miércoles, 12 de julio de 2017

Borges, tres poemas al azar


Fundación mítica de Buenos Aires


¿Y fue por este río de sueñera y de barro 
que las proas vinieron a fundarme la patria? 
Irían a los tumbos los barquitos pintados 
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río 
era azulejo entonces como oriundo del cielo 
con su estrellita roja para marcar el sitio 
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron 
por un mar que tenía cinco lunas de anchura 
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos 
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa, 
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo, 
pero son embelecos fraguados en la Boca. 
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo 
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas. 
La manzana pareja que persiste en mi barrio: 
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe 
brilló y en la trastienda conversaron un truco; 
el almacén rosado floreció en un compadre, 
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte 
con su achacoso porte, su habanera y su gringo. 
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN, 
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa 
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres, 
los hombres compartieron un pasado ilusorio. 
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: 
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.


Spinoza

Las traslúcidas manos del judío 
labran en la penumbra los cristales 
y la tarde que muere es miedo y frío. 
(Las tardes a las tardes son iguales.)

Las manos y el espacio de jacinto 
que palidece en el confín del Ghetto 
casi no existen para el hombre quieto 
que está soñando un claro laberinto.

No lo turba la fama, ese reflejo 
de sueños en el sueño de otro espejo, 
ni el temeroso amor de las doncellas.

Libre de la metáfora y del mito 
labra un arduo cristal: el infinito 
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.



Dos formas del insomnio

¿Qué es el insomnio?

La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta. 
Es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los párpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es la vigilia, es pronunciar fragmentos de párrafos leídos hace ya muchos años, es saberse culpable de velar cuando los otros duermen, es querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de ser y de seguir siendo, es el alba dudosa.

¿Qué es la longevidad?

Es el horror de ser en un cuerpo humano cuyas facultades declinan, es un insomnio que se mide por décadas y no con agujas de acero, es el peso de mares y de pirámides, de antiguas bibliotecas y dinastías, de las auroras que vio Adán, es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi detestada voz, a mi nombre, a una rutina de recuerdos, al castellano, que no sé manejar, a la nostalgia del latín, que no sé, a querer hundirme en la muerte y no poder hundirme en la muerte, a ser y seguir siendo.



viernes, 7 de julio de 2017

Las alas bajo el brazo



Por Juan Forn - Dos poetas polacos ganaron el Nobel, Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska, y los dos decían que eran tres quienes lo habían ganado porque cuando se escriben los nombres de Milosz y Zymborska se escribe en tinta invisible el de Zbigniew Herbert también. No hablaban del pasado; hablaban de un poeta que era más joven que ellos y que había empezado a escribir después que ellos. Milosz ya había soplado las velitas de los cincuenta cuando pasó dos años de su exilio en Estados Unidos traduciendo 99 poemas de Herbert al inglés. Traducir 99 poemas no es gentileza ni visita turística: es irse a vivir a la poesía de otro. Szymborska también lo hizo, a su manera cuando le dieron el Nobel: “Cada vez que leí un poema de Herbert me senté a escribir”, dijo. Yo no sé polaco pero desde el primer poema de Herbert que leí quiero irme a vivir ahí.

Hay un poema suyo llamado “Cinco hombres”: van a fusilar a cinco hombres sin nombre, ya los sacaron de la celda, ya los pusieron contra el paredón, ya les dispararon, ya están “cubiertos hasta los ojos de sombra”, pero en el eco de los disparos se alcanza a oír como en una nube de qué hablaron en su última noche (“de sueños proféticos, de una escapada a un burdel, de autos, de naipes, de chicas, de frutas”) y en el techo del paladar se siente el sabor metálico de un minúsculo pétalo de sangre que se va esfumando hasta desaparecer. Leer ese poema es ser testigo, ser uno de los fusilados y ser uno de los que aprietan el gatillo y se van. Herbert era jovencito cuando lo escribió; acababa de terminar la Segunda Guerra. La resistencia polaca tenía algo hermoso: hacía terminar sus estudios en la clandestinidad a los jovencitos que interrumpían el secundario para sumarse a sus filas. Había profesores, les tomaban examen y hasta les daban diploma cuando se graduaban, en los sótanos donde estaban escondidos. Así se recibió Herbert, y así quiso seguir estudiando cuando terminó la guerra.

Pero eran nuevos tiempos y había nuevas reglas. Se matriculó en economía porque fue lo único que le dejaron estudiar en la universidad, después cursó leyes, y cuando pudo se pasó a filosofía, y cuando pudo se las arregló para abstenerse de la mascarada reglamentaria y rendirle cuentas a un solo tutor, el venerable Henryk Elzenberg, con quien logró repetir la atmósfera de educación clandestina que lo había formado, hasta que un día le dijo: “No me interesa ejercer la filosofía como profesión; prefiero seguir padeciéndola como emoción”.

A partir de entonces alimentó ratas en un laboratorio de vacunas contra el tifus a cambio de que lo dejaran dormir ahí, fue sereno de la Unión de Compositores de Varsovia, vendía su sangre cuando necesitaba plata, el único trabajo que le daban eran suplencias como maestro de escuela, porque en la resistencia había pertenecido al bando anticomunista y no quiso cambiar de opinión cuando Polonia quedó para los rusos después de la guerra. No le importaba mayormente esa vida a salto de mata porque le permitía hacer lo que en realidad quería más que nada en la vida: viajar o, mejor dicho, pisar el pasado viajando, sentir en los pies los lugares donde habían sucedido los grandes momentos del espíritu que lo subyugaban.

En la Polonia socialista, si convencías al estado de que eras poeta, te daban una beca de un salario mínimo y un permiso para salir del país durante lo que te durara ese estipendio, el equivalente en zlotys de cien dólares actuales.

Con un poema llamado “Reporte desde el Paraíso” Herbert logró engatusar a los cancerberos de la cultura, acceder a una de esas becas y salir por primera vez de Polonia (el poema: “En el paraíso, la semana de trabajo es de treinta horas / los salarios aumentan y los precios bajan / y el trabajo manual no cansa por la falta de gravedad / al principio iba a ser diferente: pura luz, música, abstracción / pero no pudieron separar bien el alma del cuerpo / y empezamos a llegar con una gota de grasa, una hebra de músculo / y hubo que enfrentar las consecuencias / de mezclar un grano de absoluto con un grano de materia / la contemplación de dios es sólo para los cien por ciento pneuma / el resto está pendiente de comunicados sobre milagros e inundaciones / cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”).

Así empezó a viajar, gracias a ese poema, mal comprendido por las autoridades. Para que esos pocos zlotys le rindieran más hacía esos viajes caminando y dormía donde lo agarraba la noche. Recorrió a pie, en escapadas de cien dólares a lo largo de los años, todo lo que pudo de Grecia, y después de Italia, y después de Francia y Alemania, y por fin de su último amor, Holanda. Después volvía y escribía poemas que trataban de acceder a la noche de Pascal y a la ira de Aquiles, al aburrimiento de los dioses y a la alegría del primer pitecantropus dibujando con el dedo en las cuevas de Altamira, al lugar donde Prometeo se tocaba con Vermeer y Paracelso con Beethoven, y cada uno de esos poemas era como un fragmento de la conversación de aquellos fusilados la noche antes de morir.

Para las autoridades socialistas era un católico anticomunista, para los católicos wojtilistas era un pagano solapado, para los disidentes ateos era un enfermo de leyendas, para los nacionalistas a la violeta era un enemigo de la patria, para los jóvenes transgresores era un enemigo de la vanguardia.

Herbert ya había decidido dónde vivía, desde dónde hablaba: “En la ciudad estalló la epidemia / del instinto de conservación / como monóxido de carbono impregna casas templos mercados / envenena los pozos cubre de moho el pan las estructuras de la mente / la prueba de la existencia del monstruo son sus víctimas / no es evidencia directa pero alcanza”.

No le hizo mayor diferencia cuando cayó el Muro y se disolvió la URSS: “Obtuvimos la independencia como un regalo de la Historia, no derramamos sangre por ella. Fue como si los comunistas dijeran un día No haremos más perradas, vamos a tomar un trago, como le habla un polaco a otro. Nuestros mayores enemigos siguen siendo los de siempre: la hipocresía y la megalomanía, el narcisismo de los pobres de espíritu”.

En un poema llamado “Intento de Disolución de la Mitología” dice que los dioses se juntaron un día y decidieron abandonar el negocio y unirse a la sociedad racional para seguir tirando. A la caída de la tarde encaran hacia la ciudad con documentos falsos y un puñado de monedas de cobre en el bolsillo.

Cuando cruzan un puente, Hermes se tira al río pero nadie atina a salvarlo: están demasiado ocupados tratando de decidir si es un buen o mal augurio, como polacos en una taberna. Murió cuando Polonia que llevaba diez años libre de la bota soviética y el desvelo colectivo en las tabernas polacas era ahora el ingreso a la Unión Europea. Milosz y Szymborzka lo sobrevivieron y fueron a su funeral.

Tuvieron que hacer un viaje en auto de diez horas para llegar al cementerio en el campo donde lo enterraron. Hubieran debido ir a pie, pero estaban demasiado viejitos. En el auto, mientras Milosz hablaba sin parar de lo sola que quedaba Polonia sin Herbert, Szymborska lo interrumpió casi sin darse cuenta y se puso a recitar mirando el paisaje por la ventanilla: “Y cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”.

Para El Rufián Melancólico de la calle Bolívar

viernes, 30 de junio de 2017

Vas a soñar conmigo

por Juan Forn - Cuando el jovencito Saul Bellow leyó por primera vez a Delmore Schwartz, en su cuartito de pensión en Chicago, supo al instante que ésa era la voz que había estado esperando y partió en peregrinación al Village de Nueva York a conocerlo, a rendirle tributo, a absorber de él todo lo que pudiera. Y, por supuesto, a envidiarle cara a cara el talento, la suerte, la fama. Porque con apenas dos años más que Bellow y un solo libro (En los sueños empiezan las responsabilidades), el joven Delmore Schwartz ya había tomado el cielo por asalto: desde la izquierda hasta la derecha, del Partisan Review a la revista Time, de Harvard a los bares del Village, él hablaba y todos callaban de golpe para escucharlo.

Delmore Schwartz era esencialmente un poeta. Aunque escribía ensayos y cuentos tan brillantes como sus poemas, era esencialmente una voz, una voz irresistible, de la que todos esperaban La Gran Novela Americana. Bellow se arrimó encandilado, como discípulo pero al mismo tiempo como secreto par de Schwartz: porque en lo más íntimo sentía que él también estaba destinado a tener una voz equivalente y una grandeza ídem. Delmore ha de haberle sacado la ficha enseguida porque eran tal para cual: los dos eran hijos de la Depresión, judíos pobres de padres inmigrantes, que vieron en la inteligencia, en los libros, la posibilidad de construirse a sí mismos y salir al mundo a decir: “¡Eh, todos, escuchen!”, y tener la convicción absoluta de que el mundo se iba a parar a escuchar.

Hicieron contacto al instante. Durante un tiempo Bellow fue para Delmore Schwartz el compadre perfecto: partenaire, sparring, alma gemela, cofrade de delirios. Eran los eufóricos años posteriores al fin de la Segunda Guerra, todo era posible, todo estaba empezando de nuevo, y Delmore le hizo creer a Bellow que no sólo eran el futuro de la literatura norteamericana, sino que en cualquier momento serían convocados desde lo más alto para definir el nuevo orden de las cosas en su país. Bellow iba subido a la ola de Delmore, era imposible resistirse a su convicción, su elocuencia, su hipnótico encanto.

Los padres judíos de Delmore le dieron a su hijo ese nombre patricio en un arranque de candorosas pretensiones, pero el hijo se lo tomó al pie de la letra: respondió con tan asombrosa fidelidad a ese nombre, a la actitud ante el mundo que suponía, que hasta sus peores enemigos lo llamaron siempre Delmore, que no era lo mismo que decirle Schwartz. Quiero decir con esto que Delmore Schwartz creía realmente que lo tenía todo, que estaba llamado a llegar más alto que cualquier otro escritor norteamericano, y eso pasó a ocupar tanto espacio en su febril cabeza que no le dejaba tiempo para escribir ni La Gran Novela Americana ni ningún otro de los libros que debía estar escribiendo.

Bellow, en cambio, entendió bien rápido que él no era un Delmore, él era un rusito de Chicago y más le valía ponerse a escribir libros que desvelarse con el llamado de las altas esferas, así que les dijo adiós a Delmore y a Nueva York y se fue a París con dos mangos, en busca de su propia voz. La encontró: escribió Augie March (“I am an American, Chicago born...”) y volvió a su tierra y con esa misma voz escribió Herzog (“If I’m out of my mind, it’s allright with me...”). Mientras tanto, los sueños de grandeza de Delmore habían ido virando a pesadillas. El estupor de no haber sido el que iba a ser lo había convertido en un monstruo autodestructivo que, en 1966, apareció muerto en un hotel para indigentes del Bowery. El cadáver estuvo dos días en la morgue hasta que supieron quién era. Nadie se acordaba de él. O, mejor dicho, se acordaban demasiado de las homéricas borracheras, los brotes psicóticos, las internaciones y escapadas del loquero, los autos chocados, las llamadas telefónicas furiosas a las tres de la mañana demandando lo que le correspondía, porque Delmore Schwartz creyó hasta el fin de sus días que tenía “derecho soberano sobre la fortuna del mundo”.

Delmore y Bellow sellaron en una noche de borrachera su amistad, su confianza en el futuro mutuo, firmándose sendos cheques en blanco (“¿Qué clase de norteamericanos seríamos si fuésemos inocentes respecto al dinero?”). Años más tarde, cuando Delmore ya estaba envenenado por el éxito de Bellow, le escribió una carta (en lápiz y en un papel arrugado, metido de cualquier manera en un sobre) donde decía: “¿Quieres saber por qué te la tengo jurada? Porque tú me dijiste que iba a ser el gran poeta del siglo. Viniste desde Chicago y me dijiste que yo sería la voz del siglo. ¿Tienes algo para decir ahora? Porque yo sí: vas a soñar conmigo hasta el fin de tus días”. Y, como el propio Delmore había escrito una vez, en los sueños empiezan las responsabilidades.

Nueve años más tarde, Bellow publicó una novela que cuenta la historia de su amistad y su enemistad con Schwartz. Logró poner en ella la admiración a distancia, el acercamiento, el rol de discípulo confidente, la competencia, las primeras grietas de la decepción, la envidia, la pelea, el triunfo, la contemplación del fracaso del otro, el mal sabor de ser el que ganó, el que vio morir al otro. La novela se llama El legado de Humboldt porque Humboldt, el que muere indigente y olvidado, le deja algo al que sobrevive, o sea a Bellow, que es exitoso y millonario pero al final de la novela va a quedarse sin nada o, mejor dicho, sólo con el legado que le dejó el hombre que más lo odiaba en el mundo, aquel con el cual intercambió cheques en blanco la noche en que sellaron su amistad eterna.

En esa época de máxima camaradería se pusieron a escribir un guión para Hollywood que creyeron que iba a hacerlos millonarios: la historia del noruego Amundsen, el italiano Nobile y la conquista del Polo Norte. Amundsen quería llegar al Polo Sur, en realidad, y no podía juntar la plata para la expedición, hasta que le apareció un financista que le propuso llegar al Polo Norte en globo, que era más factible y más barato que llegar en barco a la Antártida. Llevaron a Nobile como piloto porque era el as de los dirigibles. Al italiano lo envenenó que Amundsen se llevara todos los laureles y convenció a Mussolini para que le financiara una nueva expedición. El globo cayó en el Ártico y el primero en salir al rescate en un hidroavión fue Amundsen, que odiaba a Nobile tanto como éste lo odiaba a él. El avión de Amundsen se perdió en una tormenta y no se encontraron ni sus restos. Nobile fue rescatado por un barco ruso y volvió, maltrecho pero vivo, a una Italia que lo recibió eufórica, para su estupor y malsabor.

Hollywood descartó con desdén la idea: a quién le importaba Umberto Nobile, quién se acordaba de él. Podrían haber dicho lo mismo de Delmore Schwartz: a quién le importaba, quién se acordaba de él, hasta que su mayor enemigo, el hombre que le había robado la gloria, lo rescató del olvido con una novela, que no sé si es La Gran Novela Americana pero es la mejor novela de escritores que leí en mi vida.

jueves, 2 de marzo de 2017

Sábato y la metafisica de la calle



Ernesto Sábato reflexionó alguna vez acerca del tango:

..."Nuestra nostalgia, nuestra tristeza, nuestro profundo sentimiento de soledad, hasta nuestro cínico exitismo revelan una curiosa propensión metafísica".

Y esa "metafísica de la calle"  tiene su origen en la "zona de fractura" que constituye América, porque "aquí somos mas transitorios y efímeros que en París o en Roma, vivimos como en un campamento en medio de un terremoto y ni siquiera sentimos ese simulacro de la eternidad que allá está constituido por una tradición milenaria"...

 

AL BUENOS AIRES QUE SE FUE


Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires
hacen sentir más la soledad
busco un suburbio en el crepúspulo, y entonces,
a través de un brumoso territorio de medio siglo
enriquecido y desvastado por el amor y el desengaño,
miro hacia aquel niño que fui en otro tiempo.

Melancólicamente me recuerdo
sintiendo las primeras gotas de una lluvia
en la tierra reseca de mis calles sobre los techos de zinc.
"Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva",
hasta que los pájaros cantaban y corríamos descalzos,
a largar los barquitos de papel.

Tiempos de las cintas de Tom Mix y de las figuritas de colores,
de Tesorieri, Mutis y Bidoglio,
tiempo de las calesitas a caballo,
de los manises calientes en las tardes invernales,
de la locomotora chiquita y su silbato.

Mundo que apenas entrevemos cuando estamos muy solos,
en este caos del ruido y del cemento,
ya sin lugar para los patios con glisinas y claveles,
donde una chica casadera cantaba algo de un pañuelito blanco,
mientras planchaba la ropa del hermano.

Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires,
hacen sentir más la soledad,
salgo a caminar por esos barrios que tímidamente, con vergüenza,
conservan algún minúsculo tesoro de un pasado menos duro,
una maceta con malvones, alguna reja rezagada.

Pero ya Boedo no es el que cantó De Caro,
ni Chiclana la calle de Esthercita,
ni Puente Alsina en la vieja barriada
que vio nacer al poeta callejero.

En vano buscaremos las muchachas
en torno del gringo y su organito,
ansiosamente mirando la cotorra,
esperando de su pico la buenas suerte o el amor.

Feliz de vos, Homero Manzi, que te fuiste a tiempo,
cuando aún era posible escribir esas canciones de trenzas y almacenes,
cuando todavía los espíritus no estaban resecados,
por la ferocidad y la violencia.

Ya no hay novias detrás de las persianas,
esperando al gringo y su monito.
Ya murió el último organito
y el alma del suburbio se quedó sin voz.

Ernesto Sábato

domingo, 16 de junio de 2013

El reencuentro

por Ellé Otíbel

Se decidió a hablar con ella una tarde cualquiera, en la que la búsqueda de
respuestas que trascendieran las costumbres del hábito se le imponía por azar o por convicción. Se dirigió entonces a una caverna solitaria, donde apenas se oía el ruido del viento.

Necesitaba hablarle. Encontrarse con esa mujer casi desconocida desde su adultez irreversible. Dibujarla de nuevo en su memoria. Conectarse con el olor de esas manos que alguna vez habían acariciado sus despertares. Reconstruir su rostro y volver a acariciarlo. Saltar nuevamente sobre  su cuerpo moribundo y que ella volviera a decirles   a todos que la dejaran, que era sólo una niña y que podía permitirse ser  desatinada, porque sólo un niño inconciente puede bailar y saltar alrededor de un moribundo como si nada desgarrador fuera a suceder, como si la sola presencia de la madre le augurara un mundo siempre uterino, nutricio, predecible.

Necesitaba escuchar de su boca lo que le contaban que  la mujer decía y gritaba a los cuatro vientos, que no había otra tan hermosa como ella, ni tan buena hija, ni tan primorosa para lucir aquellas ropas que cosía hasta el alba con sus manos. Llorar no sólo si lo trágico lo ameritaba, volver a transitar los caprichos de sus tres años y que ella estuviera ahí  para abrazarla y darle el gusto, con el único fin de evitarle cualquier mínimo padecimiento.

Recuperar el sonido de su voz, con aquella agudez musical, plagada de romerías y muñeiras, deseándole lo mejor del mundo cuando sólo era un pequeño montoncito de células creciendo en su vientre.

Entender el porqué de las tristezas de su madre y ponerle nombre al estallido prematuro y mortal de su sangre, cuando en apariencia lo tenía todo para ser dichosa.

Escuchar de su boca qué se siente al saber que la madre de una desanudaba los engorros del hambre de la posguerra amamantando a niños cubanos de familias ricas, calcificando los sueños de vaya uno a saber qué huesos, y rogando que, por lo menos, aquella privación de mujer pobre hubiera germinado en rebeliones.

Saber qué había sentido ante su muerte , viendo cómo el tifus la reducía a despojos y la pobreza alejaba a los médicos. Entender por qué decía con tanta recurrencia y siendo tan joven, que había logrado ser tan feliz que podía morirse en paz, si se supone que uno sólo se muere en paz cuando ya ha cumplido su misión en esta vida, cuando ha logrado trascender y aprender todo lo que el devenir le ha deparado  para seguir en camino.

Quería contarle cuánto le había costado convertirse en mujer sin su presencia,  cómo tuvo que buscarla en otras mujeres que por intuición había sentido que tenían algo de ella. Sabía que tenían en común el gusto por dilatar el comienzo del día, seguramente en franca rebeldía contra los obligados despertares infantiles de la madre, que por necesidad campesina debían coincidir con el canto de los gallos.

Sabía también que, sin dejar de lado sus raíces, ella se había  acostumbrado muy rápido a las bendiciones de aquel Buenos Aires que allá por fines de los cincuenta era una fiesta en comparación con la Galicia de la posguerra. Esa capacidad de adaptarse rápido a los placeres la había heredado su hermana, que luego de intentar develar a través del conocimiento el sentido completo de la existencia, y, tal vez, como modo de reparar lo inexplicable de la muerte, había elegido pasárselo lo mejor posible y disfrutar hasta que se acabara el mundo. Es cierto que su elección fue transitar caminos  demasiado narcisistas, con los que ella no acordaba en absoluto y que las distanciaban de modo casi irreparable, pero se había propuesto encarecidamente no juzgarla. Bastante tenía ya con soportar también su ausencia.

Conocía por los relatos de todos los que se empeñan en desgarrar la ausencia con cuentos sobre los muertos, que sus padres habían vivido un amor de esos que perturban el alma y los sentidos, en los que el cuerpo y el espíritu se revolucionan con la convocatoria de la piel y el frenesí del encuentro de lo que es análogo y opuesto a la vez. Sabía también que la pobreza los había llevado a unirse frente a Dios y a separar la convivencia, porque querían amarse sin censuras externas ni internas, pero no tenían ni un centavo para planear una vida juntos.

Le habría gustado tenerla a su lado para significar sus elecciones, para escuchar su  lucidez  de mujer valiente o, tal vez para que le mostrara sus contradicciones y debilidades y la ayudara a echar luz sobre las propias. Para escuchar de su boca cuánto de real y de fantástico tenía en verdad la madre que aquella muerte prematura  la había obligado a construir en su cabeza y en su corazón.

Se había hecho fuerte por obligación. No había tenido demasiadas opciones. La vida la enfrentó al desgarro de la ausencia a los cuatro años .Entonces, había comprimido   todo su amor filial en el maravilloso padre que la mujer había elegido para ella.

El hombre mago la convirtió en una persona digna, luchadora, generosa. Como buen padre y varón, enjugó sus lágrimas y curó sus heridas, pero no le dio tiempo para llorar demasiado.

Él le habló mucho de sus fortalezas espirituales, y, sobre todo, le dio de mamar las suyas. Le hizo aprender a encontrar maravillas y significados en las pequeñas cosas.

Él nunca había tenido grandes ambiciones, salvo la satisfacción y el orgullo de poder dormir con la conciencia tranquila.

A veces, ella no lo comprendía y la  enojaban sus rigideces,  pero lo cierto es que, si su presencia en su vida hubiera sido optativa, lo habría elegido voluntariamente como padre para ella y como abuelo para sus hijos. Era uno de esos seres que pueden rescatarlo a uno de cualquier infierno, sólo con el milagro cotidiano del sabor dulzón de un jugo de naranjas exprimido, preparado a la hora indicada, para revelarnos en ese acto de amor que nada puede ser tan terrible como parece. Comprimía lo femenino y lo masculino en un solo ser, y eso era, seguramente, lo que más los unía.

De pronto, una brisa ligera le acarició el rostro. Pareció despertar de sus cavilaciones y se dirigió a la salida de la caverna.

Se quitó los zapatos y pisó la tierra húmeda. Cerró los ojos y se dejó llevar por la fluidez del viento.

Entonces, y con absoluta claridad, se percibió atravesando un túnel, despojada de su cuerpo actual, ingrávida, atemporal.

Se escuchó llorar con el jadeo de sus cinco años y se divisó también con una ronquera anciana. Se palpó en las caderas las turgencias adolescentes y, al mismo tiempo, descubrió en su cabellera las primeras canas y el cansancio de los huesos seniles. Vio sus manos infantiles con las uñas mordidas y, a la vez, sembradas de las manchas ocres del tiempo y de venas como caminos.

Al final del túnel, una mano tibia le acarició la frente.

Entonces, optó por renacer…
 

Manifiesto descabellado

por Ellé Otibel

No me gustan los miércoles. Fundamentalmente, porque me levanto cansado, de un pésimo humor y con la sensación de estar partido al medio.

Las personas suelen manifestarme que esos días tengo los ojos tristes y el andar lento, comentarios seguramente bienintencionados, no lo dudo, pero que sólo aumentan mi disgusto.

Con respecto al malestar señalado, tal vez últimamente me haya vuelto adicto a los pensamientos obsesivos y a encontrar razones donde no las hay. Ando investigando en viejos calendarios, convencido que todas las desgracias de mi vida y todos los males que ha padecido la humanidad entera a lo largo de la historia, seguramente sucedieron un miércoles. No encuentro pruebas contundentes al respecto, es verdad, pero sigo empeñado en hacer valer mi teoría a toda costa. De todos modos, nadie hará el más mínimo esfuerzo por refutar una estupidez semejante.

El miércoles pasado, mi terapeuta puso un increíble empeño para ayudarme a reconstruir los miércoles de mi infancia.

Yo recordaba más o menos las mismas imágenes de siempre, esas que se obstinan en aparecer como fantasmas en cada sesión de terapia: el patio de la niñez, los atardeceres vacíos, las ausencias evocadas ayer y hoy, la soledad tal vez real o vislumbrada, las primeras sombras del crepúsculo y mis desesperados intentos por ser feliz a costa de lo que fuera.

En esas a veces infructuosas búsquedas, descubro también nuevos enconos: además de no gustarme los miércoles, tampoco me gustan los octubres. Es cierto que admiro sus manifestaciones exteriores: me deslumbran los olores de las primeras flores que se orean en los balcones y la tibieza de la brisa de los amaneceres; me cautivan la prolongación de las luces de los días y la sensación virtual de tener más tiempo para todo.

Tal bienaventuranza es solamente ilusoria, y seguramente no sea más que la prueba contundente de la maldad de los octubres, porque el día sigue teniendo veinticuatro horas y las siete de la tarde siguen siendo, como en otoño, las siete de la tarde. Pero la luz que se prolonga se revela engañosa en las mentes y en las almas, alargando las vigilias sin sentido alguno.

Como decía, no me gustan los octubres. Y también les atribuyo, seguramente con injusticia, todos los sinsabores de mi vida y todas las desgracias que ha padecido la humanidad entera a lo largo de la historia. No me culpo ni me preocupo: probablemente, ni los miércoles ni los octubres harán nada para persuadirme de mi error, si es que el mismo existe. Y hoy por hoy, sólo estoy preparado para librar batallas con enemigos que no opongan resistencia. Una guerra verdadera me pondría demasiado en juego.

Recuerdo un octubre de la infancia con un desasosiego tal que me deja desnudo. Pero intentaré desatender las molestias que me genera el hecho de sentirme vulnerable y relataré la historia con la mayor objetividad posible, si es que puede considerarse que alguien pueda ser objetivo en una evocación supeditada al unívoco impacto de la propia experiencia.

Mi madre había muerto de manera inesperada unos pocos meses atrás. Yo tenía cinco años. La maestra de preescolar pidió que lleváramos a la escuela un ovillo de lana de aproximadamente quinientos gramos de peso.

Mi padre me acompañó a comprar el ovillo. Lo elegí de color mostaza, luminoso y brillante.
Llegué contento a la escuela, dispuesto a desenredar la madeja y a construir la mejor de mis creaciones infantiles. Por aquellos días y por muchos de los que vendrían, esos juegos artísticos constituirían para mí el mejor de los exorcismos.

La señorita Adriana (así se llamaba mi maestra de preescolar) propuso entonces que fabricáramos un muñeco para regalarle a nuestras mamás el domingo siguiente, en el cual se festejaba el día de las madres.

Debo decir que no recuerdo el hecho con total certeza, pero sospecho que seguramente sucedió un miércoles de octubre de 1972.

Mientras mis compañeros de la clase incrustaban sus deditos en la lana, armando y desarmando homenajes con esos movimientos entre torpes y coordinados, yo me quedé parado en un rincón. Mientras el salón de bullía de movimiento y griteríos, un vacío incomparable se me dibujó en el pecho. En los años siguientes esa sensación sería tan habitual que casi pasaría desapercibida, pero por entonces todavía olía a novedad.

La señorita Adriana detectó, con tardía lucidez, mi desasosiego. Me sentó en su falda y pronunció unas cuantas frases hechas a las cuales yo ya me había acostumbrado, pues eran las que solían repetirme los adultos por aquellos tiempos: tu mamá está en el cielo y te cuida y te protege y está orgullosa de tí porque eres un niño bueno que obedece a sus mayores y honra a Dios por sobre todas las cosas.

Recuerdo que lloré por unos minutos sobre su falda, apoyando mi mejilla sobre su pecho.
Habrá creído la señorita Adriana que sus palabras me consolaban.
Seguramente no entendía que yo extrañaba a mi mamá, y que aquel regazo en el que me acurrucaba, y la tibieza de su abrazo, me permitían evocar con sus aromas las caricias que había perdido, y de esa manera, poder perdonarle su inconmensurable estupidez.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Como traída desde lejos cae

por Marcia Bredice

Esta lluvia tiene el sonido de la nostalgia. Cae. Como traída desde lejos cae.

Golpetea contra el filo abrumador del recuerdo y, penetrante, va filtrándose en el humus del tímpano, de la trompa de Eustaquio, de la memoria.

Hace retener un llanto en los músculos, en las tripas. Humedece los lagrimales. Baja hasta el metatarso y lo inmoviliza. Paraliza los tendones y los nervios. Duerme arrodillada en la cornisa de la aorta.

Habla de las ausencias que imborrables se afianzan a los días, de la tibieza que los presentes convierten en brasero.

Suena al eco silencioso en el que resuena la distancia del destierro. Suena a ciclos y a estaciones y a secretos de la tierra.

Viene a inundar los huecos, las llagas, los surcos en que van abriéndose camino las semillas, las arrugas.

Sopla. Como un halo inconsistente sopla. Mueve las cortinas. Respira por debajo de las puertas. Rebalsa en la losa escandalosa que floja la junta en su contorno.

Vuelve a crepitar sobre la viscosidad del empedrado, sobre la rectitud impenetrable de la chapa.

Insiste el inagotable fluir del cántaro.

Acomoda a la tarde su colchón el agua.

Cae sobre el barro ya logrado y otra vez lo enfanga.

Cae sobre la rocosidad del hormigón y se evapora.

Se desprende de las horas y las plantas y parsimoniosa cae sobre la frente inalterable de la tarde.

Cesa, de pronto, sin anuncios. Cesa en su crepitar sobre los charcos.

Van escurriéndose de lluvia los paraguas, los transeúntes y sus almas.

Van quitándose los restos de esta lluvia los perros, las palomas.

La humedad, huérfana de excusas, pesa en nuestros huesos su caudal de agua.

¿Cuántas ganas de llover tiene esta lluvia? ¿Cuántas ganas de esta lluvia tiene el alma?

¿Cuántos morirán en París, con aguacero? ¿Cuántos Césares Vallejos lloverán sobre los charcos de las páginas? ¿Dónde le vio García Lorca su vago secreto de ternura? ¿Dónde Borges la vio ocurrir en un pasado?

Si tiene el crujido del presente y la revelación precisa del incordio, las uñas clavadas en los dientes y la asonancia del silencio sigiloso.

Tiene esta lluvia el sonido de la nostalgia. Como traída desde lejos cae. Se agita, llega cansada. En el filo abrumador del desconsuelo golpetea y en el humus de la memoria queda, demorada.

Llueve como siempre. Llueve y es agosto y la muerte y el amor y la muerte del amor entre nosotros.

La lluvia es una novia arrepentida, encerrada en su cuarto el día antes de su boda, tiene entre las manos un velo enmohecido y llora, llora.

viernes, 24 de agosto de 2012

Un cuaderno negro

Nina Berberova la última sobreviviente del barco de los filósofos

por Juan Forn

Princeton no podía jubilar a Nina Berberova de su cátedra de ruso porque en su pasaporte decía “fecha de nacimiento desconocida” y ella no recordaba cuántos años tenía. Terminaron pidiendo la información a la embajada soviética en Washington, que la derivó a la KGB en Moscú, que informó desconocer de quién le hablaban. Al enterarse, Berberova envió a la embajada el último ejemplar que le quedaba de su autobiografía (cuyas primeras líneas, hoy famosas, dicen: “Así empiezan estas páginas, oliendo aún a tierra húmeda y a moho, como olemos todos los desenterrados”). Lo dedicó a la KGB y lo firmó “Ultima Sobreviviente del Barco de los Filósofos”. En 1922, las autoridades soviéticas habían fletado al exilio, en un carguero alemán, a más de cien intelectuales considerados inservibles para la Revolución. La lista la había armado el propio Lenin. Berberova iba en ese barco. Era menor de edad, se había casado con el poeta Jodasevich para poder partir con él. Creía que Rusia iba en ese barco, que no se podía aspirar a mejores maestros. Berberova quería escribir.

Escribió. En París, mientras Jodasevich languidecía de melancolía por Rusia, ella escribió notas que firmaba con el nombre de él (para poder cobrarlas) en las únicas dos revistas de la emigración que pagaban, hasta que dejaron de pagar. Gorki se apiadó de ellos y se los llevó a vivir a su casa en Sorrento. Gorki se carteaba con los grandes escritores europeos de su tiempo y necesitaba ayuda. Un día llegó una carta de Romain Rolland. Gorki pidió a Berberova que le tradujera: “Querido amigo y maestro –leyó ella–, he recibido en su carta el olor de las flores y el sol. Leerla fue como pasear por un jardín donde los rayos de luz del pensamiento transportan al cielo de la meditación...”. Gorki se irritó. “Pero, ¿qué dice este hombre? Yo sólo le pedí la dirección de Panait Istrati.” Rato más tarde le entregó a Berberova la respuesta para que la tradujera. Decía: “En los últimos años, el mundo camina hacia la luz y sólo quienes avanzan son dignos de recibir el nombre de hombres, en lugar destacado el camarada Panait Istrati, a quien usted, querido amigo y maestro, se refería en una de sus cartas y cuya dirección le ruego encarecidamente me envíe”.

Cuando Gorki se dejó convencer por Stalin y retornó a Rusia, Jodasevich terminó apiadándose de Berberova. Al llegar a París le pidió que le dejara un borscht para tres días y que se fuera, que empezara a firmar con su propio nombre lo que escribía, que lo dejara morir en paz. Ella consiguió una buhardilla en Billancourt, el barrio en las afueras de París donde estaba la fábrica Renault, y allí empezó a escribir unas fabulosas estampas de la vida cotidiana del “París ruso”, que las revistas de la emigración no querían publicarle porque contaban historias como la de los veteranos del Ejército Blanco que trabajaban en la Renault (famosos por tres cosas: su salud de hierro, su insólita sumisión a la policía y su negativa a sumarse a cualquier huelga), la de la Asociación de Ex Francesas (un grupo de institutrices que volvieron arruinadas a París después de la Revolución, luego de invertir todos sus ahorros en rublos zaristas, y pasaban las tardes en torno de un samovar recordando los viejos tiempos) o la de Alexei Remizov, secretario de la revista Problemas (quien en lugar de asistir a las reuniones de redacción prefería quedarse en la habitación contigua, donde acomodaba en círculo los zuecos y galochas de los miembros del comité, se sentaba en el centro y oficiaba una reunión paralela hablando con los zapatos de sus compañeros).

Luego de que un ruso blanco escapado de un manicomio matara a tiros a Paul Doumer, el presidente recién electo de Francia, la situación de los emigrados se volvió insostenible: ya no sólo se les negaba la ciudadanía sino también los permisos de trabajo. “¡Qué hartos estaban de nosotros!”, escribe Berberova en su autobiografía. “No sé qué nos hizo sobrevivir durante aquellos años. Eramos incapaces de leer libros nuevos o de releer libros viejos. Escribir nos producía una mezcla de miedo y repugnancia. Sólo teníamos un deseo: escondernos y callar.” Por esos días, Berberova conoció a un escritor emigrado de su misma generación, que firmaba sus libros “Sirin” para que no lo confundieran con su padre, el político asesinado en Berlín, Vladimir Dimitrievich Nabokov. La empatía fue absoluta, pasaron horas en un bar hablando de literatura hasta que Berberova dijo: “Pushkin se hubiera vuelto loco con Dostoievski. Dostoievski se hubiera desconcertado con Chejov. Y los tres nos despreciarían y se hubieran asqueado de nuestra degradación”. Nabokov se puso blanco, se levantó de su silla y, sin decir palabra, abandonó el bar.

Berberova sobrevivió a la guerra escondida en una granja en el sur de Francia. Volvió a París después de la liberación (caminando, tardó tres días), fue directo a Billancourt, al huerto abandonado que había al fondo del edificio donde había vivido, y desenterró un cuaderno negro que había dejado allí antes de escapar, en 1940. El cuaderno tenía todas sus hojas en blanco. Lo había comprado para escribir su autobiografía. Mientras lo desenterraba, una figura fantasmal se asomó por una de las ventanas; era una conocida rusa de los viejos tiempos, que le dijo desde allá arriba: “No me digas que has vuelto de la muerte”.

Ese cuaderno negro, con sus páginas aún en blanco, llegó con ella al puerto de Nueva York en 1950. Berberova viajó con una sola valija y setenta y cinco dólares en el bolsillo. Nadie la esperaba y no sabía una palabra de inglés. Tardó trece años en conseguir que Princeton le diera a regañadientes unas horas de cátedra a cambio de un departamentito en el campus. Recién entonces se sentó a llenar las páginas de su cuaderno negro. Un día la invitaron a una velada rusa en honor de la condesa Alexandra Tolstoi. Nabokov estaba allí. Ya había publicado Lolita. Era rico, famoso, había engordado, lucía una imponente calvicie y simulaba miopía para no tener que reconocer a quienes trataban de hacer contacto visual con él. En cierto momento, Berberova creyó que la estaba mirando y lo saludó con una inclinación de cabeza. Nabokov ni la registró. Nadie la registró, ni siquiera cuando se fue. La condesa Tolstoi se acercó entonces al escritor y le preguntó si era ella o él también olía a tierra húmeda. “A moho, más bien”, contestó Nabokov, frunciendo la nariz.

Princeton jubiló por fin a Berberova, pero no se atrevió a quitarle aquel departamentito en el campus. Ahí fue donde logró ubicarla el francés Hubert Nyssen, de la sofisticada editorial Actes Sud, que quería publicarle todos sus libros en París. Fue un éxito insospechado. Le dio un estrellato casi póstumo a Berberova: tenía 88 cuando ocurrió y murió cuatro años después. No conozco mejor retrato de la emigración rusa que su autobiografía (Las bastardillas son mías), que cierra con estas palabras de su amado Jodasevich: “En la época en que sucedieron estos versos yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie; apenas he llegado a ser”.

jueves, 16 de agosto de 2012

Y si viene un río gris.... by Lucas Carrasco

Preparé el mate y me senté, como tantas mañanas, tantas tardes, tantas siestas. Frente a la computadora. A leer la guerra comercial. La guerra de cerdos. Los operativos. De vez en cuando se encuentra algo brillante, una discusión interesante, un debate. Se aprenden, además, cosas. Y como debe pasarles a los que me leen a mí en alguna parte, de vez en cuando, aburre. Y se busca otra cosa. Y pasado un tiempo, a veces, también aveces, se vuelve. Y va resultando adictivo, seguir las líneas de pensamiento. Sus borgeanas bifurcaciones. Y después creés que conocés al autor de esas líneas. Le sospechás en qué lado escribe y cómo es ese lado, si en una oficina lúgubre, su casa, un cierto entorno.

La realidad suele tener tan poco encanto.Tan poco misterio. Recién llegado a Buenos Aires, en mi cama, al costado, para ni vacilar cuando tengo insomnio o una idea que creo buena o una mujer o todo eso incompatiblemente junto. Y una botella de agua, en un escritorio pequeño. Con un cenicero que no es tal sino un recipiente que por magia de las mudanzas encontré en la alacena de la cocina. Y tengo el mate. Y una hoja con algunas anotaciones a mano que se va llenando de polvo y nada más. Atrás, arriba de unos cajones entre pullóveres y camperas los libros que me mandan y voy de a poco regalando y aveces algunos leo y películas y revistas que van amontonándose. Pongo un disco y empiezo a teclear. El mate se me enfría. El tiempo me suspende, hasta en los entretiempos y contratiempos. Y nada más. ¿A quién puede importarle?

La persiana rota. Los personajes que invento. Las cosas que se cuelan. Atender, a veces, el teléfono. Ir hasta el baño, acá a dos pasos. Lavarme la cara. Cepillarme los dientes. Ducharme. Salir caminando un rato por el barrio de gente maximalista. Las manos en los bolsillos. Una parada para comer de parado. Llamando a algún amigo. Ir a la radio. Pasarla bien con amigos. Seguir la noche tomando un café en los alrededores o volverme como entre nieblas a terminar un escrito, desgrabar coordenadas de lo poco vivido y contado. Ir a las redes sociales cuando me aburro. Al otro día esforzarme por levantarme en horario convencional. Cobrar y pagar cuentas. Elegir verduras. Organizar una madrugada solitario con largas sesiones de cocina y escritura. Los días corren mientras tanto. Tirado en el sofá con las piernas descalzas apoyadas en la mesa leyendo un libro. Atender el teléfono. Ir a algún lado. Acordarme de cosas. Tomar un colectivo. Entre nervios que te hacen torpe o momentos de calma infinita. Condenado. Enojado. Riéndome. O con una tristeza de puta madre mientras me ducho. Mirando a la ventana. Sentado en la banquina. Esperando algo que venga, que llegue, que le de sentido a todo. Con un mayor escepticismo atribuible cómodamente a los años. Que van pasando. Hacia, quién sabe donde. Ese lugar donde se acaban las historias que podés leer y podés escribir.

Lucas Carrasco (2012)

viernes, 10 de agosto de 2012

Hermann Hesse: Medio siglo sin el 'lobo estepario

El mundo de la literatura conmemora esta semana los 50 años de la muerte del escritor suizo Hermann Hesse, premio Nobel en 1946 y autor de obras cumbre de la literatura en alemán del siglo XX como 'El lobo estepario' y 'Siddhartha'.

Nacido en Calw (Alemania) en 1877 y con nacionalidad suiza desde 1924, Hesse murió en Montagnola (Suiza) el 9 de agosto de 1962 dejando un legado literario convertido en 'best seller' mundial, con 140 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, de los cuales solo una sexta parte corresponde a las ediciones en alemán.

Junto a Thomas Mann y Stefan Zweig, es el autor de lengua alemana más leído hoy en día en el mundo y uno de los dos únicos autores suizos, junto a Carl Spitteler, galardonados con el Nobel.

Pese a este reconocimiento mundial y pese a que Hesse vivió las últimas cuatro décadas de su vida en Tesino (sur de Suiza) -donde escribió 'El lobo estepario', 'Siddhartha', 'Narciso y Goldmundo' y 'El juego de los abalorios'-, los helvéticos viven con cierta distancia este aniversario de un autor que ven como alemán.

Tractac del Lobo estepario

"Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario.

Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico".

"No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona".

"El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna"


Siddharta (fragmento)

" Siddharta.-¿Cuántos años crees que tiene el más anciano de los samanas, nuestro venerable profesor?

Govinda.-Quizá tenga unos sesenta.

Siddharta.-Tiene sesenta años y no ha llegado al nirvana. Tendrá setenta y ochenta años, como tú y yo los tendremos, y seguiremos con los ejercicios y ayunaremos y meditaremos. Pero nunca llegaremos al nirvana. Ni él, ni nosotros. Govinda, creo que seguramente ni uno de todos los samanas llegará al nirvana. Ni uno. Encontramos consuelo, alcanzamos la narcosis, aprendemos artes para engañarnos. Pero lo esencial, el camino de los caminos, éste no lo hallaremos. "

De la crisis personal al fenómeno global póstumo

Hesse admitió que la vida casera le resultaba opresiva y se embarcó en varios viajes al extranjero para alejarse de la familia, con la que regresó en 1912 a Suiza para instalarse en Berna. Allí el escritor trabajó para la embajada alemana, desde la que, años después, prestaría ayuda a prisioneros de la I Guerra Mundial.

Durante la primera gran guerra, coincidiendo con la muerte de su padre en 1916, Hesse volvió a sufrir una grave crisis emocional y comenzó a someterse a sesiones de psicoanálisis para hacer frente a a la inevitable ruptura de su familia en 1919.

Se separó de Bernoulli y volvió a casarse dos veces, la última de ellas con Nina Dolbin, con quien vivió en la Casa Rossa sus últimos años de vida, en los que su creatividad literaria declinó.

En esos años, se refugió en la pintura, inicialmente como terapia, para convertirse en una auténtica pasión, creando una importante obra pictórica de unas 3.000 acuarelas que recrean los colores y la belleza del Tesino, su "patria chica".

Su gran éxito literario fue póstumo, ya que sus obras pasaron a ser un fenómeno global a raíz de la guerra de Vietnam, cuando los movimientos pacifistas reivindicaron sus trabajos y sus libros se convirtieron en símbolos del 'Flower Power', con su mezcla de pacifismo, filosofía asiática y desorientación existencial.

lunes, 23 de julio de 2012

Artaud: Carta al señor legislador de la ley de estupefacientes

por Antonin Artaud

Señor legislador
Señor legislador de la ley de 1916 aprobada por decreto de julio de 1917 sobre estupefacientes, usted es un castrado.
Su ley sólo sirve para fastidiar la farmacia del mundo sin beneficio alguno para el nivel toxicómano de la nación, porque:

1º) La cantidad de toxicómanos que se proveen en las farmacias es insignificante;
2º) Los auténticos toxicómanos no se proveen en las farmacias;
3º) Los toxicómanos que se proveen en las farmacias son todos enfermos;
4º) La cantidad de toxicómanos enfermos es insignificante en comparación con la de los toxicómanos voluptuosos;
5º) Las reglamentaciones farmacéuticas de la droga jamás reprimirán a los toxicómanos voluptuosos y organizados;
6º) Nunca dejará de haber traficantes;
7º) Nunca dejará de haber toxicómanos por vicio, por pasión;
8º) Los toxicómanos enfermos tienen un derecho imprescriptible sobre la sociedad y es que los dejen en paz.

Es por sobre todas las cosas un asunto de conciencia.

La ley de estupefacientes deja en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del sufrimiento de los hombres; es una arrogancia peculiar de la medicina moderna pretender imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los berridos oficiales de la ley no tienen poder para actuar frente a este hecho de conciencia: a saber que soy mucho más dueño de mi sufrimiento que de mi muerte. Todo hombre es juez, y único juez, del grado de sufrimiento físico, o también de vacuidad mental que pueda verdaderamente tolerar.

Lucidez o no, hay una lucidez que nunca ninguna enfermedad me podrá arrebatar, es la lucidez que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina no tiene nada más que hacer que darme las sustancias que me permitan recuperar el uso de esta lucidez.

Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia ustedes son unos sucios pedantes y hay algo que debieran considerar mejor: el opio es esa imprescriptible y suprema sustancia que permite reenviar a la vida de su alma a aquellos que han tenido la desgracia de haberla perdido.

Hay un mal contra el cual el opio es irreemplazable y este mal se llama Angustia, en su variante mental, médica, psicológica, lógica o farmacéutica, como a ustedes les guste.

La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina desconoce.
La Angustia que su doctor no entiende.
La Angustia que arranca la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical de la vida.

Por su infame ustedes dejan en manos de gente en la que no tengo ninguna confianza, castrados en medicina, farmacéuticos de mierda, jueces fraudulentos, parteras, doctores, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia que en mí es tan mortal como las agujas de todas las brújulas del infierno.

¡Convulsiones del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire, llegar a una evaluación de mi sufrimiento más exacta que aquella fulminante de mi espíritu!

Toda la incierta ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que hay en mí.

Regresen a sus cuevas, médicos parásitos, y usted también señor Legislador Moutonnier que usted no delira por amor de los hombres sino por tradición de imbecilidad. Su ignorancia total de ese que es un hombre, sólo es equiparable a su idiotez pretendiendo limitarlo. Deseo que su ley caiga sobre su padre, su madre, su mujer y sus hijos y toda su posteridad. Mientras tanto yo aguanto su ley.


[Extraído de El Ombligo de los Limbos, 1925]

miércoles, 23 de mayo de 2012

La Garlopa

Era una noche fría y desangelada, los ecos de una agria discusión telefónica con "La Tana", aun retumbaban en mi mente. De algún modo todo aquello se asociaba a la molestia de estar en ese bar mugriento de la calle Montevideo, esperando la llegada de Ruggero .

por Loboalpha

Nada de todo aquello me gustaba, sabia, que inevitablemente cuando algunas cosas comienzan a torcerse, otras suelen seguir la misma suerte, y esta no iba a ser la excepción.

Habían pasado dos noches, desde que el "Tano Ruggero" me despertara, como era su costumbre, con un llamado telefónico seco y misterioso .

Aun puedo sentir aquel agorero:

-Lobo, nos tenemos que ver.

Quedamos a las diez, eran las diez y media y el Tano podrido no aparecía, pense, me cago en él, y en sus misterios, comenzaba a preocuparme.

-Mozo, un cafe-,

Y ya era como el tercero, la acidez me estaba matando.

Afuera, la calle se raleaba, las figuras fugaces comenzaban a dar lugar a otras, menos presurosas y más carnales, las presencias de la noche.

Las voces del boliche se hacían opacas, y profundas, como de confesionario . El gallego Gavieiro, se escarbaba las fosas nasales en busca de tesoros ignotos y los curdas comenzaban a cabecear.

De pronto, a través de la ventana empañada, pude ver, lejana, la silueta del Tano enfundada en un viejo breto, por un momento, quede absorto recordando a Orson Wells en el "Tercer Hombre" corriendo por las cloacas de Berlín, pero el vozarrón del Tano Ruggero me devolvió abruptamente a Buenos Aires.

- Que hacé Lobo?

El Tano estaba demacrado, sus ojos estaban inyectados y sus manos de dedos gruesos se entrelazaban en un enervante ejercicio.

- Tano!, queres parar con eso..., me estas poniendo nervioso.

- Si disculpame,... mozo una ginebra...

Los ojos de Ruggero se movían de izquierda a derecha como dos ratas encerradas.

No toleraba esa situación, estaba acostumbrado a las paranoias del Tano, nos unía una vieja y probada amistad de años, cargada de mutuas indulgencias, pero esa vez era distinto, yo me sentía confinado a un sórdido territorio de fracasos donde me parecía percibir el curso del tiempo precipitarse hacia una fosa negra que no terminaba de aceptar como destino, por esto, como todo animal acorralado, no estaba propenso al altruismo.

Encare al tano con la ceguera de quien cree preservarse de la desintegración .

- Bueno Tano, dale, largá el rollo, esta vez en que balurdo me querés enroscar?

El Tano abrió grandes sus ojos surcados de hilos rojos y levanto sus manos grandes con las palmas abiertas, echándolas hacia atrás.

- Bueno, hermano, no sabia que te lo ibas a tomar así... disculpá, no tenia a quien acudir... pero si es así...

Y metiendo la mano en el bolsillo de ese sobretodo que sin duda conociera épocas mejores, llamó al mozo.

- Mozo, me cobra por favor...

- Pará, Tano... adonde vas?

- Me voy, veo que el horno no está para bollos... me voy...
que queres que te diga?

- Tano!... por favor quedate... estoy nervioso (agregué en forma de disculpa)

El Tano me envolvió con su mirada y pude percibir como ese rostro tallado en roca se iluminaba de ternura.

Inmediatamente agrego para romper el clima:

- Esta bien, me quedo, pero tengo que ir a mear...

No le gustaban las mariconeadas...,

Sin esperar comentarios, el Tano giro sobre sí mismo para perderse en el pasillo que conducía a ese compartimento húmedo que el Gallego Gavieiro dio en llamar pomposamente "Toilette". Me serene y volví la atención a la calle Montevideo que a esta altura de la noche no ofrecía mayores atractivos.

Pense, en Ruggero, sin duda un alma grande, pense en la extraña alquimia de la gran ciudad, capaz de destruir a los mejores hombres y , engordar de vanas materias a un ejercito de sombras...y por ultimo pense en mi... en ese hecho miserable que acaba de provocar, cargado de toda esa violencia que conlleva la cobardía ceremonial que sabemos practicar los hombres pequeños.

Estaba absorto en estos pensamientos, cuando alguien arrojo sobre la mesa un billete de lotería. Levante bruscamente la mirada y vi el rostro sonriente de un vendedor que me dijo:

-La suerte muchacho, el "18"... la sangre...

-No gracias...

-Sortea el viernes, con la nacional, son dos pesitos...

-No gracias, macho, si yo juego un numero seguro sale una letra.

Sentencié, a modo de broche y mientras el vendedor se perdía entre las mesas, pude observar que según el gran reloj de madera que presidía el establecimiento de Gavieiro, habían pasado mas de veinte minutos desde la desaparición del Tano Ruggero al fin del pasillo del "Toilette".

Espere en vano cinco, diez minutos mas, y apenas conteniendome para no correr, me precipite al baño atenazado por un impulso visceral.

Llegue hasta el baño , toque a la puerta del excusado y al no obtener respuesta tome el picaporte, y al girarlo ... mis ojos se toparon, con un grueso hilo de sangre que fluía por las baldosas gastadas, un rio que fluía hasta dar en la mar, que en este caso era solo un charco del color del vino.

Mi corazón latía con fuerza, abrí la puerta del excusado y pude ver el cadáver del tano, yacía enfundado en su viejo breto, yacía como un absurdo gladiador , derribado en una arena por demás indigna de su perfomance.

En el final de esa noche,lejos de la escena y despreciablemente a salvo, lloraría amargamente.

Jamas podré contarle al Tano los pensamientos de esa noche ,jamas volveré a palmear esas manos rugosas...

Tirado en la cama desvencijada del Hotel Nebraska, tomé mi ultima ranitidina con un resto de ginebra que aun  quedaba en el fondo del vaso, mientras trataba de calmar los pensamientos.

Me perforaba la impotencia de no poder conocer la causa de esa horrible boleta que una mano artera le facturó al Tano, pero todo resultaba inútil, nunca podré sacarme de las entrañas la pesada carga indigesta de haber basureado a un hombre que venia cuerpeándole a la muerte.

sábado, 19 de mayo de 2012

El vocablo "Sanata"

A propósito del vocablo "Sanata", que engalana el nombre de nuestro blog (Garúa x2 Tras los pasos perdidos, sanata urbana) 

por José María Otero

Sanata es un vocablo que sacó de la manga Enrique Santos Discépolo. Nace en la tertulia que tenían en la calle Rioja entre Inclán y Salcedo, cuando vivía con su hermano Armando (11 años mayor) y señora, allí, a la muerte de su madre.

Se reunían en su casa o enfrente, en la del escultor Abraham Vigo, varios intelectuales como Agustín Riganelli y Facio Hébecquer (escultor-pintor), José González Castillo, Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto, González Pacheco y otros, bajo el signo de Kropotkin o Bakunin.

Enriquito tenía 14 años entonces y asistía emocionado a esa fuente cultural. Y también iba un personaje apellidado Zanata, vendedor de tienda, grandote, de manazas enormes que se quedaba embobado en esa bohemia donde se hablaba de arte, de pintura, de música, de poesía... nunca faltaba. Y siempre apoyaba todas las iniciativas. Era un buenazo, según Enrique, que por miedo a equivocarse decía a todo que sí y, a veces, chapurreaba frases sin puntada final, difuminándolas por falta de argumentación.

De allí sacaría Discepolín “lo zanateado”, en aquellas reuniones donde tanto aprendió. Algunas veces, acudía una mujer a las mismas, apodada La Circasiana. El caso es que Zanata la conoció en el atelier de Facio Hébecquer, como los demás, y se enamoró perdidamente de ella que era algo excéntrica. Y Discépolo contó en Radio Belgrano en 1947 esta historia y este final del drama amoroso: «Lo cierto es que una noche, Zanata faltó a nuestra tertulia. La verdad la trajo la madrugada, inesperadamente, cuando ninguno pensaba ya en Zanata... ¡Pobrecito!... ¡El trabajo que le habrá costado meter semejante dedo en el gatillo!...»

La segunda parte de esta historia me la contó Osvaldo Miranda. Fue un domingo, en el programa que teníamos con Osvaldo Papaleo en Radio Argentina de 8 a 12:30 de la mañana. El rey de la sanata, Fidel Pintos, vino ese domingo y se quedó todo el programa sanateando. Nos tirábamos por el piso. Fue genial. Vino en agradecimiento porque le habíamos dado un poco de manija al hijo, médico, gran tipo. En un aparte, Osvaldo que también estuvo en el programa toda la mañana y nos llenó de anécdotas, en un descanso para el noticiero y los anuncios, me reveló la historia:

Discépolo estaba haciendo Wunder Bar en el Ópera. Como la obra era en un cabaret trabajaban muchos artistas que desfilaban por el mismo. Al ser tantos, siempre caía enfermo alguno. Entonces Enrique corría a la Confitería-Bar La Paz donde estaban los parados y enganchaba a alguno para el reemplazo. Una noche enfermó a última hora uno que tenía varios diálogos con él y un poco largos. Preguntó, en la mesa del bar, a un grupo y Fidel Pintos se ofreció rápidamente.

«Tenés que aprenderte la letra a toda velocidad», lo apuró Enrique porque estaban cerca de la hora del comienzo. Fidel andaba sin guita y muy seguro respondió: «Si me la sé de memoria, quedate tranquilo...», y salieron corriendo para el teatro.

En el momento del diálogo Fidel comenzó a “sanatear”, decía parte de la frase y el resto la musitaba —como el personaje de Porcel en la película El gordo Villanueva: «Doctor bbbgggzzzññ de la Nación». Y Enrique mirándolo fijo en escena, en un momento dado, por lo bajito le dijo: «Huyyyy... estás zanateando...», recordando a aquel suicida de la historia.
Y en esas circunstancias, sin imaginárselo, patentó el término tan porteño —que con el tiempo se transformaría en “sanata”, con ese—, al que Fidel Pintos, maestro del murmullo y la improvisación explotó como nadie, con ese talento enorme que tenía.

de Tangos y Leyendas- http://www.todotango.com/Spanish/Biblioteca/Cronicas/leyenda_sanata.asp

lunes, 14 de mayo de 2012

Murió Mario Trejo

El poeta Mario Trejo, una de las voces mayores de la literatura argentina que atravesó distintas épocas de la producción poética hispanoamericana, murió el domingo por la noche a los 86 años.

por Jorge Boccanera / Telam

Trejo, nacido en Buenos Aires en 1926, fue también un personaje irreverente, irónico, provocador, que hizo de la insolencia y la rebeldía un camino de vida fogoneado por un espíritu siempre joven y alerta, tan presto al diálogo como al debate.

En ese sentido, para nada resulta extraño que su último libro aparecido hace dos años, "Los pájaros perdidos", sea un conjunto de poemas amorosos que resuman erotismo -en una de sus imágenes, escribe: "Y entre los labios de la noche/ Espía el número del sexo"- por medio de un lenguaje que alterna el coloquio urbano, los paisajes oníricos y un aire de crónica.

El itinerario del Trejo trasgresor lo ubica en el cruce entre los poetas reunidos alrededor de la revista surrealista "Letra y Línea", los "invencionistas" nucleados en la revista "Poesía Buenos Aires", los artistas del Instituto Di Tella y los "concretistas" brasileños.

Iniciada en 1946 con el libro "Celdas de la Sangre" su obra se continúa con los títulos "El uso de la palabra", Premiado en 1964 con el Casa de las Américas de Cuba - un libro aumentado y reeditado en diversos países- y su "Antología Poética" editada en 2006 por el Fondo Nacional de las Artes.

El Trejo escritor y personaje de la bohemia, se desdobla además en el poeta de canciones, el dramaturgo, el actor y el periodista.


Los Campeones de la noche

por Mario Trejo

Ninguna ley tengo para ofrecer
ninguna profecía
salvo la muerte y las revoluciones victoriosas

Dejemos entonces al guerrero en paz
y a los hermanos rotos en medio del camino
Pasemos al sacrificio
La ceremonia está servida:
abrazos celebrados detrás de la ciudad
besos en andenes movedizos
mudas consignas en salas de espera
y a veces ni un guiño
nada para despistar
nada para sobreentender
sólo los ojos lacios como en mesa de póker

Ya no podremos ser los elegidos por el sol
os cachorros feroces que asombrarían al mundo
Apenas si hemos nacido sin querer
viejos desconocidos a quienes llamo mis amigos
perdidos en el trasbordo y sin saber qué tren tomar!

Pero mis compatriotas juegan a dormir y a
olvidarse de todo
Borrachos que invocan a Dios como a una deuda de juego

soldados que hacen patria en los umbrales
álidos maricas dispuestos a fingir hasta el alba
parejas para las que ha terminado sin gloria
esta noche en la que tanto creyeron
y también el húmedo insomne
que mueve sus ojos desde el hospital
acechando el ruido de los libres
aullando por la droga que le traerá el olvido
el negro paraíso que es dormir una noche

Y aquí
en el centro de la ciudad
las tiernas actrices leen su nombre en el diario
y los tenebrosos también quieren saber
qué pasa en el mundo
mientras los coches llevan solitarias parejas
y todos tanteamos una cama y un nuevo sueño
y la mañana viene trayendo la luz y la paz
pero no para todos
apenas para nosotros
los ganadores
los verdaderos campeones de la noche.
A paco y Juan, indudablemente. .


Los textos de Trejo

De sus textos llevados a la canción destacan las letras de "La tristeza y el mar"con música de Waldo de los Ríos y los temas "Escándalos privados" y "Los pájaros perdidos", musicalizados ambas por Astor Piazzolla.

"Los pájaros perdidos", sin duda el tema que alcanzó mayor popularidad, sería interpretado por cantantes de la talla de Susana Rinaldi, Julia Zenko y Amelita Baltar, con versiones además al griego y japonés.

Entre otros artistas que grabaron temas de Trejos figuran la cantante italiana Milva, la norteamericana Jeanne Lee y el trompetista italiano Enrico Rava.

Ubicado en las corrientes teatrales de los años `60, escribió las piezas "El ángel rojo", "Libertad y otras intoxicaciones" -estrenada en 1967 en el marco del Instituto Di Tell- y "No hay piedad para Hamlet", en coautoría con el escritor Alberto Vanasco y con música de Enrique Villegas, y galardonada con el Premio Municipal de Teatro y el Premio Florencio Sánchez.

El poeta también se prodigó en trabajos para cine y televisión. Para la pantalla grande fue autor de los guiones de los filmes "Desarraigo" y "El final"; además de escribir en 1965 junto al director italiano Bertoluci "Kill me Future", una obra "fanta-político posnuclear"que no llega a filmarse.

Intervino además en 1965 como actor protagónico en el tercer episodio del documental "La vía del petróleo", del mismo Bertolucci.

En televisión intervino en los ciclos "Desnuda Buenos Aires" e "Historias de jóvenes", ciclo en el que colaborarían además los escritores David Viñas, Francisco Urondo y Osvaldo Dragún, y que obtuviera el Premio Martín Fierro en 1959.

El Trejo viajero se junta con el Trejo periodista que escribe sus crónicas desde Egipto, El Líbano, Siria, Chile y otras partes del mundo, mientras va entrevistando a personalidades de la cultura y la política internacional como Jorge Luis Borges, Ernesto Guevara, Yasser Arafat, Salvador Allende y, entre otros muchos, Ben Gurión.

Se había iniciado en el diario La Prensa, para colaborar luego en diversos medios que sentaron las bases del periodismo moderno en Argentina como las revistas Confirmado -en la que tuvo a su cargo la sección literaria- y Primera Plana en cuyas páginas dirigió la sección de Artes y Espectáculos.

El narrador Guillermo Saccomano, no ha dudado en calificar a Trejo como "un monstruo", un "poeta de obra solitaria (que) estuvo en todas. Mejor dicho, picó en todas y se las picó antes de que lo embalsamaran".

Outsider es la acepción que le dedica al poeta otro poeta, Jorge Madrazo: "Es un outsider de cuanto huela a lugar común, al confort de las posturas obvias y acomodaticias. Por eso suele llevar la contraria".

Uno de sus amigos más cercanos, el poeta y periodista Reynaldo Sietecase, habla de Trejo como una leyenda, un tipo especial, "un peleador, una especie de Muhamad Alí de la literatura -como lo definió un periodista-, un aventurero, un exquisito, un dandy", y sobre todo un poeta cuya obra "interpela a la estupidez, a las convenciones, a los autoritarismos".

"Sentiremos la falta de su palabra luminosa y su pensamiento crítico", señala Sietecase, quien se lamenta de que "uno de los mejores poetas argentinos" fuera "casi invisible para los medios de comunicación", y que además su obra poética -"de alta calidad, profundidad y compromiso"- no lograra la atención debida de las grandes editoriales.

"Es posible que ahora lo hagan. Esto está entre las grandes paradojas de la Argentina más ingrata".

viernes, 11 de mayo de 2012

LEONOR GARCÍA HERNANDO (1955-2001)

El viernes 30 de marzo de 2001 falleció en el Hospital Oncológico Marie Curie la poeta LEONOR GARCÍA HERNANDO. Había nacido en San Miguel de Tucumán en 1955. Integró el consejo de redacción de la revista Mascaró. Publicó los libros de poesía "Mudanzas" (1974), "Negras ropas de mujer" (1987), "La enagua cuelga de un clavo en la pared" (1994), "Tangos del orfelinato/Tangos del asesinato" (1999) y "El cansancio de los materiales" en el 2001, del que llegó a ver los primeros ejemplares dos semanas antes de morir y que será presentado en breve.
Gran recitadora de su poesía, su última lectura pública fue el 22 de marzo de 2001 en la Universidad de las Madres.

Mauro Pereira, de la revista "Perro Negro" [http://www.perronegro.com.ar] escribió las palabras que a continuación transcribimos.

HA MUERTO UNA NIÑA REBELDE

"La experiencia social, indica que el que eligió un camino de rechazo a la injusticia, al soborno, a la hipocresía, en la vida no le fue bien. Y aquí en la Argentina hay una experiencia muy clara: al que intenta algo distinto, lo matan".
Leonor García Hernando, en revista Perro Negro Nº 2, agosto 2000.

Leonor García Hernando fue, es y será, una de las personas más íntegras, éticas y coherentes que he conocido. Una verdadera representante de una clase en extinción. Su profunda ética, su voluntad, su moral, su pasión, su perseverancia, eran tan incorruptibles que generaban rechazo en muchos otros, esos "cómplices de ciertas inmensas porquerías" como dijo Artaud. Otro rechazo fue generado por su enfermedad tan temida por los ignorantes e hipócritas de turno. El cáncer lo genera esta sociedad. Pero Artaud también dijo: "la sociedad rendirá cuentas de su muerte prematura".

Muchos solamente vieron oscuridad. No pudieron, no quisieron, ver la luz, lo más importante. Y ella ofreció mucha luz, quizás demasiada para estos tiempos de decadencia y anestesia generalizada.

Leonor García Hernando nació en Tucumán, en 1955. Desde niña soñó otros mundos posibles, más justos. Ella creía profundamente en la palabra y lo ha demostrado en una de las obras poéticas más apasionantes. Algunos de sus libros, Mudanzas, Negras Ropas de Mujer, La Enagua Cuelga de un Clavo en la Pared, Tangos del Orfelinato/Tangos del Asesinato y El Cansancio de los Materiales, su último libro de poemas en el que trabajó con una intensa fe digna de una verdadera atea. La lectura de estos escritos son esenciales, no sólo para descubrir la luz de su poesía, también para comprender desde su visión, una parte importante de nuestra cultura, de nuestro país, del "crimen, el asesinato como código de educación hacia la población civil, hacia los jóvenes", de las consecuencias en la cultura de una nación fundada con sangre, traición y corrupción.

Leonor García Hernando murió el viernes 30 de marzo. ¿Pero aquí se termina todo? No.

Se intenta eliminar ciertas esperanzas de muchas maneras. No solamente alcanza con la fachada. Vemos como "el progreso" causa estragos en las ciudades, se asesina el pasado y de esa forma los conocimientos. La arquitectura ya no es la misma, los hombres tampoco, salvo raras excepciones, y esas excepciones son atacadas, rechazadas o perseguidas. Algunos podrán suspirar: "ya no veremos el sufrimiento en los bares, podremos pasear y practicar libremente nuestras imbecilidades y miserias cotidianas, sin culpas en nuestras conciencias".

Ciertos insoportables mundillos culturales, ciertos patéticos ambientes poéticos del buen decir y de los enredos psicoanalíticos de Buenos Aires, y de sus cócteles y de sus discursos idiotas, podrán sentir algún alivio, otros que hasta hace poco huyeron y dieron la espalda ahora podrán ensalzarse en homenajes y falsos llantos, otros simplemente se verán en el espejo, en soledad, y tendrán que convivir con ese gusto amargo, a muchos otros no les importará y muchos otros ni se enterarán. Pero las excepciones nunca morirán, eso está muy claro y ese es el equilibrio que mueve todo.

La luz, esa fuerza minoritaria pero poderosa, seguirá molestando con su verdad, con su belleza. La lucha de los diferentes se transmite. Seguiremos en el camino, aunque la oscuridad no lo permita. Aunque la convivencia sea imposible.

Creo que es momento de reaccionar, de marcar las diferencias, de rebelarnos. De devolverle su real significado a las palabras amor, fe, ética, moral, solidaridad, lucha, espíritu, nobleza, lealtad. Y jamás temerle al fracaso. Jamás temerle al tiempo presente, al ahora. No seamos cobardes.

Muchos ya han muerto. Demasiados. Pero no todos...

Ha muerto una niña rebelde.
Pero su luz vive en mi corazón.
La rebeldía no ha muerto.

M. P.  Buenos Aires, Argentina, 2 de abril, 2001.

PUERTO DE FILIBUSTEROS

a Leandro Regúnaga

Con un canto en los labios para la oscuridad, amarran sus
ocres barcazas.
Las luces son ilusorias y tiemblan en la intemperie.
El agua hasta las rodillas empobrece esos cuerpos que el
mar ha preparado para las tormentas.
Encaramados a la caldera escuchan el silbo de la pasión.
Navegar ha sido ese desdoblamiento de metales y carbón,
para que una tabla busque su isla entre sargazos.
Una ambición de ligas prostibularias (lentos encajes
adornando satén) anima los dedos que arrastran sogas
hasta la muralla donde el agua termina: vaivén de caderas
oscuras y licor derramado en esas mujeres que el sueño
hace bestiales.
El puerto es sólo una herida de luces en tierra
y van con las bocas abiertas donde brilla el diente de oro;
en los puños cosida la misteriosa perla que sólo el amigo
íntimo quitará de las ropas.
La muerte es ese olor a pólvora mojada a carne curada
en un humo de astillas y vísceras
trapo que la sal penetra la muerte es poca cosa
un aleteo de pájaro en el hombro.
Ahora enrollar la velas con un pesado deslizarse en
cubierta. La muerte es esa lona que el viento ha trabajado
como un amante brusco y ahora cae rota en la madera,
retorcida en su abandono
poca cosa esa lona una mujer caída. Los ojos tienen el
temblor que aguarda ante un cuerpo desnudo.
Atrás, la memoria contempla una mansa
pradera y el nacimiento apretado de pobres casas contra
un filo de piedra.
El llanto de cachorros abre el aire, como un tubo inunda
una estancia de desdichada ventilación atrás,
el crimen era de los Príncipes y los ahorcados estaban en
los caminos como un crecimiento fantástico del triste
pendular de máquinas de relojería.
¿qué atavismo hace a un hombre comer
el corazón que aún se contrae y dilata en su latir; enterrar
entre dientes esa carne amorosa, como dicen que pudo El
Olonés orgulloso en una iglesia de espadas?
amarrar los barcos se tira un gancho hacia el muelle y
la memoria padece ese esbozo de casas con lámparas que
palpitan sobre arena fría
retener un corazón para siempre El
Olonés sería un enamorado eterno deslizar de un
corazón tocado contra un paladar que el crimen
manifiesta como luminosidad atravesando un vitró
y luego ese arrastrar de baúles en la explanada tensa
y la intimidad de los cofres perlas que coagulan en
terciopelos magros obsceno deslizar de collares en el
encierro esmeraldas apretadas por un hilo encerado
el peso de las sedas acumuladas en bodegas turbias de
moho
esa mezcla promiscua de lujos y crímenes en el vientre de
un barco sonámbulo
Los brulotes con sus sombríos barriles de pólvora
avanzan en la noche con un clavo de fuego enterrado en la
tabla.
El mar estalla su espuma convulsa. Verrugosos
crecimientos de corales y algas, se adhieren al casco
barco de desdichados rostros con un único ojo sombrío
alzado contra el sol maloliente
y los lastimados pidiendo ron olvido de esa mano que
se deshace en el puente alucinados de un barco fijo,
chalupas con sus tristes bancos que la lluvia alarga,
aceites de lámparas que la tormenta mezcla con sus raros
desvíos
lenta penumbra contra fardos que cubre un turbio
algodón
ahora, explicar esas costras, esa costura en el muslo la
boca apretada en un vidrio ahora explicar esos pómulos
que la sal ha cavado
¿quién vive? en la noche de barcos ¿quién vive?
¿Quién desata el cordaje que sostiene a los demorados en
un barco perpetuo?
¿Quién atraviesa, en altas horas, una plaza vacía? a un
costado la fuente pierde su fúnebre saliva y en el borde de
un espectro de jazmines; el espectro del hermano
ahorcado en Maracaibo
¿quién sepulta al hermano en el abismo de aguas rápidas?
calavera incrustada en telas negras única bandera que
toca el hueso de los hombres
Piratas de Tortuga Isla para los obstinados
ningún objeto de la tierra merece que nuestros dedos
entierren un doblón de plata en boca de banqueros.
Ciudades con sus altas murallas de vidrio en la noche
de barcos ¡quién vive?
constelaciones de estrellas ingratas sobre nuestras cabezas
rapadas, en el aire de ahorcados ¿quién vive!
una híbrida acumulación de minicomponentes en los
escaparates,
eso es todo
y los cantores de zarzuela caídos en un mostrador de
mármol.
Ya no hay Islas embrutecidas por el deseo, las
galápagos rompen su frente contra las vidrieras que
exhiben un lujo de compactos que cantarán sobre el oído
de nuestras desdichas su pesado blues, su armónica rara
quejándose en la piedra de las catedrales.
Ya no hay Islas ya no hay nada que merezca una línea
de sangre
ya no hay sombras de las sombras de los barcos que el
rencor echó al mar como un vómito de las tabernas, de los
muelles de Liverpool, prostíbulos de Marsella, de los
hospicios de Dúblin ciudades maliciosas estopa
jergones del hambre, la pesadilla, el daño torturada
rebanada de pan en una sopa de cebollas ya no hay
ciudades.
Ya no hay odio contra el crimen de los Príncipes
sólo deseos de alcanzar un objeto sintético, girante tras el
vidrio como un carrusel atrofiado
¡Quién vive en la noche de cabinas ardiendo?
quién tiene un cuchillo en la media?
quién entibia una máquina densa en el íntimo bolsillo de
la campera de cuero?
quién vive en la costa de ciudades pálidas como ese lento
cadáver que no tuvo cuerpo?
quién busca al ángel rubio y le pone una estaca de plomo
en la frente?
quién entra con altas botas en la Plaza de Maracaibo y
quita al hermano de la horca; envuelta su triste sangre, su
carne humillada en patio desolado y lo devuelve a las frías
aguas rápidas y el rezo de los lastimados que suplican
ron olvido de esa mano que el puente derrama
¡atrás los remos! ¡atrás los botes en la
marea alta de los corazones que vuelven a los hoteles a
pernoctar entre cal amarga!
atrás los huérfanos! atrás los desobedientes en botes
que el oleaje alza hacia un cielo de un clásico gris de
dinamita !
Porfiados con sus desdichadas uñas arañando el ojo de
Dios. No hay nada que mirar debajo de esa boca que habló
para expulsarnos.
No hay Jardines no hay Islas
sólo rincones con hombres que tienen sus párpados
flotando en un cuenco de cerveza.
La velocidad de las avenidas concluye en aguas pardas,
hinchadas como un golpe
de Buenos Aires hablo de la niña sonriente en el bur-
del.
Nuestras ensoñaciones terminan en el estrecho mirar
hacia la asfixia del agua donde bogan envases vaciados y
un fantasmático desplomarse de oxidados cuerpos hacia
las argollas de petróleo flotante
costanera de los cobardes
balcón donde la memoria llora apretando sus delgadas
rodillas rotas
¡quién vive? quién deambula en la
noche de hierros, con un frasco de ácida furia sostenido
entre dedos nerviosos?
quién pidió y no le dieron? y pidió y le pegaron?
y pidió y lo mataron?
en la corrosiva cúpula de las Metrópolis
¡quién vive con nucas marcadas por la alquimia de los
orfelinatos?
largos paredones de las curtiembres ampollas de pánico
débiles comiendo en escudillas de estaño jeringas con
líquidos fuertes
quién vive después de mirar y comprender
expulsados de la patria, del hogar, de las copas de
borgoña, del papel suave de las cartas expulsados de
la adolescencia, de canciones que derrama un disco negro
Hombres de la Tortuga hermanos de
una costa que es sueño y desobediencia memoria
perpleja barco errado entre corales
y los muertos sin docilidad sin nombres en la tumba
sin dedos en la sombra arcillosa lenguas dobladas sobre
una palabra que tembló en paredones de ese arrabal
amargo
hombres de Yucatán, de la Malasia, de la lunática Costa
Bereber; hacinados en una barco palúdico febriles los
astrolabios cartas de navegación bajo una lámpara de
cinco puntas orilla enferma de una isla que es patria
para los bucaneros, suposición la sífilis deja su grano
de oro en el cráneo donde el pensamiento es ceniza lí-
quido error
espalda para los traidores
animales de espinazo doblado sobre la pólvora
camarotes que el sarro entristece y cubre al dormido de
maderos cruzados.
Honorata de Van Guld durmió envuelta en esa sábana
de fiebre.
Enlutado corsario frente al traje de una mujer maldita.
La desolada Plaza de Maracaibo entre el amor de los
cuerpos
y un hombre que llora arrojado entre cuerdas
y una mujer que la tormenta hace vana desleída en la
lluvia alzada en un bote que la ráfaga consume.
No hay olvido no hay Islas
el perdón come mis uñas galletas húmedas humo de
astillas verdes.
Caen derrotados los dados en la mesa.
Un estrecho corredor deja mirar la ciudad lejana en su
abundancia de hoteles donde el asma hierve puñados de
eucaliptus.
No hay Islas no hay bosques con
ganado salvaje
no hay pasión que merezca una linea de tinta
sólo mercados en veredas angostas sólo imbéciles
mirando como caen las fichas en máquinas donde la
derrota es segura llaves en las rajaduras de las puertas,
escalones de asfalto.
Todo es inundación y mujeres de rápidas piernas en la
espuma de los colchones.
Hombres de la Tortuga hombres sin
otra fe que la velocidad de sus navajas
remos acercados al agua jadeo cavan el agua donde
el tiburón nada en círculos.
Errabundos fanales de proa alumbran ese espacio mínimo
renglón que mi mano tensa y es acero que repite una
herida monótona
despiertos bajo un foco blues de los que contuvieron su
garganta con el luto de una media
de los llevados a un baldío para llorar, extendidos en un
catre de hierro, esa ausencia de goleta que el horizonte
pierde como arena en un guante
adiós,
filibusteros que entraron a las ciudades arriando monjas
negras con un pálido cuchillo; que pusieron sacos de
pólvora en la capucha de los frailes y los hicieron avanzar
entre tiendas abandonadas avanzar sobre las piedras
de calles angostas y las casas tapiadas, duras de cal, eran
una incesante floración de sudarios bordeando
explanadas húmedas .
Devoradores asaltando una ciudad perdida arrancando
las copas de oro en las iglesias, la dura porcelana de las
virgenes muñecas lascivas con largas cabelleras muertas
y la tallada madera de los cristos y lo azul del manto
incrustado de perlas; arrojados a un fuego más voraz que
el Infierno que hierve mas allá de las islas.
Hombres con un rústico fieltro caído sobre la ausencia de
un ojo que miró lo suficiente
en habitaciones donde la rapiña se instala desnudas las
mesas de sus manteles de hilo crudo el viento morboso
de los trópicos entra por ventanas reventadas y el hambre
busca muslos blancos, gargantas españolas.
Muchos días arrastrando cañones de bronce y pesadas
cajas de arcabuces a través de la selva los abiertos ojos
de la lechuza en el bosque cerrado las sienes insoladas
los amputados con el triste muñón envuelto en trapos
y todo para lanzar un furioso garfio contra la ciudad
perdida botín perdido lengua castellana
y todo para nada ese despertar bajo un sol
malsano que pudre las maderas y fermenta huevos de
mosquitos en las ciénagas
y todo para nada el barco no está en el agua quieta.
El barco no supo esperarlos. Se fue con la vajilla de los
Príncipes
y todo para nada Han quedado solos en una ciudad
extraña .
Desencajadas, las vigas caen entre un desangrar de flores.
Las puertas, arrancadas de sus goznes, dejan entrever
interiores trémulos donde las mujeres se arrastran hacia
palanganas de un agua intranquila donde flota, inerte,
una hoja de hiedra
párpados caídos sobre la traición hombres absortos, sin
barco; miran el agua donde el horizonte es fuga
la boca sucia de ron el pecho tatuado por la Rosa de los
Vientos
abandonados en una ciudad peligrosa; inestable en sus
consumidas murallas
alcobas con un hedor a muertos, a humillación.
Los ojos azules de los caimanes vigilan la debilidad de
unos hombres que el abandono retiene en una ciudad
española
de mantillas rotas en los altares
de cobardes sin respiración en los sótanos
la mórbida niebla de los pantanos y la selva que los ciñe
con el empecinamiento de una mulata
nada una ciudad arrancada de si, entre dedos
palúdicos.
Eso es todo.
¡Atrás los botes! ¡atrás las chalupas en
un mar impasible.
La estática loza del cielo, desganada, se estira sin nubes
¡atrás las tablas y a los remos! con un
canto en los labios ¡a quebrar la quietud donde Dios no
tiene verbo!
Hombres a los remos! oprimir el
agua que se resigna con espuma en los labios orilla de
la ciudad saqueada ¡a los remos! pluma desencajada
pájaro de la traición picoteándoles la frente
¡a quebrar ese apacible relato de aguas y cielo!. La lengua
de Dios conoce el ácido de sus cuchillos y no habla en el
Caribe.
El puerto es sólo una herida de luces en tierra
remolcadores que guían un navío hemipléjico entre
túneles líquidos.

No hay Islas no hay costa para los hermanos que
odiaron.
Sólo camiones frigoríficos atraviesan las rutas heladas.
Sólo adolescentes que la fiesta consume. Luego aparecen
en un auto incendiado; las manos atadas por un breve
corpiño de lacre.
No hay mapas no hay brújulas con el cuadrante roto
por el calor de los trópicos.


errar incierto entre faros y oleaje Filibusteros
hombres con un pobre designio en unos pobres barcos
empujan los remos con un canto entre la oscuridad de los
corazones.
Un golpe de muleta sobre la madera hinchada de los
botes.