sábado, 15 de octubre de 2011

Flores de invierno

Aníbal Vázquez tiene todavía el pelo blanco como la última vez que lo había visto a finales del 2001 cuando, ya jubilado, militaba en los movimientos de desocupados.

Sus ojos parecen perdidos y a sus ochenta años seguramente convivirá con fantasmas que le hablan al oído.

El "Tordillo" le decíamos en los 70 cuando era delegado del gremio petrolero y caminaba en esa orilla confusa y dificil que existía entre la marea revolucionaria y los vientos de cambio por un lado y la vida del sindicato y las reivindicaciones por el otro.

Cuando yo trate con el por primera vez sentí un rechazo, que después descubrí como mutuo. Para mí el representaba la burocracia sindical, casi un lumpen sin conciencia que acompañaba la lista de la burocracia entreguista.

Para Aníbal, yo era la imagen de un joven de clase media metido a sindicalista. Un zurdito, de esos que abundaban a inicios o mediados de los '70.

Así empezamos, pero terminamos respetándonos como dos compañeros que luchan por defender derechos.

Propios y de otros.

EL "Tordillo" era uno de los dirigentes en la Shell cuando yo era un joven militante, que creía indefectiblemente que con conciencia, la clase obrera acabaría con la locura del capitalismo.

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Cuando me ve abre esos ojitos de hombre cansado y me dice:

-Loyolita !!

Lo abrazo y me pongo a llorar como un forro.

-¿Cómo andas hermanito? - le pregunto, mientras recuerdo, ese día de Marzo de 1976, que vino a decirme que vaya al vestuario y le diese a Funes lo que tuviese dentro de mi armario y que pudiera complicarme.

Funes era el encargado de cuidar en el vestuario de los obreros y tenía un par de sitios secretos donde guardar cosas.

Ese día los milicos de la dictadura asesina, el brazo de la contra revolución sangrienta, entraron a la Shell y nos hicieron abrir los armarios. Al menos a algunos de nosotros.

Lo que tenía en mi armario sin duda me hubiera puesto, cuando menos, en problemas, y el Tordillo se tomo ese trabajo de ayudarme pese a que yo militaba en la agrupación opuesta en el Sindicato.

Pero el tenía en su alma y en su esencia algo que la vida le había dado: pertenencia, solidaridad frente a un necesitado y un increíble espíritu de clase

Supe que lo que hizo por mí, fue porque admiraba lo que yo decía en las asambleas y le parecía extraño que ese pendejo de ojos celestes y pelo claro tuviese ese espíritu y ese compromiso.

Yo aprendí a respetarlo a él y a varios de los que militaban en su lista, y sacarme de encima ese prejuicio pequeño burgués e izquierdista del "burócrata sindical".

- Me aviso tu hermana que estabas internado. Sabés cuantas veces pensé en ir a visitarte a tu casa, y ahora vengo porque estas en el hospital. Soy un impresentable!!

Se sonríe. Y mueve esa cabeza llena de pequeños rulos blancos que contrastan contra esa piel mate. El color de la piel de los hijos del país, decía Don Huerta uno de los delegados de mi lista que era del Partido Comunista.

Primero le pregunto por su enfermedad y luego comenzamos a charlar más animadamente a recordar situaciones, personas que ambos conocimos.

Y al verlo algo mejor de ánimo, me siento feliz. Útil.

- Ese laburo me chupó la sangre Loyolita.- me dice, mientras bebe tranquilamente un té que le alcanzo la enfermera, supongo que, calmante.

Recuerdo la frase de Marx, que me dijo el Lobo los otros días: “El capital es trabajo muerto, que para vivir, necesita vampirizar el trabajo vivo”

Será-le digo mientras lo palmeo afectuosamente y lo ayudo a recordar momentos de acción en su vida, como delegado en la Shell.

Sonríe

-¿Que me decís de Cristinita?

- Viste que éramos buena gente!- le contesto al vuelo

Seguimos recordando y hablando animadamente hasta que la enfermera me avisa que debo retirarme

Entonces me mira a los ojos y no me dice nada pero me recuerda la imagen final de mi abuelo Carlos en el hospital.

Sus ojos me avisan que se va a morir

Salgo del Argerich y voy caminando por Brown hacia el café “Nuevo Paris”.

Allí quedé en encontrarme con el Lobo y terminar de repasar el informe para el Vasco Eliceche.

Cuando llego lo veo en una mesa cerca de una mesa de billar. Está leyendo y tomando notas.

- ¿Cómo anda tu amigo?


- Para atrás

- ¿Qué tiene?

- Menos plata, de todo

Me observa mientras cierra su carpeta de apuntes pero deja marcada y abierta la página del libro en la que estaba trabajando. Yo le pido un café al mozo y acomodo algunas sensaciones antes de hablar

- ¿Sabes?, Cuando estaba con el “Tordillo” me acorde de esa frase de Marx que me dijiste la otra vez, “El capital es...”- y giro mis dedos sin seguir la frase

Asiente

- Fue por algo que me dijo el. Pero creo que en mi cabeza relacioné al “Tordillo”, a ese hombre luchador que conocí y el que veía ahora débil, muy cercano a la muerte


El Lobo me escucha y no dice nada. Continúo

-Es como si un vampiro le hubiese sacado lo mejor de sí, se hubiese chupado no su sangre sino su espíritu

-Y ese vampiro te apareció con la cara de, digamos, Rattazzi...

-Seguramente

Quedo mirando ese paisaje que existe en el vacío cuando nuestros ojos miran sin ver.

- Quizás se pueda aprender algo de esto que sentiste. Quizás podamos entender que hay personas que están siempre. Aún cuando no las veamos porque están lejos o porque hayan dejado este mundo.
Personas que, como las flores de invierno se quedan, cuando las otras, las más bellas, las de mejor perfume nos han dejado porque llego el mal tiempo.


Tomo el libro que estaba leyendo el Lobo. Es una recopilación de poesías que tiene de algunas de Paco Urondo, José Martí y en la página que él tenía abierta había una poesía del Che Guevara llamada vieja María.

“…
Muere en paz, vieja luchadora.
Vas a morir, vieja María;
Treinta proyectos de mortaja
Dirán adiós con la mirada,
El día de estos que te vayas.
Vas a morir, vieja María,
Quedarán mudas las paredes de la sala
Cuando la muerte se conjugue con el asma
Y copulen su amor en tu garganta.
…”

Quizás sea así, Como mi querido amigo el Lobo dice, y tengamos la suerte de llevar en el alma el recuerdo de los necesarios. De los que, como las flores de invierno se quedan con nosotros cuando los demás desaparecen.

Y nos muestran, como flores que son, la hermosura de la vid.

Ebais

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