jueves, 15 de marzo de 2012

La calle presidente

Este post es un homenaje a esa calle Presidente, donde se afincara mi abuelo paterno al llegar a estas tierras procedente de las Islas Canarias y a ese mismo paisaje que vió nacer a mi padre y que alguna manera también fue parte de mi niñez.

La calle "Presidente", hoy "Daniel Cerri", nacía en Pedro de Mendoza y a la altura de la calle Patricios,  quebraba su recta para cortarse en Montes de Oca.

Las diez o doce cuadras que formaban el primer tramo, diferían tan particularmente del segundo, que solo un viejo conocedor del lugar podría aventurar razón más aceptable de ese singular desentono. La revelación nos hubiera descubierto entonces el secreto de sus casas de madera y cinc, cabalgando sobre postes de quebracho.

Era sencillamente el único tipo de casas que así montadas, lograban poner a cubierto a sus moradores y enseres, de las periódicas crecientes del río, cuyas aguas a esa altura de la calle Hernandarias, ganaba casi siempre, el borde inferior de los altos ventanales de la fabrica de dulces. Así se explicaba el rudimentario cimiento de barrigudos machones, que elevaban las casa sobre uno o dos metros del nivel de la calle.

Cuando el frente de estas viviendas caía directamente sobre el nacimiento de la acera, el espacio abierto entre esta y el primer piso, se tapiaba con latas, restos de chapas de cinc y maderas. Este precario baluarte, era tan vulnerable, que pasada la invasión de las aguas era preciso repararlo. Cuando entre el frente de la casa y la vereda se dejaba lugar, una tapia similar sin puerta o con un colgajo de madera, mantenia su línea de formacion con las casa linderas. Los moradores, aprovechaban entonces este espacio adicional para escapar al calor que emanaba del cinc y del maderamen, de tal modo, que cada habitación generalmente mal ventilada, era un horno donde debia comer, dormir y vivir una familia completa.

El improvisado solar, se convertía así en un campamento, donde se instalaban las mas pintorescas cocinas, pues mientras una lata de bizcochos, abierta por los dos lados para asegurar el tiraje, sostenía la hornilla del carbón con una olla de sopa de legumbres y albahaca, el calentador "Primus", de pié sobre un cajón de kerosene, lanzaba desde su quemador circular al rojo vivo, una llama blanqiazul, casi lívida que estremecía un cocido gallego.

Así se mezclaban a la hora del almuerzo, o de la cena, en estrecha `promiscuidad, los olores mas rancios, y los aromas mas diversos. Ese era el momento en que una inusitada actividad cundía por toda la casa.

Las tareas del puerto se suspendían a las once para reanudarse a las trece horas, era necesario darse prisa para comer, echarse unos minutos y volver al trabajo. A los braceros portuarios que cargaban al hombro los canastos de carbón, y que volvían tan tiznados que apenas se les reconocía, tenían el privilegio del pileton para lavarse las manos y despejarse la cara. La mayor parte de estos jornaleros eran peninsulares que vivian en sociedad.

Generalmente, tres o cuatro alquilaban un cuarto y se turnaban para preparar el puchero para varios dias. Esta manera particular de cocer varios kilos de papas, media docena de repollos, carne, panceta, unto y garbanzos de una sola vez, les ahorraba tiempo. El calentador a toda bomba, les ofrecía a los cinco minutos, el plato único, cuyo sobrante se recalentaba por la noche y al otro día hasta quedar el caldero exhausto.

Cuando la sirena del aserradero y las intermitentes pitadas de los guinches portuarios, anunciaban el paro por las dos horas de rigor, de la primera mitad de la jornada, numerosos grupos de obreros, con el aspecto de una extraña mascarada, asomaban por la calle Presidente en los tramos adyacentes a la ribera.

Eran las máscaras anónimas que retornaban luego de desaparecíer en las entrañas abultadas de los buques de ultramar, para aligerarlos del lastre de carbón de piedra, que descargaban con la cabeza cubierta con una capuchon de arpillera.

También la comparsa enharinada,vistiendo  camiseta, bombachones, delantal y alpargatas blancas que retornaban de estibar los costales panzudos del oro blanco de nuestro trigo.

Y a esta amalgama blanquecina, seguía acaso la legión azul de los astilleros de la Isla Maciel y los talleres de reparación, que traian en el blusón y en el ala del sombrero, un circulo dorado de aserrín.

Esta caravana de color que marchaba apuradamente, apretando el paso, discutía de problemas del trabajo y de la vida, en todos los dialectos de la baja italia, desde Sicilia, hasta Nápoles, en todos los tonos de la jeringoza ibérica y en el cerrado genovés, del tercio superior de la bota itálica.. Se acentuaba así el ritmo habitual de la calle, como el estímulo que acelera el pulso de un gran corazón.

Las chatas cargadas de rollizos que salían y entraban a las barracas se detenían en la calle Alvar Nuñez e Irala y el carrero después de asegurar las riendas al pescante, se ganaba al almacén de Enrique "Flor de un día", en procura del almuerzo reparador. Luego, en los mediodías ardientes de verano, se tendía a la sombra del balcón más aventajado e improvisando una almohada con los apeross sumarios de su asiento, se cubría la cara con el sombrero y echaba una pequeña siesta mientras el cadenero, apoyando las manos sobre la acera y el cordón, se defendñia de las moscas golpeando los cascos y sacudiendo vigorosamente la cola y los cuartos traseros.

La sirena de la una menos cuarto pasado meridiano, despertaba a todos en cada casa y la calle volvía a ser invadida por la bulla precursora de un gran movimiento, otra vez los legionarios al trabajo, apretando el paso volvían al puerto, al astillero, al taller, parloteando en todos los dialectos.

A partir de ese momento los chiquillos eran dueños de las calles. De todas las edades vivían como sus padres en los conventillos e inquilinatos.

Eran sus madres quienes les aconsejaban jugar en el patio mientras higienizaban la única habitación y fregaban el piso de rodillas. Pero como los niños, vistos por el encargado, como pequeños escuerzos, infectaban el lugar, los echaba a la calle, unico espacio sin restricción donde podían correr, disputar, apedrearse, armar grescas, adquirir hábitos como fumar, usar el vocablo soez, captar la picardía del piropo callejero o impresionar a los mas pequeños con los secuestros sensacionales de la "Mano Negra".

Perseguían los carros de carbón hasta conseguir burlar la vigilancia del conductor. Entonces se colgaban del pasador de hierro que ajustaba el tablero posterior hasta alcanzar los fragmentos de hulla que arrojaban a la calle y que recojian rapidamente los compañeros de pillaje para venderlos enseguida por unas monedas. Entonces la admiración de los mas tímidos por estos osados rateritos era tal, que cuando aparecían fumando cigarrillos de diez centavos, su consagración de heroes de papel y humo quedaba totalmente confirmada.

Otra vez era el cascotazo al viejo pregón, cuyas barbas canas temblaban impotentes frente al insulto. O el hondazo al farol que ofrecía cuatro caras para el blanco de esta instintiva necesidad de hacer daño, fundada en la indolencia.

Como los portones de acceso de la barraca quedaban abiertos a mediodía, se metían a hurgar entre las pilas de vigas, rollizos y alfajías, duscando siempre la mas alta, para bajarlas corriendo por las planchadas y salvar de un salto el espacio entre pila y pila.

Los mas pequeños a la zaga del grupo, corrían para imitarlos, en pos de la desgracia, que achicaba el corazon de las madres de dolor, cuando una mano, una pierna y aun la vida quedaban entre las pilas.

Que sensación de frio y horror descubrí en los ojos de mi madre, aquella mañana en que un grupo de hombres, devolvió a la vecina el cuerpo exánime de su único hijo con el cráneo destrozado. Desde entonces solo senti siempre odio por los inmóviles troncos asesinos, que se atrevían a desafiar con sus nudos, como ojos de ciclope, la mirada vacía de de esa pobre mujer que a la luz de la ventana cosia a la maquina incontables docenas de pantalones.

La calle estabna siempre sucia. Por la mañana el recolector de basura, al vaciar apresurado al carro, las docenas de tachos amontonados en la puerta de conventillos e inquilinatos, derramaban de tal forma los desperdicios, que al marcharse dejaban un tendal de basura en la vereda. Esta basura se barría hacia la calle y del montón de residuos, el viento levantaba los papeles que volaban por toda la cuadra, las pelas de papas y las cascaras de naranja, las hortalizas descartadas, pateadas por los chicos, se hundían en la faja de agua sucia, que vivía estancada ocupando las cunetas.

El desfile de carros y chatas cargadas que venían del puerto o de las barracas, aflojaban el calce de los adoquines. Al holgarse de este modo el empedrado, brotaba la tierra. Quedaba una capa suelta, que alzada por los cascos, las llantas y las ráfagas pasaba a componer una nube de polvo que inundaba las casa para luego mezclarse en el limo de las cunetas.

Solamente la barredora del cielo, con un buen golpe de agua, conseguía limpiar de vez en cuando las calles.

Las noches de invierno eran muy tristes, después de las cinco de la tarde, hora en que el farolero con su trotecíto corto, venía a encender la mecha del único farol emplazado cada media cuadra, la calle se sumía en un lecho de sombras largas. Ese silencio de metal acerado, solo era cortado por el rodar cansado de una chata rezagada, las campanas opacas de la Estación Peña, el ladrido de los perros guardianes de las barracas o la carreras apagadas de algún carbonero que apuraba su regreso, trayendo bajo el brazo, pan, fiambre casero y la bota de vino.

Las noches de verano eran mas apacibles. La bullanga callejera cedía el turno a las veladas vecinales. La familia completa, de abuelo a nieto, salía a la calle en procura de la brisa que pudiera soplar del río y refrescara las paredes de las casas de madera, cuyas piezas retenían el calor hasta la madrugada.

Sacaban a la acera, sillas de paja, bancos de todas formas, cajones, que ubicaban en hilera frente a la casa o dispuestas en forma de circulo, cuando la reunión era de carácter. Allí solo se instalaba la plana mayor de la familia, las matronas se abanicaban con las mismas amplias pantallas que usaban para avivar el fuego y que echaban viento para cuatro, los hombres liaban cigarrillos o fumaban en pipa.

La necesidad siquica de proyectarse al mundo exterior, era en esa colmena de tipos raciales dispares, tan perfecta, que la charla en sociedad se hacia de vereda a vereda y de casa a casa, de modo que los mensajes verbales a un vecino se radiaban al mismo tiempo a toda la vecindad.

Los pibes se sentaban en el cordón de la vereda o jugaban a los cobres bajo la luz de un farol. Con frecuencia la música de fondo solía ser el canturreo de una ronda de niñas que repetían una y otra vez hasta la hora de entrarse, de modo que cuando el ultimo acorde expiraba, el barrio entero se recogía y una ola de quietud envolvía la calle Presidente.

 "Hacen así, así me gusta a mi" 





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