miércoles, 1 de mayo de 2019

LA QUERENCIA



En Buenos Aires busqué el café que era mi café, y no lo encontré. Busqué el restorán donde yo comía caracú en inmensas fuentes a cualquier hora del día o de la noche, y tampoco estaba. Donde había estado mi cantina preferida, el Bachín, había un montón de escombros. Habían arrasado el Bachín, y con el Bachín habían matado el mercado donde yo siempre iba a comprar frutas y flores o por la pura fiesta de la nariz y los ojos. Alguien me dijo que el Bachín se había mudado, y que ahora tenía otro lugar y otro nombre.
Una noche fui. Me detuve ante la puerta de ese nuevo Bachín que ya no se llamaba así, dudando, que sí, que no, preguntándome si entrar no sería traición, cuando una súbita explosión ocurrió en el momento exacto en que abrí la puerta: saltaron los fusibles de la electricidad y todo quedó completamente a oscuras. Yo me dí vuelta y me alejé, caminando despacito.
Y así anduve un tiempo, doliendo olvidos, buscando lugares y personas que no encontré, o no supe encontrar; y finalmente crucé el río, el río-mar, y entré en el Uruguay.
Los generales uruguayos tenían todavía el poder, ya casi yéndose, ya casi en los adioses del tiempo del terror: yo entré cruzando los dedos y tuve suerte.
Y caminando las calles de la ciudad donde nací, la fui reconociendo, y sentí que volvía sin haberme ido: Montevideo, que duerme su eterna siesta sobre las suaves colinas de la costa, indiferente al viento que la golpea y la llama: Montevideo, aburrida y entrañable, que en verano huele a pan y en invierno a humo. Y supe que yo andaba queriendo querencia, y que había llegado la hora del fin del exilio. Después de mucha mar, nada el salmón en busca de su río, y lo encuentra y lo remonta, guiado por el olor de las aguas, hasta el arroyo de su origen.
Eduardo Galeano - El libro de los abrazos.

EL BAR BRITÁNICO

El Bar Británico de la esquina de Defensa y Brasil,frente al Parque Lezama forma parte de los recuerdos de infancia. Mi viejo me llevaba en tiermpos en
que mis pies no lograban ni remotamente llegar al piso cuando me sentaba a sus mesas.Eso era a mediados de la decada de los cincuenta. Esa zona en esos tiempos aún era periferia portuaria y alli se hallaban muchas empresas de servicios relacionadas a la actividad portuaria.Puerto Madero aún era puerto de Buenos Aires aunque ya existía Puerto Nuevo que sería mas tarde el puerto definitivo. Pero el Británico tiene su historia y va mas allá.
Antes de tomar su nombre actual, el local era la pulpería "La Cosechera". Según el relato histórico, allí concurrían los ingleses, entre ellos ex combatientes de la primera guerra mundial. También se cuenta que buena parte de los británicos que acudían eran empleados del Ferrocarril del Sud, una compañía del Reino Unido que operaba el tren que partía de Plaza Constitución (hoy Ferrocarril Roca). Debido a los concurrentes en gran parte ingleses, es que se le habría cambiado el nombre a la pulpería por el de "Bar Británico" en 1928. Durante la Guerra de Malvinas, época en donde la Dictadura militar impuso el cambio de nombres de todo espacio que hiciera referencia a Inglaterra, el bar se llamó temporalmente “El tánico”, borrando de los vidrios la sílaba "Bri-".
El Bar Británico, fue atendido hasta la década del 2000 por José Trillo, Pepe Miñones y Manolo Pose, los tres españoles que en la década de 1960 habían comprado el fondo de comercio del lugar. Uno de los mitos del lugar decía que el nombre fue una solución salomónica para acallar disidencias internas: uno de sus dueños era republicano y otro franquista confesó y, al menos en sus años mozos, debían alternar turnos para no verse las caras.
Los “gallegos” administradores, tomaron la costumbre de mantener el café abierto las 24 horas, y por ellos logró constituirse como refugio de personalidades de la cultura y la bohemia. Su entorno inspiró a Ernesto Sabato para ambientar escenas de su novela Sobre héroes y tumbas y su continua vigilia lo hicieron refugio obligado de noctámbulos y "tacheros".
El Británico fue declarado Bar Notable en 1998 por la Comisión respectiva, dependiente del Ministerio de Cultura, que también se movilizó por su continuidad. También ha sido locación para la filmación de escenas de varias películas argentinas e internacionales, como Diarios de motocicleta y Tetro, de Francis Ford Coppola.
En 2006, Juan Pablo Benvenuto, presidente de la Sociedad San Andrés, propietaria del inmbueble, argumentó la “necesidad de mejoras” y se negó a renovar el contrato al local. Cuando intentó recuperar la posesión, se encontró con la oposición de vecinos y parroquianos, que en un gesto simbólico le arrojaron las llaves de sus casas, bajo la imagen de que preferían entregar sus casas antes que renunciar al bar donde se juntaban.4​5​ Incluso el vicepresidente de la Nación Daniel Scioli o el cantautor español Joaquín Sabina participaron del reclamo durante su visita a Buenos Aires en ese año.6​ Con una juntada de firmas, se demostró que al menos 14.000 personas estaban en contra del cierre del simbólico café.
El periodista y escritor Enrique Symns relató escenas del pasado junto a los miembros de los Redonditos de Ricota, legendaria banda del rock argentino, y otros artistas nacionales como el actor Daniel Aráoz, el violinista Jorge Pinchevsky, el bajista Alejandro Medina, e integrantes de la banda Los Piojos.8​ Fernando Iglesias relató también las reuniones del Foro del Bar Británico, organizado por Juan Carlos Gené en 2002, y reunió a intelectuales como Horacio González, Ana Lía Efron, Jack Nahmias y Alvaro Abós, a músicos como Raúl Carnota, a cineastas como Cholo Ruderman y Miguel Mato, y a otros.​ A pesar de los esfuerzos, el bar fue finalmente desalojado en junio de 2006, con un operativo policial.


Finalmente, el local fue comprado por Agustín Souza, quien decidió restaurarlo y agregar muebles nuevos (como un piso de baldosas graníticas, un aire acondicionado nuevo, una choppera y otras adiquisiciones),para poder reabrirlo en febrero de 2007, con un evento público festejado por vecinos y habitués y cubierto por todos los medios masivos de comunicación de la ciudad.12​13​ El 12 de agosto de 2014, por la imposibilidad de mantenerlo, fue nuevamente cerrado. Pero reabrió sus puertas el 11 de noviembre por los hermanos Aznarez.

VICTOR Y BEATRIZ FERRARI

Víctor Ferrari, nació en La Boca en 1923. Ferrari se formó, junto a su hermana Beatriz, en el Conservatorio de Música y Declamación, en el Teatro Cervantes y en el Colón. Entre sus profesores estuvieron Dora del Grande, Raúl Blanco, Esemèe Bulnes y Kurovsky. Hacia 1947 se incorporó al Ballet Estable del Colón, siendo uno de los primeros bailarines argentinos del elenco, ya que hasta esa fecha los hombres eran casi exclusivamente extranjeros. Beatriz ferrari, su hermana, dirigió hasta su muerte el famoso ballet televisivo que llevo su nombre y la en su tiempo famosa academia de danzas de la calle Las Heras.Su madre fué hermana de mi abuela paterna, o sea que ellos y mi padre eran primos. El señor Ferrari, su padre, fué un italiano socialista que era afecto a la lírica y a las artes, que trabajaba de capataz en la empresa Drysdale & Co de la calle Ayolas y Martín Rodriguez y la casa familiar estaba en La calle Lamadrid entre las vias y Del Crucero hoy Del Valle Iberlucea, o sea a la vuelta del Caminito. Era una casa de chapa y madera, pero fué vivienda unifamiliar, tenia en la planta baja una gran sala copn una escalera de madera con balaustrada que llevaba a los dormitorios. Era en esa sala donde todas las tardes cuando llegaba del trabajo, el viejo Ferrari, se sentaba en su poltrona y golpeando el piso de madera con un bastón espetaba: "Que vengano lo chicos!". Y alli los pequeños bailarines en ciernes le demostraban a su padre, su adelanto o no, en sus destrezas. Esa casa se quemó hace años, de modo que no quedan ni fantasmas. En su lugar se levanta una de esas espantosas galerías de la zona donde venden sourvenirs para turistas.
Beatriz Ferrari nació en 1928 su período de auge fué en la década de oro del cine nacional fue (1949-1957) donde intervino con su ballet en películas musicales como "Mujeres que bailan"(1949) en la famosa escena donde la genial Niní Marshall parodia la Muerte del cisne y en "Las campanas de Teresa" (1957) de Carlos Schlieper protagonizada por una de las divas del cine Laura Hidalgo. En televisión ingresó en canal 7 en el año 1952 con su equipo de baile clásico en el show musical "Tropicana Club".
Falleció el 9 de mayo de 2011 en Capital Federal, Buenos Aires, Argentina.
Victor Ferrari nació en 1923, Hacia 1947 se incorporó al Ballet Estable del Colón, siendo uno de los primeros bailarines argentinos del elenco, ya que hasta esa fecha los hombres eran casi exclusivamente extranjeros. Perteneció a la generación de bailarines de reconocimiento internacional en años posteriores, de Olga Ferri y José Neglia, Esmeralda Agoglia, Victor Moreno, Antonio Truyol, Irina Borovska, Enrique Lomi, Norma Fontenla.
Murió en abril de 2012 en Capital Federal, Buenos Aires, Argentina.


Cosas... como yo siempre digo, del tiempo botón que todo se lo lleva...

RECORDANDO A MARIO PAOLUCCI.

Sin dudas todo un personaje que en si mismo era una historia que contar. Me tocó conocerlo en un Festival de cine de Mar del Plata en 1996, en ocasion que "Buenos Aires Viceversa" la película de Alejandro Agresti fuera nominada y de hecho se llevara el primer premio. Agresti un director fuera de serie, supo ver su talento. Dejo aquí un video con un monologo de la antes mencionada pelicula.
El actor Mario Paolucci, murió el sábado 12 de julio de 2008, a los 66 años en su casa de Lomas de Zamora, ubicada sobre la calle Sarandí.
De extensa trayectoria, participó de una gran cantidad de películas del cine nacional, y trabajó junto a grandes actores de la pantalla argentina.
Paolucci, que nació en septiembre de 1961 en el barrio porteño de Parque Patricios y era hincha de Estudiantes de la Plata, trabajo en más de 20 películas en el Cine de la Argentina , y ha aparecido en varias películas aclamadas por el director Alejandro Agresti . Paolucci hizo su debut en ¨Buenos Aires Viceversa en 1996 ¨.Tambien publico Libros de Poemas . Se reconocio siempre como un Poeta mas que como un Actor.
"Soy un poeta que actúa", se había definido en una entrevista realizada en febrero por Info Región, cuando abrió las puertas de su casa y, mate de por medio, dio paso a una charla inolvidable. "El arte no es entretener, es una reflexión sobre las cosas", había deslizado el artista, en una frase para el recuerdo.


KADDISH

El Kaddish es una plegaria judía, que se reza en público. Allen Ginsberg dedica el suyo a la muerte de su madre, Naomi.


Para Naomi Ginsberg, 1894-1956

Es extraño pensar en ti ahora, lejos sin corsé ni ojos, mientras
camino por el soleado pavimento de Greenwich Village,
el centro de Manhattan, luminoso mediodía de invierno, y me
pasé toda la noche hablando, hablando, leyendo el Kaddish
en voz alta, escuchando los blues de Ray Charles que gritan
ciegos en el fonógrafo el ritmo el ritmo
– y tu recuerdo en mi cabeza tres años después –
Y leí las triunfantes estrofas finales del Adonais en
voz alta – lloré, al darme cuenta de cómo sufrimos –
Y cómo la Muerte es aquel remedio que todos los cantantes
sueñan, cantan, recuerdan, profetizan como en el Himno
Hebreo o en Libro Budista de las Respuestas – y mi propia
imaginación de una hoja marchita – al amanecer –
Soñando hacia atrás por la vida, Tu tiempo – y el mío aceleran-
do hacia el Apocalipsis, el momento final
– la flor ardiendo en el Día – y lo que viene después,
recordando la mente misma que vio una ciudad norteamericana
a un flash de distancia, y el gran sueño de Mí o de China o tú y
una Rusia fantasma o una cama arrugada que nunca existió –
como un poema en la oscuridad – que huye de vuelta al Olvido –
Nada más que decir y nada por lo que llorar sino los Seres en el
Sueño, atrapados en su desaparición,
mientras suspiran y gritan en una compra y venta de pedazos
de fantasma, venerándose los unos a los otros,
venerando al Dios involucrado en todo eso – ¿nostalgia o inevi-
tabilidad? – mientras dura, una Visión – ¿algo más?
Salta a mi alrededor, cuando salgo y camino por la calle,
la miro por encima del hombro, Séptima Avenida,
las almenas de los edificios de oficina hombro con hombro altos,
bajo una nube, por un instante altos como el cielo – y el cielo en lo alto
– un viejo lugar azul o por la Avenida hacia el sur, hacia – mientras camino hacia el
Lower East Side – donde caminabas tú hace 50 años, pe-
queña niñita – de Rusia, comiéndote los primeros tomates
venenosos de Norteamérica – asustada en el muelle –
luchando luego con las multitudes en Orchard Street ¿hacia
qué? – hacia Newark –
hacia la confitería, las primeras sodas caseras del siglo, helado
batido a mano en la trastienda sobre mohosos tablones ca-
fé –
Hacia la educación el matrimonio el colapso nervioso, la opera-
ción, la escuela, aprender a estar loca, soñando – ¿qué es
esta vida?
Hacia la Llave en la ventana – y la gran Llave apoya su cabeza
luminosa sobre Manhattan y sobre el suelo y se tiende en la
vereda – en un solo rayo, moviéndose, mientras camino
por la Primera hacia el Teatro Yiddish – y el lugar de la po-
breza
que conociste y yo conozco, pero sin que me importe ahora –
Es extraño haberse movido por Paterson y el Oeste y Euro-
pa y de nuevo aquí,
con los gritos de los españoles ahora en los umbrales y mucha-
chos oscuros en la calle, salidas de incendio viejas como tú
– Aunque tú ya no eres vieja, eso se queda aquí conmigo –
Yo, de todas formas, quizás tan viejo como el universo – y su-
pongo que eso muere con nosotros – suficiente para cance-
lar todo el porvenir – Lo que vino se fue para siempre cada
vez –
¡Está bien! Así quedamos abiertos a la falta de remordimientos
– a no temer a los radiadores, a la falta de amor, al final
hasta el dolor de muelas es una tortura –
Aunque mientras llega es un león que se come el alma – y el cor-
dero, el alma, en nosotros, ay, ofreciéndose en sacrificio al
hambre feroz del cambio – dientes y cabellos – y el rugido
del dolor en los huesos, el cráneo descubierto, la costilla rota,
la piel podrida, Implacabilidad engañada por el cerebro.
¡Ay! ¡ay! ¡nos va peor! ¡Estamos en aprietos! Y tú estás fuera, la
Muerte te dejó salir, la Muerte tuvo Piedad, terminaste con
tu siglo, terminaste con Dios, terminaste con el sendero
que lo atraviesa – Por fin terminaste contigo misma – Pura
– De vuelta a la oscuridad Infantil antes de tu Padre, antes
de todos nosotros – antes del mundo –
Ahí, descansa. No más sufrimiento para ti. Sé adónde te fuiste,
es un buen lugar.
No más flores en los veraniegos campos de Nueva York, no más
alegría, no más miedo a Louis,
y no más de su dulzura y anteojos, sus décadas de colegio, deu-
das, amores, temerosas llamadas telefónicas, camas para la
concepción, parientes, manos –
No más hermana Elanor, – ella partió antes que tú – lo mantu-
vimos en secreto – tú la mataste – o se mató ella para poder
soportarte – un corazón artrítico – Pero la Muerte las mató
a las dos – No importa –
Tampoco el recuerdo de tu madre, lágrimas de 1915 en películas
mudas semanas y semanas – olvidando, dolida viendo a Marie
Dressler dirigirse a la humanidad, al joven Chaplin bailando,
o a Boris Gudonov, a Chaliapin en el Met, alzando su voz de
Zar sollozante – de pie al fondo junto a Elanor y Max –
mirando también a los Capitalistas sentarse junto a la Or-
questa, pieles blancas, diamantes,
viajando a dedo por Pennsylvania con las Juventudes Socialistas
vistiendo una falda pantalón negra para hacer gimnasia, fo-
tografía de 4 muchachas abrazándose en torno al yermo y
ojo risueño, demasiado tímida, virginal soledad de 1920
todas las muchachas envejecidas, o muertas, ahora, y ese lar-
go cabello en la tumba – afortunadas por tener maridos
luego –
Tú lo lograste –también yo vine – mi hermano Eugene antes
(todavía de luto y seguirá lamentasoñando hasta su última
mano tiesa, mientras lidia con su cáncer – o matará – qui-
zás más tarde – de pronto pensará – )
Y es el último momento que recuerdo, que los veo a todos, a
través de mí, ahora – aunque no a ti
No pude anticipar lo que ibas a sentir – qué horrenda apertura
de boca sucia vino primero – a ti – ¿y estabas preparada?
¿Para ir adónde? En esa oscuridad – ésa – ¿en ese Dios? ¿un res-
plandor? ¿Un Señor en el Vacío? ¿Como un ojo en las os-
curas nubes de un sueño? ¿Está Adonoi contigo finalmente?
¡Más allá de mi recuerdo! ¡Incapaz de adivinar! No sólo el crá-
neo amarillo en la tumba, o una caja de polvo agusanado, y
una cinta manchada – ¿la Cabeza de la Muerte con Aureo-
la? ¿puedes creerlo?
¿Es sólo el sol que brilla una vez para la mente, sólo el chispazo
de la existencia, que nunca jamás existió?
Nada más allá de lo que tenemos – lo que tuviste – eso es tan
lamentable – aun así el Triunfo,
haber estado aquí, y haber cambiado, como un árbol, quebra-
da, o una flor – que alimenta el suelo – pero loca, con sus
pétalos, coloreada, pensando en el Gran Universo, conmo-
vida, un corte en la cabeza, despojada de sus hojas, escondi-
da en un hospital huevera, envuelta en telas, irritada – tras-
tornada en el cerebro lunar, con menos que Nada.
Ninguna flor como esa flor, que se sabía en el jardín, y luchó
contra el cuchillo – perdió
Cortada por un idiota y gélido Hombre de Nieve – incluso en
Primavera – extraño pensamiento fantasma – un poco de
Muerte – Un carámbano puntiagudo en su mano – coro-
nada con antiguas rosas – un perro para sus ojos – la verga
de una fábrica clandestina – corazón de planchas eléctricas.
Todas las acumulaciones de la vida, que nos agotan – relojes,
cuerpos, conciencias, zapatos, pechos – hijos concebidos –
tu Comunismo – «Paranoia» en los hospitales.
Una vez pateaste a Elanor en la pierna, después ella murió de un
paro cardíaco. Tú de un derrame. ¿Dormida? en cosa de un
año, las dos, hermanas en la muerte. ¿Está feliz Elanor?
Max vive su duelo en una oficina de Lower Broadway, largo bi-
gote solitario sobre Contabilidades de medianoche, no es-
toy seguro. Su vida pasa – según él ve – ¿y de qué duda
ahora? Todavía sueña con hacerse rico o con que pudo ha-
cerse rico, contratar a una enfermera, tener hijos, ¿incluso
encontrar tu Inmortalidad, Naomi?
Lo veré pronto. Ahora tengo que ir al grano – para hablarte –
como no lo hice cuando tenías boca.
Para Siempre. Y estamos destinados a eso, Para Siempre – como
los caballos de Emily Dickinson – encaminados al Fin.
Conocen el camino – Estos Corceles – corren más rápido de lo
que imaginamos – es nuestra propia vida la que cruzan – y
llevan consigo.
Magnífica, no más llorada, con el corazón dañado, la men-
te detrás, soñó su matrimonio, mortal cambiada – Culo y ros-
tro cansados de los homicidios.
En el mundo, entregada, enloquecida por las flores, no hizo
una Utopía, encerrada bajo los pinos, en la caridad de la Tie-
rra, en el bálsamo de la Soledad, Jehová, acepta.
Sin nombre, Un Solo Rostro, Para Siempre más allá de mí,
sin principio, sin fin, Padre en la muerte. Aunque no estoy
aquí por su Profecía, no estoy casado, no tengo un himno, no
tengo un Cielo, decapitado en el éxtasis aun así te adoraría
a Ti, al Cielo, después de la Muerte, sólo Uno bendito en
la Nada, sin luz ni oscuridad, Eternidad sin Días –
Toma esto, este Salmo, de mí, surgido de mi mano en un
día, algo de mi Tiempo, entregado ahora a la Nada – para ala-
barte a Ti – Pero la Muerte
Éste es el final, la redención de las Tierras Salvajes, una ruta
para el Errante Maravillado, la Casa buscada por Todos, pa-
ñuelo negro lavado por lágrimas – página más allá del Salmo –
El último cambio de Naomi y mío – hacia la perfecta Oscuri-
dad de Dios – ¡Muerte, detén a tus fantasmas!
Allen Ginsberg.

No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje...



"No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a su casa seres salvajes. Halcones con el ala rota. Otra vez trajo un lince rojo con una pata fracturada. Pero no hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted, Mr. Bell, si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo. "
Truman Capote – Desayuno en Tiffany’s

UN TAL BARQUINA

Barquina fue un personajes cuyo verdadero nombre era Francisco Loiacono. Por su andar compadrito, Carlos Muñoz (el Malevo Muñoz) lo bautizó Barquinazo, que el mismo Loiácono acortó en el sobrenombre que lo popularizó.
Barquina hizo el cursum honores en el diario Crítica donde ingresó como ascensorista, después fue secretario de Ulyses Petit de Murat y, finalmente, hombre de confianza de Natalio Botana.
Logró recomponer la amistad entre Carlos Gardel y Carlos de la Púa, distanciados a raiz de una nota publicada por éste con motivo de haber cantado Gardel una canzoneta, y en la que le aconsejaba: «¡Largá la mandolina, Carlitos!»
Salvó de un mal trance a muchos de sus amigos incluyendo a Petit de Murat, al que consiguió arrebatar de los verdugos torturadores de la Sección Especial de la Policía.
Le dedicaron varios tangos, entre ellos “Barquinazo” de Roberto Firpo y “Dos lunares” de Francisco Canaro.
Loiacono es el autor de las letras de los tangos “Cantor de mi barrio” y “N.P.”, ambos musicalizados por Juan José Riverol, que fueron grabados por la orquesta de Aníbal Troilo, aquél con la voz de Roberto Goyeneche y éste cantado por Raúl Berón.
Por su apodo es recordado por Cátulo Castillo en el tango “A Homero” con música de Aníbal Troilo:
Vamos,
vení de nuevo a las doce...
Vamos,
que está esperando Barquina...
Vamos,
¿No ves que Pepe esta noche,
no ves que el viejo esta noche
no va a faltar a la cita?...
(Donde dice Pepe y el viejo, se refiere a José Razzano.)
Según Helvio Botana (Poroto) (en: Memorias. Tras los dientes del perro, Peña Lillo editor. Buenos Aires, 1985), siendo Perón presidente, Loiácono lo fue a visitar y lo trabajó con esta frase:
«Lástima que chapó este laburo de Presidente. Con la pinta que usted tiene ¡qué flor de cafisho pudo haber sido!»
Un personaje...

lunes, 4 de marzo de 2019

MUERTE EN VENECIA: MUERTE EN BELLEZA

(Gustav Mahler - Thomas Mann - Luchino Visconti)

por Alejandro Gamero

Muerte en Venecia es una de las obras más grandes que jamás haya existido en la Humanidad, no sólo porque en ella se trate la que tal vez sea la mayor preocupación del ser humano desde el principio de los tiempos, sino porque al pensar en Muerte en Venecia hay que pensar en el sublime diálogo y en la comunión absoluta entre las artes. Porque Muerte en Venecia no es únicamente literatura, es además cine y música. No seré el primero ni el último en señalar esta peculiar unión que se produce en Muerte en Venecia, y como ejemplo conocido sólo hay que citar el magistral estudio de Federico Sopeña. Pero el valor de esta obra no reside en su carácter aglutinador, sino en la grandeza de los tres genios que se unen para articular uno de los mundos más sublimes ideados jamás por el hombre: Thomas Mann, Luchino Visconti y Gustav Malher. Estos tres artistas son los creadores de Muerte en Venecia, aunque el proyecto inicial fuera de Mann. Luchino consiguió lo que en principio parecía imposible: superar la novela de Mann; y además unió para siempre a Malher con Muerte en Venecia.

Lo que consiguió Visconti fue una hazaña titánica. En una primera lectura de Muerte en Venecia saltan a la vista las dificultades de una obra de tales características para ser llevada al cine. Esta obra se desarrolla siguiendo la técnica del monólogo interior, lo que hace que el lector sepa en todo momento lo que está pensando el personaje. Además, es evidente que la obra prácticamente carece de diálogos, salvo en contadas ocasiones. Sólo hay que pensar en la dificultad de llevar a la pantalla una novela con semejante estructura. Visconti era consciente de lo importante que se volvía la imagen, ya que el diálogo se ve considerablemente reducido con respecto a una película normal. Así fue como se enfrentó al inmenso problema de comunicar a través de las imágenes. Y consiguió salir victorioso, puesto que el resultado es inmejorable, incluso superior a la fuente original.

Visconti solventó estos problemas señalados a través de la utilización de dos técnicas. No era fácil expresar la psicología del personaje sin utilizar en ningún momento el monólogo interior, y por eso utilizó dos elementos propios del cine: el flashback y la música. El protagonista, el profesor Aschenbach, interpretado magistralmente por Dick Bogarde, no menciona su estado de ánimo, lo que hace que el personaje sea mucho más ambiguo –como quedará demostrado más adelante, la ambigüedad del filme es mayor que la de la novela, donde todo queda mucho más explícito–. Hay tres momentos claves donde las emociones de Aschenbach sobrecogen al espectador: en el comienzo, en la parte intermedia, y en el final. No son momentos elegidos al azar, sino que responden a una evidente intención estructuradora. Estos tres momentos quedan maravillosamente explicitados por la pluma de Thomas Mann, pero en Visconti se corresponden con tres sacudidas en imagen y sonido. Visconti ha sabido transmitir a través de la imagen de Venecia, pero sobre todo a través del adagietto de Malher. En estos tres intensos momentos el adagietto de Malher nos sobrecoge, nos fascina, nos hace sentir lo que Aschenbach está sintiendo, sentir su alegría al llegar a Venecia, su pena, su angustia, su liberación, nos hace temblar. De alguna forma Visconti intuyó que Malher había compuesto su adagietto para unirse inmortalmente a Muerte en Venecia. Ya no podemos imaginar el uno sin el otro, unidos para siempre, à tout jamais.

La otra técnica que utiliza Visconti es el flashback. Esto realmente se hacía necesario para transmitir la lucha interior del personaje, puesto que el monólogo interior ha quedado desechado. En estos tres flashbacks –que coinciden en número con la utilización del adagietto–, hay un desdoblamiento del personaje principal, del profesor Aschenbach, en un alter ego completamente opuesto, su amigo Alfred, que nos recuerda a la relación entre el pintor Hallward y lord Henry Wotton de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Habría que interpretar este personaje dentro de la línea freudiana, como la lucha eterna que se produce en todo ser humano entre el consciente y el subconsciente, en donde se manifiestan los deseos reprimidos. Así es como se debe entender el enfrentamiento entre estos dos personajes, como el enfrentamiento entre los lados apolíneo y báquico, entre el caballo blanco y el caballo negro platónico. Esta tensión está presente en toda la Humanidad, porque forma parte de la naturaleza humana. Este es uno de los grandes temas de Muerte en Venecia, y seguramente este tema universal hace que la obra sea también universal.

Visconti optó por desechar el primer capítulo del libro. En un principio había rodado esas primeras escenas, con el paseo de Aschenbach por Munich, e incluso las fotos del trabajo indican que Visconti había conseguido grandes resultados visuales. Pero Visconti juzgó que estas primeras secuencias tenían una escasa funcionalidad rítmica, como señala Lino Mucciché. En efecto, el primer capítulo de Muerte en Venecia hace que el ritmo de la novela sea más lento, y en ciertos momentos su lectura se vuelve incluso enojosa, ya que no se comprende dentro del marco temático de la obra. Visconti supo aprovechar la llegada de Aschenbach a Venecia para crear una magnífica obertura, todo un festín para los sentidos. Otro cambio más introducido por Visconti es hacer que el protagonista, Aschenbach, no sea un escritor, sino un compositor. Está claro que Thomas Mann había pensado en Aschenbach como un posible reflejo de sí mismo, una proyección sobre el papel, porque incluso se sabe que Muerte en Venecia está inspirada en una experiencia real de Thomas Mann, y que Tadzio existió realmente. Visconti decide cambiar al personaje y convertirlo en compositor para establecer entre Gustav Malher y Gustav Aschenbach, para conseguir mayor expresividad fílmica, y debido a otras razones –Thomas Mann siguió con interés los últimos momentos de Gustav Malher y no cabe duda de que parcialmente se inspiró en él cuando creó su personaje–.

Se ha relacionado y comparado mucho la Muerte en Venecia de Visconti con El Ángel Azul de Joseph von Sternberg, película que supuso la consagración oficial y universal de Marlene Dietrich. Existe un paralelismo evidente en la temática de las dos obras: sendos hombres de edad madura y reputación respetable sienten una profunda atracción amorosa en contra de los cánones de la sociedad, y ambos se entregan a ella irrefrenablemente. Y por supuesto, también comparten su trágica transformación física, a través del maquillaje, y su solitario final, que en el caso de Aschenbach está prefigurado a través de una ironía trágica en el anciano maquillado que se encuentra en su llegada a Venecia. Pero no se puede comparar la pasión que el profesor Inmanuel Rath siente hacia la cantante de cabaret Lola-Lola con el deseo amoroso que atrae al profesor Aschenbach hacia el joven Tadzio. En un primer acercamiento superficial las similitudes saltan a la vista, ya que la Muerte en Venecia de Visconti es más ambigua que la de Thomas Mann, pero si se tiene en cuenta el texto de Mann es fácil llegar a la conclusión de que su objetivo era llegar más lejos que una simple atracción física; y es precisamente en ese punto donde las dos películas divergen.

Aschenbach significa traducido literalmente “arroyo de cenizas”. La utilización que hace Mann de un nombre parlante sirve para situar desde el primer momento una atmósfera de decadentismo en la obra. La utilización de los flashbacks sirve para marcar la naturaleza doble del personaje, su conflicto interior, pero Aschenbach es en sí mismo un ser apolíneo. Hay un claro paralelismo entre el mito de Penteo y Aschenbach. Ambos decidieron renunciar por completo a los placeres de la vida, al mundo báquico de los sentidos. Esta renuncia lleva a los dos personajes a un descontrol de su lado báquico y a la completa destrucción. Penteo murió a manos de las bacantes, Aschenbach murió embargado por sus sentidos. La muerte los une. Pero a través de este personaje se plantea la cuestión eterna y universal del arte. Muerte en Venecia nos muestra la decadencia de un artista que ha ignorado completamente los sentidos, y que sigue únicamente el camino de la razón. Es un personaje insatisfecho consigo mismo, incompleto; y sus obras, a pesar de tener cierto reconocimiento –reconocimiento que Visconti no acepta–, no pueden ser consideradas como geniales. El planteamiento de Mann es el de un arte apolíneo, intelectual, como algo insatisfactorio.

Aschenbach, al igual que los elefantes, va a morir a un territorio mítico, que se presenta con la forma de Venecia. Es evidente que la ciudad no ha sido elegida al azar por Thomas Mann, sino que buscaba un lugar que fuese símbolo de la belleza para representar mejor esa búsqueda. Pero la belleza de Venecia aparece en la obra de Mann con una violenta decadencia, asediada por la peste. La novela logra crear un ambiente opresivo que Visconti no habría logrado recrear con tanta eficacia como Mann. Además, Visconti –según mi punto de vista– desaprovechó la oportunidad de utilizar la belleza de la ciudad como telón de fondo, que sólo aparece con más esplendor al comienzo del filme. Esta Venecia se convierte en una especie de Infierno bello, en donde Aschenbach, llevado por un gondolero maldito –una especie de Caronte–, queda encadenado, sin la posibilidad de huir, como si fuera un prisionero longjumeauiano, al más puro estilo de Leon Bloy –ya que cuando lo intenta el destino o el azar lo impiden–.


lunes, 5 de febrero de 2018

CARRIEGO Y EL SUBURBIO

EL ALMA DEL SUBURBIO

 Por  Evaristo Carriego

El gringo musicante ya desafina
en la suave habanera provocadora,
cuando se anuncia a voces, desde la esquina
"el boletín famoso de última hora".
Entre la algarabía del conventillo,
esquivando empujones pasa ligero,
pues trae noticias, uno que otro chiquillo
divulgando las nuevas del pregonero.
En medio de la rueda de los marchantes,
el heraldo gangoso vende sus hojas
donde sangran los sueltos espeluznantes
de las acostumbradas crónicas rojas.
Las comadres del barrio, juntas, comentan
y hacen filosofía sobre el destino
mientras los testarudos hombres intentan
defender al amante que fue asesino.
La cantina desborda de parroquianos,
y como las trucadas van empezarse,
la mugrienta baraja cruje en las manos
que dejaron las copas que han de jugarse.
Contestando las muchas insinuaciones
de los del grupo, el héroe del homicidio
de que fueron culpables las elecciones,
narra sus aventuras en el presidio.
En la calle, la buena gente derrocha
sus guarangos decires más lisonjeros,
porque al compás de un tango, que es "La Morocha"
lucen ágiles cortes dos orilleros.
La tísica de enfrente, que salió al ruido,
tiene toda la dulce melancolía
de aquel verso olvidado, pero querido,
que un payador galante le cantó un día.
La mujer del obrero, sucia y cansada,
remendando la ropa de su muchacho,
piensa, como otras veces, desconsolada,
que tal vez el marido vendrá borracho.
Suenan las diez. No se oye ni un solo grito,
se apagaron las velas en las bohardillas,
y el barrio entero duerme como un bendito
sin negras opresiones de pesadillas.
Devuelven las oscuras calles desiertas
el taconeo tardo de las paseantes,
y dan la sinfonía de las alertas
en su ronda obligada los vigilantes.
Bohemios de rebeldes crías sarnosas,
ladran algunos perros sus serenatas,
que escuchan, tranquilas y desdeñosas,
desde su inaccesible balcón las gatas.
Soñoliento, con cara de taciturno
cruzando lentamente los arrabales,
allí va el gringo ¡Pobre Chopin nocturno
de las costureritas sentimentales!
¡Allá va el gringo! ¡Como bestia paciente
que uncida a un viejo carro de la Harmonía
arrastrase en silencio, pesadamente,
el alma del suburbio, ruda y sombría!


BIOGRAFÍA:

Evaristo Carriego, fué un poeta arrabalero.

Fueron sus padres Nicanor Evaristo Carriego Ramírez y María de los Ángeles Giorello.
Trasladada su familia a Buenos Aires, vivió en la calle Honduras N° 84 (hoy 3784), del barrio de Palermo. Desde muy joven frecuentó las tertulias literarias porteñas, en las que gravitaban Rubén Darío y Almafuerte.
Escribió en diversas publicaciones de la época, como La Protesta, Papel y Tinta, Caras y Caretas, y otras. En ellas dio a conocer también sus poesías y cuentos breves. Publicó su primer libro de poemas, Misas herejes, en 1908 y su restante obra poética fue publicada después de su muerte con el título La canción del barrio.
Carriego fue quien descubrió las posibilidades líricas del arrabal y de los arquetipos que constituirán su mitología personal y porteña, en la que destacan los guapos, los cafés, el barrio y los vecinos, con sus tristezas y sus alegrías, pintándonos toda una época, una geografía, un sentir humano. Obra que ha sido decisiva para la poesía porteñista posterior y para las letras de tango.
Murió a causa de una peritonitis apendicular, según consta en certificado firmado por el Dr. Pedro Galli. Tenía 29 años. Fue el «poeta del suburbio», el «poeta de los humildes», el «poeta de Palermo».

miércoles, 12 de julio de 2017

Borges, tres poemas al azar


Fundación mítica de Buenos Aires


¿Y fue por este río de sueñera y de barro 
que las proas vinieron a fundarme la patria? 
Irían a los tumbos los barquitos pintados 
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río 
era azulejo entonces como oriundo del cielo 
con su estrellita roja para marcar el sitio 
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron 
por un mar que tenía cinco lunas de anchura 
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos 
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa, 
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo, 
pero son embelecos fraguados en la Boca. 
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo 
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas. 
La manzana pareja que persiste en mi barrio: 
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe 
brilló y en la trastienda conversaron un truco; 
el almacén rosado floreció en un compadre, 
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte 
con su achacoso porte, su habanera y su gringo. 
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN, 
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa 
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres, 
los hombres compartieron un pasado ilusorio. 
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: 
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.


Spinoza

Las traslúcidas manos del judío 
labran en la penumbra los cristales 
y la tarde que muere es miedo y frío. 
(Las tardes a las tardes son iguales.)

Las manos y el espacio de jacinto 
que palidece en el confín del Ghetto 
casi no existen para el hombre quieto 
que está soñando un claro laberinto.

No lo turba la fama, ese reflejo 
de sueños en el sueño de otro espejo, 
ni el temeroso amor de las doncellas.

Libre de la metáfora y del mito 
labra un arduo cristal: el infinito 
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.



Dos formas del insomnio

¿Qué es el insomnio?

La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta. 
Es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los párpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es la vigilia, es pronunciar fragmentos de párrafos leídos hace ya muchos años, es saberse culpable de velar cuando los otros duermen, es querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de ser y de seguir siendo, es el alba dudosa.

¿Qué es la longevidad?

Es el horror de ser en un cuerpo humano cuyas facultades declinan, es un insomnio que se mide por décadas y no con agujas de acero, es el peso de mares y de pirámides, de antiguas bibliotecas y dinastías, de las auroras que vio Adán, es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi detestada voz, a mi nombre, a una rutina de recuerdos, al castellano, que no sé manejar, a la nostalgia del latín, que no sé, a querer hundirme en la muerte y no poder hundirme en la muerte, a ser y seguir siendo.



viernes, 7 de julio de 2017

Las alas bajo el brazo



Por Juan Forn - Dos poetas polacos ganaron el Nobel, Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska, y los dos decían que eran tres quienes lo habían ganado porque cuando se escriben los nombres de Milosz y Zymborska se escribe en tinta invisible el de Zbigniew Herbert también. No hablaban del pasado; hablaban de un poeta que era más joven que ellos y que había empezado a escribir después que ellos. Milosz ya había soplado las velitas de los cincuenta cuando pasó dos años de su exilio en Estados Unidos traduciendo 99 poemas de Herbert al inglés. Traducir 99 poemas no es gentileza ni visita turística: es irse a vivir a la poesía de otro. Szymborska también lo hizo, a su manera cuando le dieron el Nobel: “Cada vez que leí un poema de Herbert me senté a escribir”, dijo. Yo no sé polaco pero desde el primer poema de Herbert que leí quiero irme a vivir ahí.

Hay un poema suyo llamado “Cinco hombres”: van a fusilar a cinco hombres sin nombre, ya los sacaron de la celda, ya los pusieron contra el paredón, ya les dispararon, ya están “cubiertos hasta los ojos de sombra”, pero en el eco de los disparos se alcanza a oír como en una nube de qué hablaron en su última noche (“de sueños proféticos, de una escapada a un burdel, de autos, de naipes, de chicas, de frutas”) y en el techo del paladar se siente el sabor metálico de un minúsculo pétalo de sangre que se va esfumando hasta desaparecer. Leer ese poema es ser testigo, ser uno de los fusilados y ser uno de los que aprietan el gatillo y se van. Herbert era jovencito cuando lo escribió; acababa de terminar la Segunda Guerra. La resistencia polaca tenía algo hermoso: hacía terminar sus estudios en la clandestinidad a los jovencitos que interrumpían el secundario para sumarse a sus filas. Había profesores, les tomaban examen y hasta les daban diploma cuando se graduaban, en los sótanos donde estaban escondidos. Así se recibió Herbert, y así quiso seguir estudiando cuando terminó la guerra.

Pero eran nuevos tiempos y había nuevas reglas. Se matriculó en economía porque fue lo único que le dejaron estudiar en la universidad, después cursó leyes, y cuando pudo se pasó a filosofía, y cuando pudo se las arregló para abstenerse de la mascarada reglamentaria y rendirle cuentas a un solo tutor, el venerable Henryk Elzenberg, con quien logró repetir la atmósfera de educación clandestina que lo había formado, hasta que un día le dijo: “No me interesa ejercer la filosofía como profesión; prefiero seguir padeciéndola como emoción”.

A partir de entonces alimentó ratas en un laboratorio de vacunas contra el tifus a cambio de que lo dejaran dormir ahí, fue sereno de la Unión de Compositores de Varsovia, vendía su sangre cuando necesitaba plata, el único trabajo que le daban eran suplencias como maestro de escuela, porque en la resistencia había pertenecido al bando anticomunista y no quiso cambiar de opinión cuando Polonia quedó para los rusos después de la guerra. No le importaba mayormente esa vida a salto de mata porque le permitía hacer lo que en realidad quería más que nada en la vida: viajar o, mejor dicho, pisar el pasado viajando, sentir en los pies los lugares donde habían sucedido los grandes momentos del espíritu que lo subyugaban.

En la Polonia socialista, si convencías al estado de que eras poeta, te daban una beca de un salario mínimo y un permiso para salir del país durante lo que te durara ese estipendio, el equivalente en zlotys de cien dólares actuales.

Con un poema llamado “Reporte desde el Paraíso” Herbert logró engatusar a los cancerberos de la cultura, acceder a una de esas becas y salir por primera vez de Polonia (el poema: “En el paraíso, la semana de trabajo es de treinta horas / los salarios aumentan y los precios bajan / y el trabajo manual no cansa por la falta de gravedad / al principio iba a ser diferente: pura luz, música, abstracción / pero no pudieron separar bien el alma del cuerpo / y empezamos a llegar con una gota de grasa, una hebra de músculo / y hubo que enfrentar las consecuencias / de mezclar un grano de absoluto con un grano de materia / la contemplación de dios es sólo para los cien por ciento pneuma / el resto está pendiente de comunicados sobre milagros e inundaciones / cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”).

Así empezó a viajar, gracias a ese poema, mal comprendido por las autoridades. Para que esos pocos zlotys le rindieran más hacía esos viajes caminando y dormía donde lo agarraba la noche. Recorrió a pie, en escapadas de cien dólares a lo largo de los años, todo lo que pudo de Grecia, y después de Italia, y después de Francia y Alemania, y por fin de su último amor, Holanda. Después volvía y escribía poemas que trataban de acceder a la noche de Pascal y a la ira de Aquiles, al aburrimiento de los dioses y a la alegría del primer pitecantropus dibujando con el dedo en las cuevas de Altamira, al lugar donde Prometeo se tocaba con Vermeer y Paracelso con Beethoven, y cada uno de esos poemas era como un fragmento de la conversación de aquellos fusilados la noche antes de morir.

Para las autoridades socialistas era un católico anticomunista, para los católicos wojtilistas era un pagano solapado, para los disidentes ateos era un enfermo de leyendas, para los nacionalistas a la violeta era un enemigo de la patria, para los jóvenes transgresores era un enemigo de la vanguardia.

Herbert ya había decidido dónde vivía, desde dónde hablaba: “En la ciudad estalló la epidemia / del instinto de conservación / como monóxido de carbono impregna casas templos mercados / envenena los pozos cubre de moho el pan las estructuras de la mente / la prueba de la existencia del monstruo son sus víctimas / no es evidencia directa pero alcanza”.

No le hizo mayor diferencia cuando cayó el Muro y se disolvió la URSS: “Obtuvimos la independencia como un regalo de la Historia, no derramamos sangre por ella. Fue como si los comunistas dijeran un día No haremos más perradas, vamos a tomar un trago, como le habla un polaco a otro. Nuestros mayores enemigos siguen siendo los de siempre: la hipocresía y la megalomanía, el narcisismo de los pobres de espíritu”.

En un poema llamado “Intento de Disolución de la Mitología” dice que los dioses se juntaron un día y decidieron abandonar el negocio y unirse a la sociedad racional para seguir tirando. A la caída de la tarde encaran hacia la ciudad con documentos falsos y un puñado de monedas de cobre en el bolsillo.

Cuando cruzan un puente, Hermes se tira al río pero nadie atina a salvarlo: están demasiado ocupados tratando de decidir si es un buen o mal augurio, como polacos en una taberna. Murió cuando Polonia que llevaba diez años libre de la bota soviética y el desvelo colectivo en las tabernas polacas era ahora el ingreso a la Unión Europea. Milosz y Szymborzka lo sobrevivieron y fueron a su funeral.

Tuvieron que hacer un viaje en auto de diez horas para llegar al cementerio en el campo donde lo enterraron. Hubieran debido ir a pie, pero estaban demasiado viejitos. En el auto, mientras Milosz hablaba sin parar de lo sola que quedaba Polonia sin Herbert, Szymborska lo interrumpió casi sin darse cuenta y se puso a recitar mirando el paisaje por la ventanilla: “Y cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”.

Para El Rufián Melancólico de la calle Bolívar

viernes, 30 de junio de 2017

Vas a soñar conmigo

por Juan Forn - Cuando el jovencito Saul Bellow leyó por primera vez a Delmore Schwartz, en su cuartito de pensión en Chicago, supo al instante que ésa era la voz que había estado esperando y partió en peregrinación al Village de Nueva York a conocerlo, a rendirle tributo, a absorber de él todo lo que pudiera. Y, por supuesto, a envidiarle cara a cara el talento, la suerte, la fama. Porque con apenas dos años más que Bellow y un solo libro (En los sueños empiezan las responsabilidades), el joven Delmore Schwartz ya había tomado el cielo por asalto: desde la izquierda hasta la derecha, del Partisan Review a la revista Time, de Harvard a los bares del Village, él hablaba y todos callaban de golpe para escucharlo.

Delmore Schwartz era esencialmente un poeta. Aunque escribía ensayos y cuentos tan brillantes como sus poemas, era esencialmente una voz, una voz irresistible, de la que todos esperaban La Gran Novela Americana. Bellow se arrimó encandilado, como discípulo pero al mismo tiempo como secreto par de Schwartz: porque en lo más íntimo sentía que él también estaba destinado a tener una voz equivalente y una grandeza ídem. Delmore ha de haberle sacado la ficha enseguida porque eran tal para cual: los dos eran hijos de la Depresión, judíos pobres de padres inmigrantes, que vieron en la inteligencia, en los libros, la posibilidad de construirse a sí mismos y salir al mundo a decir: “¡Eh, todos, escuchen!”, y tener la convicción absoluta de que el mundo se iba a parar a escuchar.

Hicieron contacto al instante. Durante un tiempo Bellow fue para Delmore Schwartz el compadre perfecto: partenaire, sparring, alma gemela, cofrade de delirios. Eran los eufóricos años posteriores al fin de la Segunda Guerra, todo era posible, todo estaba empezando de nuevo, y Delmore le hizo creer a Bellow que no sólo eran el futuro de la literatura norteamericana, sino que en cualquier momento serían convocados desde lo más alto para definir el nuevo orden de las cosas en su país. Bellow iba subido a la ola de Delmore, era imposible resistirse a su convicción, su elocuencia, su hipnótico encanto.

Los padres judíos de Delmore le dieron a su hijo ese nombre patricio en un arranque de candorosas pretensiones, pero el hijo se lo tomó al pie de la letra: respondió con tan asombrosa fidelidad a ese nombre, a la actitud ante el mundo que suponía, que hasta sus peores enemigos lo llamaron siempre Delmore, que no era lo mismo que decirle Schwartz. Quiero decir con esto que Delmore Schwartz creía realmente que lo tenía todo, que estaba llamado a llegar más alto que cualquier otro escritor norteamericano, y eso pasó a ocupar tanto espacio en su febril cabeza que no le dejaba tiempo para escribir ni La Gran Novela Americana ni ningún otro de los libros que debía estar escribiendo.

Bellow, en cambio, entendió bien rápido que él no era un Delmore, él era un rusito de Chicago y más le valía ponerse a escribir libros que desvelarse con el llamado de las altas esferas, así que les dijo adiós a Delmore y a Nueva York y se fue a París con dos mangos, en busca de su propia voz. La encontró: escribió Augie March (“I am an American, Chicago born...”) y volvió a su tierra y con esa misma voz escribió Herzog (“If I’m out of my mind, it’s allright with me...”). Mientras tanto, los sueños de grandeza de Delmore habían ido virando a pesadillas. El estupor de no haber sido el que iba a ser lo había convertido en un monstruo autodestructivo que, en 1966, apareció muerto en un hotel para indigentes del Bowery. El cadáver estuvo dos días en la morgue hasta que supieron quién era. Nadie se acordaba de él. O, mejor dicho, se acordaban demasiado de las homéricas borracheras, los brotes psicóticos, las internaciones y escapadas del loquero, los autos chocados, las llamadas telefónicas furiosas a las tres de la mañana demandando lo que le correspondía, porque Delmore Schwartz creyó hasta el fin de sus días que tenía “derecho soberano sobre la fortuna del mundo”.

Delmore y Bellow sellaron en una noche de borrachera su amistad, su confianza en el futuro mutuo, firmándose sendos cheques en blanco (“¿Qué clase de norteamericanos seríamos si fuésemos inocentes respecto al dinero?”). Años más tarde, cuando Delmore ya estaba envenenado por el éxito de Bellow, le escribió una carta (en lápiz y en un papel arrugado, metido de cualquier manera en un sobre) donde decía: “¿Quieres saber por qué te la tengo jurada? Porque tú me dijiste que iba a ser el gran poeta del siglo. Viniste desde Chicago y me dijiste que yo sería la voz del siglo. ¿Tienes algo para decir ahora? Porque yo sí: vas a soñar conmigo hasta el fin de tus días”. Y, como el propio Delmore había escrito una vez, en los sueños empiezan las responsabilidades.

Nueve años más tarde, Bellow publicó una novela que cuenta la historia de su amistad y su enemistad con Schwartz. Logró poner en ella la admiración a distancia, el acercamiento, el rol de discípulo confidente, la competencia, las primeras grietas de la decepción, la envidia, la pelea, el triunfo, la contemplación del fracaso del otro, el mal sabor de ser el que ganó, el que vio morir al otro. La novela se llama El legado de Humboldt porque Humboldt, el que muere indigente y olvidado, le deja algo al que sobrevive, o sea a Bellow, que es exitoso y millonario pero al final de la novela va a quedarse sin nada o, mejor dicho, sólo con el legado que le dejó el hombre que más lo odiaba en el mundo, aquel con el cual intercambió cheques en blanco la noche en que sellaron su amistad eterna.

En esa época de máxima camaradería se pusieron a escribir un guión para Hollywood que creyeron que iba a hacerlos millonarios: la historia del noruego Amundsen, el italiano Nobile y la conquista del Polo Norte. Amundsen quería llegar al Polo Sur, en realidad, y no podía juntar la plata para la expedición, hasta que le apareció un financista que le propuso llegar al Polo Norte en globo, que era más factible y más barato que llegar en barco a la Antártida. Llevaron a Nobile como piloto porque era el as de los dirigibles. Al italiano lo envenenó que Amundsen se llevara todos los laureles y convenció a Mussolini para que le financiara una nueva expedición. El globo cayó en el Ártico y el primero en salir al rescate en un hidroavión fue Amundsen, que odiaba a Nobile tanto como éste lo odiaba a él. El avión de Amundsen se perdió en una tormenta y no se encontraron ni sus restos. Nobile fue rescatado por un barco ruso y volvió, maltrecho pero vivo, a una Italia que lo recibió eufórica, para su estupor y malsabor.

Hollywood descartó con desdén la idea: a quién le importaba Umberto Nobile, quién se acordaba de él. Podrían haber dicho lo mismo de Delmore Schwartz: a quién le importaba, quién se acordaba de él, hasta que su mayor enemigo, el hombre que le había robado la gloria, lo rescató del olvido con una novela, que no sé si es La Gran Novela Americana pero es la mejor novela de escritores que leí en mi vida.

jueves, 2 de marzo de 2017

Sábato y la metafisica de la calle



Ernesto Sábato reflexionó alguna vez acerca del tango:

..."Nuestra nostalgia, nuestra tristeza, nuestro profundo sentimiento de soledad, hasta nuestro cínico exitismo revelan una curiosa propensión metafísica".

Y esa "metafísica de la calle"  tiene su origen en la "zona de fractura" que constituye América, porque "aquí somos mas transitorios y efímeros que en París o en Roma, vivimos como en un campamento en medio de un terremoto y ni siquiera sentimos ese simulacro de la eternidad que allá está constituido por una tradición milenaria"...

 

AL BUENOS AIRES QUE SE FUE


Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires
hacen sentir más la soledad
busco un suburbio en el crepúspulo, y entonces,
a través de un brumoso territorio de medio siglo
enriquecido y desvastado por el amor y el desengaño,
miro hacia aquel niño que fui en otro tiempo.

Melancólicamente me recuerdo
sintiendo las primeras gotas de una lluvia
en la tierra reseca de mis calles sobre los techos de zinc.
"Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva",
hasta que los pájaros cantaban y corríamos descalzos,
a largar los barquitos de papel.

Tiempos de las cintas de Tom Mix y de las figuritas de colores,
de Tesorieri, Mutis y Bidoglio,
tiempo de las calesitas a caballo,
de los manises calientes en las tardes invernales,
de la locomotora chiquita y su silbato.

Mundo que apenas entrevemos cuando estamos muy solos,
en este caos del ruido y del cemento,
ya sin lugar para los patios con glisinas y claveles,
donde una chica casadera cantaba algo de un pañuelito blanco,
mientras planchaba la ropa del hermano.

Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires,
hacen sentir más la soledad,
salgo a caminar por esos barrios que tímidamente, con vergüenza,
conservan algún minúsculo tesoro de un pasado menos duro,
una maceta con malvones, alguna reja rezagada.

Pero ya Boedo no es el que cantó De Caro,
ni Chiclana la calle de Esthercita,
ni Puente Alsina en la vieja barriada
que vio nacer al poeta callejero.

En vano buscaremos las muchachas
en torno del gringo y su organito,
ansiosamente mirando la cotorra,
esperando de su pico la buenas suerte o el amor.

Feliz de vos, Homero Manzi, que te fuiste a tiempo,
cuando aún era posible escribir esas canciones de trenzas y almacenes,
cuando todavía los espíritus no estaban resecados,
por la ferocidad y la violencia.

Ya no hay novias detrás de las persianas,
esperando al gringo y su monito.
Ya murió el último organito
y el alma del suburbio se quedó sin voz.

Ernesto Sábato

lunes, 17 de junio de 2013

El reencuentro

por Ellé Otíbel

Se decidió a hablar con ella una tarde cualquiera, en la que la búsqueda de
respuestas que trascendieran las costumbres del hábito se le imponía por azar o por convicción. Se dirigió entonces a una caverna solitaria, donde apenas se oía el ruido del viento.

Necesitaba hablarle. Encontrarse con esa mujer casi desconocida desde su adultez irreversible. Dibujarla de nuevo en su memoria. Conectarse con el olor de esas manos que alguna vez habían acariciado sus despertares. Reconstruir su rostro y volver a acariciarlo. Saltar nuevamente sobre  su cuerpo moribundo y que ella volviera a decirles   a todos que la dejaran, que era sólo una niña y que podía permitirse ser  desatinada, porque sólo un niño inconciente puede bailar y saltar alrededor de un moribundo como si nada desgarrador fuera a suceder, como si la sola presencia de la madre le augurara un mundo siempre uterino, nutricio, predecible.

Necesitaba escuchar de su boca lo que le contaban que  la mujer decía y gritaba a los cuatro vientos, que no había otra tan hermosa como ella, ni tan buena hija, ni tan primorosa para lucir aquellas ropas que cosía hasta el alba con sus manos. Llorar no sólo si lo trágico lo ameritaba, volver a transitar los caprichos de sus tres años y que ella estuviera ahí  para abrazarla y darle el gusto, con el único fin de evitarle cualquier mínimo padecimiento.

Recuperar el sonido de su voz, con aquella agudez musical, plagada de romerías y muñeiras, deseándole lo mejor del mundo cuando sólo era un pequeño montoncito de células creciendo en su vientre.

Entender el porqué de las tristezas de su madre y ponerle nombre al estallido prematuro y mortal de su sangre, cuando en apariencia lo tenía todo para ser dichosa.

Escuchar de su boca qué se siente al saber que la madre de una desanudaba los engorros del hambre de la posguerra amamantando a niños cubanos de familias ricas, calcificando los sueños de vaya uno a saber qué huesos, y rogando que, por lo menos, aquella privación de mujer pobre hubiera germinado en rebeliones.

Saber qué había sentido ante su muerte , viendo cómo el tifus la reducía a despojos y la pobreza alejaba a los médicos. Entender por qué decía con tanta recurrencia y siendo tan joven, que había logrado ser tan feliz que podía morirse en paz, si se supone que uno sólo se muere en paz cuando ya ha cumplido su misión en esta vida, cuando ha logrado trascender y aprender todo lo que el devenir le ha deparado  para seguir en camino.

Quería contarle cuánto le había costado convertirse en mujer sin su presencia,  cómo tuvo que buscarla en otras mujeres que por intuición había sentido que tenían algo de ella. Sabía que tenían en común el gusto por dilatar el comienzo del día, seguramente en franca rebeldía contra los obligados despertares infantiles de la madre, que por necesidad campesina debían coincidir con el canto de los gallos.

Sabía también que, sin dejar de lado sus raíces, ella se había  acostumbrado muy rápido a las bendiciones de aquel Buenos Aires que allá por fines de los cincuenta era una fiesta en comparación con la Galicia de la posguerra. Esa capacidad de adaptarse rápido a los placeres la había heredado su hermana, que luego de intentar develar a través del conocimiento el sentido completo de la existencia, y, tal vez, como modo de reparar lo inexplicable de la muerte, había elegido pasárselo lo mejor posible y disfrutar hasta que se acabara el mundo. Es cierto que su elección fue transitar caminos  demasiado narcisistas, con los que ella no acordaba en absoluto y que las distanciaban de modo casi irreparable, pero se había propuesto encarecidamente no juzgarla. Bastante tenía ya con soportar también su ausencia.

Conocía por los relatos de todos los que se empeñan en desgarrar la ausencia con cuentos sobre los muertos, que sus padres habían vivido un amor de esos que perturban el alma y los sentidos, en los que el cuerpo y el espíritu se revolucionan con la convocatoria de la piel y el frenesí del encuentro de lo que es análogo y opuesto a la vez. Sabía también que la pobreza los había llevado a unirse frente a Dios y a separar la convivencia, porque querían amarse sin censuras externas ni internas, pero no tenían ni un centavo para planear una vida juntos.

Le habría gustado tenerla a su lado para significar sus elecciones, para escuchar su  lucidez  de mujer valiente o, tal vez para que le mostrara sus contradicciones y debilidades y la ayudara a echar luz sobre las propias. Para escuchar de su boca cuánto de real y de fantástico tenía en verdad la madre que aquella muerte prematura  la había obligado a construir en su cabeza y en su corazón.

Se había hecho fuerte por obligación. No había tenido demasiadas opciones. La vida la enfrentó al desgarro de la ausencia a los cuatro años .Entonces, había comprimido   todo su amor filial en el maravilloso padre que la mujer había elegido para ella.

El hombre mago la convirtió en una persona digna, luchadora, generosa. Como buen padre y varón, enjugó sus lágrimas y curó sus heridas, pero no le dio tiempo para llorar demasiado.

Él le habló mucho de sus fortalezas espirituales, y, sobre todo, le dio de mamar las suyas. Le hizo aprender a encontrar maravillas y significados en las pequeñas cosas.

Él nunca había tenido grandes ambiciones, salvo la satisfacción y el orgullo de poder dormir con la conciencia tranquila.

A veces, ella no lo comprendía y la  enojaban sus rigideces,  pero lo cierto es que, si su presencia en su vida hubiera sido optativa, lo habría elegido voluntariamente como padre para ella y como abuelo para sus hijos. Era uno de esos seres que pueden rescatarlo a uno de cualquier infierno, sólo con el milagro cotidiano del sabor dulzón de un jugo de naranjas exprimido, preparado a la hora indicada, para revelarnos en ese acto de amor que nada puede ser tan terrible como parece. Comprimía lo femenino y lo masculino en un solo ser, y eso era, seguramente, lo que más los unía.

De pronto, una brisa ligera le acarició el rostro. Pareció despertar de sus cavilaciones y se dirigió a la salida de la caverna.

Se quitó los zapatos y pisó la tierra húmeda. Cerró los ojos y se dejó llevar por la fluidez del viento.

Entonces, y con absoluta claridad, se percibió atravesando un túnel, despojada de su cuerpo actual, ingrávida, atemporal.

Se escuchó llorar con el jadeo de sus cinco años y se divisó también con una ronquera anciana. Se palpó en las caderas las turgencias adolescentes y, al mismo tiempo, descubrió en su cabellera las primeras canas y el cansancio de los huesos seniles. Vio sus manos infantiles con las uñas mordidas y, a la vez, sembradas de las manchas ocres del tiempo y de venas como caminos.

Al final del túnel, una mano tibia le acarició la frente.

Entonces, optó por renacer…