya llamé a quien no quería solo para no llamar a quien realmente quería.
Ya corrí tras un carro, porque se llevaba a quien yo amaba.
Ya llamé a mi madre en el miedo de la noche huyendo de una pesadilla, mas ella no apareció y la pesadilla fué aún mayor.
Ya llamé "amigo" a personas cercanas y descubrí que no lo eran, algunas personas nunca necesité llamarles nada y siempre fueron y serán especiales para mí.
No me den formulas exactas, porque no espero acertar siempre.
No me muestren lo que esperan de mí, porque voy a seguir mi corazón.
No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente.
No sé amar a medias, no sé vivir de mentiras, no sé volar con los pies en la tierra.
Soy siempre yo misma, mas ciertamente no seré la misma para SIEMPRE!
Gusto de los venenos más lentos, de las bebidas más amargas,
de las drogas más poderosas, de las ideas más locas,
de los pensamientos más complejos, de los sentimientos más fuertes
Tengo un apetito voraz y los delirios más locos.
Me puedes hasta empujar de un acantilado que yo voy a decir:
- ¿Y qué? ¡AMO VOLAR!
"Volar" Clarice Lispector
(*)Clarice Lispector (Chechelnik; 10 de diciembre de 1920 - Río de Janeiro; 9 de diciembre de 1977) fue una escritora ucraniana-brasileña de origen judío. Es considerada una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la Generación del 45 brasileña. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un «no estilo». Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, entre las que se cuentan La pasión según G. H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.
viernes, 24 de agosto de 2012
Un cuaderno negro
por Juan Forn
Princeton no podía jubilar a Nina Berberova de su cátedra de ruso porque en su pasaporte decía “fecha de nacimiento desconocida” y ella no recordaba cuántos años tenía. Terminaron pidiendo la información a la embajada soviética en Washington, que la derivó a la KGB en Moscú, que informó desconocer de quién le hablaban. Al enterarse, Berberova envió a la embajada el último ejemplar que le quedaba de su autobiografía (cuyas primeras líneas, hoy famosas, dicen: “Así empiezan estas páginas, oliendo aún a tierra húmeda y a moho, como olemos todos los desenterrados”). Lo dedicó a la KGB y lo firmó “Ultima Sobreviviente del Barco de los Filósofos”. En 1922, las autoridades soviéticas habían fletado al exilio, en un carguero alemán, a más de cien intelectuales considerados inservibles para la Revolución. La lista la había armado el propio Lenin. Berberova iba en ese barco. Era menor de edad, se había casado con el poeta Jodasevich para poder partir con él. Creía que Rusia iba en ese barco, que no se podía aspirar a mejores maestros. Berberova quería escribir.
Escribió. En París, mientras Jodasevich languidecía de melancolía por Rusia, ella escribió notas que firmaba con el nombre de él (para poder cobrarlas) en las únicas dos revistas de la emigración que pagaban, hasta que dejaron de pagar. Gorki se apiadó de ellos y se los llevó a vivir a su casa en Sorrento. Gorki se carteaba con los grandes escritores europeos de su tiempo y necesitaba ayuda. Un día llegó una carta de Romain Rolland. Gorki pidió a Berberova que le tradujera: “Querido amigo y maestro –leyó ella–, he recibido en su carta el olor de las flores y el sol. Leerla fue como pasear por un jardín donde los rayos de luz del pensamiento transportan al cielo de la meditación...”. Gorki se irritó. “Pero, ¿qué dice este hombre? Yo sólo le pedí la dirección de Panait Istrati.” Rato más tarde le entregó a Berberova la respuesta para que la tradujera. Decía: “En los últimos años, el mundo camina hacia la luz y sólo quienes avanzan son dignos de recibir el nombre de hombres, en lugar destacado el camarada Panait Istrati, a quien usted, querido amigo y maestro, se refería en una de sus cartas y cuya dirección le ruego encarecidamente me envíe”.
Cuando Gorki se dejó convencer por Stalin y retornó a Rusia, Jodasevich terminó apiadándose de Berberova. Al llegar a París le pidió que le dejara un borscht para tres días y que se fuera, que empezara a firmar con su propio nombre lo que escribía, que lo dejara morir en paz. Ella consiguió una buhardilla en Billancourt, el barrio en las afueras de París donde estaba la fábrica Renault, y allí empezó a escribir unas fabulosas estampas de la vida cotidiana del “París ruso”, que las revistas de la emigración no querían publicarle porque contaban historias como la de los veteranos del Ejército Blanco que trabajaban en la Renault (famosos por tres cosas: su salud de hierro, su insólita sumisión a la policía y su negativa a sumarse a cualquier huelga), la de la Asociación de Ex Francesas (un grupo de institutrices que volvieron arruinadas a París después de la Revolución, luego de invertir todos sus ahorros en rublos zaristas, y pasaban las tardes en torno de un samovar recordando los viejos tiempos) o la de Alexei Remizov, secretario de la revista Problemas (quien en lugar de asistir a las reuniones de redacción prefería quedarse en la habitación contigua, donde acomodaba en círculo los zuecos y galochas de los miembros del comité, se sentaba en el centro y oficiaba una reunión paralela hablando con los zapatos de sus compañeros).
Luego de que un ruso blanco escapado de un manicomio matara a tiros a Paul Doumer, el presidente recién electo de Francia, la situación de los emigrados se volvió insostenible: ya no sólo se les negaba la ciudadanía sino también los permisos de trabajo. “¡Qué hartos estaban de nosotros!”, escribe Berberova en su autobiografía. “No sé qué nos hizo sobrevivir durante aquellos años. Eramos incapaces de leer libros nuevos o de releer libros viejos. Escribir nos producía una mezcla de miedo y repugnancia. Sólo teníamos un deseo: escondernos y callar.” Por esos días, Berberova conoció a un escritor emigrado de su misma generación, que firmaba sus libros “Sirin” para que no lo confundieran con su padre, el político asesinado en Berlín, Vladimir Dimitrievich Nabokov. La empatía fue absoluta, pasaron horas en un bar hablando de literatura hasta que Berberova dijo: “Pushkin se hubiera vuelto loco con Dostoievski. Dostoievski se hubiera desconcertado con Chejov. Y los tres nos despreciarían y se hubieran asqueado de nuestra degradación”. Nabokov se puso blanco, se levantó de su silla y, sin decir palabra, abandonó el bar.
Berberova sobrevivió a la guerra escondida en una granja en el sur de Francia. Volvió a París después de la liberación (caminando, tardó tres días), fue directo a Billancourt, al huerto abandonado que había al fondo del edificio donde había vivido, y desenterró un cuaderno negro que había dejado allí antes de escapar, en 1940. El cuaderno tenía todas sus hojas en blanco. Lo había comprado para escribir su autobiografía. Mientras lo desenterraba, una figura fantasmal se asomó por una de las ventanas; era una conocida rusa de los viejos tiempos, que le dijo desde allá arriba: “No me digas que has vuelto de la muerte”.
Ese cuaderno negro, con sus páginas aún en blanco, llegó con ella al puerto de Nueva York en 1950. Berberova viajó con una sola valija y setenta y cinco dólares en el bolsillo. Nadie la esperaba y no sabía una palabra de inglés. Tardó trece años en conseguir que Princeton le diera a regañadientes unas horas de cátedra a cambio de un departamentito en el campus. Recién entonces se sentó a llenar las páginas de su cuaderno negro. Un día la invitaron a una velada rusa en honor de la condesa Alexandra Tolstoi. Nabokov estaba allí. Ya había publicado Lolita. Era rico, famoso, había engordado, lucía una imponente calvicie y simulaba miopía para no tener que reconocer a quienes trataban de hacer contacto visual con él. En cierto momento, Berberova creyó que la estaba mirando y lo saludó con una inclinación de cabeza. Nabokov ni la registró. Nadie la registró, ni siquiera cuando se fue. La condesa Tolstoi se acercó entonces al escritor y le preguntó si era ella o él también olía a tierra húmeda. “A moho, más bien”, contestó Nabokov, frunciendo la nariz.
Princeton jubiló por fin a Berberova, pero no se atrevió a quitarle aquel departamentito en el campus. Ahí fue donde logró ubicarla el francés Hubert Nyssen, de la sofisticada editorial Actes Sud, que quería publicarle todos sus libros en París. Fue un éxito insospechado. Le dio un estrellato casi póstumo a Berberova: tenía 88 cuando ocurrió y murió cuatro años después. No conozco mejor retrato de la emigración rusa que su autobiografía (Las bastardillas son mías), que cierra con estas palabras de su amado Jodasevich: “En la época en que sucedieron estos versos yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie; apenas he llegado a ser”.
jueves, 16 de agosto de 2012
Y si viene un río gris.... by Lucas Carrasco
La realidad suele tener tan poco encanto.Tan poco misterio. Recién llegado a Buenos Aires, en mi cama, al costado, para ni vacilar cuando tengo insomnio o una idea que creo buena o una mujer o todo eso incompatiblemente junto. Y una botella de agua, en un escritorio pequeño. Con un cenicero que no es tal sino un recipiente que por magia de las mudanzas encontré en la alacena de la cocina. Y tengo el mate. Y una hoja con algunas anotaciones a mano que se va llenando de polvo y nada más. Atrás, arriba de unos cajones entre pullóveres y camperas los libros que me mandan y voy de a poco regalando y aveces algunos leo y películas y revistas que van amontonándose. Pongo un disco y empiezo a teclear. El mate se me enfría. El tiempo me suspende, hasta en los entretiempos y contratiempos. Y nada más. ¿A quién puede importarle?
La persiana rota. Los personajes que invento. Las cosas que se cuelan. Atender, a veces, el teléfono. Ir hasta el baño, acá a dos pasos. Lavarme la cara. Cepillarme los dientes. Ducharme. Salir caminando un rato por el barrio de gente maximalista. Las manos en los bolsillos. Una parada para comer de parado. Llamando a algún amigo. Ir a la radio. Pasarla bien con amigos. Seguir la noche tomando un café en los alrededores o volverme como entre nieblas a terminar un escrito, desgrabar coordenadas de lo poco vivido y contado. Ir a las redes sociales cuando me aburro. Al otro día esforzarme por levantarme en horario convencional. Cobrar y pagar cuentas. Elegir verduras. Organizar una madrugada solitario con largas sesiones de cocina y escritura. Los días corren mientras tanto. Tirado en el sofá con las piernas descalzas apoyadas en la mesa leyendo un libro. Atender el teléfono. Ir a algún lado. Acordarme de cosas. Tomar un colectivo. Entre nervios que te hacen torpe o momentos de calma infinita. Condenado. Enojado. Riéndome. O con una tristeza de puta madre mientras me ducho. Mirando a la ventana. Sentado en la banquina. Esperando algo que venga, que llegue, que le de sentido a todo. Con un mayor escepticismo atribuible cómodamente a los años. Que van pasando. Hacia, quién sabe donde. Ese lugar donde se acaban las historias que podés leer y podés escribir.
viernes, 10 de agosto de 2012
Hermann Hesse: Medio siglo sin el 'lobo estepario
Nacido en Calw (Alemania) en 1877 y con nacionalidad suiza desde 1924, Hesse murió en Montagnola (Suiza) el 9 de agosto de 1962 dejando un legado literario convertido en 'best seller' mundial, con 140 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, de los cuales solo una sexta parte corresponde a las ediciones en alemán.
Junto a Thomas Mann y Stefan Zweig, es el autor de lengua alemana más leído hoy en día en el mundo y uno de los dos únicos autores suizos, junto a Carl Spitteler, galardonados con el Nobel.
Pese a este reconocimiento mundial y pese a que Hesse vivió las últimas cuatro décadas de su vida en Tesino (sur de Suiza) -donde escribió 'El lobo estepario', 'Siddhartha', 'Narciso y Goldmundo' y 'El juego de los abalorios'-, los helvéticos viven con cierta distancia este aniversario de un autor que ven como alemán.
"Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario.
Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico".
"No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona".
"El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna"
" Siddharta.-¿Cuántos años crees que tiene el más anciano de los samanas, nuestro venerable profesor?
Govinda.-Quizá tenga unos sesenta.
Siddharta.-Tiene sesenta años y no ha llegado al nirvana. Tendrá setenta y ochenta años, como tú y yo los tendremos, y seguiremos con los ejercicios y ayunaremos y meditaremos. Pero nunca llegaremos al nirvana. Ni él, ni nosotros. Govinda, creo que seguramente ni uno de todos los samanas llegará al nirvana. Ni uno. Encontramos consuelo, alcanzamos la narcosis, aprendemos artes para engañarnos. Pero lo esencial, el camino de los caminos, éste no lo hallaremos. "
Hesse admitió que la vida casera le resultaba opresiva y se embarcó en varios viajes al extranjero para alejarse de la familia, con la que regresó en 1912 a Suiza para instalarse en Berna. Allí el escritor trabajó para la embajada alemana, desde la que, años después, prestaría ayuda a prisioneros de la I Guerra Mundial.
Durante la primera gran guerra, coincidiendo con la muerte de su padre en 1916, Hesse volvió a sufrir una grave crisis emocional y comenzó a someterse a sesiones de psicoanálisis para hacer frente a a la inevitable ruptura de su familia en 1919.
Se separó de Bernoulli y volvió a casarse dos veces, la última de ellas con Nina Dolbin, con quien vivió en la Casa Rossa sus últimos años de vida, en los que su creatividad literaria declinó.
En esos años, se refugió en la pintura, inicialmente como terapia, para convertirse en una auténtica pasión, creando una importante obra pictórica de unas 3.000 acuarelas que recrean los colores y la belleza del Tesino, su "patria chica".
Su gran éxito literario fue póstumo, ya que sus obras pasaron a ser un fenómeno global a raíz de la guerra de Vietnam, cuando los movimientos pacifistas reivindicaron sus trabajos y sus libros se convirtieron en símbolos del 'Flower Power', con su mezcla de pacifismo, filosofía asiática y desorientación existencial.
domingo, 22 de abril de 2012
Marlon Brando, un rebelde eterno
por Roberto Palmitesta
Ya todos se habían despedido de su desproporcionada e inerte humanidad. El actor más famoso de la posguerra yacía entubado y solitario en su cama clínica cuando ocurrió su deceso en la madrugada del 3 de julio, pareciéndose al famoso padrino que creó con su originalidad y talento hace tres décadas, esperando la muerte en un gran hospital. Sólo que esta vez las probabilidades estaban en su contra y no sobreviviría -como lo hizo el patriarca Corleone en la antológica secuencia central- ya que sus dolencias cardíacas y respiratorias eran demasiado graves, y moriría justo a sus 80 años cumplidos, como si hubiera planeado no pasar de esa edad. Así se fue el actor más comentado e influyente del último medio siglo, convertido en un mito por los medios que nunca lo abandonaron, ya que siempre fue noticia, aún en su decadencia, dejando como legado un puñado de impactantes caracterizaciones fílmicas y una multitud de imitadores y fanáticos.
Brando murió como vivió: orgulloso, solitario, rebelde, desafiante, caprichoso, anticonformista e iconoclasta, tal como diría una vez: “No puedo ser otra persona sino yo mismo, aunque me peguen en la cabeza”. A pesar de que ganó muchos millones -y a veces alquilando apenas su carisma durante minutos- en sus últimos años se mantenía con una pensión del sindicato de actores y de la ayuda del seguro social, ya que su fortuna fue derrochada en excentricidades o gastada en líos legales. Amante de lo exótico -se casó o vivió con cuatro extranjeras-, curiosamente los que más lamentaron su muerte han sido los indios norteamericanos -por defender a menudo su causa- quienes pusieron la bandera a media asta en las reservaciones indígenas. Hasta Bush se vio obligado a dar una declaración de pesar desde la Casa Blanca, lo cual da una idea de la importancia del personaje.
Su su partida marcaba el fin de una era y se había ido un pedazo de Hollywood, un actor prometeico y omnipresente en las pantallas grandes y chicas, desde que nos conmovió como un militar minusválido e iracundo en la cinta de Fred Zinnemann, Los hombres, y luego como el marido abusivo en Un tranvía llamado deseo, más adelante como el rebelde motociclista en El salvaje, como el boxeador frustrado en Nido de Ratas, o como el patriarca mafioso en El padrino, o como el amante circunstancial de una parisina en El ultimo tango en París, o finalmente como el oficial desquiciado en Apocalipsis ahora, quizás su último gran papel.
Su carrera arrancó con buen pie en los 50, se estancó en los 60, revivió en los 70 gracias a El Padrino, pero a partir de los 80 hizo sólo papeles mediocres u olvidables, la mayoría tipo relámpago, aunque todavía se daba el lujo de cobrar tres millones de dólares por dejar poner su nombre en afiches y marquesinas. A pesar de que participó en unas 40 cintas, sólo la media docena de filmes arriba mencionados se pueden considerar como realmente antológicos, verdaderos hitos en la historia del cine. Obtuvo incontables premios y homenajes (destacándose sus cinco nominaciones y dos Oscares de la Academia) y su caracterización de un abogado anti-Apartheid, en A dry, white season (Una estación seca y blanca), realizado hace apenas 15 años- por poco le hace ganar un tercer Oscar como mejor actor secundario, aunque tampoco lo hubiera aceptado. En su último filme, hecho hace apenas tres años, The Score (Saldo de cuentas) interpreta al autor intelectual y financista de un espectacular robo de joyas, por primera vez al lado de Robert De Niro, irónicamente el actor que interpretara el mismo personaje que revitalizó su carrera, en la segunda parte de la saga de El Padrino.
Algunos fracasos notables: Desirée (como Napoleón), La condesa de Hong Kong, (la lamentable última cinta de Chaplin), Motín en el Bounty (como el oficial rebelde), Ellos y Ellas (Guys and Dolls, como un tahúr de bajos fondos, que canta y baila). Dirigió una sola película, One-eyed Jacks (El rostro impenetrable) un western poco apreciado por crítica y público, aunque algunos lo consideren ahora un clásico del Oeste. Si bien prefería roles dramáticos, gustaba actuar en comedias y se lo recuerda en algunas hilarantes cintas, como en Dos pícaros ladrones (Bedtime story, como un estafador de ricachonas) y como un mafioso en The Freshman (El novato) parodiando a Vito Corleone, personaje casi mitológico del cual jamás pudo escapar. En las últimas dos décadas sólo actuó como protagonista de dos cintas importantes, como un sensible psiquiatra en la romántica Don Juan de Marco y como el científico demente en el fallido remake de La isla del Dr. Moreau. Su último proyecto, ahora abortado, sería un largo documental sobre su persona, proyectada para filmarse este año -a cargo de un cineasta tunecino- y que se titularía Brando & Brando, aunque quizás se llegue a realizar sólo con retazos y opiniones de otros, sin su avasallante presencia física.
Brando tuvo la suerte de trabajar con los mejores directores de su época, (tales como Chaplin, Zinnemann, Kazan, Milestone, Dmytryk, Mankiewicz, Coppola, Pontecorvo y Bertolucci), y actuar con artistas de la talla de Vivien Leigh, Anna Magnani, Jean Simmons, Sophia Loren, Elizabeth Taylor y Faye Dunaway. Fue también un pionero, pues su original método de actuación –penetrante, intenso y espontáneo, aprendido en el Actors Studio- sentó la pauta para el cine mundial de la posguerra e influyó en actores como James Dean, Paul Newman, Sydney Poitier, Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Al Pacino, Robert De Niro, James Caan, Mickey Rourke, Leonardo DiCaprio, Russell Crowe, Sean Penn y Johnny Depp, siendo estos cuatro últimos muy solicitados últimamente y considerados por la crítica como los más recientes herederos del estilo interpretativo liderado por Brando. En otros países también se sintió su influencia, pues Richard Harris y Alan Bates en Inglaterra, y Jean- Paul Belmondo y Alain Delon en Francia, y Klaus Maria Brandauer en Alemania, aplicaban el mismo método y elogiaban a menudo a Brando.
Su desprecio por Hollywood fue evidente desde los años 70, simbolizado por su renuncia al codiciado premio de la Academia y por su búsqueda de nuevos horizontes en Francia e Italia. Su irreverencia lo convirtió en protagonista ideal para trabajar en dos hitos del cine erótico, primero en Candy (1968), aquella alocada sátira sexual del francés Christian Marquand con libreto del irreverente Terry Southern, donde Brando interpreta a un extraño guru seudo-oriental que embauca y fornica descaradamente con una ingenua ninfómana, junto a un reparto variopinto que incluyó nada menos que a Richard Burton, Walter Matthau, Ringo Starr, Charles Aznavour, Sugar Ray Robinson, John Huston y James Coburn. Con esa atrevida experiencia softcore en su currículo, Bertolucci no tuvo dudas en contratarlo para su Ultimo Tango en París, donde –además de escenas muy eróticas- aparece ensayando el sexo anal con Maria Schneider, algo antes impensable en una película no pornográfica, que la hizo clasificar como X –al igual que Candy- y a prohibirse en muchos países. Nuevamente, aún en su madurez, Brando sería el iconoclasta pionero de nuevas experiencias fílmicas.
Con esa actitud liberal sobre el sexo y el amor, y con la imagen de seductor sensual que arrastró desde sus primeros filmes, no extraña que su vida sentimental fuera bastante desordenada... y a veces trágica. Después de sus tres breves matrimonios entre 1957 y 1960, primero con la actriz de origen indio, Anna Kashfi, luego con la mexicana Movita Castañeda y finalmente con la tahitiana Tarita Teripaia, siguió teniendo amores con muchas actrices que lo admiraban, tales como Pat Quinn, Rita Moreno y Ursula Andress. (A esta última le preguntó una vez :”Nosotros ya hicimos el amor, verdad?, lo que da una idea de su obsesiva promiscuidad). En sus últimos años compartió la cama con su ama de llaves, María Cristina Ruiz, quien lo demandó por la bicoca de cien millones de dólares por olvidarse de ella y sus hijos cuando terminaron en el año 2000. En total tuvo 11 vástagos (5 con su apellido), pero dos le dieron muchos pesares, pues uno fue condenado a 10 años de prisión por asesinar al novio de su hermana Cheyenne (hija de Brando y con Tarita) y quien luego se suicidó. Sin embargo, a pesar de que se humilló por ellos y lo dejaron arruinado, lo consideraban un padre egoísta y errático, reflejo de una dura niñez con padres alcohólicos e irresponsables.
Mientras muchos lo consideran un gran actor por su profundidad y talento, otros critican su desprecio por la profesión y su flojera como profesional (olvidaba sus diálogos e improvisaba mucho), además de su egolatría (gustaba monopolizar las escenas) y sus notorios caprichos de superestrella, pues se ausentaba mucho del plató y hacía exigencias absurdas, como la de ignorar a su propio director, Frank Oz, en su último filme. Gillo Pontecorvo, su director en Queimada! dijo de él: “Podía ser un dios frente a las cámaras y, minutos después, una persona insufrible”. Pero al conocerse su deceso, algunos colegas lo elogiaron así:
-Sophia Loren: “Fue un queridísimo amigo y compañero, muy educado y profesional. Actores como él deberían ser eternos”.
-Robert Duvall: “Fue uno de los actores más grandes y originales del siglo, sólo comparable con Laurence Olivier”.
-Bernardo Bertolucci: “Con su muerte, Marlon Brando pasó indudablemente a la inmortalidad”.
-Francis Ford Coppola: “Marlon odiaba los cumplidos. Así que lo único que diré es que me entristece su partida”.
Algunas de sus frases fueron antológicas, incorporadas a la mitología fílmica:
- “¡Stella, Stella!”, en Un tranvía llamado deseo (echando de menos a su mujer).
- “¡Contra lo que sea!”, en El salvaje. (al preguntársele contra qué se rebelaba).
- “Pude haber sido alguien”, en Nido de Ratas (conversando con su hermano).
- “Le haré una oferta que no podrá rechazar”, en El Padrino.
- “El que no pasa tiempo con la familia, no es un verdadero hombre” (idem).
- “¡Busca la maldita mantequilla!”, en El último tango en París.
- “¡El horror, el horror!” en Apocalipsis Ahora (refiriéndose a la guerra).
Un comentarista español resumió en su elegía del actor el sentir general de su fanaticada: “El cine se queda huérfano, pues fue uno de sus monstruos sagrados. Brando combinaba un talento único, un carácter difícil, una imagen sensual, una rebeldía constante. Algunos pueden haberlo odiado, pero la mayoría agradece de que haya vivido.” Paz a los restos de Brando... el grande, con todos sus defectos.
sábado, 21 de abril de 2012
Charles K. Bukowski: un escritor maldito
El joven Heinrich Karl Bukowski conoció muy pronto el desencanto. Despojado de su verdadero y germánico nombre tras el traslado familiar a Baltimore (EE.UU) en 1923, en el nuevo “Charles” confluyeron todos los factores que pueden empujar a un niño al ensimismamiento: un ambiente familiar turbio, un físico poco agraciado y una timidez atávica e irremediable. Demasiado joven para el alcohol o las drogas, demasiado débil para plantar cara, Bukowski se refugió muy pronto en los libros. Tanto es así, que en su poema “Llegaron a tiempo” realiza un agradecimiento conmovedor a los Huxley, Faulkner, Hemingway o Joyce, integrantes todos ellos de su infantil pandilla de celulosa: “Todos estos amigos bien adentro de mi sangre, quienes, cuando no había ninguna oportunidad, me dieron una”. La vocación literaria, cómo no, estaba al caer. En la mitad de la veintena, nuestro hombre realiza incursiones con cierto éxito en la literatura breve. Poco después, desanimado por la imposibilidad de continuar con sus apariciones en Story Magazine y demás revistas literarias, llega de nuevo el estigma de la desilusión, hallando esta vez –y ya para siempre- un consuelo efectivo y duradero en forma de alcohol con dos cubitos de hielo.
Comienzan entonces unos años grises y turbios, con demasiado olor a vómito y muy poca esperanza aguardando cada mañana. Bukowski malvive en Los Ángeles, y aficionado a la 66 y a cualquier otra ruta, vagabundea por USA desarrollando un amor incondicional por los moteles de carretera, hoteles “cucaracha” como el de “Tres mujeres”. La cosa, entonces, sólo podía ir a peor. A principios de los 50, el servicio postal le ofrece un trabajo gris con perspectivas grises, un curro de legañas desanimadas y días pasando lentos tras una mesa. Su experiencia durará tres años. Con la libertad recién adquirida, en 1955 los excesos pasan factura en forma de úlcera sangrante. Nada mejor que ver de perfil a la muerte para que un indolente vocacional -“Mi ambición está limitada por mi pereza”- comience a buscarle sentido a su vida.
Llegan entonces las primeras tentativas de retomar su carrera literaria, coronadas con la publicación en 1959 de “Flor, puño y gemido bestial”. Bukowski cuenta entonces con treinta y nueve años, y este éxito inmediato y a la vez tardío en la poesía será uno de los mayores motivos de orgullo que el escritor conservará para el resto de su vida. Las cosas, sin embargo, podían ir mejor. Desencantado por el poco apoyo de su mujer desde 1957, Barbara Frye, y demasiado enfrascado en el alcohol, su matrimonio se rompe, y su maltrecha economía –sustentada a menudo por el patrimonio burgués de su esposa- se resquebraja. Ha de volver a la oficina entre petates y sellos, y todo lo anterior no parece más que un paréntesis en mitad de la desgracia.
No mucho después retomará su vida de manos de Frances Smith, quien en 1964 le dará su primera hija, Marina Louise. Pero no terminará ahí su despertar. Este solitario con muy buenos amigos encontrará un hueco en la revista “The Outsider”, por mediación del editor Jon Webb. Allí, su nombre se relacionará con el de autores de la talla de William Borroughs y Henry Miller, comenzará a ser conocido y el fenómeno “Bukowski” arrancará con pies de plomo. La llave hacia el éxito llega en forma de un contrato vitalicio de 100 dólares al mes, y Bukowski, tal y como declara, se plantea qué senda tomar en mitad de una bifurcación clara: la de un empleo rutinario pero seguro o la de un riesgo enorme y sacrificado. Ninguna otra decisión fue tan fácil. “He decidido morir de hambre”. Nunca lo hará.
Los setenta fueron la década dorada. Bien relacionado – Jean Genet y Sartre se encontraban entre sus admiradores más entusiastas- el torrente se dispara y de la pluma del escritor surgen títulos como Cartero (1971), Factotum (1975) y otros menos eufónicos, como La máquina de follar (1975) o El amor es un perro infernal (1977).
Como culmen, llegan Mujeres (1978), un recorrido enmascarado de seudónimos por su vida conyugal, y otro título algo más que significativo: Shakespeare nunca lo hizo (1979). Muerto en 1994, mordaz, atrevido y descarnado, alguien que caracterizó a Thomas Mann como a “un tipo que confunde el arte con el aburrimiento” y defendió a los artistas que dicen “una cosa complicada de un modo simple”, sólo nos podía dejar una herencia como la suya: citas imprescindibles, un amor por el exabrupto sólo comparable con el de otros padres del “Pulp” y un puñado de títulos que tu madre no querría ver jamás asomando por tu estantería.
Construyen una casa
media cuadra abajo
y yo me levanto aquí
con las persianas bajas
a escuchar los ruidos,
los martillos clavando las puntillas,
tac, tac, tac, tac,
y luego escucho los pájaros y
tac tac tac
y voy a acostarme,
tiro las cobijas hasta la garganta;
han estado construyendo esta casa
por un mes y pronto tendrá
su gente... durmiendo, comiendo,
amando, moviéndose por todas partes,
pero algo
ahora
no es correcto,
parece una locura,
hombres caminando en su techo con puntillas en la boca
y leo acerca de Castro y Cuba,
y por la noche camino por
y las nervaduras de la casa muestran
y adentro veo gatos caminando
la manera como los gatos caminan,
y luego un muchacho que pasa en una bicicleta
y aún la casa está sin terminar
y en la mañana los hombres
regresan
caminando por todas partes en la casa
con sus martillos
y parece que la gente no construye casas
nunca más,
parece que la gente debiera parar de trabajar
y sentarse en cuartos pequeños
en segundos pisos
bajo luces eléctricas sin persianas;
parece que hay mucho para olvidar
y mucho para no hacer
y en farmacias, mercados, bares,
la gente está cansada, no quieren
moverse y yo me paro en la noche
y miro a través de esta casa y la
casa no desea que se construya;
a través de sus lados veo las colinas moradas
y las primeras luces del atardecer,
y hace frío
y abotono mi chaqueta
y me paro allá a mirar la casa
y los gatos se para y me miran
hasta cuando me siento desconcertado
y me muevo hacia el norte por la acera
donde habré de comprar
cigarrillos y cerveza
y retornaré luego a mi cuarto.
miércoles, 18 de abril de 2012
Un árbol, una roca, una nube
“Lo que pasó fue esto. Ahí estaban esos sentimientos hermosos y esos pequeños placeres sueltos, dentro de mí. Y esta mujer era para mi alma algo así como una cinta de montaje. Hacía pasar por ella esos poquitos de mí mismo y salía completo. ¿Me sigues ahora?
(…) En esas circunstancias, ya te puedes imaginar cómo me quedé cuando me dejó.
(…) Fuí a todas las ciudades que había mencionado alguna vez, buscando a todos los hombres que habían tenido alguna relación con ella. Tulsa, Atlanta, Chicago, Cheehaw, Memphis… Durante casi dos años corrí por el país tratando de encontrarla. La verdad es que el amor es una cosa extraña. Al principio no pensaba más que en que volviera. Era una especie de manía. Luego, según pasaba el tiempo, trataba de recordarla, pero ¿sabes qué ocurría?
(…) Cuando me tumbaba en la cama y trataba de pensar en ella, mi cabeza se quedaba en blanco. No podía verla. Y entonces sacaba sus fotografías y las miraba. Nada, no había nada que hacer. Era como si no la viera. ¿Puedes imaginarlo?
(…) Pero un pedazo de cristal inesperado en la acera o una canción de cinco centavos en un gramófono automático, una sombra en una pared por la noche, y recordaba. A veces eso me ocurría por la calle y yo me echaba a llorar y me golpeaba la cabeza contra un farol. ¿Me comprendes?
(…) Cualquier cosa. Daba vueltas por ahí y no tenía poder sobre cómo y cuándo recordarla. Uno cree que se puede poner encima una especie de blindaje. Pero el recuerdo no viene al hombre así, de frente, viene por las esquinas, dando rodeos. Estaba a merced de todo lo que oía o veía. De repente, en vez de ser yo el que atravesara el país para encontrarla, empezó ella a perseguirme en mi propia alma. Ella persiguiéndome a mí, !fíjate! Y en mi alma.
(…) Yo era un pobre mortal enfermo. Era como la viruela. Te confieso, hijo, que me emborraché, forniqué, cometí cualquier pecado que de pronto me apeteciera. Me avergüenza confesarlo, pero así es. Cuando recuerdo esa temporada, está todo confuso en mi mente; fue terrible.
-Pasó el quinto año. Y con él empezó mi ciencia.
(…) Es difícil explicarlo científicamente, hijo. Me figuro que la explicación lógica es que ella y yo nos habíamos perseguido tanto tiempo que al fin nos hicimos un lío, nos echamos atrás y lo dejamos. Paz. Un vacío extraño y hermoso.
(…) Yo me quedába allí, en mi cama, echado en la oscuridad. Y así me vino la sabiduría.
(…) Es esto. Escucha atentamente. Medité sobre el amor y saqué la conclusión. Me di cuenta de qué es lo que nos pasa. Los hombres se enamoran por primera vez. Y ¿de qué se enamoran?
(…) De una mujer. Sin sabiduría, sin nada para poder ir por ahí, emprenden la experiencia más sagrada y peligrosa de este mundo. Se enamoran de una mujer.
(…) Empiezan por el revés del amor. Empiezan por el punto crítico. ¿Te das cuenta de por qué es algo tan desgraciado? ¿Sabes cómo deberían querer los hombres?
(…) Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor?
(…) Un árbol. Una roca. Una nube.
(…) Medité y empecé con precaución. Cogía cualquier cosa de la calle y me la llevaba a casa. Compré un pececillo dorado y me concentré en él y lo amé. Pasaba gradualmente de una cosa a otra. Día a día iba adquiriendo esa técnica.
(…) Ya hace seis años que voy por ahí solo haciéndome mi saber. Y ahora soy un maestro, hijo. Puedo amarlo todo. No tengo ya ni que pensar en ello. Veo una calle llena de gente y una luz hermosa entra dentro de mí. Miro a un pájaro en el cielo o me encuentro con un viajero en el camino. Cualquier cosa, hijo, o cualquier persona. ¡Todos desconocidos y todos amados! ¿Te das cuenta de lo que puede significar una ciencia como la mía?.”
Al final de “Una roca. Un árbol. Una nube” el chico que escucha la historia del viejo que predica las virtudes y riesgos del estudio de la ciencia del amor, le pregunta si se ha vuelto a enamorar de alguna mujer. El viejo –que tiene agarrado al niño por el cuello de su chaqueta de cuero- lo suelta, bebe un trago largo de cerveza y por fin responde:
“-No, hijo. Fíjate, ése es el último paso de mi ciencia. Voy con cuidado. Todavía no estoy preparado del todo.”
Extracto del libro “El aliento del cielo”, de Carson McCullers
Ver : CARSON McCULLERS: LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE
miércoles, 7 de marzo de 2012
Vida e imagen de Isidore Lucien Ducasse "El Conde de Lautréamont"
Toda investigación, sobre la vida del Conde de Lautréamont se vio siempre dificultada por factores externos, fortuitos y sobre todo por factores internos, existentes en aquéllos que se ocupaban de él. La angustia que condiciona esta situación estaba ligada a los aspectos siniestros de su vida y de su obra.
El mismo Lautréamont advierte al decir en el primero de sus poemas: “Plegue al cielo que el lector, envalentonado y sintiéndose feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje, a través de los pantanos desolados de estas páginas sombrías y llenas de veneno; porque de no emplear en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro empaparán su alma como el agua empapa el azúcar. No es conveniente que todo el mundo lea las páginas que van a continuación; sólo algunos saborearán este fruto amargo sin peligro.
En consecuencia, alma tímida, antes de internarte más en semejantes páramos inexplorados dirige tus talones hacia atrás y no hacia adelante”. Pero sin embargo la mayor responsabilidad de este rechazo del caso Lautréamont recae sobre sus primeros críticos: León Bloy y Remy de Gourmont. Ellos espantaron a los lectores y sin duda influyeron también en el ánimo de los familiares en el sentido de hacer desaparecer todo rastro del poeta. Alrededor de Lautréamont se creó una atmósfera de terror, de espanto, y su influencia satánica parece haberse ejercido sobre algunos que se interesaron por su obra, ya que enloquecieron o se suicidaron. El aspecto fantasmal fue reforzado de este modo.
Isidoro Ducasse que usó el seudónimo de Conde de Lautréamont nació en Montevideo en el año 1846, vivió además en Tarbes y en Pau, pasó por Buenos Aires, estuvo en Córdoba y murió a los 24 años en París, en el año 1870.
Escribió unos poemas en prosa, “Los Cantos de Maldoror”, y el prólogo a unas poesías.
Recordemos que Mallarmé nació en el año 1842, Verlaine en 1844, Corbiere en 1845, Lautréamont en 1846 y Rimbaud el más joven de este grupo en 1854. Lautréamont publicó sus Cantos en el año 1868, es decir cinco años después que Rimbaud publicara “Una temporada en el infierno”.
El grupo perteneciente a la generación de 1914 tomó a Lautréamont por estandarte, así nació el movimiento surrealista que descartando primero a Baudelaire y luego a Rimbaud –dice Marcel Raymond– prefirió por gusto del escándalo y para decepcionar las admiraciones burguesas, un Lautréamont genial y mitológico al cual presentó como un arcángel enfurecido, lanzando blasfemias en una noche apocalíptica.
Situado Lautréamont en el tiempo y en la historia de la literatura, trataré de mostrar por qué su existencia fue reprimida por su medio y cómo poco a poco, merced a la labor de muchos, tal como un psicoanalista va venciendo las resistencias del enfermo, se pudo traer a la conciencia de esta época algo de este material previamente reprimido.
Y tal como sucede en las neurosis, lo reprimido tiende a volver a la conciencia en forma disfrazada, como sucede por ejemplo, en las fantasías, los mitos y las leyendas. Así surgió la leyenda lautreamoniana.
León Bloy fue el primero en descubrir al Conde de Lautréamont en el año 1890 es decir veinte años después de su muerte. Este verdugo de la literatura contemporánea –como lo llamaba un crítico de la época– juzgó a Lautréamont de esta manera: “Considero como un signo de este tiempo la reciente intromisión en Francia de un libro monstruoso, casi desconocido, “Los Cantos de Maldoror”, obra totalmente sin analogía y probablemente llamada a tener resonancia”. Dice que el autor murió en un manicomio y es ésta su única información. Duda de que la palabra monstruoso sea suficiente para calificar la obra. Recuerda –dice– a un espantoso polimorfo submarino a quien una tempestad sorprendente hubiera arrojado a la ribera después de haber zamarreado el fondo del océano. La blasfemia es la obsesión permanente de Lautréamont.
“El signo incontestable del gran poeta –continúa Bloy– es la inconsciencia profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esta es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las fuentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser hoy descubrir un gran poeta, y descubrirlo en una casa de locos, debo declarar –dice Bloy– en conciencia, que estoy seguro de haber realizado el hallazgo”.
León Bloy, el hombre que decapita por mandato de la ley –como dice un crítico– es el voluntario verdugo moral de esta generación; más que todo es un Monje de la Santa Inquisición. Su juicio decidió el porvenir literario de Lautréamont, pero sólo el porvenir inmediato y obró como conciencia moral de su época, como elemento represor, Lautréamont es un genio, pero es un genio loco, hay que tener cuidado de él.
Podría explicarse justamente por este hecho, la influencia posterior de Lautréamont, como todo elemento reprimido, no perdió su fuerza por el hecho de ser inconsciente para sus contemporáneos, sino por el contrario, desde allí pujó por salir y expresarse de alguna manera. El surrealismo es, a mi entender, la consecuencia de esta situación. Y la prueba de la trascendencia inconsciente de Lautréamont.
El primero en darnos referencias verdaderas sobre la vida de Conde de Lautréamont fue L. Genonceaux, editor de la primera edición librada a la venta en 1890. Dice que en el transcurso del año 1869 el Conde terminaba los preparativos para la salida de su libro y que cuando éste iba a ser entregado, el editor Lacroix que era víctima constante de las persecuciones del Imperio, suspendió la venta a causa de las violencias del estilo que hacían peligrosa la publicación. El poeta mismo en una de las cartas que envió a su editor había dicho: “He hecho publicar una obra de poesías en lo de Lacroix. Pero una vez que fue impresa, él se rehusó a hacerla aparecer porque la vida estaba allí pintada bajo colores muy amargos y él temía al Procurador General”. Bajo la permanente insistencia del editor, Lautréamont hizo algunas modificaciones en el primero de los Cantos parece ser que posteriormente también en los demás; pero en 1870 estalló la guerra –dice Genonceaux– y el autor murió bruscamente habiendo ejecutado sólo una parte de las revisiones que había consentido hacer. La edición preparada por el mismo Lautréamont quedó enterrada en los sótanos de un librero belga quien tímidamente, cuatro años después, es decir en 1874, hizo encuadernar algunos ejemplares con un título y unas indicaciones anónimas. Sólo algunos hombres de letras conocieron esos primeros ejemplares motivo por el cual Genonceaux se decidió a hacer una reimpresión en el año 1890.
El propósito del editor al publicar el prólogo es –según dice– destruir una leyenda tejida alrededor del Conde de Lautréamont y que tendía a demostrar que se trataba de un alienado. Allí apunta, sobre todo, el juicio de León Bloy. Los datos biográficos proporcionados son de que el verdadero nombre del poeta es Isidoro Ducasse, que nació en Montevideo el 4 de abril de 1850 –esta fecha es errónea, pues nació en 1846– y que su manuscrito fue remitido a la imprenta en 1868 pudiendo sostenerse que la completa terminación de los Cantos data de 1867. Lautréamont tenía entonces 21 años.
Genonceaux suministra datos sobre la fecha de la muerte, 24 de noviembre de 1870, a las 8 de la mañana, en su domicilio de la Rue du Faubourg Montmartre Nº 7. Fue enterrado en una concesión temporaria del Cementerio del Norte el 25 de noviembre de 1870, de donde fue exhumado el 20 de noviembre de 1871 para ser enterrado de nuevo en otra concesión temporaria, lugar que fue tomado tiempo después por la ciudad, ignorándose el paradero de los restos del poeta. Genonceaux trató de hacer investigaciones sobre la vida de Isidoro Ducasse y relata las múltiples dificultades que tuvo, entre otras, con la Prefectura de la Policía para obtener alguna información. Las que pudo obtener fueron que Isidoro había ido a París con el objeto de seguir los cursos de la Escuela Politécnica o la Escuela de Minas. En 1867 ocupaba una pieza en un hotel situado en la calle de Notre Dame de la Victoire Nº 23, y que vivía allí desde su llegada de América. Aquí encontramos la primera descripción del Conde de Lautréamont; según ésta, era un joven alto, moreno, imberbe, nervioso, ordenado y trabajador. Se cuenta que sólo escribía de noche, sentado al piano; declamaba y construía sus frases acompañando su prosopopeya con acordes. Este método de composición causaba a la vez la desesperación de sus vecinos que al despertarse sobresaltados –dice Genonceaux– no podían dudar de que un extraño músico del verbo, un raro sinfonista de la frase, buscaba, golpeando el teclado, los ritmos de su orquestación literaria.
Otros datos que encontramos aquí es de que la familia del Conde era de origen francés, que su padre era Canciller de la Legación francesa en Montevideo, que la familia era pudiente y que estaba en relación con un banquero de París llamado Darasse, encargado de entregar mensualmente a Isidoro una pensión.
Un año después, en 1891, Remy de Gourmont vuelve a insistir sobre la presunta alienación del Conde de Lautréamont. Lo define como un joven de una originalidad furiosa e inesperada, un genio enfermo y más aún como un genio loco. Nada se sabe, continúa Gourmont, de su corta vida, parece no haber tenido relaciones en el mundo literario y los numerosos amigos citados en sus dedicatorias llevan nombres que permanecen ocultos. Si los alienistas hubieran estudiado este libro –dice-– habrían designado a Lautréamont como un loco perseguido y ambicioso que sólo ve en el mundo a sí mismo y a Dios, pero Dios le estorba. Hasta entonces Lautréamont era desconocido en América y fue Rubén Darío, en 1893, el encargado de hacerlo conocer. Lo incluye entre sus “raros” junto con Verlaine, Leconte de Lisle, Villiers de L‘isle Adam, León Bloy, Richepin, Moreas, etc. Conoció Darío la obra del Conde de Lautréamont a través de León Bloy, y en Montevideo mismo, escribe que posiblemente el Conde de Lautréamont sea sólo un seudónimo, dudando incluso de que fuera montevideano. “Vivió desventurado y murió loco, escribió un libro que es único, si no existiera la prosa de Rimbaud: un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso, un libro en que se oyen a un mismo tiempo los gemidos del dolor y los siniestros cascabeles de la locura”.
Rubén Darío tradujo, además, uno de los Cantos de Maldoror y, sin duda alguna, Leopoldo Lugones influido por esta lectura, compone entre los 20 y 22 años, es decir, en 1897, su poema titulado Metempsicosis. De esta manera el Conde de Lautréamont se filtra en la literatura americana. Años después Leopoldo Lugones pone voluntariamente fin a su vida.
Hace 25 años, Ramón Gómez de la Serna inventó la más bella y exacta imagen del Conde Lautréamont. A él debemos también el juicio más atinado sobre la presunta locura de Isidoro. “Lautréamont –dice– es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros no estamos locos, pero podemos estarlo. Él, con este libro se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó”.
Este juicio tan acertado de Ramón Gómez de la Serna puede ser perfectamente apoyado por la interpretación psicoanalítica de la obra. De no haber escrito los Cantos de Maldoror que estaban en él, hubiera enloquecido sin duda alguna; intentó por medio de la creación poética un proceso de autocuración, pero sus fantasías lo espantaron y finalmente cayó víctima de su propia condenación.
La investigación sobre su vida, avanzó con increíble lentitud. Sobre el lugar de su nacimiento nos informa el propio Conde de Lautréamont en los Cantos de Maldoror, cuando dice: “El final del siglo XIX verá su poeta, ha nacido en las costas americanas, en la desembocadura del Plata, allí donde dos pueblos rivales en otro tiempo –se refiere sin duda a la guerra grande– se esfuerzan actualmente en superarse por medio del progreso moral y material, Buenos Aires, la reina del Sur y Montevideo la coqueta, se tienden una mano amiga a través de las aguas argentinas del gran estuario”.
En otra parte insiste sobre esto al decir: “No es el espíritu de Dios el que pasa; no es sino el suspiro agudo de la prostitución unido a los gemidos graves del montevideano. Niños, soy yo quien os lo dice. Entonces, llenos de misericordia, arrodillaos y que los hombres más numerosos que los piojos recen largas oraciones”.
Dos montevideanos, Gervasio y Álvaro Guillot Muñoz dan en el año 1924 el paso más decisivo en la búsqueda biográfica del Conde de Lautréamont al descubrir en los archivos de la Catedral de Montevideo el acta de bautismo. El 15 de noviembre de 1847 fue bautizado Isidoro Luciano que había nacido el 4 de abril de 1846, era hijo legítimo de Francisco Ducasse y de Celestine Jaquette Davezac (1), nacidos ambos en Francia. Los padrinos de Isidoro fueron Bernardo Luciano Ducasse, tío de Isidoro, representado por Eugenio Baudry y la madrina Eulalia Baudry. En diciembre del mismo año, los Guillot Muñoz encuentran en los archivos de la Embajada de Francia en Montevideo, el acta de nacimiento. Había nacido, como ya dije, el 4 de abril de 1946 a las 9 de la mañana. La madre de Isidoro tenía entonces 26 años y el padre 36, y era Canciller Delegado del Consulado General de Francia. El acta de nacimiento está firmada por Eugenio Baudry, Pedro Lafarge, Francisco Ducasse y Denoix, gerente del Consulado. Recuerdan los Guillot Muñoz que el subteniente Pedro Lafarge combatió en la Legión Francesa durante el Sitio de Montevideo junto con Juan Davezac, tío de Lautréamont y Luis Lacolley, abuelo materno de Jules Supervielle. Aparecen así reunidos los familiares del Conde Lautréamont, Lafargue y Supervielle, tres poetas nacidos en Montevideo que con el andar del tiempo se reunieron en la historia de la literatura francesa, figurando entre los más caracterizados representantes.
El padre de Isidoro, don Francisco Ducasse, había nacido en Bazet, a 5 kilómetros de Tarbes el 12 de marzo de 1809. Era hijo de Juan Luis Ducasse, llamado “El Maestro”. La madre de Isidoro, Celestina Jaquette Davezac era de Sarguinet, pequeña comunidad vecina a Tarbes donde don Francisco Ducasse ejerció las funciones de maestro durante los años 1837, 1838 y 1839.
El padre de Lautréamont vivió en Montevideo hasta su muerte ocurrida en el año 1889. Se lo describe como un hombre de pequeña estatura que usaba barba, era elegante, fino, burlón y escéptico, con una gran cultura literaria. Frecuentaba el mundo diplomático donde se lo consideraba como un hombre de fina espiritualidad. Antes de su matrimonio se había ligado a Rosario de Toledo, bailarina muy popular en Río de Janeiro en la época del Emperador Pedro II. Al ser ésta abandonada por el Canciller enloqueció, muriendo al poco tiempo.
Parece que don Francisco Ducasse se interesaba por los estudios etnográficos y según cuentan los Guillot Muñoz, habría emprendido en el año 1862 un viaje, visitando Paraguay, Bolivia, Brasil y el Norte Argentino con el objeto de realizar estudios sobre las tribus guaraníticas. En este viaje, fue acompañado por Eugenio Baudry, padrino de Lautréamont, teniendo éste que regresar antes que Ducasse. El padre de Lautréamont entregó a Baudry los manuscritos, pero éstos fueron quemados por los contrabandistas brasileños que asesinaron y mutilaron horriblemente su cadáver En el curso de este largo y penoso viaje, Francisco Ducasse contrajo un paludismo, sufriendo fiebres intensas y crisis alucinatorias y se dice que cuando leyó por primera vez los Cantos de Maldoror quedó profundamente impresionado al descubrir grandes analogías entre ciertas visiones de Maldoror y las alucinaciones que había sufrido en plena selva. También se asegura que ni el viaje ni el relato de la enfermedad habían sido conocidos por Lautréamont que en esa época ya estaba estudiando en Francia.
De vuelta a Montevideo, Francisco Ducasse decide orientar sus inquietudes en otra dirección. Funda entonces una escuela de lengua francesa donde dictó él mismo cursos de filosofía, exponiendo la influencia de Augusto Comte y del positivismo fuera de Francia, como así también las ideas morales de Edgard Quinet. Después de los Guillot Muñoz, otro escritor uruguayo, Edmundo Montagne, en los años 1925 y 1928, proporciona datos sobre la vida de Isidoro Ducasse. Conocí a Montagne en el Hospicio de las Mercedes donde estuvo internado por sufrir intensas depresiones; vivía permanentemente torturado por remordimientos, el problema del bien y del mal era su obsesión. Me habló de Lautréamont con mucho entusiasmo y sentía el gran orgullo de que su tío don Prudencio Montagne fuera el último sobreviviente de los que habían conocido en persona a Isidoro. Aliviado de sus depresiones salió del Hospital hasta que poco tiempo después volvió reagravado. Al día siguiente de verlo, durante la noche, se colgó con una sábana.
Edmundo Montagne había escrito a su tío Prudencio pidiéndole antecedentes sobre la vida de los Ducasse en Montevideo. De este modo se pudo saber que cuando el padre del poeta murió, se alojaba en el Hotel de las Pirámides, que tenía fortuna, que era jubilado como Canciller, que vestía siempre de levita y usaba galera de felpa y que los domingos acostumbraba almorzar en familia con los Montagne.
Cuando murió Ducasse –dice don Prudencio Montagne– tenía yo 30 años. Hasta entonces iba al hotel a verlo una o dos veces por semana, a eso de las 4 de la tarde para tomar mate con él y cebado por mí. Éramos dos grandes materos. Murió dos días después de mi última visita y el dueño del hotel, M. Haurie, me lo hizo saber y le mandé una corona de flores, que fue la única que tuvo el finado. Francisco Ducasse fue casado, pero parece que su mujer murió al poco tiempo de nacer Isidoro. Respecto de ella –continúa don Prudencio– no sé nada, no la conocí, no existía en mis tiempos. En cambio conocí a Isidoro Luciano Ducasse, a quien llamaban Isidoro. Era un muchacho lindo pero sumamente travieso, barullero e insoportable, nunca oí hablar a nadie de las obras literarias de Isidoro y si él las publicó entre 1868 y 1870 tendría yo de 10 a 12 años. Entonces, ni cuando fui hombre oí hablar de esos Cantos. Lo único que me dijo una vez el viejo Ducasse después del año 1875, fue que Isidoro había muerto en el 70, yo creí siempre que hubiera sido en la guerra. Don Prudencio había conocido a Lautréamont en la casa paterna de la calle Camacuá frente a la de La Brecha. La calle Camacuá donde se presume que nació Lautréamont fue, muy posteriormente, el lugar donde la prostitución sentó plaza en Montevideo. Recordemos lo que dice en su primer Canto: “He hecho un pacto con la prostitución a fin de sembrar el desorden en las familias”. En la actualidad no existen rastros de la casa, fue demolida y la Rambla Sud ocupa su lugar.
En relación con la demolición de la casa, la desaparición de la calle Camacuá y el deseo de rendir un homenaje a Lautréamont, algunos poetas uruguayos entre ellos Juan C. Welker que era además diputado, presentó en el año 1926 un proyecto tendiente a dar el nombre de Lautréamont a una calle de Montevideo. Este proyecto fue aprobado pero nunca se llevó a ejecución. Welker en la exposición de motivos dice: “Como una eterna corriente constructora las modernas inquietudes de Freud, de Bergson y de Proust en el arte, Lautréamont, el uruguayo estupendo, es la fuerza fermentadora y dominante de la emoción presente en la literatura”. Poco tiempo después Welker murió loco, no volviéndose a hablar más del asunto.
El Conde de Lautrémont nació durante el Sitio de Montevideo, que duró desde el año 1843 hasta el año 1851. Sintió desde la cuna –dice Leandro Ipuche–, la fusilería, el cañón, la metralla, los desafíos, las alertas, las patrullas y los homenajes con tambor apagado. Durante sus cinco primeros años habrá oído relatos de degollinas, y descuartizamientos, cuyas víctimas eran muchas veces amigos de su padre. Habrá leído años después “Montevideo o una Nueva Troya”, de Alejandro Dumas. Este libro escrito en París y dictado por Pacheco y Obes a Dumas con el propósito de mover la opinión pública en favor de los sitiados, es un libro falso en muchos aspectos desde el punto de vista histórico, pero representa sin embargo una realidad subjetiva. Creo que es así cómo el niño Isidoro habrá vivido el clima del sitio de su ciudad natal y no dudo de que posteriormente habrá sido una de sus primeras lecturas. La atmósfera sádica y traicionera del sitio, con sus decepciones, sus luchas intestinas, resentimientos y traiciones configuran sus primeras experiencias y su concepción de la vida. Cuántas veces habrá oído contar el martirio sufrido por Mirquete y Etcheverry en manos de las fuerzas de Oribe y de Rosas. Desposeídos de sus ropas –dice un cronista– recibieron un golpe de lanza y luego fueron paseados desnudos por el campamento donde se les hizo objeto de los mayores ultrajes. Luego fueron atados de pies y manos, se les abrió el cuerpo longitudinalmente, se les arrancó las entrañas y el corazón, y se les mutiló en forma vergonzosa. Se les arrancó trozos de piel de los costados para hacer maneas de caballos y por fin se les cortó la cabeza y se les dejó expuestos en el medio del campo. La historia de la Legión Francesa que intervino en la defensa de Montevideo está llena de escenas semejantes. Y junto a eso, el hambre, la miseria, los negociados, las acusaciones y la triste historia de la intervención extranjera en el Río de la Plata, las misiones inglesas y francesas, y la misión de Pacheco y Obes a París. Pero de todas las misiones fue sin duda la del Conde Walewsky, hijo de Napoleón I, la que quedó más grabada en el recuerdo de los franceses del Río de la Plata. Los Ducasse sentían una gran admiración por la familia Bonaparte y sospecho que el título de Conde tomado para su seudónimo está basado en una identificación con el Conde Walewsky. Según Robert Desnos, Isidoro tomó su seudónimo de una novela de Eugenio Sue titulada “Latreamont”. Creo, sin embargo, mucho más lógico suponer que deriba del propio nombre de su ciudad natal, Mont de Montevideo. El significado total sería Conde del otro monte, del otro Montevideo. Es curioso hacer notar que esta influencia de la familia Bonaparte pudo también condicionar el hecho de que el desenlace de los Cantos de Maldoror se lleve a cabo en la Place Vendôme donde está la estatua de Napoleón y en el Panteón donde están sus restos.
Esto es todo cuanto podemos suponer de la infancia de Isidoro Ducasse hasta la edad de 14 años, es decir, 1860, época en que ingresa al Liceo Imperial de Tarbes. Los datos sobre su adolescencia encontrados por Alicot en 1928, arrojan alguna luz sobre esta época de su vida. En el Liceo Imperial de Tarbes permanece los años 1860, 61 y 62, es decir, hasta los 16 años; allí es un mediocre alumno, obtiene algunos premios en cálculos, dibujo y versión latina, figurando dos veces en el cuadro de honor de la clase. En 1863 ingresa en el Liceo de Pau donde sigue cursos durante los años 1863, 64 y 65. Se inscribe en Retórica y Filosofía siendo allí un mal alumno. A los 19 años va a París a inscribirse en la Escuela Politécnica.
Los amigos, condiscípulos y maestros de Lautréamont figuran en el prólogo de sus poesías, la dedicatoria dice: “A Georges Dazet, Henri Mue, Pedro Zurmarán, Louis Durcour, Joseph Bleumstein, Joseph Durant, Paul Lespes, George Minvielle, Auguste Delmas. A los Directores de Revistas, Alfred Sircos, Frederic Damé. A los amigos pasados, presentes y futuros. A Monsieur Hinstin, mi antiguo profesor de Retórica, están dedicados, de una vez por todas, los prosaicos fragmentos que escribiré en la sucesión de las edades, y de los cuales, el primero comienza a ver hoy el día, tipográficamente hablando”.
François Alicot prosigue su investigación tratando de identificar a los amigos de Isidoro: dos de ellos, Paul Lespes y George Minvielle darán los datos más concretos sobre la vida del poeta. Henri Mue, Georges Dazet y A. Delmas fueron sus condiscípulos en Tarbes. Georges Dazet es el único amigo de Lautréamont que figura en la primera edición del primer canto de Maldoror. Dice así: “¡Ah, Dazet, tú, cuya alma es inseparable de la mía; tú, el más bello de los hijos de la mujer, aunque adolescente todavía, tú, cuyo nombre se parece al más grande amigo de juventud de Byron, tú, que albergas noblemente…” En la edición completa de los cantos, de 1869, este párrafo está reemplazado por éste: “¡Oh pulpo de mirada de seda! Tú, cuya alma es inseparable de la mía; tú, el más bello de los habitantes del globo terrestre y que manejas un serrallo de cuatrocientas sanguijuelas; tú, que albergas noblemente…” Más adelante, en el primer canto vuelve a referirse a Dazet cuando dice: “Que se aparte de mí este ángel de consuelo que me cubre con sus alas azules. Véte, Dazet, que quiero morir tranquilo. Pero, por desgracia era solamente una enfermedad pasajera, siento asco de volver a la vida. Yo te agradezco, ¡oh!, de haberme despertado con el movimiento de tus alas, tú, cuya nariz tiene encima una cresta en forma de herradura; me apercibo, en efecto, que sólo era por desgracia una enfermedad pasajera y siento asco de renacer. Unos dicen que tú venías hacia mí para chuparme el poco de sangre que aún se encuentra en mi cuerpo: ¡por qué esta hipótesis no es una realidad!” El nombre de Dazet desaparece en la edición completa de los Cantos de Maldoror, nos queda la impresión de que fue su más íntimo amigo; más tarde llegó a ser un brillante abogado de los tribunales de Tarbes y murió mientras desempeñaba un cargo en la magistratura, así como otro de los amigos, Henri Mue de Toulouse. Sus otros condiscípulos, eran Joseph Bleumstein, del que sólo se sabe que era de Buenos Aires y Pedro Zurmarán, de quien sospecho que podría pertenecer a la familia del doctor Pedro Sáenz de Zurmarán de Montevideo, a quien Isidoro envió con dedicatoria desde París uno de los ejemplares de Maldoror llamándolo “mi protector”.
Monsieur Hinstin “Mi antiguo profesor de Retórica”, como dice en su dedicatoria, fue profesor del Liceo de Pau durante los años 1863 a 1866, desde donde pasó a Lyon. Fue un antiguo alumno de la escuela de Atenas.
Más recientemente, Court Müller, en 1939, dio con el paradero de Damé y Sircos, los directores de revistas citados en el prólogo de las poesías. Así se supo que Frederic Damé fue secretario de Tirard, intendente del segundo distrito de París en el año 1870, distrito donde Lautréamont vivió los últimos años de su vida. Damé publicó tratados de filología y algunos poemas. La revista literaria “L‘Avenir” redactada por él, no contiene ninguna alusión a la obra de Lautréamont. Alfred Sircos, el otro de los directores de revista citados, fue director de las revistas “L‘Union des Jeunes” y de “La Jeunesse”. Este fue más consecuente con su amigo, ya que en la segunda de las revistas mencionadas se puede leer la primera crítica hecha sobre el primero de los Cantos de Maldoror en septiembre de 1868, está firmada “Epistémon”, probablemente un pseudónimo de Sircos, llama a Lautréamont “Primo de Childe Harold y de Fausto, conoce a los hombres y los desprecia”.
Este comentario es el único aparecido en vida del poeta, y hasta 1890 en que León Bloy lo descubre, su obra había pasado inadvertida.
Con respecto a los otros dos amigos que quedan nada se ha podido averiguar de Louis Doucour y de Joseph Durant se cree que tomó parte activa durante la Comuna y que después tuvo que salir de Francia, desconociéndose su paradero.
El único sobreviviente en el año 1928 era Paul Lespes, que fue entrevistado por François Alicot. En esta época era un hombre de 81 años, Consejero Honorario del Tribunal de Apelación de Pau y dotado aún de una memoria extraordinaria. Cuenta Lespes que conoció al Conde de Lautréamont en el Liceo de Pau en el año 1864 y que con Georges Minvielle eran sus mejores amigos. Con gran penetración psicológica, este anciano hizo un retrato de Isidoro. Era, dice, un joven alto, delgado, la espalda un poco encorvada, el tinte pálido, los cabellos siempre largos y cayéndose de su frente, tenía una voz destemplada. Su fisonomía no era nada atractiva y estaba habitualmente triste, silencioso, como replegado sobre sí mismo.
En la sala de estudios pasaba horas enteras con los codos apoyados en el pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos sobre un libro clásico que no leía. Parecía sumergido en sus fantasías; sus amigos, Lespes y Minvielle estaban convencidos de que tenía nostalgias de Montevideo y que sus padres debían hacerlo llamar. En clase parecía a veces interesarse vivamente en las lecciones de geografía e historia, gustaba de Racine y Corneille, pero sólo se lo veía entusiasmarse con “Edipo Rey” de Sófocles. La escena en la cual Edipo conoce al fin la terrible verdad y lanza gritos de dolor, con los ojos arrancados, mientras maldice el destino, le parecía de una extraordinaria hermosura, lamentándose, sin embargo, que Yocasta no hubiera llevado al paroxismo el horror trágico, matándose a la vista de los espectadores”. Admiraba a Edgar Allan Poe, de quien había leído muchos de sus cuentos antes de la entrada al liceo, es decir, antes de los 16 años. Sus compañeros habían visto también en sus manos un libro de poesías, Albertus, de Teófilo Gautier. Se lo consideraba en el liceo como un espíritu fantástico y soñador, pero en el fondo, dice Lespes, era un buen muchacho, no pasando de un nivel medio de instrucción debido al retardo de sus estudios. Una vez Lautréamont les mostró a sus condiscípulos algunos versos, que les parecieron de un ritmo extraño y de pensamiento oscuro.
Otro rasgo que destaca el condiscípulo era la obstinación. Muchas veces ni quería ceder en sus antipatías y desprecios por haber emitido con anterioridad un juicio desfavorable sobre alguna obra. Sufría de intensas jaquecas que influían en su estado de ánimo, haciéndolo en estos momentos muy irritable. Uno de los paseos preferidos de los alumnos del liceo era bañarse en un arroyo cercano, donde Lautréamont aprovechaba para demostrar sus condiciones de excelente nadador, quizá otro rasgo de la identificación con Byron. Un día dijo a sus amigos: “Tengo que refrescar más a menudo mi cabeza en esta corriente”, refiriéndode a sus jaquecas y malestares. Cuenta Lespes que a fin del año escolar de 1864, el profesor Hinstin le había reprochado duramente sus extravagancias de estilo a propósito de un discurso. Por la descripción que hace Lespes aparece aquí de lleno el pensamiento del Conde de Lautréamont, Maldoror ya estaba en él. El discurso, dice Lespes, fue inolvidable para todos sus compañeros, fue una exageración extrema de su forma habitual de escribir, su imaginación no respetó más límites, dando rienda suelta a un pensamiento hecho de imágenes acumuladas, de metáforas incomprensibles y oscurecido aún más por invenciones verbales y formas de estilo que no respetaban siempre la sintaxis. El profesor de retórica creyó en un primer momento que se trataba de una broma de Isidoro y el castigo que recibió éste lo hirió profundamente.
En el liceo, según cuenta su condiscípulo, no habría demostrado ninguna aptitud para las matemáticas y la geometría, hecho curioso porque uno de sus más bellos poemas se refiere a ellas. El poema 24, del segundo canto, dice: “Oh, severas matematicas, no os he olvidado desde que vuestras sabias lecciones, más dulces que la miel, penetraron en mi corazón, como una oleada refrigerante; aspiraba yo instintivamente desde la cuna a beber en vuestra fuente, más antigua que el sol, y sigo aún pisando el atrio sagrado de vuestro templo solemne, como el más fiel de vuestros iniciados”.
Cuenta su condiscípulo que la gran vocación de Lautréamont era la historia natural, dato importante que aclara en algo la importancia que tuvo el mundo animal en los Cantos de Maldoror. Gaston bachelard, en su ensayo titulado “El bestiario de Lautréamont”, hace notar que éste cita 185 nombres de animales diferentes. Sabiendo Isidoro que sus amigos Lespes y Minvielle eran entusiastas cazadores, les interrogaba sobre las costumbres de los animales y especialmente sobre el vuelo de los pájaros.
No he visto a Ducasse –dice Lespes– desde su salida del Liceo en 1865, hasta que años después recibí los Cantos de Maldoror (primera edición) en Bayona, sin ninguna dedicatoria; pero el estilo, las ideas extrañas que se entrechocaban como en una refriega, me hicieron pensar que Ducasse era el autor. Minvielle había recibido un ejemplar en las mismas condiciones, F. Alicot preguntó a Lespes si no creía que los Cantos de Maldoror eran una mistificación, una broma o befa de un escolar. Lespes manifestó que no creía que esto fuera así: “Su actitud era distante, si puedo emplear esta expresión, una especie de gravedad desdeñosa y una tendencia a considerarse como un ser aparte. Nos formulaba a quemarropa preguntas oscuras y a las cuales teníamos grandes dificultades para contestar”. “Sus ideas, sus formas de estilo que tanto irritaban al profesor de Retórica y todas sus extrañezas nos inclinaban a creer que su mente carecía de equilibrio. La “loca de la casa” se reveló íntegramente en su discurso donde había tenido ocasión de acumular con un lujo aterrador los más horrorosos epítetos e imágenes de la muerte. Huesos rotos, vísceras colgantes, carnes sangrantes e hirvientes”. Fue el recuerdo de ese discurso que le hizo pensar que Isidoro era el autor de los Cantos de Maldoror.
En el Liceo se consideraba a Ducasse como un buen muchacho, pero un poco “tocado”. No era amoral ni tampoco un sádico. J. Minvielle dijo a Lespes al recibir el libro: “Te acuerdas de su discurso. Él tenía una araña en el cielorraso, pero ella ha crecido mucho”. Para sus compañeros de colegio la inspiración y la originalidad del estilo de Ducasse se relacionaban con una configuración mental particular. Lespes no se atreve a pronunciar la palabra loco. Seguramente teme equivocarse. Han pasado muchos años y la obra de Lautréamont es juzgada de otra manera.
También Lespes nos informa sobre las influencias que se ejercieron sobre Ducasse creyendo que son predominantemente los clásicos, Gautier, Shakespeare, Shelley, pero sobre todo Byron, que fue gran inspirador. Concluye diciendo que los Cantos de Maldoror son una obra sincera, fruto doloroso de un cerebro exaltado y lleno de imágenes negras.
Con la descripción hecha por Lespes nos ponemos por primera vez en presencia del Conde de Lautréamont. Su conducta y las características que sus compañeros de Liceo le adjudican, son el primer paso hacia una comprensión de su obra basándose en datos biográficos auténticos. No cabe ninguna duda que Maldoror, el personaje de sus Cantos, estaba ya presente y que los poemas que leyó y el discurso pronunciado en la clase del profesor de Retórica tienen relación y continuidad con su obra posterior. La imagen que nos queda es la de un joven alto, pálido, delgado, ligeramente encorvado, con el cabello sobre la frente, triste, inmaduro, orgulloso, que se interesa por el vuelo de los pájaros, que lee Byron y Edgar Poe. El Conde de Lautréamont no se contentaba con saber el final de Yocasta sino que prefería que ésta se matara frente a los espectadores. Este dato adquiere importancia posteriormente cuando se conocen las circunstancias de la muerte de la madre que sin duda se suicidó cuando él tenía un año y ocho meses. Es casi seguro que Isisdoro sintió curiosidad por conocer las circunstancias de la muerte de su madre, la pérdida de ésta en una edad tan temprana constituyó una frustración tan intensa que puede considerarse como una de las fuentes de la génesis de su resentimiento.
Hasta hace algunos años había sido imposible encontrar un documento gráfico de la persona física de Isidoro Ducasse, ningún retrato, ninguna fotografía, hasta que Álvaro Guillot Muñoz encontró en casa de una parienta lejana de Isidoro una fotografía del poeta, que sería la única que se conoció. Allí aparentaba tener de 18 a 20 años, tenía un aire adolescente de montevideano, dice Ipuche. Pero la mano encargada de hacer desaparecer todo aquello concerniente al Conde de Lautréamont actuó aquí por medio de la Policía de Montevideo, que al practicar un allanamiento de la casa de los Guillot Muñoz durante el gobierno de Terra, se llevó entre otras cosas el retrato de Isidoro. Fueron después inútiles los esfuerzos para recuperarlos, fue de los pocos documentos incautados que no pudo volver a mano de los Guillot Muñoz. Pero la fotografía había sido vista con anterioridad por Supervielle, Ipuche y el grabador Méndez Gabariños. Éste pudo reconstruir más o menos los trazos de Isidoro, y digo más o menos porque cuando los que habían visto el retrato miraron, cada uno por su lado hicieron observaciones que de ninguna manera estaban de acuerdo con los demás. Al poco tiempo, Méndez Magariños pagó esta intromisión con la locura.
Después de sus estudios en Tarbes y en Pau, el Conde Lautréamont teniendo 19 años, se traslada a París con el objeto de ingresar en la Escuela Politécnica. Allí comienza de nuevo el misterio, y los datos que tenemos de su vida entre los 19 y 24 años, época de su muerte, se refieren sólo al contenido de seis cartas escritos en épocas diferentes. Publicó en agosto de 1868, en París, el primero de los Cantos de Maldoror donde firma solamente con tres asteriscos, en diciembre del mismo año hace una reimpresión de este primer Canto con el propósito de enviarlo al concurso poético organizado en Burdeos por Evaristo Carrance. En 1869 se imprime la primera edición completa de los Cantos de Maldoror donde firma con su nuevo seudónimo Conde de Lautréamont. Esta edición no pasó nunca a la venta y sólo 10 ejemplares salieron de la imprenta y llegaron a sus manos. A principio del año 1870 publica el prólogo de las Poesías donde se atreve a firmarlas con su propio nombre, Isidoro Ducasse. En los dos últimos años de su vida sufrió una intensa crisis y como veremos después, fue su propósito el negar la primera parte de su obra, los Cantos de Maldoror. Hay una carta escrita a su tutor, el banquero Darasse, que constituye un documento psicológico de gran valor para estudiar las causas de este profundo viraje y los nuevos propósitos.
Según informaciones que he recogido en Córdoba, el padre del Conde de Lautréamont se resistía a hacer envíos de dinero fuera de la pensión habitual porque tenía la convicción de que Isidoro lo empleaba en la publicación de periódicos y panfletos políticos. El Conde de Lautréamont vivió sucesivamente en la calle de Notre-Dame des Victoires, luego en la calle de Faubourg-Montmartre 32, luego en la calle Vivienne Nº 15 y finalmente de nuevo en la calle de Faubourg-Montmartre Nº 7, donde murió. Robert Desnos sugirió que Ducasse podía ser aquél orador del mismo nombre citado por Jules Valles en su libro “L‘Insurgé”. Ph. Soupault lo afirmó en el prólogo de una de las ediciones completas. Pero Aragon, Breton y Eluard se rebelaron contra esta afirmación, sosteniendo que el Ducasse que en las reuniones públicas de 1869 tomó la palabra para citar las Epístolas de San Pablo, fue perfectamente identificado entre otros, por Charles Da Costa que lo conocía íntimamente. Era Félix Ducasse, que terminó siendo Presidente del Consistorio de la Iglesia Cristiana Evangélica de Bruselas y que murió en el año 1877.
Entre los familiares ha quedado la idea de un Lautréamont rebelde, que tenía cierta amistad con Gambetta y que esta circunstancia había creado dificultades a don Francisco Ducasse el Canciller, en los últimos años del Imperio. También esta situación fue –según dicen– la base de los resentimientos entre padre e hijo ya que parece que don Francisco Ducasse era un entusiasta bonapartista.
El 19 de julio de 1870, año de la muerte del Conde de Lautréamont, Napoleón III declara la guerra a Prusia, “ley fatal de los regímenes de explotación de una clase por otra –dice un historiador–, en los que la pérdida del poder inspira más angustia que la matanza. Los diputados salen de vacaciones, el Emperador toma el mando de un ejército desparramado en la frontera y cuyo desorden se manifestó pavoroso desde la movilización, en Francia no obstante la confianza en la victoria se había hecho general, el desastre fue completo”. Este es el clima en que vive el Conde de Lautréamont, acaba de publicar el prólogo de sus Poesías, canto dedicado a la calma, a la cordura, al deber y así llega el 4 de septiembre de 1870. El pueblo de París reunido en los alrededores del Palacio Borbón grita vivas a la República, se dirige luego al Palacio Municipal donde ya en la plaza la multitud ha escogido un gobierno. Recordemos que Isidoro Ducasse había nacido durante la caótica época del Sitio de Montevideo. Las condiciones históricas se repiten, París está sitiada, la efervescencia política es creciente y Lautréamont seguramente se sintió perdido.
Según informes, el Conde Lautréamont murió de una enfermedad infecciosa, algunos sospechan de escarlatina, el jueves 24 de noviembre de 1870. El certificado de defunción dice: “Isidoro Luciano Ducasse, escritor, de 24 años, nacido en Montevideo, falleció hoy a las 8 de la mañana en su domicilio de la calle del Faubourg Nº 7”. El acta fue labrada en presencia del dueño del hotel y de un mozo del mismo, fue enterrado al día siguiente, el 25 de noviembre de 1870, en una concesión temporaria del Cementerio del Norte. Los familiares sospecharon que Isidoro Ducasse había sido envenenado debido a su vinculación con grupos políticos de extrema izquierda. Su padre fue a Francia tres años después, en 1873, según hemos podido descubrir por sus pasaportes. Con el significado de un auto de fe debe haber hecho desaparecer todo cuanto encontró de su hijo en París. Un familiar que conocí en Córdoba sostiene que todos los papeles, libros y correspondencia fueron colocados en un baúl de cuero y depositados en un banco. La hipótesis que trataré de demostrar en mi libro en preparación sobre el tema, es que el Conde de Lautréamont se suicidó, tomando esta palabra sólo en el sentido psicológico, es decir, en el sentido de que fue una muerte deseada. La repetición de su situación de doble sitiado, durante su infancia y el último año de su vida, hicieron que quedara inmovilizado. Posiblemente si las situaciones sociales en que vivió el último año de su vida lo hubieran sorprendido en la época en que escribió los Cantos de Maldoror, Lautréamont se hubiera salvado y entonces sí se podría creer que estuvo en las barricadas y que perteneció a Clubes políticos que podrían llamarse “El Club de la Libertad”, el “Club de la Venganza”, “El Club de la Resistencia” o el “Club de Montmartre”, que tenía su local muy cerca del hotel donde murió.
El último paso dado en la búsqueda biográfica del Conde de Lautréamont lo di yo mismo al buscar los rastros de una parte de la familia Ducasse que había emigrado de Francia poco tiempo después que lo hiciera el padre del Conde de Lautréamont y que se radicó definitivamente en Córdoba. En abril de este año me trasladé a dicha ciudad con ese propósito. Lo primero que me enteré es que los Ducasse habían fallecido todos y que sólo quedaba el esposo de una sobrina de Isidoro fallecida en el año 1937. El señor Rafael Calzada Llanes, que así se llama el último pariente del Conde, me recibió en el Molino Ducasse. Apenas expuesta la finalidad de mi visita me preguntó si era para bien o para mal remover el recuerdo del Conde de Lautréamont. Después de largas explicaciones sobre mi interés sobre Isidoro y la importancia de su obra, pude vencer poco a poco las resistencias del pariente. Creo que mi condición de médico fue un obstáculo en la gestión ya que su primer pensamiento fue de que me interesaba exclusivamente el caso Lautréamont como un caso clínico. Esconder a Isidoro era para ellos salvar el prestigio de la familia, no remover el asunto, olvidarlo. Confieso que la primera actitud del señor Lozada Llanes me intimidó un poco. Detrás de él estaban colgados enormes retratos de hombres barbudos y serios que parecían dirigir los pensamientos del pariente de Isidoro. Cuando Lozada Llanes decidió “mostrarme algo” como él decía, comenzó a ejecutar una especie de ritual en forma lenta y parsimoniosa. Abrió una caja fuerte, sacó con todo cuidado un cofre de metal cerrado también con llave, esperaba ver yo por lo menos los originales de los Cantos de Maldoror cuando sacó de allí un monedero de cuero que contenía monedas de oro argentinas, uruguayas y francesas que estaban envueltas en un pañuelo amarillento con bordes negros. El monedero en cuestión había pasado por todas las manos de los Ducasse y había sido regalado a la sobrina de Isidoro cuando niña. Sacó después otro cofre más grande lleno de papeles, con documentos que pertenecieron a Francisco Ducasse, padre del poeta. Había allí nombramientos, certificados de estudio, títulos de propiedad, liquidaciones bancarias, copia de las actas de nacimiento, matrimonio y defunción, sobre el margen de esta última había una nota que decía “no se hizo inventario”. Revisé además toda la correspondencia que allí existía perteneciente a Francisco Ducasse y no hay ninguna referencia al hijo, todas son de carácter comercial. También pude ver fotografías de casi todos los miembros de la familia pero no había ninguna de Isidoro.
El único dato que encontré y que juzgo de mucha importancia se refiere a la madre de Isidoro. Según se contaba en la familia, el Canciller, como llamaban al padre de Isidoro, había conocido a la que fue después su esposa en un viaje que hizo a Francia y parece ser que era sirvienta de los Ducasse en Tarbes. El padre del poeta regresó solo de ese viaje y al poco tiempo llegó a Montevideo Celestine Jaquette Davezac. Se casaron el 21 de febrero de 1846, naciendo el Conde de Lautréamont el cuatro de abril del mismo año, es decir dos meses después. Se lee en el certificado de defunción que ella murió de muerte natural el 10 de diciembre de 1847, es decir cuando Isidoro tenía un año y ocho meses; el certificado dice de muerte natural pero según lo que contaron los familiares ella se habría suicidado. Hace pocos días en ocasión de un viaje que hice a Montevideo para asistir a un homenaje que se realizaba con motivo del primer centenario del nacimiento de Isidoro Ducasse, traté de ampliar los datos referentes a la madre. Ella fue enterrada el mismo día de su muerte con el nombre de Celestina Joaquina, sin su apellido, no existen rastros de su tumba, mientras que pude encontrar con toda facilidad la tumba del padre en el Cementerio Central de Montevideo. Esta muerte trágica de la madre debe haber constituido un trauma insuperable en la vida de Lautréamont. Recordemos de nuevo, a propósito de esto, su afán de ver a Yocasta en el trance mismo de matarse.
El señor Lozada Llanes me hizo una historia detallada de la rama de los Ducasse de Córdoba. Luciano Bernardo Ducasse, tío y padrino del Conde de Lautréamont emigró de Francia después de su hermano Francisco y se radicó primeramente en mercedes, provincia de Buenos Aires, donde instaló un molino harinero. De allí pasó a Córdoba donde se le reunieron tres primos del Conde, Francisco, Juan Droctoveo y Lecea Ducasse. Esta última se había casado en Bazet con un español llamado Juan Antonio Suárez Fernández, naciendo de este último matrimonio 4 hijos de los que vivieron sólo dos, Marcos que nació en Francia y Amelia que nació en Montevideo.
Los Ducasse compraron en Córdoba un pequeño molino que según cuenta les costó 18 mulas gordas y que había pertenecido sucesivamente a Ascorcel de Peralta, a una Congregación de Monjas, situado en las afueras de Córdoba, hoy barrio San Martín. Luciano Ducasse, el padrino del Conde a quien llamaban familiarmente el Carpintero, y sus dos sobrinos, Francisco y Juan Droctoveo, permanecieron solteros, y llevaron una vida retirada. Se les consideraba como gente extraña, poco sociable, con una moralidad muy rígida, muy religiosos y muy preocupados por acrecentar su fortuna. Según cuenta Lozada Llanes todos de acuerdo a una exigencia del tío Luciano, usaban barba para que los indios los respetaran. Vivieron en el Molino durante muchos años, y después en una casa de la calle General Paz, donde está hoy instalado un Colegio Nacional. La única prima de Lautréamont, Lecea Ducasse, había casado, como dijimos, con un español llamado Suárez Fernández, que al parecer tenía muy poca inclinación al trabajo y mucha a malgastar el dinero de los Ducasse, razón por la cual fue literalmente expulsado de la familia y devuelto a España donde falleció. Después de este incidente, el tío Luciano y los hermanos de Lecea le instalaron a ésta un negocio de panadería con el nombre de “La Mano Dorada”, situada en la calle Santa Rosa. Del matrimonio de Lecea Ducasse y Suárez Fernández nacieron Marcos Suárez Ducasse que siguió la línea del padre, se negó a trabajar, llevó la vida de un excéntrico y murió insano en el año 1922. Según cuentan algunos amigos de éste, tenía “afición por la poesía” y había escrito algunos versos. La hermana de Marcos, la otra sobrina de Lautréamont llamada Amelia Suárez Ducasse, casó en terceras nupcias con el señor Lozada Llanes en Montevideo, falleciendo en el año 1937 y extinguiéndose con ella los Ducasse. Durante la última entrevista que tuve con Lozada Llanes me ralató ya en tren de confidencias que Isidoro visitó a sus parientes de Córdoba alrededor del año 1868 y que había llevado los originales de los Cantos de Maldoror para leérselos. Parece que la lectura produjo una gran indignación y tal fue la gravedad del caso que éste fue consultado con el confesor de la familia. Creo, dice Lozada Llanes, que los originales fueron a parar a la Iglesia de Santo Domingo y que posiblemente fueron quemados.
El Conde de Lautréamont fue considerado por su familia como un loco, un poseso y un blasfemador. Y aunque esta visita fuera una ficción, lo importante es que el poeta quedó señalado así en el seno de su familia.
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