martes, 21 de febrero de 2012

Mezcla rara de sabihondos y suicidas

Una reflexión sobre los bares de los años 60' / 70'

por Carlygom

Yo recién había llegado a Buenos Aires y todo me fascinaba: nada se parecía a mi pueblo, empezando por la gente. Corría la década del sesenta y la gran metrópoli era una sarta de contradicciones: por un lado el arte, la literatura, la ciencia y el espectáculo vivían una gran plenitud creativa e innovadora, pero allí arriba, en el poder, regían milicos y santulones que no veían con buenos ojos lo que sucedía en la línea que transcurría por los cines Lorraine y Losuar, el Instituto Di Tella y los bares Florida y Moderno, la Facultad de Filosofía y Letras, el restaurant Chez Tatave y los cientos de conciliábulos que se armaban en las librerías de Jorge Álvarez o Falbo, o a partir del nuevo periodismo de Primera Plana y Confirmado, y el rock nacido en La Cueva o la Perla del Once.

Eran épocas en las que artesanos y artistas, músicos, hippies y estudiantes solían ser perseguidos por el solo hecho de existir. Los encanaban y les cortaban el pelo, intentaban escarmentarlos y doblegarlos con moral victoriana y hábitos cuarteleros.

Claro que para mí, aun así, la gran city era mejor que mi pueblo, donde no sólo también regían la moralina y el terror al cambio, sino que al resto de la gente parecía no molestarles la obediencia y el lugar común.

Descubrí rápido la calle Corrientes y su vivir nocturno: La Giralda, El Colombiano, Premier, La Ópera, El Foro y –sobre todo- La Paz. Y me asomé a una serie de actividades que desconocía: la discusión con gente no muy conocida, que tanto mezclaba temas álgidos como la política nacional e internacional con el cine, la música o la economía.

En La Paz se respiraban ideas muy zurdas. Acaloraban la noche marxistas empedernidos como Jorge Asís (¿quién diría, no?) en batalla casi mortal con trotskistas que abogaban por una revolución permanente, los chinoístas en pleno esplendor de Mao, los que siempre traían “la última” y que habían descubierto los avances políticos de Albania (¡sí, de Albania!), los tercermundistas (entre los que se mezclaban las lecturas de Fanon con las del Che, el nuevo cristianismo y las teorías revolucionarias de la dependencia de Cardozo (luego presidente -más bien conservador- de Brasil). También estaban los castristas, cerradísimos en su necesidad de propalar esa revolución por América Latina, y los que de una u otra manera encontraban la manera de deslizar la idea de la “lucha armada” como única forma posible de llegar al poder.

Tímidamente, aparecían ideas peronistas, que habían aterrizado en el mundo intelectual de la mano de las “cátedras nacionales” universitarias, la resistencia peronista de izquierda y el tacuarismo de derecha, el nuevo sindicalismo aportado desde el Cordobazo, etc.


Mi cumpa Rubén

¡Pueden imaginarse, entonces, lo que eran aquellas mesas de la calle Corrientes, encabezadas por las del bar La Paz! Cuando luego uno comentaba entre sus conocidos lo que sucedía por allí, siempre encontraba a alguien que quisiera luego sumarse. Es lo que me pasó con mi compañero Rubén. Como yo, alumno “de Filo” era un aventajado estudiante. Su madre vivía obsesionada con que se recibiera “de psicólogo”, una profesión por la cual él sentía una particular aversión. Pero dado que cuando terminó su secundario, la madre fue inflexible en sostener su idea, él decidió estudiar Psicología pero, de paso, se inscribió también en Ciencias Exactas, su verdadera querida vocación. Y para coronar tal aventura decidió graduarse lo antes posible en Psicología para entregar el diploma (que era el sueño de su madre) y seguir con la carrera que verdaderamente le interesaba. Con lo que no contaba nadie era por su entusiasmo con la política, que lo llevaba a que las pocas horas libres que le dejaba el estudio las empleara en leer a Trotsky y en discutir hasta altas horas de la noche sobre cuál sería la mejor solución para el país. Y con todo esto se largaba a acompañarme a través de los bares de la calle Corrientes.

En Filosofía y Letras no era difícil encontrarse cada tanto con verdaderos genios, y obviamente Rubén era uno de ellos. Cuando me contó sobre la “carga” que mantenía con la carrera que seguía, le manifesté mi opinión.

- Qué macana, ¿no? Una carrera tan larga que no pensás luego seguir…

- Bah… es un capricho de la vieja. Pero no es tan larga, en cuanto la termine le llevo el papelito y va a ser mi regalo para ella. Después sigo, tranquilo, porque quiero ser químico. No creas que psicología es tan larga: la termino el año que viene…

- Pero… ¿qué edad tenés?

- Diecinueve.

El flaco pensaba a los veinte años tirar a la basura su profesión recién adquirida para seguir química. Pero yo lo dudaba, el partido al que se había enrolado le exigía cada vez ocupar un rol mayor, sobre todo porque sus conocimientos y su visión eran ya casi iguales o mayores que los del mismísimo Trotsky.

¡Así que imagínense lo que fue su entrada en la mesa de “La Paz”! Chiquito, muy flaco, esmirriado tras su barba profusa, parecía imperceptible. Hasta que, tímidamente, comenzó a desdecir a “pesados” de la lengua con argumentos contundentes, citas textuales de Marx y Engels y… para temblor general, comparaciones con traducciones propias que hacía de los textos de Gramsci, Althusser y de autores que sólo él conocía y que hacían sentir a los interlocutores unos carentes totales de conocimientos políticos.

Pero de algo que nunca me voy a olvidar de aquellas épocas es la pesada nube que nos rodeaba permanentemente y que producía la acumulación de humo de cigarrillos.

La década del sesenta en Argentina fue el esplendor del marketing de cigarrillos. Los americanos habían desarrollado los cigarrillos de cien milímetros, que permitían fumar unos minutos más. Y con campañas muy agresivas invitaban a todos a fumar a toda hora en cualquier lado.

Salvo en las iglesias, cines y teatros o las habitaciones de los hospitales, se podía fumar en cualquier lugar: aulas, colectivos, aviones, lugares de trabajo. Nadie lo veía mal. Mi recuerdo de los encuentros en un bar, era lo viciado que se mantenían esos lugares a toda hora, con el famoso “olor a pucho” traspasando cabelleras y atuendos. También recuerdo la permanente irritación en mis ojos, y a pesar de que yo también era otro de esos fumadores.

Corolario del Editor

Al igual que otros centros de reunión en la "Decada Infame", esos bares de la decada de los 60' / 70', fueron calderos, crisoles, donde hirvieron elementos tan discimiles como "La voluntad", "La rabia", "El vedetismo intelectual y "El compromiso".

En una mesa el pibe recien llegado, podía llegar a compartir la charla con algún escritor consagrado, actores o politícos y sin saberlo, por que no, con algún ortiva o informante de la yuta.

En esos bares uno conocía gente que quizás no vería nunca más. Los sucesos que se desencadenarián en años posteriores,  tiñen de un intenso dramatismo esta ultima frase.

Discepolo pudo plasmar magistralmente aquel material humano que nutría esos bares,  en su "Cafetín de Buenos Aires" con esa profunda imagen  que a algunos hoy todavía nos hiela la sangre: "Mezcla rara de sabihondos y suicidas"

El gran poeta español Antonio Machado le escribío a una generación anterior a la que le tocó vivir el desgarramiento de España por una guerra civil con estas palabras:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Loboalpha

El texto basico de esta nota fué publicado originalmente en: http://www.igooh.com

3 comentarios:

  1. Hola, soy Carlygom y escribí este texto muchos años atrás, cuando existía Igooh, un experimento algo controvertido del grupo La Nación. Considero que el editor completó una idea que le faltaba a mis dichos, y que quizá me daba mucha angustia: el destino de muchos de los que compartían aquellas hermosas jornadas bohemias. Con el tiempo me pude enterar de sólo algunos. Por si sirve de algo, agrego estas palabras y sólo puedo recordar todo con el dolor, de saber que también "desaparecida" al fin y al cabo fue también la energía que generábamos con nuestras utopías, sueños y ambiciones. Una generación desaprovechada; un retroceso en el transcurso de la historia. Y de la vida. Un abrazo.

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  2. Antoine Lavoissier formuló un conocido principio de la Física "Nada se pierde, todo se transforma". La energía de esos años anda por ahí, esperando reencarnar. Un abrazo

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    1. Gracias. Tu descripción exacta vuelve realidad el pasado... es como poder decir " ven? Es verdad, eso existió!" Y aparece la soberbia de pensar" es como si lo hubiera escrito yo". Un fuerte abrazo sesentista.

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