lunes, 19 de marzo de 2012

Elias Castelnuovo: la espada, la pluma y la palabra

Por Oscar Giardinelli

Fundador del grupo literario Boedo, polemista inagotable y astuto, periodista, poeta y militante anarquista, su vida es, de alguna manera, el resumen de un siglo convulsionado. La apasionante revisión de una época todavía vigente para la literatura nacional.

[Revista Siete Días Ilustrados, septiembre 1975]

Todas las mañanas, en el barrio de Liniers, un espigado octogenario de pelo blanquísimo, andar seguro y movimientos armoniosos, recorre las calles mientras hace las compras habituales. Su aspecto, entre romántico y majestuoso -casi un metro noventa de estatura, delgado y erecto como un lápiz, mirada brillante, altiva, y una voz propia del hombre seguro de sí- atrae no pocas miradas. No se trata del característico abuelo de barrio, al que todos estiman y saludan como un elemento folklórico, sino de un hombre unánimemente respetado por todo lo que ha hecho en su vida. Hasta se podría envidiar su tremenda, apabullante vitalidad.

Elias Castelnuovo -una de las glorias de la literatura argentina- a los 82 años hace gimnasia diariamente, sube y baja escaleras, come lo que quiere, escribe y lee sin cesar, se jacta de ser el plomero, carpintero, gasista, albañil y arreglatodo de su casa y duerme ocho horas diarias pues para él "no hay insomnio que valga". Nacido en Montevideo el 6 de agosto de 1893, conoció la más rotunda miseria, practicó cuanto oficio es posible imaginarse, fue militante político casi toda su vida, viajó por el mundo entero, escribió una decena de libros, incursionó en el periodismo, la poesía, la narrativa y el ensayo y, por si todo eso fuera poco, hasta le quedó tiempo para fundar una de las dos corrientes literarias más importantes del siglo, en la Argentina: el llamado Grupo Boedo. Autodidacta -en su Montevideo natal cursó hasta el cuarto grado de la escuela primaria- y avezado charlista y polemista, Caltelnuovo es un personaje: una especie de Quijote injertado para protagonizar activamente esta época.

En su casa -obvio, revocada y pintada por él, con muebles debidos a su habilidad artesanal-, Siete Días estuvo todo una extensa mañana dialogando y repasando los diferentes hitos de su vida, mientras su esposa -casado en 1928, EC tiene dos hijos y diez nietos- rociaba la charla con un exquisito vinillo dulce que arrancó a las nueve de la mañana y, pasado el mediodía, todavía alegraba el paladar. La conversación, como se verá, fue un verdadero racconto de este siglo, según la versión de uno de sus más lúcidos y activos protagonistas.

-Yo nací en el Palermo montevideano -memoró, repantigándose en el sillón-, más conocido como Barrio Reus. De ahí viene el famoso tango Barrio reo, como derivación de Reus. Mi familia era todo lo pobre que se pueda imaginar. Había, pues, que trabajar, de modo que desde los 12 años yo empecé como albañil. Era el penúltimo de diez hermanos. Después entré como aprendiz en una imprenta y empecé a soñar con Buenos Aires. No sabía muy bien qué iba a hacer en mi vida, pero estaba lleno de ambiciones. Y como me interesaban la literatura, la música y la pintura, visitaba bibliotecas y hasta ingresé a la Escuela de Bellas Artes del Uruguay. También fui a la Escuela de Arte Escénico. ¡Qué sé yo! Quería ser algo, y algo grande. Por eso soñé con Buenos Aires.
-¿Y qué más hizo en Montevideo? ¿Cómo era su vida de muchacho?

-Bueno, también jugué al fútbol. Y fui campeón con un cuadro que se llamaba Reformer. Me gustaba mucho, vea, y cuando vine acá no me perdía los partidos de los grandes equipos, como Alumni y Belgrano Atletic. Después me hice hincha de Peñarol y, acá en Buenos Aires, del equipo de este barrio: Vélez Sársfield.

-¿Y a qué edad se vino a Buenos Aires?
-Vine un par de veces, allá por 1905. El pasaje costaba 80 centésimos y uno se embarcaba no más, aunque fuera menor no existían los documentos. Y después de un par de intentos, deslumbrado por esta ciudad, le encontré la vuelta y me vine a radicar.

LA REVOLUCIÓN DEL PELUQUERO

-¿Cómo fue esa vuelta; qué hizo?
-Empecé a trabajar como linotipista, pues yo tenía experiencia aunque sólo contaba con 15 ó 16 años. Me conchabé en una imprenta que funcionaba en un sótano cerca del Mercado de Abasto, ahí por Corrientes y Agüero, más o menos.

-¿Ya escribía, en ese entonces?
-Sí, claro. Escribía dramas en un cuaderno y todo consistía en llegar hasta la última página. Entonces estaba lista mi obra maestra, ¡ja, cosas de botija...! Y versos también, claro, porque me apasionaban los clásicos.

-¿Y cómo comenzó a vincularse literariamente? ¿De qué modo empezó usted su carrera de escritor?
-Bueno, mi padre murió muy joven y mi madre era analfabeta, de manera que yo me fui haciendo solo. En la imprenta había un muchacho, Fernando Gualtieri, con el que nos reuníamos e intercambiábamos poesías. Entonces decidimos sacar una revista. Se llamó La Palestra y la hacíamos ahí, en la imprenta. Estaban otros muchachos: Pedro del Rivero, Dante Motta y otro de apellido Bo, pero ninguno trascendió. Sacamos seis números de tres mil ejemplares cada uno. Éramos anarquistas, de modo que era una revista político-literaria.

-¿Qué leía usted, en esa época?
-Toda la literatura rusa. Gorki, Tolstoi, Dostoievsky, Chejov. Era nuestra formación. Y de los argentinos, casi nada, pero no por desdén, sino por ignorancia. A mí me gustaba mucho Florencio Sánchez, y poco después Horacio Quiroga. Pero creo que más que nada nos interesaba la militancia. Después de esa revista sacamos algunas más, todas del mismo estilo, hasta que yo llegué a ser director de La Protesta, que era el órgano oficial del anarquismo.

-¿Y cómo y por qué adhirió a esa ideología?
-Cuando yo era chico, en mi barrio eran todos católicos, gente muy pacífica y sometida, hasta que llegó un peluquero anarquista que nos revolucionó a todos. Primero se adhirieron mis hermanos y después yo. Las lecturas y las charlas giraban todas en torno a eso. El teatro que veíamos y las conferencias que escuchábamos venían del Centro Internacional, que era una especie de catedral del anarquismo. Así fue como a los 15 años ya llevaba banderas rojas los 19 de mayo.

LA BATALLA ENTRE BOEDO Y FLORIDA

La charla no impidió una recorrida por la casa. Con inocultado orgullo, Castelnuovo mostró viejos ejemplares de periódicos de los años '20, prolijamente conservados en su escritorio del primer piso, en medio de sólidas bibliotecas y muebles finamente tallados a mano. Se jactó de mantener el escritorio en la planta alta, pues "así me obligo a subir y bajar por la escalera, otra manera de hacer ejercicios", y, en determinado momento, se instaló frente a la máquina de escribir y mirando por la ventana, continuó recordando:

-Después vino lo de Boedo, allá por el 23. Sucede que en una casona de esa calle funcionaban una imprenta y tres editoriales: Claridad, Victoria y Las Grandes Obras. Era como un conventillo administrado por los imprenteros Lorenzo Rañó y Antonio Zamora. Y ahí nos reuníamos.

-¿Literaria o políticamente?
-Las dos cosas, pero nos interesaba más la política. Después de la revolución rusa del 17 los anarquistas nos dividimos entre los que apoyábamos esa revolución y los que la negaban. Y por eso me fui de La Protesta, cuando llegó Abad de Santillán, con quien me peleé mucho. Nunca nos llevamos bien.

-¿Y cómo se vinculó con la gente del que fue el Grupo Boedo?
-Por un concurso literario que organizó el diario La Montaña. La página literaria la dirigía el poeta Juan Pedro Calou, un tipo lamentablemente olvidado, que murió muy joven, como se estilaba entonces, de tuberculosis. Los premios en poesía fueron para Mario Fíngueri y Alvaro Yunque. En prosa yo gané el primer premio, el chileno Manuel Rojas el segundo, Leónidas Barletta el tercero y Roberto Mariani el cuarto. Ahí nos conocimos, en la entrega de premios, y Zamora nos alentó para que nos uniéramos.

-¿Se reunían en esa misma imprenta?
-Sí. ahí en Boedo al 800 Y sacamos la revista Dínamo, que fue nuestro órgano.

--¿Y cómo nació la rivalidad con el grupo Florida?
-Bueno, eso fue posterior, en el 24. Ellos se reunían en Florida y Tucumán, en la redacción de la revista Martín Fierro, que dirigía Evar Méndez. Los bautizamos nosotros como grupo Florida, en contraposición con el nuestro de Boedo. Ellos eran los cajetillas, los pitucos. Nosotros, los proletarios.

-Y fue una verdadera batalla la que se entabló.
-¡Y qué le parece! Ellos tomaban todo en solfa, pero la cosa era seria, porque en el fondo era ideológica.

-¿Usted conocía a todos los de Florida?
-En esa época no, sólo a Méndez ya Ernesto Palacios. Estábamos en otra cosa. Ocurre que ellos eran niños bien, mientras que nosotros debíamos trabajar, ganarnos el pan, y además éramos militantes revolucionarios.


LOS FABULADORES DE LA CALLE FLORIDA

-Sin embargo, no pocos escritores -Raúl González Tuñón, entre ellos- han desdeñado esa rivalidad...
-Bueno, para disimular. Tuñón estaba con nosotros y después se pasó, como su hermano Enrique. Muchos se pasaron.

-Pero González Tuñón no era un cajetilla. Creo que Oliverio Girando tampoco.
-No, no, está equivocado, Girondo era multimillonario. Y todos eran iguales. La cuestión fue entre ricos y pobres, no le quepa duda. Lo que pasa es que nosotros veníamos de la clase trabajadora y muchos de ellos adoptaban la misma pose, hasta que mostraron la hilacha.

-Por esa época, Borges era un hombre de izquierda, ¿no?
-Se decía anarquista. ¡Mire lo que son las cosas! Yo no me olvido de un par de versos que Borges publicó en la revista Quasimodo, que dirigía el anarquista Julio Rebarcos. Y hasta escribió una oda a las campanas del Kremlin. Pero yo que estuve en todas, como anarquista, jamás los vi a ellos en ninguna movilización.

-Bueno, pero González Tuñón...
-No, no, son fábulas. Tuñón mentía para justificar su tránsito, su transgresión a la oligarquía, aunque después, al final, se hizo comunista. Yo le garantizo que cuando hubo que recibir palos, persecución y hacer sacrificios como militante, ninguno de ellos estuvo. Ahora, cuando llegó la época de las vacas gordas y el comunismo se ablandó, entonces entraron Tuñón, Barletta y otros, pero como funcionarios del partido. Y su militancia se redujo a los versos que escribieron.

-Es duro lo que está diciendo, Castelnuovo.
-Pero es cierto. Vea, cuando yo viajé a Europa, a Rusia, como corresponsal de La Nación, escribí para Bandera Roja (el órgano del PC argentino) una serie de notas, gratis, que le dieron un impulso bárbaro. Y cuando fui perseguido, por culpa de esos artículos, me dejaron solo y no me pagaron ni siquiera el tranvía para ir al centro. Y después todos ellos, cuando fueron con viajes pagos y comodidades, no escribieron nada.

-¿Y por qué cree que ahora se trata de minimizar aquella rivalidad entre Boedo y Florida?
-Porque los vientos que corren los obligan a hacerlo. Los de Florida, los martinfierristas, no tenían banderas. Estaban sólo en las corrientes formales, modernas, surrealistas. Macedonío Fernández, Girondo, Borges, Nicolás Olivari, que al principio estuvo con nosotros... Era una cuestión ética: los que estaban detrás de los billetes se fueron pasando a ese grupo. Olivari me lo dijo clarito: Mira, Elias, si me quedo con ustedes voy a ser pobre toda la vida. Y después anduvo diciendo que lo echamos de Boedo... Y claro, nosotros éramos linotipistas. César Tiempo repartía soda, Barletta trabajaba en el puerto, Mariani era un empleaducho, Roberto Arlt sudaba en un taller de recauchutaje...

-¿Usted fue amigo de Arlt?
-Por supuesto, yo lo llevé a publicar en Claridad, donde sacó Los siete locos. Hicimos juntos la revista Actualidad y fundamos la Sociedad de Escritores Proletarios, cuya declaración de principios redactamos en 1932.

LA MILITANCIA, LA OBRA, LOS VIAJES

Al filo del mediodía, una caminata por el barrio permitió que Castelnuovo recordara la pobreza y los "innumerables allanamientos durante la Década Infame, aunque siempre tuve suerte de que no me encontraran". Una historia política agitada, febrilmente activa, que no desdeñó su apoyo al yrigoyenismo ni al peronismo. "Es que a mí siempre me interesó -argumentó, sonríendo- estar donde estaban las masas, pues es preferible estar equivocado con las masas, que tener la verdad a solas o en círculos privilegiados".

Tanta militancia, curiosamente, no impidió que EC concretara una frondosa obra literaria: A Tinieblas (1923), Malditos (1924), Entre los muertos (1925), Anima bendita (1926) y En nombre de Cristo (1927). Siguieron, años más tarde, Teatro proletario (2 tomos, 1931/33), El arte y las masas (1935) y Psicoanálisis sexual y social (1938). Después, y "por una tendencia salvajista del anarquismo" dejó de escribir durante muchos años y -aseguró- "me fui a vivir a una isla del Tigre con un médico amigo, Delio Zeno, quien me convirtió en dentista". Según su relato, usaba una pinza de carpintería y llegó a ser famoso en las islas. "Lo bueno era que nos pagaban en especies; el dinero, cosa vil, no existía para nosotros. Éramos místicos".

Ese recuerdo lo incita a continuar con sus memorias:

"Después, en plena década del 30, sufrí mucho. Cuando lo derrocaron a Yrigoyen me fui a Europa, por seis meses. Se me había acabado el dinero que gané con el Premio Municipal de Literatura y estaba en plena etapa de efervescencia militante. Me persiguieron, estuve preso, mi vida fue un desastre, pero creo que nunca viví con tanta plenitud. Seguí colaborando en revistas como Caras y Caretas y otras; empecé a recibir algunos pesos en concepto de derechos de autor. Me las rebuscaba...

-¿Nunca intentó reconstituir el Grupo Boedo?
-No, ya había cumplido su ciclo. En 1930 ya nos habíamos ido separando y yo estaba en otra cosa.

BORGES NO SABE LO QUE DICE

-¿Cuál fue, retrospectivamente, el elemento diferenciador de ambos grupos literarios?

-Entre otras cosas, que el protagonista de nuestra obra era !a clase trabajadora. Dimos vuelta el patrón de la literatura. No más el hombre de clase media o alta. Ese fue nuestro aporte. Y lo bueno es que lo hacíamos naturalmente, pues veníamos de abajo, éramos trabajadores. Y nosotros sosteníamos que si bien era cierto que en los arrabales, en las orillas, en los barrios obreros había escruchantes, malevos, contrabandistas y demás, por cada diez de ellos había miles de tipos que se levantaban a las cinco de la mañana para ir a trabajar.

-¿Y cómo explica, Castelnuovo, que Borges haya escrito tanto sobre malevos y orilleros, siendo que pertenecía a Florida?

-Pero él de los orilleros no sabe nada. En Hombre de la esquina rosada, trata de acercarse al lenguaje lunfardo y la pifia. Dice que los malevos salieron del Barrio Norte, de Palermo, y eso es un disparate.

-¿Y por qué escribe Borges sobre malevos, entonces, de puro imaginativo que es?...

-Y qué sé yo. Desde chico veía poco, y se crió encerrado. O sea que imagina, no más. Uno no sabe lo que escribe.

-No, no, al margen de ciertas cuestiones ideológicas, supongo que no le negará méritos literarios.

-¿Por qué no? A mí no me gusta lo que escribe. No puedo tener nada en común con un hombre cuyo ideal es una dictadura del siglo XIll. El pertenece a la reacción; es un instrumento de la oligarquía, que necesita firmas famosas para frenar los cambios del mundo.

UN OTOÑO QUE PARECE PRIMAVERA

Luego de apurar un último trago de vino, Castelnuovo volvió a hablar, paseándose por su escritorio, mientras deslizaba su mirada como al pasar, por los retratos de Tolstoi, Dostoievsky y Edgar Allan Poe, sus reconocidos maestros. Contó entonces que hace cinco años que no fuma y que su actual pasión "es leer biografía y releer a los clásicos". Desdeñó, por otra parte, a los escritores argentinos en general, con excepción de Quiroga, Benito Lynch y David Viñas. No obvió elogios para sus compatriotas Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, ni evitó mostrarse escéptico sobre los resultados de las elecciones que se desarrollarán en la Sociedad Argentina de Escritores entre el 26 y el 28 del corriente mes, y en las cuales él mismo encabeza una lista como candidato a presidente de !a institución.

Aficionado a la cocina -"todos los almuerzos corren por mi cuenta, puesto que si aprendí tantas cosas, no podía dejar de incursionar en la gastronomía"-, se ufanó de gozar de una excelente salud: "Vea -señaló, poniendo un dedo sobre el pecho del redactor-, el otro día fui a la panadería. Una señora se quejaba del dolor de sus riñones; otra se mostró quejosa porque su hija se estaba por divorciar; una tercera tenía jaquecas que no la dejaban dormir. Cuando me tocó el turno, el panadero me preguntó: ¿Y a usted qué le pasa, don Elias? Y yo le dije: Mi amigo, yo soy un desgraciado que no tengo nada para contarle porque estoy fenómeno. Mis 82 años son como una primavera. Y es así: el primer elemento para estar sano y bien es querer estarlo".

-¿Y cómo se define, ahora, políticamente?

-Bueno, ya cuando se formó la Unión Democrática, en el 45, yo estaba vacilante. No tardé en plantear mis disidencias y en simpatizar con el peronismo. Porque ahí estaban las masas. Y desde entonces he apoyado al movimiento, aunque ya no milito. Hubo una época en la que volví a la isla del Tigre, años atrás, y nuevamente fui dentista. Políticamente, quizá por los años, dejé de activar, aunque me preocupa mucho lo que pasa, por supuesto.

-¿Fue importante, para que usted se fuera de la Unión Democrática, que allí estuviera Borges?

-Bueno, usted comprenderá que mucha gracia no me hacía coincidir con él, ¿no?

-¿Se considera un hombre consecuente con sus ideas?

-Por supuesto. Yo no creo eso de que uno es revolucionario a los veinte años, progresista a los cincuenta y reaccionario a los ochenta. Yo fui revolucionario en todas las edades, y ahora pienso lo mismo que antes, sólo que soy más consciente. Es una cuestión de conducta, de convicción. Nací pobre, viví pobre y voy a morir pobre. Fiel a mi clase.

-No podría terminar este reportaje, Castelnuovo, sin decirle que he leído por ahí, más de una vez, declaraciones de viejos integrantes del grupo de Florida -González Tuñón, por ejemplo- en las que se aseguraba que usted se había reblandecido. Se ha dicho que usted estaba gagá. La impresión que recojo es otra. Pero a usted, ¿qué le sugieren esos comentarios?

-Sí, los escuché y los leí yo también. Pero a Tuñón se lo dije una vez: Oiga, gagá tu abuela.

domingo, 18 de marzo de 2012

Constantino Cavafis, el último poeta de Bizancio

Cavafis, el poeta de Alejandría, falleció en la ciudad en que nació el mismo día que cumplía setenta años, el 29 de abril de 1933.

Es indudable que Cavafis es una de las figuras señeras de la poesía moderna, y uno de los poetas que más ampliamente han influido en las generaciones posteriores, por lo que no resultará vano evocar su obra y su figura en un modesto homenaje en el aniversario de su desaparición.

El 28 de abril de 1907, en el medio del camino de su vida literaria, un día antes de cumplir sus cuarenta y cuatro años, Constantinos Petros Fotiadis Cavafis, nacido en Alejandría en 1863, en el seno de una familia de comerciantes algodoneros griegos, escribía en sus notas personales:

Me he acostumbrado ya a Alejandría y lo más probable es que, aunque fuera rico, me quedaría aquí. Pero todo esto, cómo me deprime. Qué dificultad, qué carga es una pequeña ciudad -qué falta de libertad.

Me quedaría aquí (no estoy, por otra parte, completamente seguro de si me quedaría) porque es como una patria, porque está relacionado con los recuerdos de mi vida.

Las palabras de Cavafis revelan su decisión de aceptar Alejandría como su ciudad, como «la ciudad» que le acompañará toda su vida, y de la que no podrá salir; pero también la decisión de ser el poeta de Alejandría, como lo evocarán años más tarde E. M. Forster o Lawrence Durrell.

Tras sus años de vida en Inglaterra, donde había pasado parte de su infancia (1872-1878); tras su estancia en Constantinopla (1882-1885), donde descubrió y comenzó a asumir su homosexualidad; tras sus breves viajes por Francia e Inglaterra (1897), y sus visitas a Grecia en 1901, 1903 y 1905, donde confirmó su identidad cultural y poética; tras la muerte de su madre en 1899, Alejandría, la ciudad, aparecía como el destino indefectible que se asume con determinación. Ahí está, sin duda, el origen de uno de los poemas más representativos de Cavafis, cuya versión definitiva suele fecharse en 1910, aunque se publica un año antes: «La ciudad». El poeta ha estado retocando el poema durante años, para llegar a esa conclusión que asume la fatalidad de su destino:

LA CIUDAD

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.

Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.

Todo esfuerzo mío es una condena escrita;

y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.

Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.

Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire

oscuras ruinas de mi vida veo aquí,

donde tantos años pasé y destruí y perdí".

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.

La ciudad te seguirá. Vagarás

por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo

y en estas mismas casas encanecerás.

Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-

no hay barco para ti, no hay camino.

Así como tu vida la arruinaste aquí

en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.


El pesimismo, la fatalidad que circunscribe el texto, que subyace al verso horaciano que le sirve de base (« caelum non animum mutant qui trans mare currunt », Epístolas, I, 11, 27), la idea de que quien arruina su vida en un lugar intentará inútilmente rehacerla de un modo más ético en cualquier sitio, todo ello se ve amortiguado, según percibía el propio Cavafis, al ceñirse a una circunstancia particular. Pero si la ciudad es una ciudad fantástica, tras ella se vislumbra una Alejandría simbólica y compleja, la que el poeta construye a través de sus textos; y si la poesía no se enfrenta a generalidades, sino a una particularidad, como apunta el alejandrino que evoca la Poética de Aristóteles, esa circunstancialidad adquiere una dimensión significativa y global.

Estos datos resultan fundamentales para entender, tal como señaló Yorgos Seferis, el cambio que en torno a 1910 se produce en la obra del poeta, que se transforma a partir de entonces en una verdadera work in progress, con un desarrollo unitario. Lo cierto es que, a partir de esa fecha, Cavafis tiene un nuevo comienzo literario, que se va a manifestar en un modo diferente de dar a conocer sus poemas entre sus amigos y lectores, y que revela una nueva conciencia de su obra.

Ahora van a empezar a darse a conocer algunos de sus textos más representativos, como «Idus de marzo», «El dios abandona a Antonio», «Ítaca», «Reyes alejandrinos», etc. Pero también es cierto que en el período que discurre entre 1896 y 1904 habían aparecido poemas importantes, como «Esperando a los bárbaros», cuya primera redacción data de diciembre de 1898, como «Velas», «Murallas», «Voces» o «Deseos», que expresan la superación del simbolismo en que había bebido Cavafis en su formación.

No, no puede hablarse del alejandrino como de un poeta exclusivamente de madurez, porque también en esos poemas de juventud hallamos logros indudables, que actualizan la herencia de Verlaine, de Baudelaire o de Tennyson que pudiera haber en sus versos, y que adelantan un cierto sentimiento elegíaco y la aceptación de la fatalidad que se percibirá en sus poemas posteriores.

«Y ahora estoy aquí sin esperanza», escribe en «Murallas», y parece hacerse eco de esa frustración que manifiestan los protagonistas de «Esperando a los bárbaros» («¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? / Esta gente, al fin y al cabo, era una solución»), de la asunción de la fatalidad que expresa el protagonista de «La ciudad », o de la mirada desengañada con que contemplan los ciudadanos las ceremonias de sus reyes en «Reyes alejandrinos» («Bien sabían los ciuadanos / que esto eran palabras y teatro»).

 ÍTACA

Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca

desea que el camino sea largo,

pleno de aventuras, pleno de conocimientos.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,

al irritado Poseidón no temas,

tales cosas en tu ruta nunca hallarás,

si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta

emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,


y al feroz Poseidón no encontrarás,

si dentro de tu alma no los llevas,

si tu alma no los yergue delante de ti.

Desea que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas estivales

en que con cuánta dicha, con cuánta alegría

entres a puertos nunca vistos:

detente en mercados fenicios,

y adquiere las bellas mercancías,

ámbares y ébanos, marfiles y corales,

y perfumes voluptuosos de toda clase,

cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;

anda a muchas ciudades Egipcias

a aprender y aprender de los sabios.

Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.

Llegar hasta allí es tu destino.

Pero no apures tu viaje en absoluto.

Mejor que muchos años dure:

y viejo ya ancles en la isla,

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.

Sin ella no hubieras salido al camino.

Otras cosas no tiene ya que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.

Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,

ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.

sábado, 17 de marzo de 2012

Johann Wolfgang von Goethe: “Elegía de Marienbad”

'El amor, cuyo poder 
arrebata la juventud, 
se aviene mal con la vejez'


Esta máxima acuñada por el inmortal Goethe, advierte al acaso distraído caminador de la existencia, acerca de la inconveniencia de sucumbir al llamado de la pasiones extemporáneas. Hasta aquí y solo con esta información, podríamos suponer que estamos ante otro adocenado consejo existencial de un hombre sabio en demasía como lo fuera el autor del pensamiento. Pero indagando un poco más llegamos a descubrir que esa corta frase contiene todo el inmensurable dolor de Goethe, el hombre, y a la vez la frustración que produce le evidencia de la finitud y que en forma tan sublime fuese expresada en la



“Elegía de Marienbad”.

Dejadme aquí, mis fieles camaradas,
al borde del camino, entre las rocas.
Seguid vosotros descubriendo el mundo,
la vastedad del cielo y de la tierra.
Atentos a sus mínimos detalles,
desvelaréis secretos y misterios.
Que el mundo y yo caminos diferentes
seguiremos, por más que un día los dioses
su elegido me hicieran. Pero hoy
a prueba me pusieron, y el regalo
envenenado de Pandora tuve.
Unos labios besé, que me rechazan;
dulce veneno con que me han matado.

J.W. von Goethe (estrofas finales de: “Elegía de Marienbad”)


Corría el año 1823, cuando el noble consejero privado de la Corte de Weimar, Johann Wolfgang von Goethe, el autor más famoso de Alemania, ya septuagenario, se enamoró de una muchacha a la que cuadruplicaba la edad y que flirteaba con él igual que una nieta afectuosa con su encantador abuelo.

Goethe, que hacía un lustro que había enviudado, conoció a Ulrike von Levetzow en 1821, durante una temporada estival en el balneario de Marienbad.

Dos años después, tras consolidar la amistad con el cruce de algunas cartas intranscendentes y otra temporada de verano, el célebre autor se decidió a solicitar la mano de la muchacha. Si bien el novio era viejo, además de los numerosos honores que inmediatamente engalanarían a la esposa, la petición incluía una suculenta oferta: la concesión de una elevada renta vitalicia a la joven por parte del archiduque de Weimar cuando se quedase viuda. Pero Ulrike, que entonces contaba 17 años, rechazó la oferta. La joven se sentía muy unida a su familia como para abandonarla tan temprano; además, consideraba al 'anciano Goethe' casi como un padre, harto benevolente y cordial, pero nada más. Nadie la presionó en su decisión: el corazón y no el interés fue su único consejero.

Rechazada su propuesta matrimonial, el 5 de septiembre de 1823, Goethe abandonó el lugar de su derrota sumido en un considerable estado de postración; una vez acomodado en el coche que debía conducirlo a Weimar, haciendo caso omiso de sus acompañantes, comenzó a componer los versos de lo que habría de ser la Elegía de Marienbad. Aquel extenso poema, canto a la amada imposible que anima y desdeña, producto de un estado de pasión extrema y un tanto deudor de la admiración que el Goethe maduro sentía por el impulsivo Lord Byron, fue el mejor desahogo para la nostalgia que embargaba al rechazado poeta.

A su llegada a Weimar, Goethe copió esmeradamente la Elegía en buen papel, con grandes caracteres latinos y la encuadernó cuidadosamente en tafilete. Tan encantado estaba de sus propios versos que confesó con suma ingenuidad que no había cesado de leerlos 'hasta sabérmelos de memoria'. Sólo en contadas ocasiones los mostró a alguno de sus íntimos, como Eckermann o Von Humboldt, pero poco antes de que se publicase, en 1826, ya corría de boca en boca que Goethe había escrito un incomparable poema de amor; finalmente, el propio autor se lo envió también a Ulrike. Una naturaleza tan conciliadora como la de Goethe sabía siempre cuál era su lugar.

Con todo, y a pesar de la sublimación de su dolor, el anciano enamorado sufrió enormemente durante los meses otoñales que siguieron al desengaño; renunciar con resignación al amor, admitir la implacable vejez era factible en teoría, pero muy distinta era la práctica.

Precisamente, de la renuncia necesaria, de los deseos adaptados a las diversas edades de la vida trata El hombre de cincuenta años, que Goethe comenzó a componer antes de conocer a Ulrike y que, habiéndolo dejado abandonado, concluyó precisamente durante una de sus estancias estivales en Bohemia.

Un comandante cincuentón renuncia a desposar a su joven sobrina en favor de su propio hijo, un esposo más idóneo debido a su juventud.

Con una gracia y una ironía notables, cierta ligereza rococó, efectos románticos y hasta algún retoque psicológico que ya preludia a Proust, Goethe hace gala, sin embargo, de una profunda cordura, acorde con los designios de la Naturaleza que aproxima lo que debe estar unido y separa aquello que no se complementa.

Plasmó en el personaje del comandante lo que debería haber sido su propio comportamiento, a la inversa que en su juventud, al concebir el Werther despechado por el desamor de Charlotte Buff; en aquella ocasión fue el antihéroe ficticio quien se descerrajó el tiro mientras el autor curaba su desengaño con nuevos amores.

viernes, 16 de marzo de 2012

Malraux: entre crueldad y compasión

¿Existen grandes artistas sin un diálogo constante con la muerte? Es en este cara a cara cuando el escritor, el compositor o el pintor da al destino su verdadera dimensión trágica al mismo tiempo que funda la esperanza de la condición humana sobre la compasión y la fraternidad. Cada vida frente a la muerte renueva y agota la humanidad pasada y presente.

Ningún artista del siglo XX fue, más que Malraux, poseído por la obsesión de la muerte. Dostoievski sin la salvación, Céline sin las convulsiones de odio de exorcista de horror moderno, Kafka sin el humor de la desesperanza, Malraux quiere ser el Goya de la literatura, el único creador de la novela revolucionaria suficientemente libre para escapar del dogma del realismo, el único agnóstico en creer en una trascendencia de rostro humano como la parte de ser que en el hombre sobrepasa al hombre y sólo se rebela frente a la muerte. Pero, para él, el escritor es también un demiurgo. Posee el don de actuar sobre la historia por sus premoniciones, y Malraux remarca, no sin orgullo, que el mundo ha empezado a parecerse a sus libros.

En Brasilia, ciudad del siglo XX, el orador lírico André Malraux nombró claramente al espectro de nuestra historia: "Cada una de las grandes religiones había aportado una noción fundamental del hombre, y nuestro tiempo se esfuerza apasionadamente por dar fuerza al fantasma que le ha substituido el siglo de las máquinas. Más aún cuando apasionadamente con los campos de exterminio, con la amenaza atómica, la sombra de Satanás ha reaparecido en el mundo, al mismo tiempo que reaparecía en el hombre." Matar el sentido de lo sagrado es dejar el campo libre a lo demoníaco. Toda religión funda al hombre en dignidad, instituyéndolo co-participante de un misterio sobrenatural, y el cristianismo más que ningún otro, que va hasta la encarnación de lo divino. El derrumbamiento del orden cristiano que marcó el siglo XX —a pesar de algunos resurgimientos— creó un vacío metafísico donde se precipitaron ideologías y doctrinas que, inspirándose en las filosofías de la muerte de Dios, fueron políticas y prácticas de la muerte del hombre. El siglo XX seguirá siendo el primero en haberse dado los medios del crimen total: la desaparición de la especie humana. Desde entonces, el hombre ya no es "el único animal que sabe que debe morir", como dice Malraux después de Dostoievski en Los ahogados de Altenburg, sino el que, según la esperanza, "lleva en sí mismo el deseo de un Apocalipsis", esta negación del futuro, cuando el hombre queda embrutecido de espanto frente a los efectos diabólicos de su terror, como los soldados alemanes de Vístula frente a las ráfagas de gas de combate sobre las trincheras rusas, en Los ahogados de Altemburg, luego en Lázaro, cuando constatan que "el espíritu del mal aquí es más fuerte que la muerte".

jueves, 15 de marzo de 2012

Mano a mano con la calle

A mi amigo Loyola le gustaron, las notas de los cafés de los 60-70, el cine “Lorraine” y el “Bar La Paz”. Sacar a la luz ciertos recuerdos es como exorcizar los fantasmas que los merodean, pienso, poder compartir la memoria de ciertas experiencias con personas a las que le son comunes es un doble exorcismo, luz y testimonio.

Mientras apuro el último sorbo de un extraño brebaje, al que los propietarios del establecimiento que alberga mi trasnoche, decidieron nombrar pomposamente “Café”, me embargan los recuerdos. Tal vez a causa del efecto narcótico de la poción de marras, tal vez porque me estoy poniendo viejo.

La noche no da para más…

-Mozo, me cobra, por favor…

Necesito salir de ese lugar para escapar del tedio, del mal café y de los recuerdos. Un taxi quizás, no, mejor camino un poco, ya son como las tres de la madrugada, ya estoy jugado.

Llevo la mirada hacia el cielo despejado a ver si puedo ver rodar la Luna por Callao, pero no, ahí está, quietita, que decepción, se ve que la contemplación de esos prodigios solo está reservada a los poetas cuando están en curda o pasados de algún entremés, o a los locos, como el de la balada.

-¡Jefe!, ¿tiene una moneda?

me dice un pibe…

Le doy la moneda, se aleja y pienso: “Cuanto insomnio peregrinado, cuanta alma en la parrilla de la mishiadura, cuanto torso humano en el purgatorio de destinos inciertos de hospicio, calabozos, juzgados y más allá, la inundación de “los vaya a saber qué y porque”…” eso no ha cambiado, los viejos bares ya no están, pero eso no ha cambiado…

Cuando la “gente decente” duerme, afloran las criaturas de la noche, que también están de día, pero a estas horas se apoderan del paisaje, la vergüenza de su destino se trastoca en orgullo y pertenencia.

Mentalmente escribo:

La habitación era muy pequeña

Además todo es olor a eternidad…

Él, pensó que estaba muerto

Y salió sereno a buscar sepultura.

Entre las doce y las seis,

Las almas penitentes decoran 

Las ochavas, los mingitorios…

La podredumbre de las buenas gentes

Hay mucho insomnio peregrinado

Un estuario colmado de plegarias inocentes

Un excesivo plancton de anatomías a medio viaje

Demasiada ternura abandonada en las puertas del osario…

-Medrano y Salguero por favor…

A través de la ventanilla del taxi, contemplo el paisaje nocturno de la ciudad, ya sin ver, en realidad estoy mirando hacia adentro y solo veo fantasmas de otro tiempo.

Yo crecí en la atmosfera de amontonamiento sedimentario de un bar del puerto regenteado por el gallego Melchor Soengas, mi abuelo materno, un lugar colmado de personajes marginales al destino de normalidad y medida, propios de la clase media pacata, de algún modo se me antoja, que me gustaría contar su historia, pero eso será en otra ocasión.

Loboalpha

La calle presidente

Este post es un homenaje a esa calle Presidente, donde se afincara mi abuelo paterno al llegar a estas tierras procedente de las Islas Canarias y a ese mismo paisaje que vió nacer a mi padre y que alguna manera también fue parte de mi niñez.

La calle "Presidente", hoy "Daniel Cerri", nacía en Pedro de Mendoza y a la altura de la calle Patricios,  quebraba su recta para cortarse en Montes de Oca.

Las diez o doce cuadras que formaban el primer tramo, diferían tan particularmente del segundo, que solo un viejo conocedor del lugar podría aventurar razón más aceptable de ese singular desentono. La revelación nos hubiera descubierto entonces el secreto de sus casas de madera y cinc, cabalgando sobre postes de quebracho.

Era sencillamente el único tipo de casas que así montadas, lograban poner a cubierto a sus moradores y enseres, de las periódicas crecientes del río, cuyas aguas a esa altura de la calle Hernandarias, ganaba casi siempre, el borde inferior de los altos ventanales de la fabrica de dulces. Así se explicaba el rudimentario cimiento de barrigudos machones, que elevaban las casa sobre uno o dos metros del nivel de la calle.

Cuando el frente de estas viviendas caía directamente sobre el nacimiento de la acera, el espacio abierto entre esta y el primer piso, se tapiaba con latas, restos de chapas de cinc y maderas. Este precario baluarte, era tan vulnerable, que pasada la invasión de las aguas era preciso repararlo. Cuando entre el frente de la casa y la vereda se dejaba lugar, una tapia similar sin puerta o con un colgajo de madera, mantenia su línea de formacion con las casa linderas. Los moradores, aprovechaban entonces este espacio adicional para escapar al calor que emanaba del cinc y del maderamen, de tal modo, que cada habitación generalmente mal ventilada, era un horno donde debia comer, dormir y vivir una familia completa.

El improvisado solar, se convertía así en un campamento, donde se instalaban las mas pintorescas cocinas, pues mientras una lata de bizcochos, abierta por los dos lados para asegurar el tiraje, sostenía la hornilla del carbón con una olla de sopa de legumbres y albahaca, el calentador "Primus", de pié sobre un cajón de kerosene, lanzaba desde su quemador circular al rojo vivo, una llama blanqiazul, casi lívida que estremecía un cocido gallego.

Así se mezclaban a la hora del almuerzo, o de la cena, en estrecha `promiscuidad, los olores mas rancios, y los aromas mas diversos. Ese era el momento en que una inusitada actividad cundía por toda la casa.

Las tareas del puerto se suspendían a las once para reanudarse a las trece horas, era necesario darse prisa para comer, echarse unos minutos y volver al trabajo. A los braceros portuarios que cargaban al hombro los canastos de carbón, y que volvían tan tiznados que apenas se les reconocía, tenían el privilegio del pileton para lavarse las manos y despejarse la cara. La mayor parte de estos jornaleros eran peninsulares que vivian en sociedad.

Generalmente, tres o cuatro alquilaban un cuarto y se turnaban para preparar el puchero para varios dias. Esta manera particular de cocer varios kilos de papas, media docena de repollos, carne, panceta, unto y garbanzos de una sola vez, les ahorraba tiempo. El calentador a toda bomba, les ofrecía a los cinco minutos, el plato único, cuyo sobrante se recalentaba por la noche y al otro día hasta quedar el caldero exhausto.

Cuando la sirena del aserradero y las intermitentes pitadas de los guinches portuarios, anunciaban el paro por las dos horas de rigor, de la primera mitad de la jornada, numerosos grupos de obreros, con el aspecto de una extraña mascarada, asomaban por la calle Presidente en los tramos adyacentes a la ribera.

Eran las máscaras anónimas que retornaban luego de desaparecíer en las entrañas abultadas de los buques de ultramar, para aligerarlos del lastre de carbón de piedra, que descargaban con la cabeza cubierta con una capuchon de arpillera.

También la comparsa enharinada,vistiendo  camiseta, bombachones, delantal y alpargatas blancas que retornaban de estibar los costales panzudos del oro blanco de nuestro trigo.

Y a esta amalgama blanquecina, seguía acaso la legión azul de los astilleros de la Isla Maciel y los talleres de reparación, que traian en el blusón y en el ala del sombrero, un circulo dorado de aserrín.

Esta caravana de color que marchaba apuradamente, apretando el paso, discutía de problemas del trabajo y de la vida, en todos los dialectos de la baja italia, desde Sicilia, hasta Nápoles, en todos los tonos de la jeringoza ibérica y en el cerrado genovés, del tercio superior de la bota itálica.. Se acentuaba así el ritmo habitual de la calle, como el estímulo que acelera el pulso de un gran corazón.

Las chatas cargadas de rollizos que salían y entraban a las barracas se detenían en la calle Alvar Nuñez e Irala y el carrero después de asegurar las riendas al pescante, se ganaba al almacén de Enrique "Flor de un día", en procura del almuerzo reparador. Luego, en los mediodías ardientes de verano, se tendía a la sombra del balcón más aventajado e improvisando una almohada con los apeross sumarios de su asiento, se cubría la cara con el sombrero y echaba una pequeña siesta mientras el cadenero, apoyando las manos sobre la acera y el cordón, se defendñia de las moscas golpeando los cascos y sacudiendo vigorosamente la cola y los cuartos traseros.

La sirena de la una menos cuarto pasado meridiano, despertaba a todos en cada casa y la calle volvía a ser invadida por la bulla precursora de un gran movimiento, otra vez los legionarios al trabajo, apretando el paso volvían al puerto, al astillero, al taller, parloteando en todos los dialectos.

A partir de ese momento los chiquillos eran dueños de las calles. De todas las edades vivían como sus padres en los conventillos e inquilinatos.

Eran sus madres quienes les aconsejaban jugar en el patio mientras higienizaban la única habitación y fregaban el piso de rodillas. Pero como los niños, vistos por el encargado, como pequeños escuerzos, infectaban el lugar, los echaba a la calle, unico espacio sin restricción donde podían correr, disputar, apedrearse, armar grescas, adquirir hábitos como fumar, usar el vocablo soez, captar la picardía del piropo callejero o impresionar a los mas pequeños con los secuestros sensacionales de la "Mano Negra".

Perseguían los carros de carbón hasta conseguir burlar la vigilancia del conductor. Entonces se colgaban del pasador de hierro que ajustaba el tablero posterior hasta alcanzar los fragmentos de hulla que arrojaban a la calle y que recojian rapidamente los compañeros de pillaje para venderlos enseguida por unas monedas. Entonces la admiración de los mas tímidos por estos osados rateritos era tal, que cuando aparecían fumando cigarrillos de diez centavos, su consagración de heroes de papel y humo quedaba totalmente confirmada.

Otra vez era el cascotazo al viejo pregón, cuyas barbas canas temblaban impotentes frente al insulto. O el hondazo al farol que ofrecía cuatro caras para el blanco de esta instintiva necesidad de hacer daño, fundada en la indolencia.

Como los portones de acceso de la barraca quedaban abiertos a mediodía, se metían a hurgar entre las pilas de vigas, rollizos y alfajías, duscando siempre la mas alta, para bajarlas corriendo por las planchadas y salvar de un salto el espacio entre pila y pila.

Los mas pequeños a la zaga del grupo, corrían para imitarlos, en pos de la desgracia, que achicaba el corazon de las madres de dolor, cuando una mano, una pierna y aun la vida quedaban entre las pilas.

Que sensación de frio y horror descubrí en los ojos de mi madre, aquella mañana en que un grupo de hombres, devolvió a la vecina el cuerpo exánime de su único hijo con el cráneo destrozado. Desde entonces solo senti siempre odio por los inmóviles troncos asesinos, que se atrevían a desafiar con sus nudos, como ojos de ciclope, la mirada vacía de de esa pobre mujer que a la luz de la ventana cosia a la maquina incontables docenas de pantalones.

La calle estabna siempre sucia. Por la mañana el recolector de basura, al vaciar apresurado al carro, las docenas de tachos amontonados en la puerta de conventillos e inquilinatos, derramaban de tal forma los desperdicios, que al marcharse dejaban un tendal de basura en la vereda. Esta basura se barría hacia la calle y del montón de residuos, el viento levantaba los papeles que volaban por toda la cuadra, las pelas de papas y las cascaras de naranja, las hortalizas descartadas, pateadas por los chicos, se hundían en la faja de agua sucia, que vivía estancada ocupando las cunetas.

El desfile de carros y chatas cargadas que venían del puerto o de las barracas, aflojaban el calce de los adoquines. Al holgarse de este modo el empedrado, brotaba la tierra. Quedaba una capa suelta, que alzada por los cascos, las llantas y las ráfagas pasaba a componer una nube de polvo que inundaba las casa para luego mezclarse en el limo de las cunetas.

Solamente la barredora del cielo, con un buen golpe de agua, conseguía limpiar de vez en cuando las calles.

Las noches de invierno eran muy tristes, después de las cinco de la tarde, hora en que el farolero con su trotecíto corto, venía a encender la mecha del único farol emplazado cada media cuadra, la calle se sumía en un lecho de sombras largas. Ese silencio de metal acerado, solo era cortado por el rodar cansado de una chata rezagada, las campanas opacas de la Estación Peña, el ladrido de los perros guardianes de las barracas o la carreras apagadas de algún carbonero que apuraba su regreso, trayendo bajo el brazo, pan, fiambre casero y la bota de vino.

Las noches de verano eran mas apacibles. La bullanga callejera cedía el turno a las veladas vecinales. La familia completa, de abuelo a nieto, salía a la calle en procura de la brisa que pudiera soplar del río y refrescara las paredes de las casas de madera, cuyas piezas retenían el calor hasta la madrugada.

Sacaban a la acera, sillas de paja, bancos de todas formas, cajones, que ubicaban en hilera frente a la casa o dispuestas en forma de circulo, cuando la reunión era de carácter. Allí solo se instalaba la plana mayor de la familia, las matronas se abanicaban con las mismas amplias pantallas que usaban para avivar el fuego y que echaban viento para cuatro, los hombres liaban cigarrillos o fumaban en pipa.

La necesidad siquica de proyectarse al mundo exterior, era en esa colmena de tipos raciales dispares, tan perfecta, que la charla en sociedad se hacia de vereda a vereda y de casa a casa, de modo que los mensajes verbales a un vecino se radiaban al mismo tiempo a toda la vecindad.

Los pibes se sentaban en el cordón de la vereda o jugaban a los cobres bajo la luz de un farol. Con frecuencia la música de fondo solía ser el canturreo de una ronda de niñas que repetían una y otra vez hasta la hora de entrarse, de modo que cuando el ultimo acorde expiraba, el barrio entero se recogía y una ola de quietud envolvía la calle Presidente.

 "Hacen así, así me gusta a mi" 





miércoles, 14 de marzo de 2012

Sergei Mikhailovich Eisenstein: Ingeniero y místico de la imagen

Sergei Mikhailovich Eisenstein  1898-1948

Director de cine y de teatro soviético, uno de los grandes teóricos del cine.

Para el estudioso de la obra de Eisenstein resulta sobremanera tentador realizar una incursión y valoración de los múltiples vectores que movieron y condicionaron su pensamiento. Pero dado lo enciclopédico de su cultura y su permanente curiosidad hacia todas las ramas del saber, este estudio que hasta la fecha no ha sido realizado de un modo sistemático y profundo, se presenta como una tarea abrumadora y, lo que es más delicado, difícil por la escasez de documentos de primera mano.

Sin embargo, el autor no ha podido resistir a la tentación de efectuar aquí, creo que por vez primera, un ensayo de balance y «codificación» de las principales líneas de fuerza que guiaron su pensamiento, dejando bien sentado que se trata de un primer intento, un tanto esquemático y provisional, que habrá que profundizar, completar y revisar cuando se disponga de todo el material de sus Obras completas, incluidos los proyectos y guiones abortados, cercenados o simplemente prohibidos.

A) Formación científico-técnica

Sergio Mijailovich Eisenstein era hijo de Mijail Osipovich Eisenstein, que fue ingeniero y arquitecto municipal de Riga, hasta que en 1909 fue nombrado ingeniero municipal de San Petersburgo, a dónde se trasladó con su familia.

Terminados sus estudios de segunda enseñanza en Riga, Sergio Mijailovich ingresó en setiembre de 1915 en la Escuela de Ingeniería Civil de San Petersburgo, aunque abandonó sus estudios al tercer año (1918) para alistarse como voluntario en el Ejército Rojo. Su atracción por las artes se manifestó muy tempranamente; el teatro le interesaba vivamente desde que en 1913 asistió en Riga a una representación de La princesa Turandot, en la puesta en escena de Comisarzhevski, y de Mascarade, por Meyerhold, en el teatro Alexandra. También el circo le había fascinado desde niño, como confiesa en Film Form, y desde muy temprana edad había manifestado gran facilidad para el dibujo. No es raro, pues, que esta dualidad Arte-Tecnología le llevara a frecuentar también la Escuela de Bellas Artes de San Petersburgo desde 1915, para estudiar Arquitectura, en donde se produjo precisamente la revelación del Renacimiento italiano y de la gran figura de Leonardo, que avivaron aún más su vocación artística.

En el artículo Cómo me hice director encontrará el lector una explicación viva y apasionada de este itinerario relámpago que le llevó de las ecuaciones diferenciales hacia el horizonte de la creación artística:

«Más adelante he agradecido al destino el haberme infligido este choque -escribe- en el momento en que había ya pasado la totalidad de mis exámenes de matemáticas, comprendido el cálculo integral y diferencial, del que actualmente -y lo mismo para las otras ramas- no me acuerdo de nada.Sin embargo, gracias a esta disciplina se formó mi gusto por el pensamiento racional, mi amor por la exactitud matemática y la precisión.»