jueves, 24 de mayo de 2012

La Garlopa

Era una noche fría y desangelada, los ecos de una agria discusión telefónica con "La Tana", aun retumbaban en mi mente. De algún modo todo aquello se asociaba a la molestia de estar en ese bar mugriento de la calle Montevideo, esperando la llegada de Ruggero .


por Jorge Tejera.


Nada de todo aquello me gustaba, sabia, que  cuando algunas cosas comienzan a torcerse, otras suelen seguir la misma suerte, y esta no iba a ser la excepción.

Habían pasado dos noches, desde que el "Tano Ruggero" me despertara, como era su costumbre, con un llamado telefónico seco y misterioso .

Aun puedo sentir aquel agorero:

-Lobo, nos tenemos que ver.

Quedamos a las diez, eran las diez y media y el Tano no aparecía, pensé, me cago en él, y en sus misterios, comenzaba a preocuparme.

-Mozo, un café-,

Y ya era como el tercero, la acidez me estaba matando.

Afuera, la calle se raleaba, las figuras raudas comenzaban a dar lugar a otras, menos presurosas y más espectrales, las presencias de la noche.

Las voces en el boliche, se hacían opacas, y profundas, como de confesionario . El gallego Gavieiro, escarbaba sus fosas nasales en busca de tesoros ignotos y los curdas comenzaban a cabecear.

De pronto, a través de la ventana empañada, pude ver, lejana, la silueta del Tano enfundada en un viejo breto. 

Por un momento, quede absorto recordando a Orson Wells en el "Tercer Hombre" corriendo por las cloacas de la derruida Dresden, cuando el vozarrón del Tano Ruggero, me devolvió abruptamente a Buenos Aires.

- Que hacé Lobo?

El Tano estaba demacrado, sus ojos estaban inyectados y sus manos de dedos gruesos se entrelazaban en un enervante ejercicio.

- Tano!, queres parar con eso..., me estas poniendo nervioso.

- Si disculpame,... mozo una ginebra...

Los ojos de Ruggero se movían de izquierda a derecha como dos ratas encerradas.

Estaba muy incomodo con la situación, conocía las paranoias del Tano, y nos unía una vieja y probada amistad de años, cargada de mutuas indulgencias, pero esa vez era distinto. 

Me me sentía emantanado, en un sórdido territorio de fracasos, donde el curso del tiempo se precipitaba hacia una fosa negra, que no terminaba de aceptar como destino. Por esto, como todo animal acorralado, miserable y patético, no me sentía propenso al altruismo.

Encaré al tano con la furia ciega, de aquel que cree preservarse de la desintegración .

- Bueno Tano, dale, largá el rollo, esta vez en que balurdo me querés enroscar?

El Tano abrió grandes sus ojos surcados de hilos rojos y levanto sus manos grandes con las palmas abiertas, echándolas hacia atrás.

- Bueno, hermano, no sabia que te lo ibas a tomar así... disculpá, no tenia a quien acudir... pero si es así...

Y metiendo la mano en el bolsillo de ese sobretodo que sin duda conociera épocas mejores, llamó al mozo.

- Mozo, me cobra por favor...

- Pará, Tano... adonde vas?

- Me voy, veo que el horno no está para bollos... me voy...
que queres que te diga?

- Tano!... por favor quedate... estoy nervioso (agregué en forma de disculpa)

El Tano me envolvió con su mirada y pude percibir como ese rostro tallado en roca se iluminaba de ternura.

Inmediatamente agrego para romper el clima:

- Esta bien, me quedo, pero tengo que ir a mear...

No le gustaban las mariconeadas...,

Sin esperar comentarios, el Tano giro sobre sí mismo para perderse en el pasillo que conducía a ese compartimento húmedo que el Gallego Gavieiro dio en llamar pomposamente "Toilette". Me serene y volví la atención a la calle Montevideo que a esta altura de la noche no ofrecía mayores atractivos.

Pensé, en Ruggero, sin duda un alma grande, pensé en la extraña alquimia de la gran ciudad, capaz de destruir a los mejores hombres y , engordar de vanas materias a un ejercito de sombras...y por ultimo pensé en mi... en ese hecho miserable que acaba de provocar, cargado de toda esa violencia que conlleva la cobardía ceremonial que sabemos practicar los hombres pequeños.

Estaba absorto en estos pensamientos, cuando alguien arrojo sobre la mesa un billete de lotería. Levante bruscamente la mirada y vi el rostro sonriente de un vendedor que me dijo:

-La suerte muchacho, el "18"... la sangre...

-No gracias...

-Sortea el viernes, con la nacional, son dos pesitos...

-No gracias, macho, si yo juego un numero seguro sale una letra.

Sentencié, a modo de broche y mientras el vendedor se perdía entre las mesas, pude observar que según el gran reloj de madera que presidía el establecimiento de Gavieiro, habían pasado mas de veinte minutos desde la desaparición del Tano Ruggero al fin del pasillo del "Toilette".

Espere en vano cinco, diez minutos mas, y apenas conteniéndome para no correr, me precipite al baño atenazado por un impulso visceral.

Llegue hasta el baño , toque a la puerta del excusado y al no obtener respuesta tome el picaporte, y al girarlo ... mis ojos se toparon, con un grueso hilo de sangre que fluía por las baldosas gastadas, un río que fluía hasta dar en la mar, que en este caso era solo un charco del color del vino.

Mi corazón latía con fuerza, abrí la puerta del excusado y pude ver el cadáver del Tano, yacía enfundado en su viejo breto, yacía como un absurdo gladiador , derribado en una arena por demás indigna de su perfomance.

En el final de esa noche, lejos de la escena, lloraría amargamente.

Jamas podré contarle al Tano los pensamientos de esa noche, jamas volveré a palmear esas manos rugosas...

Tirado en la cama desvencijada del Hotel Nebraska, tomé mi ultima ranitidina con un resto de ginebra que aun quedaba en el fondo del vaso, mientras trataba de calmar los pensamientos.

Me perforaba la impotencia de no poder conocer la causa de esa horrible boleta que una mano artera le facturó al Tano, pero todo resultaba inútil, nunca podré sacarme de las entrañas, la pesada carga de haber basureado a un hombre que venia cuerpeándole a la muerte.

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