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sábado, 25 de febrero de 2023

MONIKA ERTL: LA MUJER QUE VENGÓ A ERNESTO GUEVARA.

En 1953 llegó a Bolivia una hermosa adolescente alemana de solo dieciséis años que se llamaba Monika Ertl. Iba a reunirse con su padre, el cineasta bávaro y propagandista de las SS (Schutz Staffel: Escuadras de Protección de Hitler), Hans Ertl (Múnich 1908- Bolivia 2000), que había escapado de Alemania cinco años antes, junto con numerosos asesinos nazis involucrados en crímenes contra la humanidad, entre ellos, Klaus Barbie, el conocido «carnicero de Lyon», al cual Monika llamaba «tío». Los trayectos de escape terminaban en paraísos seguros como Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Bolivia. Esta milagrosa fuga se denominó ratlines o «ruta de las ratas», fenómeno que contó con el decidido apoyo de la Iglesia Católica y los servicios secretos de Estados Unidos.
Hans Ertl el padre de Monika llegó en un barco de la ratline y desembarcó en el archipiélago chileno de Juan Fernández, lugar donde realizó el documental Robinson en 1950. Luego viajó a Bolivia; se fascinó con la exuberancia de la selva, por lo que finalmente decidió establecerse en Chiquitania, un pequeño poblado a cien kilómetros de la ciudad de Santa Cruz en Bolivia. En 1951, compró una propiedad de 3,000 hectáreas en plena selva, entre la espesa vegetación brasileño-boliviana que llamó, nadie sabe por qué, «La Dolorida». En la sala principal, colgaba un retrato del papa Pio XII y afiches de películas que había realizado como camarógrafo junto a la conocida cineasta nazi, Leni Riefenstahl. Su vecino y amigo era nada menos que el futuro dictador boliviano, Hugo Banzer Suárez (1926-2002). Dos años más tarde, Hans recibía a su familia en una casa construida con material autóctono que fue el hogar hasta su muerte en el año 2000. Naturalmente, la enorme hacienda asombró a la joven Monika que esperaba encontrar a su padre en la clandestinidad como prófugo de la justicia europea y no como gran latifundista. «Es gracias al trabajo y esfuerzo», respondía él. Pero la pregunta que siguió flotando en la cabeza de Monika y que caía de cajón es de dónde realmente sacaban dinero e influencias los jerarcas nazis para mantener tal estándar de vida y sobornar a las autoridades locales.
La infancia de Monika transcurrió en una Alemania que vivía en medio de la convulsión nazi, en un círculo cerrado y racista en el que brillaban siniestros personajes del holocausto judío, no obstante, para ella eran amigos de la familia. De la potente propaganda nazi, ella admitía solamente las imágenes que filmaba su propio padre, pero no el contenido antijudío, puesto que tenía muchas amigas que asistían a la sinagoga y no eran los monstruos que anunciaban los medios de comunicación, el cinematógrafo y los muros de la ciudad. Ella adoraba el cine y a su padre, por eso cuando llegó a Bolivia aprendió el arte de su progenitor como camarógrafa y lo acompañó desde muy joven en las filmaciones que hacía en la selva, donde sufrió un primer impacto al encontrarse, a cada paso, con gente hambrienta y niños desnutridos. Comenzó a comprender lo que era la miseria de campesinos sin futuro que se arrastraba por siglos. Estudió en colegios autoritarios y como una forma de independizarse, al cumplir 21 años, Monika se casó con Hans «Juan» Harchies, un boliviano de ascendencia alemana dedicado a la minería y se estableció, primeramente, en el norte de Chile, cerca de las minas de cobre, más tarde frecuentó los yacimientos de Sewell, en la zona central del país y en ambas partes conoció la sombría existencia de los mineros chilenos.
A pesar de que su matrimonio duró diez años, con el tiempo se fue entibiando hasta convertirse en dos extraños que compartían una vivienda. Pensaban radicalmente diferente y miraban la vida con ópticas opuestas. Decidió separarse. Sin embargo, este tiempo no fue en vano para Monika. Conoció personalmente la desesperanza de los trabajadores en Chile y Bolivia, considerándolo un dilema latinoamericano con raíces más profundas que la «holgazanería de los pobres», como opinaba su marido. También dispuso de tiempo para leer y comprender que su padre, a pesar de quererlo mucho, pertenecía a un grupo de alemanes que perpetraron uno de los peores genocidios de la historia y que su exilio era, en realidad, una fuga de miles de criminales con pasaportes falsos otorgados por el Vaticano, bajo el mandato del papa Pio XII, el «papa de Hitler». Asimismo, descifró, a través de un historiador amigo, de dónde provenían (en parte) los recursos financieros para mantener el nivel de vida de los nazis en América Latina: dos días después del suicidio de Hitler, el 30 de abril de 1945, un destacamento de las SS, vestidos de civil, se abrieron paso entre las fuerzas aliadas llevando varios cofres de plomo escondidos entre pertenencias personales que dejaron en un lugar seguro. Los oficiales de la Gestapo se reúnen en Roma con el secretario de Estado Vaticano, monseñor Giovanni Battista Montini, más tarde el papa Pablo VI y cierran los acuerdos confidenciales que suministran a los oficiales de la SS, el respaldo financiero e institucional. Por otra parte, se enteró por su amigo que, en Flensburgo, base central de los submarinos nazis, cargaron cien toneladas de oro y otros metales preciosos en varias embarcaciones y el 28 de marzo 1945, los sumergibles germanos llegaron a las costas de San Clemente del Tuyú en Argentina donde los esperaban varios camiones. No alcanzó a pasar un mes y se realizaron diversos depósitos, con enormes cantidades, en diferentes bancos, a nombre de María Eva Duarte, esposa del presidente Perón de Argentina y así sucedió con numerosos gobernantes latinoamericanos. Grandes sumas de dinero, agregó el historiador, también provenían de la comercialización de las 600,000 obras de arte que saquearon a sus propietarios (Cranach, Van Gogh, Goya, Rembrandt, Rubens, Tiziano, Velázquez y Klimt, entre otros). Sin duda, disponían de enormes recursos para negociar y financiar cómodamente su estadía y conseguir el respaldo de los gobiernos locales, la Iglesia y de la CIA. Además, descubrió que su afectuoso «tío», Klaus Barbie, era el responsable en Francia de la muerte de 840 personas, entre ellas de 41 niños judíos.
Al principio, la sensibilidad social de Monika se volcó hacia las causas nobles; entre otras cosas, ayudó a fundar un hogar para huérfanos en La Paz, ahora convertido en hospital, pero se dio cuenta de que las obras de caridad eran migajas que no remediaban la condición de miseria que genera el subdesarrollo. En ese lapso, hizo amistad con la izquierda boliviana y comunistas alemanes, que fueron de importancia para su postura política. Fue así como a los 23 años, a finales de los 60, todavía casada, ingresó al ELN (Ejército de Liberación Nacional) de Bolivia. Inicialmente tuvo un papel más bien pasivo en la lucha guerrillera, pero dos hechos posteriores cambiaron su perspectiva: el 31 de agosto de 1967 muere en combate la argentina Haydee Tamara Bunke Bíder, conocida como «Tania la guerrillera» y el otro hecho que la conmocionó fue el asesinato del Che Guevara a quien ella admiraba profundamente. Para entender a Monika y su proceso personal, se hace necesaria una recapitulación del entorno político.
Entre 1966 y 1967 se activa la Guerrilla Boliviana, también llamada Guerrilla de Ñancahuazú, dirigida por Ernesto Guevara, quien organiza la incipiente rebelión, duramente combatida por el Ejército de Bolivia con la ayuda de Estados Unidos. En ese lapso, el ELN emprendió 22 batallas durante once meses en situaciones adversas, como lluvia y frío en terrenos hostiles, falta de agua y alimentos que exigieron una abrumadora cuota de sacrificio. El 7 de noviembre, llegan extenuados hasta la Quebrada del Yuro y, al día siguiente, el Che fue herido y apresado en una emboscada. Lo trasladaron a la escuelita La Higuera donde, sin éxito, trataron de interrogarlo. La CIA lo quería vivo para mostrar al mundo su victoria sobre el terrorismo, pero los generales bolivianos René Barrientos y Alfredo Ovando decidieron asesinarlo. Ovando opinó que «con la popularidad mundial que tiene este hombre, capaz que salga libre». La orden llegó el 8 de noviembre y la mañana siguiente, el suboficial Marcelo Terán Salazar, con su ametralladora, le descargó nueve tiros en el pecho. Más tarde, por órdenes del coronel y agente de la CIA, Roberto «Toto» Quintanilla Pereira, le cortaron las manos como trofeo del militar boliviano bajo la excusa que era para verificar las huellas digitales.
Estos sanguinarios hechos modificaron la perspectiva de Monika y, con esa profanación, el coronel Quintanilla firmó su sentencia de muerte. Desde entonces, la apacible Monika se propuso una misión de alto riesgo: vengar al Che Guevara en el momento que fuera posible. Se dedicó inicialmente a la reconstrucción del movimiento, ayudando a los combatientes que habían sobrevivido, particularmente a los hermanos Inti y Chato Peredo, incondicionales del Che en la dirección del ELN y, gracias a su capacidad de organización, se convirtió —bajo el nombre de batalla de Imilla— en uno de los principales dirigentes de la organización, participando directamente en acciones rebeldes como en el atraco a un banco para recaudar fondos. En 1969, Monika recibe otro golpe: el coronel Quintanilla da muerte a Guido «Inti» Peredo, después de torturarlo brutalmente en un operativo urbano calificado como «baño de sangre», asesorados por Klaus Barbie, que trabajaba en operaciones de inteligencia del Ministerio de Interior.
Aparte de ocuparse de las operaciones del ELN, a Monika le daba vueltas en su cabeza la idea de castigar el ultraje a su comandante Guevara y la muerte de sus compañeros. Cabe destacar que con Inti Peredo mantuvo una relación amorosa durante ese periodo. El militar boliviano figuraba en primer lugar como «blanco» de los guerrilleros. Por esta razón, en 1970, temiendo por su vida, el gobierno lo envía a Hamburgo como cónsul general. Cuando Monika se enteró, la idea comenzó a tomar cuerpo y resolvió que para la venganza ningún camino es largo. Viajó 11,000 kilómetros a su país natal y se instaló en Hamburgo.
La madrugada del día 1° de abril de 1971, Monika ajustó la falda, terminó de maquillarse para colocarse la peluca y acomodarse los guantes. Al mirarse al espejo, parecía una actriz de cine. Subió al metro algo nerviosa y descendió en la parada anterior a su lugar de destino. Caminó rápido hacia el consulado boliviano donde había solicitado una cita con el diplomático, presentándose como turista australiana. La secretaria la hizo pasar a la oficina del señor Quintanilla para que lo esperara. Su mirada recorre una imagen del lago Titicaca que colgaba en el muro, junto a diplomas militares y fotografías de él en uniforme. Ella palpó apaciblemente el arma liviana que llevaba en la cartera.
Quintanilla, conocido mujeriego, se engalanaba siempre que tenía una reunión con el sexo opuesto. Ese día vistió un traje oscuro, corbata de lana azul que contrastaba con la impecable camisa blanca y el bigote afeitado al estilo militar. Llegó a las nueve treinta y al entrar en su despacho quedó perplejo con la belleza de la mujer que lo aguardaba. Se acicaló el bigote con sus dedos y le preguntó con una sonrisa seductora «¿en qué puedo servirla?» Ella se levantó calmadamente, sacó el Colt 38 y le descerrajó tres certeros balazos en el pecho. En los segundos que apuntó, antes de apretar el gatillo, él se quedó inmóvil, como petrificado. Sabía que lo buscaban los guerrilleros, pero nunca pensó que la venganza lo sorprendería encarnada en una mujer tan atractiva de profundos ojos color del cielo. La secretaria, al escuchar los balazos, se encerró en el baño y al salir encontró, tirados en el piso, la peluca, la cartera, el arma y un trozo de papel donde se leía: «Victoria o Muerte. ELN».
Lo único que se logró descifrar fue que la pistola utilizada por Monika pertenecía al editor, político y activista comunista italiano, Giangiacomo Feltrinelli, quien en ese período se encontraba en la clandestinidad política. Nunca se pudo probar la autoría de la guerrillera, sin embargo, comenzó una cacería que atravesó países y continentes, siendo la mujer más buscada del mundo por los servicios bolivianos y la CIA. Fue vista en Francia y en Cuba, utilizando un pasaporte argentino, aunque al final regresó a Bolivia. Esta persecución solo encontró su fin cuando Monika fue apresada el 12 de mayo de 1973, en una emboscada que le tendió su «tío» Klaus Barbie que, por una casualidad, días antes la había reconocido en una plaza en La Paz vestida de hippie junto a un compañero de cabello largo. La siguieron por algunos días hasta que se produjo la encerrona en la cual fue arrestada, torturada y luego asesinada. El cuerpo nunca fue entregado a sus familiares y yace en una fosa común en algún lugar desconocido del país boliviano, destacando una vez más el lado invisible de una mujer que lucha por ideales de su época. Para algunos, su nombre quedó estampado como guerrillera, asesina o terrorista, pero para otros, como una mujer valiente que cumplió con una misión.
 
Nota:
 El coronel del Ejercito boliviano y agente de la CIA, Roberto Quintanilla Pereira, egresado de la Escuela de las Américas de Panamá: un cuadro táctico entrenado por las fuerzas especiales de los Estados Unidos en la lucha contrainsurgente.jefe de inteligencia de las fuerzas armadas de Bolivia y cónsul en Alemania, fue quien comando la captura del Che y el autor de la afrenta final, cuando mandara a mutilar las manos del Comandante Guevara.
 
 

 

miércoles, 9 de junio de 2021

LIBORIO JUSTO, PERFIL DE UN INDOMABLE.

Del prólogo de Daniel Campione a Masas y balas de Lobodón Garra (seudonimo de Loborio Justo)Buenos Aires : Biblioteca Nacional, 2007.

Dirigente de agrupaciones encuadradas en la izquierda radical por los últimos años treinta y los primeros cuarenta, narrador de relatos realistas, historiador con varias obras sobre Argentina y América Latina, fotógrafo tan amateur como eximio, viajero inveterado por latitudes disímiles y a vecesinsólitas, estudioso de la geografía y la fauna de regiones alejadas, habitante solitario por largos años de unas islas entrerrianas. Esos rasgos parecerían englobar varias biografías, sin embargo todos convergen en una sola persona: Liborio Justo.

Liborio vivió entre los años 1902 y 2003, dueño así de una vida centenaria que abarcó todo el siglo pasado y le permitió asistir al comienzo del actual. Fue un personaje múltiple, proteico. Ello incluyó el uso de seudónimos, ya que solía firmar sus producciones narrativas como Lobodón Garra, mientras que la mayoría de sus intervenciones políticas aparecían con el apelativo Quebracho, que en ocasiones utilizaba también para firmar su producción de temática histórica. 

Su temprana autobiografía, escrita antes de los 40 años, y titulada Prontuario lo muestra con una personalidad celosa de su independencia, un intelectual autodidacta (pasó sólo brevemente y sin graduarse por la universidad) con intereses muy vastos, que en lo ideológico se acerca primero al ideario democrático de la Reforma Universitaria, para definirse luego hacia la izquierda radical. 

Mientras reside en Nueva York, en los primeros años treinta, milita vendiendo el Daily Worker, periódico del Partido Comunista, y culminará un giro de 180 grados respecto al tipo de ideas y acciones que podrían esperarse de su pertenencia de clase original, ligada a apellidos patricios y a vastas fortunas. A la hora de dar una explicación a ese giro,menciona tres factores que signan su itinerario: 

"
a) la opresión social provocada por el orden existente que me impedía lograrla plenitud del desarrollo de mi personalidad, 

b) la opresión circunstancial derivada del encumbramiento político de un familiar 

c) la opresión nacional que resulta de la acción del imperialismo sobre la sociedad a que pertenezco.

"
Con respecto al segundo factor mencionado, haber pasado a ser el hijo del presidente argentino, Liborio ofreció una respuesta, en su provocativo estilo. Nos referimos al famoso grito ¡Abajo el imperialismo norteamericano! que profirió en 1936, en presencia del mandatario norteamericano, Franklin D. Roosevelt, y de su padre, el presidente argentino Agustín P. Justo, ambos reunidos en el recinto del Congreso Nacional. 

Sus cuentos sobre la Patagonia, publicados exitosamente bajo el título La tierra maldita –cuya primera edición fue de 1933, y que podrían ubicarse en un realismo social característico de la izquierda– le habían dado cierta notoriedad literaria, y preanunciaban su definición ideológica. Al tiempo de regresar de EE.UU. se vinculó con el Partido Comunista de Argentina, para producir poco después una ruptura pública con esa organización, que volcó en una carta abierta publicada en la revista Claridad. Básicamente, condenaba en ella el viraje comunista a la política de frentes populares  y se declaraba trotskista. 

A su ruptura con el PC hace referencia en Prontuario, fundándola allí en el rol jugado por el comunismo en torno a la revolución española: "Fue allí donde el papel nefasto del llamado partido ‘comunista’ aplastando la revolución popular junto con el socialismo’ amarillo y apuntalando con todo su aparato policial el carcomido régimen burgués de la República, se hizo tan evidente, que juzgué imposible, en ninguna forma, seguir como cómplice de actitud de tal naturaleza"; y luegocontinúa: "... ese partido, para mayor escarnio nuestro, está dirigido por un individuo lleno de grasa en el cuerpo y en el cerebro, y sin otra condición destacable que la flexibilidad de su columna vertebral frente a la burocracia del Kremlin: el súbdito italiano Vittorio Codovilla... Si todavía hay algún tonto que lo siga, la altura del maestro está indicando a las claras la altura de los discípulos".  El último pasaje constituye un buen ejemplo del furibundo estilo polémico que Liborio Justo conservó toda la vida, sin detenerse ante consideraciones personales o burlas de trazo grueso.

Militancia política y trotskismo

Al tiempo, Justo hará efectiva su incorporación a las corrientes trotskistas, que si bien desde hacía unos años habían iniciado su trayectoria en el país, todavía estaban reducidas a pequeños grupos, sin influencia real en el movimiento obreroni cohesión entre ellas. Él intenta jugar como un elemento dinamizador, apoyado en que era alguen con recursos intelectuales e incluso sociales y materiales aptos para cumplir un cierto rol de liderazgo, o al menos para instaurar una discusión más rica y más ligada a la acción que la existente hasta entonces. 

Al tiempo de comenzar su actividad, y vivir los choques entre personalidades y pequeños grupos, lanzó una fuerte crítica al accionar trotskista de toda la década anterior, en un folleto titulado "Cómo salir del pantano". 

Su énfasis teórico particular estaba puesto en el carácter semicolonial de Argentina:

"... ha sido, durante largos años, una especie de

apéndice económico de Inglaterra (...) Esta situa-

ción deformó por completo el desarrollo armónico

de las fuerzas productivas del país, paralizando su

evolución industrial y la consiguiente creación de

un mercado interno, al mismo tiempo que permi-

tiendo a la oligarquía ganadera argentina (en con-

nivencia con la burguesía comercial porteña) (...)

eternizarse en el poder hasta llegar a constituir el

principal freno al progreso de la República...". 

Eso lo llevó a debatir con los trotskistas que postulaban que Argentina poseía un mayor grado de desarrollo y era, por tanto, susceptible de que allí se desarrollara un proceso revolucionario de carácter inicial y definidamente socialista, sin atender al problema de la liberación nacional que planteaba Justo. 

Se entabló así un debate destinado a tener una duración muy prolongada, y que dio lugar a una profusa producción teórica e histórica dentro del trotskismo en particular y en el campo de la izquierda en general.

La organización creada por Liborio, el Grupo Obrero Revolucionario (GOR), se dispersó al poco tiempo de su creación, quedando reducido a pequeños grupos, con Liborio haciendo su balance en Centrismo, ooportunismo y bolchevismo, un trabajo que publicó en 1940. Luego logró reconstruir un núcleo que pasó a denominarse LOR (Liga ObreraRevolucionaria) polemizando con otra corriente, llamada LOS (Liga Obrera Socialista). 

El grupo de Justo sostenía la necesidad de un proceso de liberación nacional, con tareas democráticas, antiimperialistas y de transformación agraria.También reivindicaba la composición social de la LOR, con predominio obrero, frente al grupo "pequeño burgués" que lo enfrentaba. Se afirma en las historias del trotskismo que el aporte fundamental de Liborio a esa corriente fue haberle dado importancia a la cuestión nacional. 

Cuando los otros grupos trotskistas se unifican en el Partido Obrero de la Revolución Socialista (PORS), en 1941,

Liborio respondió acusando al representante de la Cuarta Internacional, que había sido mentor de esa unificación, de "agente imperialista" y, poco después, en 1942, planteó directamente la ruptura con la Cuarta Internacional. 

En esas} circunstancias la LOR se dispersa y Liborio se queda prácticamente solo. 

Escribió tiempo después el libro Trotski y Wall Street, en el que tildaba al propio Trotski de haber capitulado frente al gobierno burgués mexicano de Cárdenas, e incluso acusándolo de haberse puesto al servicio del imperialismo.

Seguirá sustentando esa peculiar posición sobre el revolucionario ruso hasta el final de sus días, como lo atestigua una

declaración de 1994:

"León Trotski, detrás del palabrerío revolucio-

nario que lo acompañó siempre, se alió al gobierno

burgués de Lázaro Cárdenas, atado al imperialismo

yanqui, hizo expulsar a sus partidarios revoluciona-

rios declarándose demócrata, buscando salvar su vida

o luchar mejor con su rival Stalin, y hasta se transfor-

mó en informante del gobierno de EE.UU. 

Mas allá de su opinión sobre Trotski, la obra del revolucionario ruso siguió siendo una de sus fuentes de inspiración.

En su libro Estrategia revolucionaria, de 1957, hará un balance de estos momentos fundacionales del trotskismo argentino, criticándole "un criterio erróneo y metafísico que trató de trasplantar al medio semicolonial de América Latina las consignas aplicables a los países europeos... Ignoraron la unidad de América Latina así como negaron la necesidad de su liberación nacional...". 

Fiel a su estilo polémico lapida a sus contendientes de la época, llamándolos, entre otros epítetos, "microcéfalos".

A partir de la disolución de la LOR en 1943, Justo ya no será un militante enuadrado en ninguna agrupación de izquierda, pero mantendrá inalterables sus ideas fundamentales, expresadas a través de su nada desdeñable producción escrita, volcada en buena parte a la temática histórica y política, con algunas incursiones cercanas a la ficción, y otras en la crítica literaria, sin descartar acercamientos a estudios geográficos y de ciencias naturales. 

Mas allá de su alejamiento del trotskismo, seguirá definiéndose marxista-leninista, asignándole centralidad a la problemática de la "liberación nacional" y adoptando posiciones de izquierda radical. El "latinoamericanismo" fue una característica permanente de Justo, asociado a un potente antiimperialismo que supo ver en su momento el giro desde la preeminencia del capital británico al período signado por el predominio no sólo económico sino político-militar de Estados Unidos. 

Dedicó parte de su obraa predicar la integración latinoamericana, y en particular un libro completo a la integración argentino-brasileña. 

En 1956, Milcíades Peña lo invitó a formar parte de la revista Estrategia, un intento unificador de la intelectualidad de izquierda. Tras una aceptación inicial, Justo rechaza el ofrecimiento, diciendo textualmente "prefiero quedarme solo", y eso pasa a ser una decisión cuasi definitiva. Liborio seguirá siendo un atento observador y estudioso de la realidad nacional, continental y mundial, pero sin formar parte de ninguna organización política, y ni dar lugar a discípulos o escuelas inspiradas por él. El trabajo en soledad se convierte en una característica suya inalterable.

En otro orden está su obra narrativa, en la que refleja sus propias experiencias de vida, de viajero y explorador. La tierra maldita, original de 1933, es producto de sus viajes por la Patagonia austral. 

Su experiencia de poblador de las islas del Ibicuy durante varios años dio como resultado Río Abajo, también una serie de relatos.Su estancia en el Ibicuy tal vez haya tenido que ver con el abandono de la militancia política activa, contrapesando el tiempo pasado en el febril mundillo de las agrupaciones trotskistas con la vida en parajes poco poblados y aislados. El Quebracho de las fuertes polémicas y los folletos críticos del orden de cosas existente y de las otras corrientes revolucionarias, parece haber dejado paso a un período signado por la soledad y la reflexión, quizá no casualmente contemporáneo a la entronización del peronismo, situación política difícil para quienes no cultivaban el peronismo pero tampoco el antiperonismo clásico, como era el caso de Justo.

Al volcar esa experiencia en la escritura, se reafirmó su tendencia realista, hasta despiadada, a la hora de pintar al ser humano en conflicto con la naturaleza y sumido en la soledad.

El abandono de la militancia organizada no implicó que Justo dejara de intervenir políticamente a través de sus escritos, sobre todo en la década de los 50 y los 60, desde su ya citada Estrategia revolucionaria, hasta su enfoque crítico sobre las guerrillas en Bolivia, pasando por escritos sobre experiencias como la Unidad Popular chilena o la llamada Revolución Peruana.

Una obra destacable es su libro dedicado a la revolución boliviana de 1952. 16 Esa obra aparece entroncada en un internacionalismo ligado a la visión de "revolución continental", y a un entusiasmo reflexivo pero muy intenso frente a la gran movilización de masas trabajadoras e indígenas, y frente al extraordinario hecho del ejército derrotado en lucha abierta por los mineros y otros sectores obreros. En su capítulo final no se ocupa tanto de la "traición" de los dirigentes "burgueses" como de las falencias de los revolucionarios a la hora de comprender la situación y tomar el proceso revolucionario efectivamente en sus manos. 

Su publicación en 1967, por la misma época de la guerrilla del Che, puede tener que vercon el propósito de presentar a una revolución proletaria, con una situación en su momento de "doble poder" que la dirigencia revolucionaria habría malogrado, como contracara del llamado "foquismo" de las guerrillas.

De la misma época es su folleto sobre la guerrilla boliviana, en el que defiende la tesis de la "excepcionalidad" del proceso revolucionario cubano, triunfante a raíz de haber sido la primera experiencia de ese tipo y por tanto irrepetible en otros países de América Latina. Además señala como un error específico el intento en Bolivia, donde existía un campesinado que ya había vivido un proceso de reforma agraria tras la revolución de 1952, y un movimiento obrero minero que no había recibido apoyo en sus luchas de los años inme- diatos anteriores. Su posicionamiento es, por tanto, contrario a la estrategia guerrillera, y apuesta a los levantamientos de masas, con amplio protagonismo obrero. 

En torno a los años sesenta comenzó a cultivar la escritura sobre la historia argentina, a la que percibía como estrechamente entrelazada con su historia familiar. Realizó un intento de historia argentina integral, en cinco tomos y un apéndice, Nuestra Patria Vasalla, cuya publicación abarcó cerca de un cuarto de siglo. Desde el tatarabuelo que luchó en las invasiones inglesas, hasta la india pampa que participó de su crianza, Justo parece considerarse a sí mismo un paradigma de identificación prolongada con estas tierras. 

Antes de comenzar Nuestra Patria Vasalla, Justo escribe: 

"En los años 1806 y 1807, Pedro Padroza, español, tatarabuelo del autor de este libro luchó contra los invasores ingleses... Cuatro años más tarde, James Harris, inglés, también tatarabuelo del autor, integró la tripulación de la escuadra deBuenos Aires que, al mando de Guillermo Brown, emprendió la lucha contra los españoles de Montevideo....". 

Liborio Bernal,su abuelo, luchó contra las montoneras de Chacho Peñaloza intervino en la guerra del Paraguay, fue comandante del fuerte de Carmen de Patagones, gobernador militar de Río Negro, y en 1893 fue nombrado interventor federal en la provincia de Santa Fe, donde participó en la represión a la insurrección de inspiración radical de ese mismo año. Sus antepasados de apellido Justo también tuvieron destacada actuación pública: uno fue gobernador de Corrientes, y su padre, general, primero llegó a ministro de Guerra y después a presidente de la Nación. Liborio escribe: 

"La historia de la República Argentina es, pues, en cierto

modo, para el autor de este libro (...) la historia de su familia y,

en ese sentido, considera tener derecho de hablar sobre ella y de-

cir al respecto todo lo que tiene que decir". 

Mas allá de cierto tono aristocratizante en la postura Liborio apunta allí a exponer la historia argentina desde su punto de vista antiimperialista y de necesidad de liberación nacional, algo que explicita desde el título y subtítulo de la obra: Nuestra Patria Vasalla. Historia del coloniaje argentino. 

El conjunto de la obra está presidido por la idea de que Argentina nunca ha alcanzado a ser una nación, que el sentimiento nacional quedó diluido detrás de un cosmopolitismo hijo del sometimiento a las metrópolis del gran capital.

La actuación pública y la escritura de Liborio Justo reconocen una coherencia indudable. Siempre se orientó al combate contra las fuerzas del establishment en sus variadas expresiones, oponiéndoles de modo invariable sus posiciones revolucionarias, articuladas en un antiimperialismo latinoamericanista, en clave de liberación nacional. 

El mismo espíritu impregna todas sus páginas, y a su servicio desarrolló su vitriólica vena polémica, que no perdonó ninguna expresión del poder, desde los gobernantes hasta los representantes de la cultura oficial, pasando por las grandes empresas, en particular las extranjeras. Su soledad fue sin duda expresiva de características personales, pero también de las deficiencias de articulación de una izquierda argentina aquejada de debilidad y dispersión.





sábado, 3 de agosto de 2019

EL POEMA QUE HACÍA LLORAR A DOSTOYEVSKI


Liubov Dostoyevski, a quien se conoce también con el sobrenombre de “Aimée”, la segunda hija que tuvo Fiódor Dostoyevski con su esposa Anna, escribió una biografía de su padre que en español se publicó con el título Vida de Dostoyevski por su hija, en la cual cuenta que el escritor acostumbraba leer poemas a sus hijas y que siempre que les leía este de Pushkin, inevitablemente lloraba.


EL CABALLERO POBRE
Aleksandr Pushkin
Era un pobre caballero
silencioso, sencillo,
de rostro severo y pálido,
de alma osada y franca.
Tuvo una visión,
una visión maravillosa
que grabó en su corazón
una impresión profunda.
Desde entonces le ardía el corazón;
apartaba sus ojos de las mujeres,
y ya hasta la tumba
no volvió a hablar a ninguna.
Púsose un rosario al cuello,
como una insignia,
y jamás levantó ante nadie
la visera de acero de su casco.
Lleno de un puro amor,
fiel a su dulce visión, escribió con su sangre
A.M.D. sobre su escudo.
Y en los desiertos de Palestina,
mientras que entre las rocas
los paladines corrían al combate
invocando el nombre de su dama,
él gritaba con exaltación feroz:
Lumen coeli, sancta Rosa!
Y como el rayo, su ímpetu
fulminaba a los musulmanes.
De regreso a su castillo lejano,
vivió severamente como un recluso,
siempre silencioso, siempre triste,
muriendo por fin demente.

Así lo relata  Liubov Dostoyevski : 

[…] Habiendo formado así un poco nuestro gusto literario, empezó a recitarnos las poesías de Pushkin y de Tolstói, dos poetas nacionales a los que tenía particular afección. Recitaba admirablemente sus poesías; había una que no podía leer sin lágrimas en los ojos, "El caballero pobre", de Pushkin, un verdadero poema medieval, la historia de un soñador, de un don Quijote, profundamente religioso, que pasa su vida por Europa y por Oriente combatiendo por las ideas del Evangelio. En el transcurso de sus viajes tiene una visión: en un momento de exaltación suprema, ve a la Virgen Santísima a los pies de la Cruz. Corre desde entonces una cortina de acero sobre su rostro y, fiel a la Madona, no vuelve a mirar a las mujeres. En El idiota refiere cómo recitaba esa poesía una de sus heroínas. 'Un espasmo gozoso recorre su rostro', dice describiendo esta escena. Eso es precisamente lo que le sucedía a él cuando recitaba; su rostro se transfiguraba, su voz temblaba, sus ojos se velaban de lágrimas. ¡Padre querido! ¡Era su propia biografía la que nos leía en aquel poema! También él era un caballero pobre, sin miedo y sin tacha, que combatió toda su vida por las grandes ideas. También él tuvo una visión celeste, pero no fue la Virgen la que se le apareció: fue Cristo el que le salió al encuentro en el presidio y le hizo seña de que le siguiera.
Vida de Dostoyevski por su hija (El buey mudo, 201; páginas 224 y 225)

jueves, 18 de julio de 2019

VOLAR

Clarice Lispector (*)

Ya escondí un amor con miedo de perderlo, ya perdí un amor por esconderlo.
Ya estuve en manos de alguien por miedo, ya tuve tanto miedo al punto de ni sentir mis manos.
Ya expulsé de mi vida a personas que amaba, ya me arrepentí por eso.
Ya pasé noches llorando hasta caer de sueño, ya me fui a dormir tan feliz al punto de ni conseguir cerrar los ojos.
Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que no existen.
Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.
Ya pasé horas frente al espejo intentando descubrir quien soy, ya tuve tanta certeza de mí al punto de querer desaparecer.
Ya mentí y me arrepentí después, ya dije la verdad y también me arrepentí.
Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para mas tarde llorar silenciosa en mi canto.
Ya sonreí llorando lagrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír
Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían.
Ya tuve crisis de risa cuando no podía, ya quebré platos, copas y vasos de rabia.
Ya eché de menos a alguien pero nunca se lo dije.
Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar
Muchas veces dejé de decir lo que siento para agradar a unos, otras veces dije lo que no pensaba para lastimar a otros.

Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros.
Ya conté chistes y más chistes sin gracia solo para ver a un amigo feliz.
Ya inventé historias con final feliz para dar esperanza a quien lo necesitaba.
Ya soñé demasiado, al punto de confundir con la realidad
Ya tuve miedo de la obscuridad, hoy en la obscuridad "me encuentro, me agacho, me quedo ahí"
Ya caí innumerables veces pensando que no me iba a levantar, ya me levanté innumerables veces pensando que no caería más.
Ya llamé a quien no quería solo para no llamar a quien realmente quería.
Ya corrí tras un carro, porque se llevaba a quien yo amaba.
Ya llamé a mi madre en el miedo de la noche huyendo de una pesadilla, mas ella no apareció y la pesadilla fué aún mayor.
Ya llamé "amigo" a personas cercanas y descubrí que no lo eran, algunas personas nunca necesité llamarles nada y siempre fueron y serán especiales para mí.
No me den formulas exactas, porque no espero acertar siempre.
No me muestren lo que esperan de mí, porque voy a seguir mi corazón.
No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente.
No sé amar a medias, no sé vivir de mentiras, no sé volar con los pies en la tierra.
Soy siempre yo misma, mas ciertamente no seré la misma para SIEMPRE!
Gusto de los venenos más lentos, de las bebidas más amargas,
de las drogas más poderosas, de las ideas más locas,
de los pensamientos más complejos, de los sentimientos más fuertes
Tengo un apetito voraz y los delirios más locos.
Me puedes hasta empujar de un acantilado que yo voy a decir:
- ¿Y qué? ¡AMO VOLAR!

"Volar" Clarice Lispector


(*)Clarice Lispector (Chechelnik10 de diciembre de 1920 - Río de Janeiro9 de diciembre de 1977) fue una escritora ucraniana-brasileña de origen judío. Es considerada una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la Generación del 45 brasileña. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un «no estilo». Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, entre las que se cuentan La pasión según G. H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.

viernes, 24 de agosto de 2012

Un cuaderno negro

Nina Berberova la última sobreviviente del barco de los filósofos

por Juan Forn

Princeton no podía jubilar a Nina Berberova de su cátedra de ruso porque en su pasaporte decía “fecha de nacimiento desconocida” y ella no recordaba cuántos años tenía. Terminaron pidiendo la información a la embajada soviética en Washington, que la derivó a la KGB en Moscú, que informó desconocer de quién le hablaban. Al enterarse, Berberova envió a la embajada el último ejemplar que le quedaba de su autobiografía (cuyas primeras líneas, hoy famosas, dicen: “Así empiezan estas páginas, oliendo aún a tierra húmeda y a moho, como olemos todos los desenterrados”). Lo dedicó a la KGB y lo firmó “Ultima Sobreviviente del Barco de los Filósofos”. En 1922, las autoridades soviéticas habían fletado al exilio, en un carguero alemán, a más de cien intelectuales considerados inservibles para la Revolución. La lista la había armado el propio Lenin. Berberova iba en ese barco. Era menor de edad, se había casado con el poeta Jodasevich para poder partir con él. Creía que Rusia iba en ese barco, que no se podía aspirar a mejores maestros. Berberova quería escribir.

Escribió. En París, mientras Jodasevich languidecía de melancolía por Rusia, ella escribió notas que firmaba con el nombre de él (para poder cobrarlas) en las únicas dos revistas de la emigración que pagaban, hasta que dejaron de pagar. Gorki se apiadó de ellos y se los llevó a vivir a su casa en Sorrento. Gorki se carteaba con los grandes escritores europeos de su tiempo y necesitaba ayuda. Un día llegó una carta de Romain Rolland. Gorki pidió a Berberova que le tradujera: “Querido amigo y maestro –leyó ella–, he recibido en su carta el olor de las flores y el sol. Leerla fue como pasear por un jardín donde los rayos de luz del pensamiento transportan al cielo de la meditación...”. Gorki se irritó. “Pero, ¿qué dice este hombre? Yo sólo le pedí la dirección de Panait Istrati.” Rato más tarde le entregó a Berberova la respuesta para que la tradujera. Decía: “En los últimos años, el mundo camina hacia la luz y sólo quienes avanzan son dignos de recibir el nombre de hombres, en lugar destacado el camarada Panait Istrati, a quien usted, querido amigo y maestro, se refería en una de sus cartas y cuya dirección le ruego encarecidamente me envíe”.

Cuando Gorki se dejó convencer por Stalin y retornó a Rusia, Jodasevich terminó apiadándose de Berberova. Al llegar a París le pidió que le dejara un borscht para tres días y que se fuera, que empezara a firmar con su propio nombre lo que escribía, que lo dejara morir en paz. Ella consiguió una buhardilla en Billancourt, el barrio en las afueras de París donde estaba la fábrica Renault, y allí empezó a escribir unas fabulosas estampas de la vida cotidiana del “París ruso”, que las revistas de la emigración no querían publicarle porque contaban historias como la de los veteranos del Ejército Blanco que trabajaban en la Renault (famosos por tres cosas: su salud de hierro, su insólita sumisión a la policía y su negativa a sumarse a cualquier huelga), la de la Asociación de Ex Francesas (un grupo de institutrices que volvieron arruinadas a París después de la Revolución, luego de invertir todos sus ahorros en rublos zaristas, y pasaban las tardes en torno de un samovar recordando los viejos tiempos) o la de Alexei Remizov, secretario de la revista Problemas (quien en lugar de asistir a las reuniones de redacción prefería quedarse en la habitación contigua, donde acomodaba en círculo los zuecos y galochas de los miembros del comité, se sentaba en el centro y oficiaba una reunión paralela hablando con los zapatos de sus compañeros).

Luego de que un ruso blanco escapado de un manicomio matara a tiros a Paul Doumer, el presidente recién electo de Francia, la situación de los emigrados se volvió insostenible: ya no sólo se les negaba la ciudadanía sino también los permisos de trabajo. “¡Qué hartos estaban de nosotros!”, escribe Berberova en su autobiografía. “No sé qué nos hizo sobrevivir durante aquellos años. Eramos incapaces de leer libros nuevos o de releer libros viejos. Escribir nos producía una mezcla de miedo y repugnancia. Sólo teníamos un deseo: escondernos y callar.” Por esos días, Berberova conoció a un escritor emigrado de su misma generación, que firmaba sus libros “Sirin” para que no lo confundieran con su padre, el político asesinado en Berlín, Vladimir Dimitrievich Nabokov. La empatía fue absoluta, pasaron horas en un bar hablando de literatura hasta que Berberova dijo: “Pushkin se hubiera vuelto loco con Dostoievski. Dostoievski se hubiera desconcertado con Chejov. Y los tres nos despreciarían y se hubieran asqueado de nuestra degradación”. Nabokov se puso blanco, se levantó de su silla y, sin decir palabra, abandonó el bar.

Berberova sobrevivió a la guerra escondida en una granja en el sur de Francia. Volvió a París después de la liberación (caminando, tardó tres días), fue directo a Billancourt, al huerto abandonado que había al fondo del edificio donde había vivido, y desenterró un cuaderno negro que había dejado allí antes de escapar, en 1940. El cuaderno tenía todas sus hojas en blanco. Lo había comprado para escribir su autobiografía. Mientras lo desenterraba, una figura fantasmal se asomó por una de las ventanas; era una conocida rusa de los viejos tiempos, que le dijo desde allá arriba: “No me digas que has vuelto de la muerte”.

Ese cuaderno negro, con sus páginas aún en blanco, llegó con ella al puerto de Nueva York en 1950. Berberova viajó con una sola valija y setenta y cinco dólares en el bolsillo. Nadie la esperaba y no sabía una palabra de inglés. Tardó trece años en conseguir que Princeton le diera a regañadientes unas horas de cátedra a cambio de un departamentito en el campus. Recién entonces se sentó a llenar las páginas de su cuaderno negro. Un día la invitaron a una velada rusa en honor de la condesa Alexandra Tolstoi. Nabokov estaba allí. Ya había publicado Lolita. Era rico, famoso, había engordado, lucía una imponente calvicie y simulaba miopía para no tener que reconocer a quienes trataban de hacer contacto visual con él. En cierto momento, Berberova creyó que la estaba mirando y lo saludó con una inclinación de cabeza. Nabokov ni la registró. Nadie la registró, ni siquiera cuando se fue. La condesa Tolstoi se acercó entonces al escritor y le preguntó si era ella o él también olía a tierra húmeda. “A moho, más bien”, contestó Nabokov, frunciendo la nariz.

Princeton jubiló por fin a Berberova, pero no se atrevió a quitarle aquel departamentito en el campus. Ahí fue donde logró ubicarla el francés Hubert Nyssen, de la sofisticada editorial Actes Sud, que quería publicarle todos sus libros en París. Fue un éxito insospechado. Le dio un estrellato casi póstumo a Berberova: tenía 88 cuando ocurrió y murió cuatro años después. No conozco mejor retrato de la emigración rusa que su autobiografía (Las bastardillas son mías), que cierra con estas palabras de su amado Jodasevich: “En la época en que sucedieron estos versos yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie; apenas he llegado a ser”.

jueves, 16 de agosto de 2012

Y si viene un río gris.... by Lucas Carrasco

Preparé el mate y me senté, como tantas mañanas, tantas tardes, tantas siestas. Frente a la computadora. A leer la guerra comercial. La guerra de cerdos. Los operativos. De vez en cuando se encuentra algo brillante, una discusión interesante, un debate. Se aprenden, además, cosas. Y como debe pasarles a los que me leen a mí en alguna parte, de vez en cuando, aburre. Y se busca otra cosa. Y pasado un tiempo, a veces, también aveces, se vuelve. Y va resultando adictivo, seguir las líneas de pensamiento. Sus borgeanas bifurcaciones. Y después creés que conocés al autor de esas líneas. Le sospechás en qué lado escribe y cómo es ese lado, si en una oficina lúgubre, su casa, un cierto entorno.

La realidad suele tener tan poco encanto.Tan poco misterio. Recién llegado a Buenos Aires, en mi cama, al costado, para ni vacilar cuando tengo insomnio o una idea que creo buena o una mujer o todo eso incompatiblemente junto. Y una botella de agua, en un escritorio pequeño. Con un cenicero que no es tal sino un recipiente que por magia de las mudanzas encontré en la alacena de la cocina. Y tengo el mate. Y una hoja con algunas anotaciones a mano que se va llenando de polvo y nada más. Atrás, arriba de unos cajones entre pullóveres y camperas los libros que me mandan y voy de a poco regalando y aveces algunos leo y películas y revistas que van amontonándose. Pongo un disco y empiezo a teclear. El mate se me enfría. El tiempo me suspende, hasta en los entretiempos y contratiempos. Y nada más. ¿A quién puede importarle?

La persiana rota. Los personajes que invento. Las cosas que se cuelan. Atender, a veces, el teléfono. Ir hasta el baño, acá a dos pasos. Lavarme la cara. Cepillarme los dientes. Ducharme. Salir caminando un rato por el barrio de gente maximalista. Las manos en los bolsillos. Una parada para comer de parado. Llamando a algún amigo. Ir a la radio. Pasarla bien con amigos. Seguir la noche tomando un café en los alrededores o volverme como entre nieblas a terminar un escrito, desgrabar coordenadas de lo poco vivido y contado. Ir a las redes sociales cuando me aburro. Al otro día esforzarme por levantarme en horario convencional. Cobrar y pagar cuentas. Elegir verduras. Organizar una madrugada solitario con largas sesiones de cocina y escritura. Los días corren mientras tanto. Tirado en el sofá con las piernas descalzas apoyadas en la mesa leyendo un libro. Atender el teléfono. Ir a algún lado. Acordarme de cosas. Tomar un colectivo. Entre nervios que te hacen torpe o momentos de calma infinita. Condenado. Enojado. Riéndome. O con una tristeza de puta madre mientras me ducho. Mirando a la ventana. Sentado en la banquina. Esperando algo que venga, que llegue, que le de sentido a todo. Con un mayor escepticismo atribuible cómodamente a los años. Que van pasando. Hacia, quién sabe donde. Ese lugar donde se acaban las historias que podés leer y podés escribir.

Lucas Carrasco (2012)

viernes, 10 de agosto de 2012

Hermann Hesse: Medio siglo sin el 'lobo estepario

El mundo de la literatura conmemora esta semana los 50 años de la muerte del escritor suizo Hermann Hesse, premio Nobel en 1946 y autor de obras cumbre de la literatura en alemán del siglo XX como 'El lobo estepario' y 'Siddhartha'.

Nacido en Calw (Alemania) en 1877 y con nacionalidad suiza desde 1924, Hesse murió en Montagnola (Suiza) el 9 de agosto de 1962 dejando un legado literario convertido en 'best seller' mundial, con 140 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, de los cuales solo una sexta parte corresponde a las ediciones en alemán.

Junto a Thomas Mann y Stefan Zweig, es el autor de lengua alemana más leído hoy en día en el mundo y uno de los dos únicos autores suizos, junto a Carl Spitteler, galardonados con el Nobel.

Pese a este reconocimiento mundial y pese a que Hesse vivió las últimas cuatro décadas de su vida en Tesino (sur de Suiza) -donde escribió 'El lobo estepario', 'Siddhartha', 'Narciso y Goldmundo' y 'El juego de los abalorios'-, los helvéticos viven con cierta distancia este aniversario de un autor que ven como alemán.

Tractac del Lobo estepario

"Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario.

Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico".

"No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona".

"El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna"


Siddharta (fragmento)

" Siddharta.-¿Cuántos años crees que tiene el más anciano de los samanas, nuestro venerable profesor?

Govinda.-Quizá tenga unos sesenta.

Siddharta.-Tiene sesenta años y no ha llegado al nirvana. Tendrá setenta y ochenta años, como tú y yo los tendremos, y seguiremos con los ejercicios y ayunaremos y meditaremos. Pero nunca llegaremos al nirvana. Ni él, ni nosotros. Govinda, creo que seguramente ni uno de todos los samanas llegará al nirvana. Ni uno. Encontramos consuelo, alcanzamos la narcosis, aprendemos artes para engañarnos. Pero lo esencial, el camino de los caminos, éste no lo hallaremos. "

De la crisis personal al fenómeno global póstumo

Hesse admitió que la vida casera le resultaba opresiva y se embarcó en varios viajes al extranjero para alejarse de la familia, con la que regresó en 1912 a Suiza para instalarse en Berna. Allí el escritor trabajó para la embajada alemana, desde la que, años después, prestaría ayuda a prisioneros de la I Guerra Mundial.

Durante la primera gran guerra, coincidiendo con la muerte de su padre en 1916, Hesse volvió a sufrir una grave crisis emocional y comenzó a someterse a sesiones de psicoanálisis para hacer frente a a la inevitable ruptura de su familia en 1919.

Se separó de Bernoulli y volvió a casarse dos veces, la última de ellas con Nina Dolbin, con quien vivió en la Casa Rossa sus últimos años de vida, en los que su creatividad literaria declinó.

En esos años, se refugió en la pintura, inicialmente como terapia, para convertirse en una auténtica pasión, creando una importante obra pictórica de unas 3.000 acuarelas que recrean los colores y la belleza del Tesino, su "patria chica".

Su gran éxito literario fue póstumo, ya que sus obras pasaron a ser un fenómeno global a raíz de la guerra de Vietnam, cuando los movimientos pacifistas reivindicaron sus trabajos y sus libros se convirtieron en símbolos del 'Flower Power', con su mezcla de pacifismo, filosofía asiática y desorientación existencial.

domingo, 22 de abril de 2012

Marlon Brando, un rebelde eterno

Un 22 de abril com hoy hace 39 años, Marlon Brando renunció al Oscar como mejor actor por El Padrino para reclamar atención sobre la difícil situación de la población indígena en Estados Unidos. Hecho por cierto peculiar, considerando que mucha gente del espectáculo,  considerablemente menos favorecidos por las musas, estarían dispuestos a vender el alma tan solo por recibir un premio de cuarta en cualquier evento miserable.

por Roberto Palmitesta

Ya todos se habían despedido de su desproporcionada e inerte humanidad. El actor más famoso de la posguerra yacía entubado y solitario en su cama clínica cuando ocurrió su deceso en la madrugada del 3 de julio, pareciéndose al famoso padrino que creó con su originalidad y talento hace tres décadas, esperando la muerte en un gran hospital. Sólo que esta vez las probabilidades estaban en su contra y no sobreviviría -como lo hizo el patriarca Corleone en la antológica secuencia central- ya que sus dolencias cardíacas y respiratorias eran demasiado graves, y moriría justo a sus 80 años cumplidos, como si hubiera planeado no pasar de esa edad. Así se fue el actor más comentado e influyente del último medio siglo, convertido en un mito por los medios que nunca lo abandonaron, ya que siempre fue noticia, aún en su decadencia, dejando como legado un puñado de impactantes caracterizaciones fílmicas y una multitud de imitadores y fanáticos.

Brando murió como vivió: orgulloso, solitario, rebelde, desafiante, caprichoso, anticonformista e iconoclasta, tal como diría una vez: “No puedo ser otra persona sino yo mismo, aunque me peguen en la cabeza”. A pesar de que ganó muchos millones -y a veces alquilando apenas su carisma durante minutos- en sus últimos años se mantenía con una pensión del sindicato de actores y de la ayuda del seguro social, ya que su fortuna fue derrochada en excentricidades o gastada en líos legales. Amante de lo exótico -se casó o vivió con cuatro extranjeras-, curiosamente los que más lamentaron su muerte han sido los indios norteamericanos -por defender a menudo su causa- quienes pusieron la bandera a media asta en las reservaciones indígenas. Hasta Bush se vio obligado a dar una declaración de pesar desde la Casa Blanca, lo cual da una idea de la importancia del personaje.

Su su partida marcaba el fin de una era y se había ido un pedazo de Hollywood, un actor prometeico y omnipresente en las pantallas grandes y chicas, desde que nos conmovió como un militar minusválido e iracundo en la cinta de Fred Zinnemann, Los hombres, y luego como el marido abusivo en Un tranvía llamado deseo, más adelante como el rebelde motociclista en El salvaje, como el boxeador frustrado en Nido de Ratas, o como el patriarca mafioso en El padrino, o como el amante circunstancial de una parisina en El ultimo tango en París, o finalmente como el oficial desquiciado en Apocalipsis ahora, quizás su último gran papel.


Altibajos profesionales

Su carrera arrancó con buen pie en los 50, se estancó en los 60, revivió en los 70 gracias a El Padrino, pero a partir de los 80 hizo sólo papeles mediocres u olvidables, la mayoría tipo relámpago, aunque todavía se daba el lujo de cobrar tres millones de dólares por dejar poner su nombre en afiches y marquesinas. A pesar de que participó en unas 40 cintas, sólo la media docena de filmes arriba mencionados se pueden considerar como realmente antológicos, verdaderos hitos en la historia del cine. Obtuvo incontables premios y homenajes (destacándose sus cinco nominaciones y dos Oscares de la Academia) y su caracterización de un abogado anti-Apartheid, en A dry, white season (Una estación seca y blanca), realizado hace apenas 15 años- por poco le hace ganar un tercer Oscar como mejor actor secundario, aunque tampoco lo hubiera aceptado. En su último filme, hecho hace apenas tres años, The Score (Saldo de cuentas) interpreta al autor intelectual y financista de un espectacular robo de joyas, por primera vez al lado de Robert De Niro, irónicamente el actor que interpretara el mismo personaje que revitalizó su carrera, en la segunda parte de la saga de El Padrino.

Algunos fracasos notables: Desirée (como Napoleón), La condesa de Hong Kong, (la lamentable última cinta de Chaplin), Motín en el Bounty (como el oficial rebelde), Ellos y Ellas (Guys and Dolls, como un tahúr de bajos fondos, que canta y baila). Dirigió una sola película, One-eyed Jacks (El rostro impenetrable) un western poco apreciado por crítica y público, aunque algunos lo consideren ahora un clásico del Oeste. Si bien prefería roles dramáticos, gustaba actuar en comedias y se lo recuerda en algunas hilarantes cintas, como en Dos pícaros ladrones (Bedtime story, como un estafador de ricachonas) y como un mafioso en The Freshman (El novato) parodiando a Vito Corleone, personaje casi mitológico del cual jamás pudo escapar. En las últimas dos décadas sólo actuó como protagonista de dos cintas importantes, como un sensible psiquiatra en la romántica Don Juan de Marco y como el científico demente en el fallido remake de La isla del Dr. Moreau. Su último proyecto, ahora abortado, sería un largo documental sobre su persona, proyectada para filmarse este año -a cargo de un cineasta tunecino- y que se titularía Brando & Brando, aunque quizás se llegue a realizar sólo con retazos y opiniones de otros, sin su avasallante presencia física.

Brando tuvo la suerte de trabajar con los mejores directores de su época, (tales como Chaplin, Zinnemann, Kazan, Milestone, Dmytryk, Mankiewicz, Coppola, Pontecorvo y Bertolucci), y actuar con artistas de la talla de Vivien Leigh, Anna Magnani, Jean Simmons, Sophia Loren, Elizabeth Taylor y Faye Dunaway. Fue también un pionero, pues su original método de actuación –penetrante, intenso y espontáneo, aprendido en el Actors Studio- sentó la pauta para el cine mundial de la posguerra e influyó en actores como James Dean, Paul Newman, Sydney Poitier, Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Al Pacino, Robert De Niro, James Caan, Mickey Rourke, Leonardo DiCaprio, Russell Crowe, Sean Penn y Johnny Depp, siendo estos cuatro últimos muy solicitados últimamente y considerados por la crítica como los más recientes herederos del estilo interpretativo liderado por Brando. En otros países también se sintió su influencia, pues Richard Harris y Alan Bates en Inglaterra, y Jean- Paul Belmondo y Alain Delon en Francia, y Klaus Maria Brandauer en Alemania, aplicaban el mismo método y elogiaban a menudo a Brando.

Rebelde, irreverente y promiscuo

Su desprecio por Hollywood fue evidente desde los años 70, simbolizado por su renuncia al codiciado premio de la Academia y por su búsqueda de nuevos horizontes en Francia e Italia. Su irreverencia lo convirtió en protagonista ideal para trabajar en dos hitos del cine erótico, primero en Candy (1968), aquella alocada sátira sexual del francés Christian Marquand con libreto del irreverente Terry Southern, donde Brando interpreta a un extraño guru seudo-oriental que embauca y fornica descaradamente con una ingenua ninfómana, junto a un reparto variopinto que incluyó nada menos que a Richard Burton, Walter Matthau, Ringo Starr, Charles Aznavour, Sugar Ray Robinson, John Huston y James Coburn. Con esa atrevida experiencia softcore en su currículo, Bertolucci no tuvo dudas en contratarlo para su Ultimo Tango en París, donde –además de escenas muy eróticas- aparece ensayando el sexo anal con Maria Schneider, algo antes impensable en una película no pornográfica, que la hizo clasificar como X –al igual que Candy- y a prohibirse en muchos países. Nuevamente, aún en su madurez, Brando sería el iconoclasta pionero de nuevas experiencias fílmicas.

Con esa actitud liberal sobre el sexo y el amor, y con la imagen de seductor sensual que arrastró desde sus primeros filmes, no extraña que su vida sentimental fuera bastante desordenada... y a veces trágica. Después de sus tres breves matrimonios entre 1957 y 1960, primero con la actriz de origen indio, Anna Kashfi, luego con la mexicana Movita Castañeda y finalmente con la tahitiana Tarita Teripaia, siguió teniendo amores con muchas actrices que lo admiraban, tales como Pat Quinn, Rita Moreno y Ursula Andress. (A esta última le preguntó una vez :”Nosotros ya hicimos el amor, verdad?, lo que da una idea de su obsesiva promiscuidad). En sus últimos años compartió la cama con su ama de llaves, María Cristina Ruiz, quien lo demandó por la bicoca de cien millones de dólares por olvidarse de ella y sus hijos cuando terminaron en el año 2000. En total tuvo 11 vástagos (5 con su apellido), pero dos le dieron muchos pesares, pues uno fue condenado a 10 años de prisión por asesinar al novio de su hermana Cheyenne (hija de Brando y con Tarita) y quien luego se suicidó. Sin embargo, a pesar de que se humilló por ellos y lo dejaron arruinado, lo consideraban un padre egoísta y errático, reflejo de una dura niñez con padres alcohólicos e irresponsables.

Un personaje polémico

Mientras muchos lo consideran un gran actor por su profundidad y talento, otros critican su desprecio por la profesión y su flojera como profesional (olvidaba sus diálogos e improvisaba mucho), además de su egolatría (gustaba monopolizar las escenas) y sus notorios caprichos de superestrella, pues se ausentaba mucho del plató y hacía exigencias absurdas, como la de ignorar a su propio director, Frank Oz, en su último filme. Gillo Pontecorvo, su director en Queimada! dijo de él: “Podía ser un dios frente a las cámaras y, minutos después, una persona insufrible”. Pero al conocerse su deceso, algunos colegas lo elogiaron así:

-Sophia Loren: “Fue un queridísimo amigo y compañero, muy educado y profesional. Actores como él deberían ser eternos”.

-Robert Duvall: “Fue uno de los actores más grandes y originales del siglo, sólo comparable con Laurence Olivier”.

-Bernardo Bertolucci: “Con su muerte, Marlon Brando pasó indudablemente a la inmortalidad”.

-Francis Ford Coppola: “Marlon odiaba los cumplidos. Así que lo único que diré es que me entristece su partida”.

Algunas de sus frases fueron antológicas, incorporadas a la mitología fílmica:

- “¡Stella, Stella!”, en Un tranvía llamado deseo (echando de menos a su mujer).

- “¡Contra lo que sea!”, en El salvaje. (al preguntársele contra qué se rebelaba).

- “Pude haber sido alguien”, en Nido de Ratas (conversando con su hermano).

- “Le haré una oferta que no podrá rechazar”, en El Padrino.

- “El que no pasa tiempo con la familia, no es un verdadero hombre” (idem).

- “¡Busca la maldita mantequilla!”, en El último tango en París.

- “¡El horror, el horror!” en Apocalipsis Ahora (refiriéndose a la guerra).

Un comentarista español resumió en su elegía del actor el sentir general de su fanaticada: “El cine se queda huérfano, pues fue uno de sus monstruos sagrados. Brando combinaba un talento único, un carácter difícil, una imagen sensual, una rebeldía constante. Algunos pueden haberlo odiado, pero la mayoría agradece de que haya vivido.” Paz a los restos de Brando... el grande, con todos sus defectos.


sábado, 21 de abril de 2012

Charles K. Bukowski: un escritor maldito

Barbara Frye, afamada escritora y editora, miraba con cierto desdén a su marido. Éste –apátrida, escéptico, alcohólico y prematuramente maltratado- derramaba líneas sobre el papel que se le asemejaban, más que a versos, a sucios regueros de grasa. Pero no todo el mundo compartía su opinión. Cuando John Martin, de Black Sparrow Press, leyó sus manuscritos, un súbito presentimiento lo iluminó como una bombilla. Ofreciendo al fracasado poeta un salvoconducto para liberarlo de la rutina, Martin tuvo la certeza de haber descubierto a un genio: un señor muy malhablado llamado Charles K. Bukowski.

El joven Heinrich Karl Bukowski conoció muy pronto el desencanto. Despojado de su verdadero y germánico nombre tras el traslado familiar a Baltimore (EE.UU) en 1923, en el nuevo “Charles” confluyeron todos los factores que pueden empujar a un niño al ensimismamiento: un ambiente familiar turbio, un físico poco agraciado y una timidez atávica e irremediable. Demasiado joven para el alcohol o las drogas, demasiado débil para plantar cara, Bukowski se refugió muy pronto en los libros. Tanto es así, que en su poema “Llegaron a tiempo” realiza un agradecimiento conmovedor a los Huxley, Faulkner, Hemingway o Joyce, integrantes todos ellos de su infantil pandilla de celulosa: “Todos estos amigos bien adentro de mi sangre, quienes, cuando no había ninguna oportunidad, me dieron una”. La vocación literaria, cómo no, estaba al caer. En la mitad de la veintena, nuestro hombre realiza incursiones con cierto éxito en la literatura breve. Poco después, desanimado por la imposibilidad de continuar con sus apariciones en Story Magazine y demás revistas literarias, llega de nuevo el estigma de la desilusión, hallando esta vez –y ya para siempre- un consuelo efectivo y duradero en forma de alcohol con dos cubitos de hielo.

Comienzan entonces unos años grises y turbios, con demasiado olor a vómito y muy poca esperanza aguardando cada mañana. Bukowski malvive en Los Ángeles, y aficionado a la 66 y a cualquier otra ruta, vagabundea por USA desarrollando un amor incondicional por los moteles de carretera, hoteles “cucaracha” como el de “Tres mujeres”. La cosa, entonces, sólo podía ir a peor. A principios de los 50, el servicio postal le ofrece un trabajo gris con perspectivas grises, un curro de legañas desanimadas y días pasando lentos tras una mesa. Su experiencia durará tres años. Con la libertad recién adquirida, en 1955 los excesos pasan factura en forma de úlcera sangrante. Nada mejor que ver de perfil a la muerte para que un indolente vocacional -“Mi ambición está limitada por mi pereza”- comience a buscarle sentido a su vida.

Llegan entonces las primeras tentativas de retomar su carrera literaria, coronadas con la publicación en 1959 de “Flor, puño y gemido bestial”. Bukowski cuenta entonces con treinta y nueve años, y este éxito inmediato y a la vez tardío en la poesía será uno de los mayores motivos de orgullo que el escritor conservará para el resto de su vida. Las cosas, sin embargo, podían ir mejor. Desencantado por el poco apoyo de su mujer desde 1957, Barbara Frye, y demasiado enfrascado en el alcohol, su matrimonio se rompe, y su maltrecha economía –sustentada a menudo por el patrimonio burgués de su esposa- se resquebraja. Ha de volver a la oficina entre petates y sellos, y todo lo anterior no parece más que un paréntesis en mitad de la desgracia.

No mucho después retomará su vida de manos de Frances Smith, quien en 1964 le dará su primera hija, Marina Louise. Pero no terminará ahí su despertar. Este solitario con muy buenos amigos encontrará un hueco en la revista “The Outsider”, por mediación del editor Jon Webb. Allí, su nombre se relacionará con el de autores de la talla de William Borroughs y Henry Miller, comenzará a ser conocido y el fenómeno “Bukowski” arrancará con pies de plomo. La llave hacia el éxito llega en forma de un contrato vitalicio de 100 dólares al mes, y Bukowski, tal y como declara, se plantea qué senda tomar en mitad de una bifurcación clara: la de un empleo rutinario pero seguro o la de un riesgo enorme y sacrificado. Ninguna otra decisión fue tan fácil. “He decidido morir de hambre”. Nunca lo hará.

Los setenta fueron la década dorada. Bien relacionado – Jean Genet y Sartre se encontraban entre sus admiradores más entusiastas- el torrente se dispara y de la pluma del escritor surgen títulos como Cartero (1971), Factotum (1975) y otros menos eufónicos, como La máquina de follar (1975) o El amor es un perro infernal (1977).

Como culmen, llegan Mujeres (1978), un recorrido enmascarado de seudónimos por su vida conyugal, y otro título algo más que significativo: Shakespeare nunca lo hizo (1979). Muerto en 1994, mordaz, atrevido y descarnado, alguien que caracterizó a Thomas Mann como a “un tipo que confunde el arte con el aburrimiento” y defendió a los artistas que dicen “una cosa complicada de un modo simple”, sólo nos podía dejar una herencia como la suya: citas imprescindibles, un amor por el exabrupto sólo comparable con el de otros padres del “Pulp” y un puñado de títulos que tu madre no querría ver jamás asomando por tu estantería.

La casa

Construyen una casa
media cuadra abajo
y yo me levanto aquí
con las persianas bajas
a escuchar los ruidos,
los martillos clavando las puntillas,
tac, tac, tac, tac,
y luego escucho los pájaros y
tac tac tac
y voy a acostarme,
tiro las cobijas hasta la garganta;
han estado construyendo esta casa
por un mes y pronto tendrá
su gente... durmiendo, comiendo,
amando, moviéndose por todas partes,
pero algo
ahora
no es correcto,
parece una locura,
hombres caminando en su techo con puntillas en la boca
y leo acerca de Castro y Cuba,
y por la noche camino por
y las nervaduras de la casa muestran
y adentro veo gatos caminando
la manera como los gatos caminan,
y luego un muchacho que pasa en una bicicleta
y aún la casa está sin terminar
y en la mañana los hombres
regresan
caminando por todas partes en la casa
con sus martillos
y parece que la gente no construye casas
nunca más,
parece que la gente debiera parar de trabajar
y sentarse en cuartos pequeños
en segundos pisos
bajo luces eléctricas sin persianas;
parece que hay mucho para olvidar
y mucho para no hacer
y en farmacias, mercados, bares,
la gente está cansada, no quieren
moverse y yo me paro en la noche
y miro a través de esta casa y la
casa no desea que se construya;
a través de sus lados veo las colinas moradas
y las primeras luces del atardecer,
y hace frío
y abotono mi chaqueta
y me paro allá a mirar la casa
y los gatos se para y me miran
hasta cuando me siento desconcertado
y me muevo hacia el norte por la acera
donde habré de comprar
cigarrillos y cerveza
y retornaré luego a mi cuarto.

miércoles, 18 de abril de 2012

Un árbol, una roca, una nube

 Carson McCullers (fragmento)

“Lo que pasó fue esto. Ahí estaban esos sentimientos hermosos y esos pequeños placeres sueltos, dentro de mí. Y esta mujer era para mi alma algo así como una cinta de montaje. Hacía pasar por ella esos poquitos de mí mismo y salía completo. ¿Me sigues ahora?

(…) En esas circunstancias, ya te puedes imaginar cómo me quedé cuando me dejó.

(…) Fuí a todas las ciudades que había mencionado alguna vez, buscando a todos los hombres que habían tenido alguna relación con ella. Tulsa, Atlanta, Chicago, Cheehaw, Memphis… Durante casi dos años corrí por el país tratando de encontrarla. La verdad es que el amor es una cosa extraña. Al principio no pensaba más que en que volviera. Era una especie de manía. Luego, según pasaba el tiempo, trataba de recordarla, pero ¿sabes qué ocurría?

(…) Cuando me tumbaba en la cama y trataba de pensar en ella, mi cabeza se quedaba en blanco. No podía verla. Y entonces sacaba sus fotografías y las miraba. Nada, no había nada que hacer. Era como si no la viera. ¿Puedes imaginarlo?

(…) Pero un pedazo de cristal inesperado en la acera o una canción de cinco centavos en un gramófono automático, una sombra en una pared por la noche, y recordaba. A veces eso me ocurría por la calle y yo me echaba a llorar y me golpeaba la cabeza contra un farol. ¿Me comprendes?

(…) Cualquier cosa. Daba vueltas por ahí y no tenía poder sobre cómo y cuándo recordarla. Uno cree que se puede poner encima una especie de blindaje. Pero el recuerdo no viene al hombre así, de frente, viene por las esquinas, dando rodeos. Estaba a merced de todo lo que oía o veía. De repente, en vez de ser yo el que atravesara el país para encontrarla, empezó ella a perseguirme en mi propia alma. Ella persiguiéndome a mí, !fíjate! Y en mi alma.

(…) Yo era un pobre mortal enfermo. Era como la viruela. Te confieso, hijo, que me emborraché, forniqué, cometí cualquier pecado que de pronto me apeteciera. Me avergüenza confesarlo, pero así es. Cuando recuerdo esa temporada, está todo confuso en mi mente; fue terrible.

-Pasó el quinto año. Y con él empezó mi ciencia.

(…) Es difícil explicarlo científicamente, hijo. Me figuro que la explicación lógica es que ella y yo nos habíamos perseguido tanto tiempo que al fin nos hicimos un lío, nos echamos atrás y lo dejamos. Paz. Un vacío extraño y hermoso.

(…) Yo me quedába allí, en mi cama, echado en la oscuridad. Y así me vino la sabiduría.

(…) Es esto. Escucha atentamente. Medité sobre el amor y saqué la conclusión. Me di cuenta de qué es lo que nos pasa. Los hombres se enamoran por primera vez. Y ¿de qué se enamoran?

(…) De una mujer. Sin sabiduría, sin nada para poder ir por ahí, emprenden la experiencia más sagrada y peligrosa de este mundo. Se enamoran de una mujer.

(…) Empiezan por el revés del amor. Empiezan por el punto crítico. ¿Te das cuenta de por qué es algo tan desgraciado? ¿Sabes cómo deberían querer los hombres?

(…) Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor?

(…) Un árbol. Una roca. Una nube.

(…) Medité y empecé con precaución. Cogía cualquier cosa de la calle y me la llevaba a casa. Compré un pececillo dorado y me concentré en él y lo amé. Pasaba gradualmente de una cosa a otra. Día a día iba adquiriendo esa técnica.

(…) Ya hace seis años que voy por ahí solo haciéndome mi saber. Y ahora soy un maestro, hijo. Puedo amarlo todo. No tengo ya ni que pensar en ello. Veo una calle llena de gente y una luz hermosa entra dentro de mí. Miro a un pájaro en el cielo o me encuentro con un viajero en el camino. Cualquier cosa, hijo, o cualquier persona. ¡Todos desconocidos y todos amados! ¿Te das cuenta de lo que puede significar una ciencia como la mía?.”

Al final de “Una roca. Un árbol. Una nube” el chico que escucha la historia del viejo que predica las virtudes y riesgos del estudio de la ciencia del amor, le pregunta si se ha vuelto a enamorar de alguna mujer. El viejo –que tiene agarrado al niño por el cuello de su chaqueta de cuero- lo suelta, bebe un trago largo de cerveza y por fin responde:

“-No, hijo. Fíjate, ése es el último paso de mi ciencia. Voy con cuidado. Todavía no estoy preparado del todo.”

Extracto del libro “El aliento del cielo”, de Carson McCullers

Ver : CARSON McCULLERS: LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE


miércoles, 7 de marzo de 2012

Vida e imagen de Isidore Lucien Ducasse "El Conde de Lautréamont"

por Enrique Pichon-Rivière
 
Toda investigación, sobre la vida del Conde de Lautréamont se vio siempre dificultada por factores externos, fortuitos y sobre todo por factores internos, existentes en aquéllos que se ocupaban de él. La angustia que condiciona esta situación estaba ligada a los aspectos siniestros de su vida y de su obra.

El mismo Lautréamont advierte al decir en el primero de sus poemas: “Plegue al cielo que el lector, envalentonado y sintiéndose feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje, a través de los pantanos desolados de estas páginas sombrías y llenas de veneno; porque de no emplear en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro empaparán su alma como el agua empapa el azúcar. No es conveniente que todo el mundo lea las páginas que van a continuación; sólo algunos saborearán este fruto amargo sin peligro.

En consecuencia, alma tímida, antes de internarte más en semejantes páramos inexplorados dirige tus talones hacia atrás y no hacia adelante”. Pero sin embargo la mayor responsabilidad de este rechazo del caso Lautréamont recae sobre sus primeros críticos: León Bloy y Remy de Gourmont. Ellos espantaron a los lectores y sin duda influyeron también en el ánimo de los familiares en el sentido de hacer desaparecer todo rastro del poeta. Alrededor de Lautréamont se creó una atmósfera de terror, de espanto, y su influencia satánica parece haberse ejercido sobre algunos que se interesaron por su obra, ya que enloquecieron o se suicidaron. El aspecto fantasmal fue reforzado de este modo.

Isidoro Ducasse que usó el seudónimo de Conde de Lautréamont nació en Montevideo en el año 1846, vivió además en Tarbes y en Pau, pasó por Buenos Aires, estuvo en Córdoba y murió a los 24 años en París, en el año 1870.

Escribió unos poemas en prosa, “Los Cantos de Maldoror”, y el prólogo a unas poesías.

Recordemos que Mallarmé nació en el año 1842, Verlaine en 1844, Corbiere en 1845, Lautréamont en 1846 y Rimbaud el más joven de este grupo en 1854. Lautréamont publicó sus Cantos en el año 1868, es decir cinco años después que Rimbaud publicara “Una temporada en el infierno”.

El grupo perteneciente a la generación de 1914 tomó a Lautréamont por estandarte, así nació el movimiento surrealista que descartando primero a Baudelaire y luego a Rimbaud –dice Marcel Raymond– prefirió por gusto del escándalo y para decepcionar las admiraciones burguesas, un Lautréamont genial y mitológico al cual presentó como un arcángel enfurecido, lanzando blasfemias en una noche apocalíptica.

Situado Lautréamont en el tiempo y en la historia de la literatura, trataré de mostrar por qué su existencia fue reprimida por su medio y cómo poco a poco, merced a la labor de muchos, tal como un psicoanalista va venciendo las resistencias del enfermo, se pudo traer a la conciencia de esta época algo de este material previamente reprimido.

Y tal como sucede en las neurosis, lo reprimido tiende a volver a la conciencia en forma disfrazada, como sucede por ejemplo, en las fantasías, los mitos y las leyendas. Así surgió la leyenda lautreamoniana.